La mujer en su laberinto

Hay demasiado silencio, tanto que podría sentir el zarandeo de mis propias bases. Tanto silencio que podría meditar sobre la muerte, sobre Cristo, sobre la plenitud o el significado de todas las cosas. Pero no puedo, ciertamente es lo último que podría hacer ahora mismo. Quisiera correr como una condenada y saltar desde cualquier azotea al abismo, pero tampoco puedo. Siento un dolor profundo y seco, pese a la sangre que baja por mis muslos empapando todo mi ser. La profundidad de este dolor es atronadora, no recuerdo nada similar, o tal vez no puedo recordarlo ahora. Una procesión incesante de lágrimas baja y se extiende ya hacia mis pechos desnudos, magullados y doloridos. Pienso en las atrocidades humanas y maldigo mi existencia, el “¿por qué a mí?” ni me lo planteo, sólo quiero cerrar los ojos y desangrarme, deshidratarme y descansar definitivamente… Descansar de la extenuación de mis ideales, de los estigmas familiares, descansar de los detalles llamativos y estériles, de las maravillas de la vida, tan bastardas y tan escasas, descansar de la negrura difusa de toda esta mierda que acaba de ocurrirme, de las injusticias gratuitas y deliberadas. Sin embargo, cierro mis ojos pero es imposible mantenerlos cerrados, la catarata emocional cuando duele el alma es irrefrenable, es extenuante, mis ojos hierven y al hervir mis lágrimas se derraman… Huelo mi propia sangre, ese olor metálico mientras mi cuerpo se vacía de agua y de plaquetas. Nunca hubiera imaginado un final como este, idílico por su silencio sepulcral y odioso por su violencia, triste como todos supongo, pero con una soledad límite y agresora salpicada de sangre y lágrimas. En este preciso instante sólo deseo que pase por aquí un maleante, un asesino o criminal armado, que atraviese mi corazón con el acero de una bala o de una navaja, y que el impacto certero rematase el sucio y cruel trabajo de ese malnacido, al que no puedo desear la muerte, porque lo que espero es que jamás tenga descanso, ni tregua, ni paz en toda su puñetera vida… Siseo las palabras entre mis dientes con gran esfuerzo: “Por favor quiero morir, quiero morirme ya…”… Mi vida no está pasando por mi cabeza como en un fotograma, bastante sufrimiento me tenía preparado el destino con esto, como para dedicarme durante este trance a meter el dedo en la llaga o en el ojo ¡o dónde fuera o fuese!… ¡Maldita sea!, nacer con el cromosoma de la dignidad no te sirve de nada cuando un evento como este te hace sentir que la estás perdiendo, siendo realmente el indigno tu violador. Empiezo a pensar en el tipo de discursos intelectuales que despertará mi violación, que por cierto, deberían tener como norma el sentido común, aunque en el fondo una violación es un sinsentido demasiado común. Pero esto no me preocupa, he deseado la muerte algunas veces ya, una de ellas lo intenté y disfruté de la sensación de flotar y no sentir nada ni para bien ni para mal, pero  me devolvieron a la vida sin mi permiso, un sinsentido demasiado común en mi existencia, ¡otro  más!, ¿por qué la gente se toma la libertad de no pedirme permiso para hacer cosas conmigo, con mi cuerpo, con mi mente o con mi alma?… ¡Joder, si me hubieras preguntado si quería follar y hubieras respetado mi negación, yo ahora no estaría en este estado!, ¿porqué no me has respetado?, ¿cuántas veces te he dicho que no, cuántas que no, por favor, cuántas, hijo de puta?…No puedo disimular mi debilidad extrema, mis movimientos  ya no están subordinados a mi mente, no los siento, no puedo moverme, no son apaciguados ni mesurados, son simplemente inexistentes… La nutrición que suponen los buenos argumentos brilla por su ausencia, brilla como el agua salada que se desborda de mis ojos, brilla como el silencio reinante, y así me siento el ser más desnutrido del Planeta Tierra, la mujer más desgraciada del mundo, la persona más desengañada del globo terráqueo… ¿Y qué?, todo esto ya no importa, el mal está hecho y no puedo esperar nada mejor ni más alentador que una muerte fulminante, despectiva si lo desea y arrogante si es que se atreve… Me siento como flotando de nuevo, y de lejos escucho el silencio y también mi monstruoso y profundo dolor seco empapado en sangre, lo escucho porque ya no lo siento, no puedo sentirlo, y al escucharlo estoy deseando quedarme sorda, ¡es insoportable!… Quiero morirme… Ya… Por favor, que sea ya.

Me han dicho que perdí la conciencia… Supongo que perdí la conciencia del ser, del estar y del parecer. Un hombre honrado de buen corazón descubrió mi charco de sangre y en él me descubrió a mí. Le he dado las gracias por educación pero no por salvarme, ¿o es que también sin mi permiso van a estandarizar mi concepto de salvación?…

Existen las desgracias de género. La desgracia del género masculino es que un considerable y desconsiderado número de hombres tiene su dispositivo cerebral ubicado en su escroto, por malformación genética o por deformación mental, y esta desgracia del género masculino es la causa de la desgracia del género femenino, que sobreviene cuando en el camino de una mujer se cruza uno de estos especímenes, en sus relaciones, pseudorrelaciones o encuentros puntuales con ellos. Quiero y debo hacer una aclaración justa e importante, y es que no todos los hombres sufren esta malformación o deformación.

Sin embargo yo soy de esas mujeres que para sentirse triste no necesita motivos, ni reales ni ficticios. El hecho de vivir es ya lo suficientemente triste, y por eso coqueteo con la muerte cuando la ocasión es indigna y por ello lo merece.

Sofya Keer

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