No hagas eso…

No soy mujer de hablar de mis intimidades, sin embargo a veces me gusta hacer excepciones, no para confirmar reglas, sino más bien para desahogarme y dejar claros ciertos temas o matices. Si supiera dónde están los límites de mis posibilidades tendría alguna probabilidad de llegar adónde nunca consigo hacerlo. Pero no es sencillo, incluso aunque quiera o lo desee con todas mis ganas, aunque me esfuerce como nunca, sé que la barrera que me separa del resto es más bien un precipicio insalvable y lo peor, inoperante, sé que mis zancadas no darían jamás la talla, menos aún la altura. Pero todo esto es un resultado que podría ser la consecuencia de la causa perdida que en mí siempre vieron. No hay rencor, ni dolor ya… Hay vacío… Un enorme vacío falaz e innoble que ya asimilo, y lo hago con bastante clase… No hay amor, ni afectos ya… Hay indiferencia… Una soberana indiferencia descarada y miserable que no me cuesta expresar de manera políticamente incorrecta, llegado el momento y si así lo requiere la ocasión…

“No hagas eso, sabes que no me gusta que pintes corazones. Yo no te amo, ni sé si te quiero, sólo me gustas, disfruto contigo, pero nada más. Y sé que es sólo simbolismo pero eso es ya demasiado porque todo en nuestras vidas es simbólico, ¿no ves que estamos de paso?… ¿No entiendes que en cualquier momento esto que ahora sucede será sólo un símbolo, un resquicio de dos existencias pobres y perecederas?… Y tú te pasas las horas muertas dibujando corazones de tiza en la pared o en el suelo, lo haces después de la ducha con el vaho en el espejo, en tus cuadernos de escritura, los troncos de los árboles del paseo te odian porque les haces sangrar, y ahora mírate, ahora lo haces en tu pierna… ¿Acaso sólo se puede vivir de amor?, ¿acaso esos corazones que tanto te gusta pintar son realmente por amor?… ¡El amor, ese gran desconocido que juega a enredarnos y además osa hacerlo también con nuestras propias vidas!, porque nos lleva y nos trae, nos hace subir y bajar, tropezar y caer, tantas veces como nuestras vulnerabilidades consientan, tantas como vida tengamos, tanto que ya es demasiado y es un demasiado que siempre nos sabe a poco, ¡estamos enfermos!. El amor que nos defrauda y nos abandona, nos olvida y nos cambia… Un sentimiento o una emoción, una tesitura, una tortura, una circunstancia o algo circunstancial, un contenido o un continente, un mar o una ola, un sueño o una pesadilla, el amor que no cesa de aparecer y constantemente desaparece… ¡No hagas eso, sabes que no me gusta que pintes corazones!…”

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Esto me decía cada vez que yo pintaba un corazón, y en concreto la última vez cuando lo pinté en una de mis piernas. No era importante para mí, al menos yo no lo creí así, me conformaba con nuestras sesiones de sexo que eran dignas de inmortalizar, creo que el mejor porno casero que jamás he visto y además protagonizado. Sucumbí a sus encantos porque no todos te saben satisfacer y llega un punto en el que ya no te da la gana de fingir, con él no era necesario, ni tampoco montármelo yo después por quedar insatisfecha. Nos conocimos en una fiesta de trabajo, era la presentación de un producto que en teoría iba a ser la bomba en el mercado de las telecomunicaciones. No nos conocíamos pero enseguida nuestras miradas se encontraron y coincidimos en el pasillo de los servicios, donde me abrazó y me besó como nunca nadie lo había hecho antes, lamento que suene al típico tópico pero así fue. Me llevó al baño de hombres, comprobó que no había nadie, cerró la puerta con llave que él tenía porque jugaba en casa, y me sentó en el frío mármol del lavabo, recorrió mi espalda bajando la cremallera de mi top con escote palabra de honor y me lo quitó, subió la falda hasta mi cintura, se deshizo diestro y apasionado de mis minúsculas bragas y no dejó ni un solo rincón de mi ser por recorrer con sus labios y su boca, cuando me confié me penetró sin piedad y con mucho tiento, en cada embestida sonaba el mármol  contra la pared una y otra vez mientras yo no podía imaginar que esa noche iba a ser inolvidable por diferentes motivos, aunque sobre todo por uno en especial, me había enamorado de un adicto al sexo. Y en mis gemidos ahogados por la circunstancia del entorno en el que tuvo lugar el coito, yo no era consciente de que era mi alma la que gemía porque sabía que eso era justo lo que yo no necesitaba. Sin embargo creí necesitarlo y estuve cinco años enganchada a él y a sus prácticas sexuales arriesgadas y excitantes. Hicimos cosas que no voy a contar pues sé que nadie podría creerlo, y sentí perder mi cordura en tantas ocasiones que la sensación me llevó por las estrechas y tortuosas callejuelas de la adicción a alguien adicto al sexo. Y sí, había dos hombres esperando su turno para entrar la aseo, salí, les sonreí y continué mi jornada, ¿qué tenía que hacer?…

La ventaja del paso del tiempo se tradujo en la adquisición de una sabiduría que lejos de ser la piedra angular de mi existencia, fue la destreza que me otorgó el poder para luchar con cierto nivel en los combates y en las diferentes troyas propias de la existencia de un adicto, además me parecieron interesantes para no tener que ir contando siempre la misma historia. Él no podía amar, no sabía hacerlo, yo desaprendí mis pautas en el amor, aprendí a no amar y a no saber hacerlo. Fue el vacío que me ocasionó lo que me arrastró por derroteros de tristeza y desde ese punto decidí que no podía continuar engañándome. Sin embargo, paradojas de la vida,  con el paso del tiempo y con todo lo que él me enseñó me convertí en una diestra mujer para las artes amatorias y el sexo. Sin darme cuenta empecé a crear adictos a mí y a mis sesiones de alcoba, y esa sensación comenzó a agradarme. No como fuente de ingresos pues soy una mujer ejecutiva y trabajo en lo que me  gusta, sino por placer puro y duro. Era verles desesperados y locos por mí lo que me gustaba y me gustó hasta límites insospechados. Dar y recibir placer con distintos hombres para conocer a fondo los entresijos de esas intimidades, y sacar el potencial erótico masculino desde lo más profundo de su ser. Ese vacío que me llevó a romper con él persiste y crece, sin embargo ya no me afecta, creo que incluso es el motor de todas estas sensaciones libidinosas, obscenas y placenteras que tanto necesito en mi día a día. No sé a qué es en concreto mi adicción, ni a qué responde exactamente, sé que soy una mujer adicta, sin embargo, son mis retos en este sentido los que me dan la vida, esa secreta y sucia idea de que sólo son míos y que nadie lo sabe, menos aún los cuidadosamente elegidos, es todo este proceso psicológico el que me excita y acelera mis ritmos progresiva, obsesiva y compulsivamente.

Sólo me he enamorado una vez en mi vida, y fue de él, cuando me desencanté creé y construí esta nueva vida para mí, de la que no sé si sentirme o no orgullosa, pero es la que realmente me hace latir, más que los convencionalismos amorosos, más que las monogamias fingidas, más que el sexo tradicional y monótono, más que lo mismo es menos por el vacío que me ocasiona, sin embargo en él floto, levito y me muevo suelta y con soltura, me he acostumbrado a su dinámica vacía y oscura, ya es mi modus operandi, mi leitmotiv, mi condición sine qua non, es mi complemento pues al ser vacío en él cabe todo lo que yo deseo… Es mi hombre ideal, el niño que me hace reír y el hombre que sabe qué, cómo, cuándo y dónde tocarme, es serio y divertido, curioso, limpio y transparente a la vez que puede resultar asqueroso, turbio e impenetrable. Es y está siempre, no es como los demás, que parecen ser y parecen estar, pero nada más lejos. Y así, en la lejanía yo me pregunto:

 ¿Quién no siente el vacío, o un vacío o ese vacío, u otro?, hombres y mujeres tradicionales, monógamos que disfrutáis fingiendo serlo, o aquellos y aquellas que os dedicáis a las prácticas tradicionales y monótonas, ¿qué pensáis, que no sé qué os sentís vacíos? Y si no lo sentís será porque os habéis acostumbrado a él, como yo al mío, y en él flotáis, levitáis y os movéis sueltos y con soltura, fingir es también una adicción y mantener el jodido y oscuro teatro de la vida es igualmente adictivo. Todos somos adictos a algo, nadie se escapa del vacío, en cualquiera de sus formas o modalidades. Todos queremos ser felices de alguna manera, nadie puede mirar a otro lado cuando se es mortal.

Y en mi cabeza todavía guardo celosa esa imagen, y juro que casi puedo sentir sus manos bajando la cremallera de mi top, sus labios recorriendo todo mi ser, su penetración despiadada y las embestidas, escucho el mármol contra la pared en un desordenado intento de deshacerse del peso de los senos de los lavabos, mis gemidos ahogados y los de mi alma, y puedo jurar también que esta sensación no es para nada vacío…. Y de las emociones ¿qué decir?, son otro tipo de adicción que combinadas con el sexo resultan para la generalidad la mezcla perfecta, tan perfecta como la figura geométrica del círculo perfecto, adictiva como la más placentera de las sustancias tóxicas jamás inventada y jamás conseguida. Su compleja composición es A+S (Amor+sexo) y su efecto puede convertirte en el ser más adictivo y peligroso jamás imaginado, su mono psicológico no tiene cura, ni tampoco fin.

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Bienvenidos al mundo de las adicciones en el que cualquiera de sus adictos vivientes, mataría por conseguir una dosis de A+S. Incluso sabiendo que para deshabituarse tras su ingesta, es necesario pasar el mono físico usando apropiadamente el vacío alimentado por su homólogo psicológico incurable.

Sofya Keer

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