Estómago de avestruz

Me gusta acurrucarme en un rincón y vegetar dulcemente, aunque la dosis adictiva me deje después un gusto raro. El ligero fluir monótono de mis pensamientos obsesivos, compulsivos y neuróticos, es como un vértigo que me provoca deseo y asco por la vida, y tal vez su reparto es igualitario aunque el deseo se presente tan dulce como sangriento y eso le haga destacar ligeramente sobre el asco; Sin embargo esta intensidad silente en soledad me parece prodigiosa, como escasas cosas ya, como pocas personas, como tan pocas circunstancias o situaciones… Escasas todas ellas, todo ello escaso, y de paso, la escasez del alma que todavía no ha conseguido diagnosticarme ningún psiquiatra, y que sin duda sufro desde mi minuto cero, y cero además es nada.

En estas horas lúgubres no debo tomar decisiones, no me atrevo porque me siento fatigada y pura, y precisamente esa fatiga y esa pureza me hacen pegar la nariz a los vidrios de la ventana de mi buhardilla por varios días. Desde allí mi prisma vital se tuerce y degenera, pero cuando salgo a la terraza, desde la balaustrada todo cambia o parece cambiar, y eso ya es más que suficiente para mi existencia, aunque no para mí.

El médico al que llaman loquero me ha recomendado dejar de fumar porque mis dedos están amarillos, también me ha desaconsejado leer porque de lo contrario jamás podré recordar mi vida sin repugnancia. Sólo le faltó decirme que también he de renunciar a mi whisky del fin de semana y a mis toples del verano… Cuando me dio sus consejos médicos que no sabios, le dije exagerada y sincera:

– ¡Hazme el favor de aplastarme!…

Me miró atento y sonriente con sus dientes deslumbrantes y sus ojos de ciego, porque él definitivamente no ve bien, de lo contrario no me habría recomendado dejar de fumar y de leer. Me escrutó con su mirada profunda y añadió con la inmensa nuez de su cuello que se movía al tragar:

– Eres atroz, tan intensa que eres difícil de soportar.

Yo insistí…

– Entonces, ¿me aplastarás finalmente?…

Con aire solemne me dijo:

– Hace falta tener estómago de avestruz para tragar cualquier cosa en esta insoportable vida… Y tú lo tienes.

Subí mis cejas ante sus palabras y mirándole púdicamente repliqué:

– Eso significa que no lo harás… ¿A que no lo vas a hacer?…

Y no lo hizo… Y yo no puedo dejar de imaginarme contradictoria, incoherente, o discordante, con un estómago de avestruz, pero muy paradójica… Demasiado paradójica…

Sofya Keer

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4 respuestas a “Estómago de avestruz

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