La mantis

Era la misma radiografía del dolor, una mujer dotada de espíritu con un corazón ardiente. Siempre atraída por el arte del canibalismo de la mantis religiosa y por el funcionamiento de las guillotinas para decapitaciones humanas… De una seriedad espantosa que  no conocía de procesos de decadencia, y de un  carácter que jamás se mostró agónico, bajo ningún concepto por muy complejo o retorcido que fuese, ni en ninguna situación, por delicada que se plantease.

Le gustaba contemplar su sombra mientras caminaba con la cabeza de su último ejemplar en la bolsa negra y en la otra mano lucía el arma letal, su sombra era oscura y alargada como un adiós prolongado en el tiempo, y mientras se regocijaba en los placeres de su memoria que la habían convertido en lo que era, pensaba en lo fabuloso de su ser cuando hastiado y anhelante se distraía  manipulando a los demás.

La llamaban la mantis y la buscaban desde hacía ya varios meses. Ella arriesgaba saliendo de la casa de su víctima y exhibiendo su cráneo embolsado y la pistola silenciada, pero su tránsito planetario la favorecía de manera constante por su ascendente atrozmente generoso, aliado además con su signo zodiacal. A su paso las mujeres la miraban sonriendo, y los hombres asombrados por su atractivo y hechizados por su sombra oscura y alargada no reaccionaban conforme a la justicia socialmente generalizada, entonces estas circunstancias se traducían en una huída aceptada colectivamente e individualmente elegante, fruto todo ello de su karma anterior, y de su particular concepción de que sólo ella era la única y la última  dueña de su voluntad.

Llenaba lugares secretos y espacios recónditos de cabezas masculinas, y en los funerales de sus víctimas siempre faltaron en las cajas de pino sus respectivos y depravados cráneos, sexuales y desviados todos…

¡Pobrecitos ellos, qué destino infame y cruel!, sus cabezas separadas de sus troncos, una infame y cruel metáfora existencial, que les convertía en lo mismo estuvieran o no sus cabezas sobre sus hombros, menos mal que los pies permanecían intactos y entonces podían seguir vistiéndose como todo hombre que se precie. Uno de los principios ineludibles de los caballeros, que por eso ella no eludía.

La llamaban la mantis y nunca fue alcanzada por la ley pues su karma anterior era el que era y se arrastraba con ella junto a su sombra oscura y alargada como un adiós prolongado. Se arrastraba como lo hacían todos y cada uno de los caballeros a los que después del sexo les disparaba a bocajarro en la cabeza, rodeando sus cuellos de un simulado collar de balazos para después con un toque maestro frío y calculado finalizar la operación de decapitación.

La llamaban la mantis y a ella le gustaba terriblemente ese alias, ¿a quién no?…

Sofya Keer

La mantis

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