Autopsia de la memoria

Para liberarme necesitaba mirarle de frente. Había transcurrido ya ese periodo de incubación en el que mis emociones transformadas me devolvían el equilibrio perdido y por ello tenía que ser de ese modo, necesitaba mirarle de frente y al hacerlo no recordar que cuando sus labios recorrían mi cuerpo me sentía más irresistible que de costumbre, necesitaba no recordar que con él fluía y eso me influía en todo, ¡joder, en todo!… En mis búsquedas, en mis marchas, en mis regresos…

Fui a contrapelo desde que entró en mi campo de visión, al verle pensé: “Lo que sea y como sea quiero que pase con él”… Me salté los minutos lúcidos y lo que muy acertado dijo Jean- Paul Sartre:” Trata de amar al prójimo y verás los resultados”… Me lo salté todo, incluida yo misma y mi habilidad innata para emprender y salir al mundo. No era consciente pero es que lo sutil es difícil de percibir, sobre todo cuando tu percepción está alterada por el fantasma del dolor del pasado y además el hombre que tienes ante ti es capaz de sacarte de tu cueva tenebrosa con una energía desatada y seductora.  Inteligente, culto, de mirada verde y penetrante, podíamos charlar durante horas de las artes, del mundo, de psicología y filosofía, de literatura, de los sueños y de los cementerios, del bien y el mal, de lo humano y lo divino… Durante horas podíamos hacer el amor dulcemente o follar como animales salvajes, durante días incluso… Recuerdo, ¡maldita sea, no quería recordarlo!, aquel fin de semana en Roma, encerrados en el hotel de viernes a domingo, recorriendo nuestras geografías, contando nuestros lunares, aprendiéndonos nuestras marcas y cicatrices físicas, intentando curar nuestras heridas a base de besos y abrazos profundos, miradas eternas y caricias estimulantes. Recuerdo que fue el lunes cuando nos dispusimos a comenzar la aventura de conocer la ciudad, recuerdo que nos quedamos  una semana, recuerdo que no queríamos regresar… No queríamos… Yo tampoco quería recordar esta historia tan maravillosa.

Tengo infinidad de versos suyos de caligrafía estrafalaria y sensibilidad extrema, de sensualidad excitante y dolor soberano y por ello seductor.

Cuando me llamó para hablar yo necesitaba ese encuentro, necesitaba  mirarle de frente, necesitaba esa prueba de fuego para liberarme. Ya había transcurrido casi un año, yo me sentía recuperada y calibrada, así que accedí y nos encontramos en uno de nuestros bares predilectos. Tomamos unas cervezas y cuando él calculó que mi estado mental hacía aguas por el alcohol puso sobre la mesa un sobre verde como su mirada verde y penetrante, lo desplazó hasta situarlo frente a mí y me dijo:

Ábrelo por favor

Sí, estamos de nuevo en Roma, recuperándonos y calibrando, mientras él duerme una siesta yo he necesitado escribir esto en mi cuaderno, en cuatro días regresaremos a España y cuando galantemente me deje con el taxi en la puerta de mi casa le daré un sobre negro como mi mirada negra y penetrante, entonces le diré:

– Ábrelo por favor…

Sí, en él le digo que ya no volveremos a vernos nunca más, que estoy recuperada y calibrada y que ya no quiero sufrir más. En él le digo que nunca jamás volveré a Roma.

Sofya Keer

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