Un pacto caprichoso y secreto

Algo que siempre agradeceré a mis padres es que fueran de pueblo y yo naciera en él. Eso me permitió huir pronto de ellos y marcharme a la capital para hacer una carrera universitaria y abrirme al mundo. Cuando creces en un pueblo de menos de quinientos habitantes sientes que no tienes impulso propio, sientes una angustia indefinible cuando piensas que no tienes un “hombre tipo” del que enamorarte o al que follarte con avidez animal e insaciable. Sientes que debes practicar el mutismo y hacer de tripas corazón cuando te gustan y disfrutas de las expresiones crueles, sientes las puertas como fronteras y la catatonia con la que amaneces suele ser la misma que con la que te acuestas. Si no quieres convertirte en un ser mimético e imitador de llanto silencioso, debes plantearte una huida en condiciones para dejar a tus progenitores en el pueblo felices y orgullosos de la hija que va a la capital para convertirse en una mujer de bien. Y así pasó, pero ese verano antes de marcharme vino al pueblo una familia inglesa que se instalaron definitivamente a vivir en nuestro pueblucho de menos de quinientos habitantes. Él irradiaba serenidad y fue vernos y desearnos. Con una curiosidad insolente como carta de presentación a los diecisiete años, y con un deseo irrefrenable y enquistado que hacen llamar virginidad, pasamos el mejor verano de nuestras vidas en el pueblo. Fue con el tiempo que aprendimos nuestros idiomas correspondientes, aunque en la cama no nos hizo  falta hablar nunca, pues nuestras miradas se conectaban y nos hacían olvidar hasta nuestras raíces, y sigue siendo así y además es mutuo, y me sigue excitando brutalmente la sensación de desarraigo que sólo con él he podido experimentar a través del sexo. En Septiembre marché a Madrid y él a Londres con un pacto que se tradujo en un acuerdo mutuo, por el que todos los veranos estuviéramos con quién estuviéramos nos veríamos para follar con avidez animal e insaciable. Sin emociones, o mejor dicho, con la emoción única de saber que todos los estíos tendríamos ese espacio apasionado que llaman amor de verano. Un pacto secreto y caprichoso para pasar las horas, los días, los meses y los años de nuestras existencias. Un tesoro recóndito que alimenta nuestras almas hasta el punto que después de casi treinta años y a ratos, no sabemos si estamos enamorados, si nos amamos o si tan sólo es un deseo atroz. Y esto lo hemos hablado en varias ocasiones entre risas y copas de buenos vinos.

He tenido dos matrimonios con sus respectivos divorcios, un hijo del primero y un dogo argentino maravilloso del segundo. Actualmente vivo con un tercero y sin embargo, mi chico inglés que ya es todo un hombre es el único que todos los veranos ha estado conmigo desde mis diecisiete años. Él tiene en su haber un matrimonio con su separación y una segunda convivencia que mantiene y alterna conmigo. Nos organizamos muy bien, incluso en ocasiones nunca hemos tenido problemas para ir sin nuestras respectivas parejas al pueblo. Un mes de vacaciones allí y volvemos con las pilas cargadas, él a Londres y yo a Madrid, para seguir viviendo en el vacío y el hastío de nuestras sucias rutinas infectadas, inyectadas y chutadas de monotonía.

Ahora mismo al escribirlo estoy siendo consciente de la felicidad que me provoca. Mis ojos empapados agradecen con lágrimas de contento este tesoro caprichoso y secreto que durante casi treinta años estamos manteniendo los dos.

Es extraño el mundo psíquico, el pensar desordenadamente porque no piensas como la generalidad. Sin embargo, últimamente arrastro una tristeza sin frenos, es arrítmica y demasiado espesa para mi refinado gusto. Tengo ganas de llorar casi constantemente… Echo de menos las montañas, el frío tranquilo y apacible de la sierra, la frescura de la pinada y mi pueblo de menos de quinientos habitantes. Supongo que el encanto de visitarlo solamente para despedir a los muertos o en los veranos empieza a ser extraño…. Supongo aunque suponer no es mi fuerte, y mi fortaleza tiende a debilitarse porque en el fondo no sé si estoy enamorada, si le amo o si es tan sólo un deseo atroz… Todavía no lo sé, pero no tengo la menor duda de que todavía quiero, necesito y deseo muchos más veranos caprichosos y secretos como los nuestros. Y si nunca llego a saberlo, ya he dejado dicho que me entierren en el pequeño y viejo cementerio con olor a pino carrasco, con el frío tranquilo y apacible de la sierra y la frescura de la pinada… Sé que no hay un lugar más maravilloso para eternizar un pacto tan caprichoso y secreto como el nuestro, porque caprichosa y secreta será también mi muerte, y por ello no hay nada más recóndito que estar rodeada de grandes montañas.

Sofya Keer

 

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