Abismo

Te reto a que leas mi carta. Pero hazlo en soledad muy lentamente, para leerla podrías consumir la sustancia a la que eres más adicto, después date por jodido, porque te aseguro que no podrás escapar de él… Y él es el abismo.

Te juro que no me duele la caída física. Yo aguanto dosis de un dolor físico trabajado y cruel, tan cruel como Dickens. Pero no es lo mismo con mi dolor emocional. Eso es ya un rompecabezas cuyas piezas nunca encajaron y sé que jamás encajarán. Sin embargo para mí no es preocupante, es más bien rallante, y ralla tanto como una tensión sexual no resuelta. El dolor emocional me desintegra en átomos de desencuentro y tristezas.

No quiero ponerme dramática porque aunque soy consciente de que lo parezco no lo soy, y parecer no es ser ni tampoco estar, yo soy irónica, parezco patética y estoy neurótica. El abismo juega a domesticar mi ego y ese juego me descentra, y descentra también a mis yoes, no porque mi alma indómita se resista sino más bien porque su adiestramiento me coloca ante una realidad en la que con sólo otearla, con sólo aproximarme a ella yo ya sé perfectamente a lo que me expongo. Me expongo a él, vulnerable e injustamente, como si hubiera permanecido veinte años en una cárcel de mierda sin haber cometido el crimen. Y es culpa mía por no creer en nadie, es culpa mía porque tengo un valor de la ética elevado, es culpa mía porque estoy convencida de que la virtud se logra fuera de la sociedad, y esta incluye a las personas. Más también a los hombres, pero no tires la toalla por ello, sigue leyendo esta locura por favor.

Mi abismo es raro y complicado como yo, ¡es así!, como la familia, es la que te toca y punto. Por pensar siempre me han mirado mal, sin embargo al abismo yo lo miro con mi prisma, el fruto de mis experiencias que por el hecho de ser pasadas ya no existen pero sí son importantes, por lo que de mí han hecho gracias a su destreza con la cirugía heroica, y al uso y desuso de un bisturí certero y cruel. Al abismo yo lo miro con un caleidoscopio, y creo que por eso me provoca un vértigo emocional que en el fondo yo sé que es excitante porque lo siento así, y mientras siento esa extraña excitación, figuras perfectamente geométricas, de todos los colores se entremezclan convirtiéndose en miedos, en fantasías, en traumas que justifican motivos, en causas perdidas y en consecuencias de esas causas que por ello se pierden aún más. Mi abismo es profundo e intenso por sus procesos caleidoscópicos.

Básicamente hazte a la idea de que la imagen es esta, pero antes aprovecha mis dos puntos para beber, fumar, comer o esnifar esa sustancia sin la que no puedes vivir y con la que has iniciado la lectura siguiendo mi consejo sumisa y puerilmente. Ahora sí puedes hacerte a la idea. Y si eres de los rebeldes y has decidido que la lectura va a ir en chute frío y seco sin acompañamientos tóxicos, estás igualmente jodido, porque hoy vas a pensar muchas cosas tras leer mi carta. Muchas. En fin, que por última vez, te repito que intentes hacerte una idea de lo que es:

Mis idas y venidas, mis subidas y bajadas, mi cielo y mis infiernos, mi yin y mi yang mientras me acerco y juego a bordearlo… Es un juego porque la vida es un juego para mí. Un juego no tan serio en el que apostar tampoco es lo más trascendente, porque lo realmente crucial es jugar o participar, es querer hacerlo, es poder, es necesitar participar en él. Y fuerzas te juro que aunque siempre me fallan jamás me faltan, al final paradójicamente nunca me faltan, son los motivos los que me frenan, y cuando existen, cuándo hay motivos reales para arriesgar, lo miro, me mira y el caleidoscopio empieza a girar automáticamente, porque el artilugio en cuestión ya interpreta muy bien nuestras miradas. Entonces mi vértigo emocional surge como un hijo de p…, disculpa, como un hijo del materialismo en su propensión al egoísmo para convencerme de que no juegue. Intento convencerle de que mi generosidad es como un cheque en blanco, intento convencerle de que tengo un talonario para repartirla por doquier… Lo intento pero no lo consigo, y es que tal vez ya entregué mucha, y sé que siempre más de la que recibí… Pero sé que algún día lo haré, algún día le convenceré de que aún tengo mucha generosidad en mi ser. Sólo necesito motivos convincentes y reales porque mi abismo tiene su razón de ser, y sus razones para estar y parecer profundo. Un abismo sin carácter no vale la pena y la pena es que juego a bordearlo y no encuentro motivos para lanzarme y no sólo volar sino sentir que lo estoy haciendo. Eso es lo difícil, eso es lo más maravilloso del abismo, vivir la caída y sentirla como un puto vuelo fantástico y maravilloso.

¿Son motivos un cúmulo de casualidades, de afinidades, de ideas que suenan al unísono desde la bilateralidad más absoluta?, ¿incluso aunque de lo absoluto se diga que no existe?… Y al hilo, ¿son motivos los beneficios de la duda?… Una voz agradable y sugerente, un reto, unas palabras oportunas en un lapso preciso en el que no hay binomio espacio-tiempo tangibles, ¿son también motivos?…

Mi pie izquierdo sigue al derecho en fila india y así sucesivamente voy bordeando el abismo. A veces paro y lo miro, me mira y sabe que dudo, y si dudo hay motivos, y si los hay podría lanzarme, y si en lugar de volar me despeño el daño físico no me causará dolor pero el emocional me dejará ya exhausta, porque te juro que no sé qué me ha ocurrido, ni a mí ni en mi vida, sin embargo ningún motivo ha sido suficiente para no sólo volar, sino también para sentir que estoy volando. O incluso caer y sentir la caída como un vuelo.

El abismo es una A de aceptación, una B de brillo, es una I de intento, una S de suspiros, es una M de merecer y una O de oportunidad. Por eso lo miro y me mira, y dudo, y la duda es compleja porque el abismo lo es y la duda es profunda porque él también lo es, y de paso, porque todo hay que decirlo ambos son como yo y yo como ellos, soy compleja y profunda, soy intensa y abismal como mi duda, como mi abismo.

Sofya Keer

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