Pequeñas verdades: El plan B

Terminamos de cenar… Fuimos a mi casa. A mi biblioteca, y ese día empezamos a leer “El Quijote” juntos. Capítulo a capítulo en mi cama, cada vez que volvía a mí leíamos uno, y además alternábamos para leerlos en voz alta. Ese era el esquema, juntos en mi cama, capítulo a capítulo siempre que volvía a mí. Y como era el libro original, leímos los 52 de la primera parte pasamos a los 74 capítulos de la segunda, y como leímos los 126 juntos cada vez que volvía, pasé al plan B… Y entonces, entonces irremediablemente perdió la cabeza por mí.

Un brindis cerró el trato, era el brindis de la adicción, de la infancia muerta, de la esperanza devastada, de la inmovilidad de la certeza, de las ausencias y sus tormentos. Era el brindis de la tristeza de lo nacido y de lo que no nace. Y con el brindis un deseo ebrio de fornicación sonámbula se quedó inmóvil en ese punto muerto, porque en mi plan B las lecturas eran ausentes, el sexo era ausente y además yo me ausenté.

Hay amores difíciles en los que la clave está en apuntar alto y en ese desafío que alimenta su vibración. No tengo la menor duda de que la creatividad en las artes amatorias debe ser un continuo flujo de inspiración y un insolente e ilimitado juego para regalar escalofríos. No debes perder de vista esas señales que te manda y ese entendimiento erótico a tu imagen y semejanza, pero que es sobre todo cambiante y alejado del empobrecido de las rutinas amorosas. Ahí está el infinito glamour y el auténtico sex appeal de las relaciones románticas. No en lo superficial ni en lo que se ve, está en la profundidad, en lo más hondo y frondoso de nuestro sentir. Y todo esto no lo tenía con ella después de veinte años de machacar al amor y destruir todas sus enclenques y sutiles construcciones. Por eso volvía a mí, por eso y porque mi construcción le hizo perder la cabeza. Tras esos 126 encuentros furtivos le dejé un sobre con una carta en la que fue mi casa durante esos espacios y de la que él tenía llave. En ella le decía que esa casa ya no era mía porque ya no la iba a alquilar nunca más. También le dije que no volvería a verme jamás porque me había ido del país. Cogí un autobús, después un barco y definitivamente un avión. Adoro esa sensación de huir o escapar con la certeza de que algo se va para siempre.

Fue delante del féretro de mi padre que lo vi todo claro. Yo haría con los hombres lo mismo que él hizo con mi madre y con dos mujeres más que me dieron dos hermanos, a los que tuve la suerte de conocer el día de su funeral, al que por cierto nuestras tres madres no asistieron porque él les había hecho perder sus cabezas huyendo y desapareciendo de sus vidas. Tres vidas, tres familias y tres cabezas femeninas rotas. Cuando descubrí lo de la prole dispersa de mi padre rompí a reír en el funeral y pedí que me abrieran la caja de pino. Era guapísimo, incluso frío y amarillo su rostro simétrico era hermoso. Pasé dos días con mis hermanos en Florencia que era donde la muerte le sorprendió y donde residía con la cuarta candidata que lloraba desconsolada ignorando la pequeña verdad del plan B de papá. De vez en cuando miraba al suelo en actitud cavilante aunque por su cabeza nunca pasaría la pequeña verdad del sabio amortajado. Cuando nos confirmaron que de ella no teníamos hermanos salimos de borrachera y bailamos hasta el amanecer, decidimos brindar por él y también por nuestras pobres madres. Los tres heredamos de su genética el gusto por el arte, mi hermano mayor era escultor, mi hermana pequeña tocaba el piano, y a mí que caí en medio de ambos, me tocó la filología y la escritura. Él era un gran filólogo de literatura antigua. Un hombre interesante cuya mente y sentir devastados eran oscuros y obtusos, y desde luego siendo mujer, lo peor que te podía ocurrir era enamorarte de él porque siempre acabarías perdiendo la cabeza por su ausencia provocada e intencionada. Y es que esa sensación de huir o escapar con la certeza de que algo se va para siempre es adictiva. Doy fe de ello y de que sellarla con un brindis es adictivo igualmente, como el “Chinchín” de las copas y el encuentro de esas miradas que jamás volverán a encontrarse.

Así que una vez descubierta mi carta en ese piso que ya no era mío, él me mandó infinidad de mensajes al móvil. Y pueden pasar años y sigo recibiendo mensajes de esos hombres que van perdiendo la cabeza por mí. Ese teléfono está lleno de registros alocados de todos ellos, palabras de odio, desamor y locura que leo a ratos en los descansos de la vida tan ajetreada que llevo alrededor del mundo. Y no contesto a ninguno de ellos, como hacen los morosos cuando les reclamas lo que les ha dejado y es tuyo. Y ellos siguen ofuscados, y aparecen y desaparecen como el río Guadiana, pero por mucho tiempo que pase no caigo en el olvido, tarde o temprano vuelven a recordarme y recibo sus mensajes impotentes y desesperados, incluso algunos sensuales y sexuales pese a mi ausencia intencionada y definitiva. Todos son leídos con su doble click azul reglamentario y ninguno obtiene respuesta, ellos sólo necesitan saber que los leo y que estoy viva, esa es la pequeña verdad del plan B, que no estoy, pero estoy viva. Mi conciencia está en su sitio, porque yo no les dejo hijos, no puedo ser madre, mi mente está devastada, es oscura y obtusa, no estaría bien.

Cuando introdujeron el ataúd en el nicho lloré porque por primera vez en mi vida entendí qué era lo que iba a hacer hasta mi último día, y lo supe gracias a él. Yo quiero que todo el mundo hable bien de mí. No escuché a nadie en el funeral hablar mal de mi padre. Todos los asistentes a su despedida formaban parte del teatro de su presente, su pasado había muerto y su futuro ya también. Era perfecto, todos hablaban bien de él y mis hermanos y yo callamos porque no era el momento, ya no procedía que el pasado irrumpiera y menos en ese momento mortal.

Yo le estoy agradecida porque me dio la vida, y en concreto, le debo la vida que llevo. Le estoy agradecida aunque mi madre ya no me habla porque dice que soy como él, más no por la simetría y la belleza de mi rostro, sino por mi mente devastada y mi sentir oscuro y obtuso.

Sofya Keer

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4 respuestas a “Pequeñas verdades: El plan B

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