En el tiempo que dura un grito

No creo en platillos volantes, ni en la telepatía, ni en la telequinesia, no creo en astronautas, nunca he leído a Isaac Asimov y nunca lo leeré. Lo juro. Yo sólo creo en lo que mi cerebro elabora cuidadosamente, él me entiende a la perfección. Yo sé lo que siento, realmente lo sé, no tengo dudas y si hay matices éstos contribuyen a engrandecer mis emociones. No las empobrecen, eso nunca ocurre.

Pero debo confesarte que hay algo increíblemente espantoso que no sé cómo gestionar. Me refiero a ti. Y es tan espantoso como los fetos, los fetos son terribles, y no los hace más bellos la promesa de la vida que representan, ¿sabes por qué?, porque será una vida sentenciada a extinguirse, y la extinción no es algo hermoso, es el final, es lo definitivo. Es lo irrevocable.

Con sólo vislumbrar o intuir tus lubricadas intenciones  me salgo de mí misma, mis hemisferios pierden su guía y me abandonan con una crueldad gélida, que con el paso de los días es una clara pauta de algo inadjetivable para mí, que siempre  nadé en las seguras aguas de la cordura y nunca en las peligrosas de las contracorrientes. Pierdo el control, me despeño por los acantilados misteriosos del instinto, y en el tiempo que dura un grito mi constructo se desmorona y mis cimientos se empapan por el descontrol de esos bailes maravillosos que me regalas egoístamente en la cama. Me rebelo contra esa esclavitud que no soporto, y que me mata de placer atada al cabecero con mis ojos vendados y tus susurros húmedos y  lascivos. Y al resistirme aumenta mi placer, y mis constantes arrítmicas me sitúan en ese punto indeseable del quiero más, necesito más, pero en realidad ya no sé si esa necesidad es un espejismo, o si mi cerebro quiere hacerme sentir esa exigencia que es carencia y no sé de qué. Lo cierto e innegable es que me está convirtiendo en una adicta. Soy adicta a ti y al placer que me procuras.

Y ese fuego no me quema aunque ardo con sus llamas y con ellas arde todo, mi pasado que no existe, mi presente que estoy consumiendo y el futuro que no tengo. Y arder no es el problema, el problema es que el fuego no me quema y tú eres el mayor inconveniente que tengo en mi vida, eres la cerilla y el combustible que propaga mi fuego.

A veces siento que no tardaré en convertirme en cenizas por este fuego arrasador, y la verdad es que no me veo remontando como el ave Fénix, porque mis alas claramente han sido amputadas por esta voluntad que me supera, y que mi cerebro lejos de controlar deja a la deriva en ese libre albedrío que me esclaviza, mientras mi corazón ha dejado de sentir, porque el vacío llega un punto en el que ya ni se siente. Y no sentir es bueno cuando no puedes controlar tu voluntad, y solamente la sientes cuando en unos aseos públicos con cada embestida el mármol del lavabo golpea contra la pared, o cuando en el ascensor subimos y bajamos hasta que consumamos, o cuando cogemos las llaves de mi oficina y mientras todos en casa duermen durante la madrugada, yo ardo sobre las mesas, los sillones o tirada en la moqueta del suelo. Es ahí cuando siento mi voluntad dominada por un instinto animal, es ahí cuando con cada sacudida el mismo vacío me llena de ecos ahogados de una voz que no es la mía pero que me domina, y aunque parezca que fluyo en el fondo me estoy asfixiando con mis fluidos, y aunque parezca que respiro jadeo, y mis gemidos son carencias que no identifico porque estoy anulada. Anulada y deseosa de que el placer me anule.

Piensa que esto es muy difícil para mí porque en lo que dura un grito me mutilo, me limito y a la luz de las llamas de ese fuego destructivo me convierto en mi peor enemiga. Yo que fui un feto horroroso, ahora soy una mujer que estando viva es la esclava de una existencia extinta. Mi consuelo es que tal vez pueda ser libre para escoger el momento de mi extinción definitiva. Sólo necesito un poco de voluntad para hacerlo, sólo eso, aunque en este momento y en este punto de mi vida ya no sé cómo se hace. Además siento que lo que ahora mismo necesito es que vuelvas a atarme a esa maldita cama con mis ojos vendados porque quiero arrasar con todo y arrasarme, y lo necesito hacer en el tiempo que dura un grito.

Sofya Keer

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