Una ducha entre sueños y locura

Fuiste una apuesta demasiado arriesgada e inútil, aunque he de reconocerte cierta sensualidad por tu aire desafiante, como el de una tormenta frente al mar. Esa necesidad de dominar la situación fue una estupidez muy humana, como la de nuestra especie creyendo que controla el mar desde las atalayas y los faros.

El reloj me regala a las seis de la mañana este silencio. Un silencio sepulcral que me hace pensar en cómo encarar el trámite inevitable de mi existencia: la pulverización de mí misma.

En algún momento las cosas dejaron de funcionar, y en el fondo todos tenemos una mitad silenciada u oculta que en ocasiones aflora de manera incontrolada. Es la luz en las tinieblas. Es como el arrebato de una atracción sexual.

Siempre estuve fuera de las normas. Lejos de ellas y muy cerca, mejor dicho, muy dentro de mí misma con malabarismos entre sueños y locura, y lo peor, temiendo a mis propias capacidades, ¡qué inepta y qué idiota a la vez!… Yo llevo al infierno dentro de mí y ardo en él, por eso no temo al vacío pues sé de muy buena tinta, que el peor cataclismo es una existencia vivida desde la tristeza. Si ahora tuviera que expresarme a viva voz temblaría. Yo tartamudeo cuando me pongo nerviosa y la pena me saca de mis casillas, ¡no sé cómo puedo vivir así!, todavía no lo sé… Mi capacidad adaptativa es mi autodestrucción porque al adaptarme a la tristeza caigo constantemente, caigo y voy cayendo con el paso de los días, voy sucumbiendo, clavando mis rodillas en las arenas movedizas de esta pena profunda y lodosa, recordatoria que de cualquier manera y en cualquier caso caeré fulminada como la torre.  Entonces todo esto se dará por mal empleado. Toda mi vida mal empleada, con la incapacidad latente de no poder vivirla a fondo, con el alma hendida en dos, entre mis sueños y la locura.

Me entran ganas de llorar y no soporto esta súbita debilidad, prefiero encender un cigarro con la colilla del otro antes que verme llorando porque las cosas dejaron de funcionar en no sé qué puñetero punto, o porque caeré fulminada y nada habrá valido la pena, y además está presente el agravante de ser consciente de que tanta tristeza será para nada. Esto no sé si podré soportarlo. Antes soportaría otra vida longeva llena de penas, que ser consciente de su inutilidad y de la futilidad de mis actos inspirados en ellas.

Siempre podría plantearme formar mi espíritu, regular mis acciones, aprender lo que debo hacer y lo que debería evitar, empuñar el timón y dejarme ya de tantas tonterías trascendentales. Ese afán mío por construir castillos en un aire contaminado, esta locura que me obliga a aventurarme y que si me abandona me sentiré aún más perdida. Y de telón de fondo esa vida vegetativa e indeseable, que es como la del resto del mundo.

Indeseable ella y deseable tú. ¡Qué sensaciones, qué subidas, qué bajadas!, y qué caídas cuando te deseaba…

Te deseo aún porque no quiero dejar de anhelarte. Sigo siendo una seguidora confesa tuya, sigo encaprichada por burlar tu censura, sigo presa de tu embrujo, y conforme cae el agua sobre mi cabeza siento cómo la tristeza se remueve en mi cerebro mientras yo me retuerzo pensando que todo será para nada. Llevo toda la noche de bar en bar, de copa en copa, tratando de castigarme aún más, borracha aumenta todo, mis sueños, la locura, mi pena y mis tristezas, el alcohol es el zoom de toda mi basura emocional. Y conforme cae el agua lloro y voy a seguir bajo el agua, voy a seguir llorando, alimentado ese todo para nada, asimilando la pulverización de mí misma…

¡Joder, y yo no quería llorar!

Sofya Keer

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2 respuestas a “Una ducha entre sueños y locura

  1. Entre las gotas de la tristeza, como entre las de la tormenta, existe esa molécula que alimenta la vida. Los sentimientos y el agua tienen el mismo poder creador y destructor.
    A veces los sentimientos nos llevan a mares inexplorados, o a algunos llenos de lanchas de recreo, pero si apuntamos al horizonte, hasta las olas más altas nos ayudarán a no perder el rumbo.
    También podemos esperar a que llegue la noche, a que la tormenta se torne lluvia tras la ventana, donde el faro ilumina a lo lejos, importándonos bien poco quién se siente rey del mar. La verdad de nuestros sentimientos es solo nuestra, y si lloras o ríes, hay que hacerlo sin complejos, sabiendo que sin todo eso no somos más que bañistas ensimismados con su yates, siempre alquilados, como es la vida misma.
    Una ducha a tiempo siempre es reparadora.

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