Diecisiete de octubre de 2018: Mi decadencia

Nadie sabe de mi decadencia tanto como yo misma. Recuerdo cuando comprobé por primera vez que un ligero y sutil toque podía suponer un placer extremo y muy superior. Recuerdo las sensaciones como algo único e irrepetible. De hecho no se ha vuelto a repetir y ningún otro toque puede compararse a aquel. El primero, el que fue con un hombre mayor que yo casi veinte años. Yo tenía los veinte recién cumplidos y le pedí más pero se negó a ello, la universidad y nuestros roles profesor-alumna no eran demasiado propicios para historias, aunque sí ideales para aventuras. Fue único e irrepetible por eso y por otras cosas, cosas decadentes relacionadas con el bien escaso, y el bien escaso es la felicidad, y con su ausencia se viste mi decadencia que en días grises y lluviosos se disfraza de alegría y juega al despiste con mi alma, mientras mi ser se empapa de lluvia. No me dio más porque quería torturarme y mi deseo por él se fue ahogando entre lágrimas. Lo superé con el paso del tiempo pese a ser único e irrepetible, pese a encontrarme en el camino con hombres poco diestros en las artes amatorias, torpes y gélidos, casados o comprometidos. Pese a todo continué con mi vida acumulando más decadencia, recreándome en la escasez, suponiendo naturalidad en ello y presuponiendo futuros oscuros, escasos y decadentes. La cuestión es que crecer así no es fácil, pero si hay que crecer se crece, y al dolor del crecimiento le añadí las molestias que la decadencia existencial ocasiona. Lo peor es que me nutro de ella y nutrirse es más que crecer, es alimentarse, sustentarse, es sostenerse. Yo sé que definitivamente me embriago con ella. Eso es malo. Pero también es malo vivir sin el sentido estricto y profundo, es malo no saber el “porqué” y conformarse con el “cómo”, son malos tantos “peros” y peor son los “y si…”, sin embargo, pese a lo único e irrepetible, continuo como si nada cuando se trata de todo lo que me está pasando en mi vida.

Y no hay errores fatales, yo no los veo, a no ser que buscar bellezas irreales lo sea. Soy inquieta e indomable por eso la adversidad es mi medio y para mí no hay efectos adversos en la vida, hay decadencia. Mucha decadencia. Y en plural lo que hay son decadencias. Pero la anécdota de mi escasa existencia es que hubo un hombre que dio su vida por mí. Teníamos una historia que para él era única e irrepetible, pero para mí era una más del montón, por eso en aquel asalto en un viaje a Estados Unidos se puso delante de mí y los tiros le sacudieron mortalmente. Yo sobreviví sin traumas pese a la envergadura de su acción altruista, y es que yo nunca lo hubiera hecho, por eso cuando lo vi en el suelo muerto en una calle de Nueva York sólo sentí incomprensión por cruzarse en mi camino. Los disparos eran para mí porque el destino es así de caprichoso, él jugó a alterarlo y se jugó su vida, perdiéndola. Yo no lo habría hecho ni por él ni por ningún hombre del mundo, bajo ningún concepto y sobre ningún precepto, mi vida es mía, es única e irrepetible y por ello el primero de todos pese a su toque sutil y placentero tampoco lo merecería. No es frialdad o tal vez sí, no soy desagradecida, aunque es posible que lo sea, esas balas tenían mi nombre y yo ya tengo un ciprés con sombra, sin embargo, él no contaba con su mortalidad y su familia al no haber voluntades escritas o dichas no supo muy bien qué hacer con su cuerpo. El héroe sin tumba que dio su vida por una mujer llena de decadencia y escasez, que además hubiera deseado morir cuando él sin consultar se lanzó a cambiar un sino para el que ya había ciprés, sombra y cementerio pequeño, acogedor y apacible. El héroe que es sólo una anécdota más en mi vida, en la que sigue siendo el primero el único e irrepetible pese a todo y para todos los casos o supuestos, llámense historias o aventuras.

Mi decadencia es mi esencia, mi materia, mi yo y mi ego, mi ello y mi superyó, así que nada ni nadie puede saber mejor de ella que yo misma. Y si soy fría y desagradecida es por ella o tal vez por mí, pero lo cierto es que de aquel diecisiete de octubre de hace tres años lo que yo recuerdo no es al héroe sin tumba, es que esa era la fecha de mi muerte pero alguien me la arrebató, y esto ha pasado a formar parte también de mi decadencia existencial y mi escasez que es de todo menos escasa, y aunque me siento arropada por el hecho de que ciprés, sombra y cementerio no me faltan, cada diecisiete de octubre me regalo una rosa en memoria de lo que pudo ser y no ha sido.

Sofya Keer

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