Pensar cosas inútiles es necesario

Hay personas con un poder hipnótico que aguijonean tu curiosidad sin remilgos ni escrúpulos. Las sensaciones se reactivan al interaccionar con ellas. Es como disfrutar de la lectura de un libro de ilusionismo. Las personas con  este poder son escasas, es como deleitarse con la visión de una alineación planetaria, ¿quién podría negarse a gozar de un espectáculo tan maravilloso, y qué decir de las sensaciones?

Le conocí y me enamoré tan rápidamente que empecé a buscar otros hombres para tentar a mi equilibrio y volver a desestabilizarme por mi bien y el de todo mi ser. Este detalle era para tenerlo en cuenta, era sólo la segunda vez que lo hacía. Obviamente sólo he estado enamorada dos veces en mi vida, de Didier cuando era una cría y juntos jugábamos a ser una pareja de novios mayores, y ahora, con más de cuarenta, después de no sé cuántos años pasando por alto el amor, centrada en una carrera profesional espectacular, fumando hierba de calidad, tomando buenos vinos con toda la escoria pastosa de la empresa, follando con tíos casados que por cobardes nunca iban a separarse de sus esposas y por lo tanto, nunca me perseguirían en serio, y por supuesto sin parar de viajar con dos amigas desmadradas a mi altura y con un nivel de hedonismo similar. Y entonces con toda mi vida montada a lo grande y por todo lo alto, aparece flotando un castillo en el aire que en una servilleta de papel de un bar me pone su nombre y su número de teléfono, y al dármelo me susurra antes de irse y desaparecer por la puerta lo siguiente:

– Llámame solamente si esas miradas que hemos intercambiado no son pura atracción física. Llámame si estarías dispuesta a darlo todo por un futuro juntos,  aunque sea oscuro y voluble. Llámame, me muero de ganas porque lo hagas.

Se dio un puñetazo simbólico en su pecho echó la cabeza hacia atrás por el impacto teatralizado y con un gesto de fatalidad cerró sus ojos. Yo que había cogido la nota y le observaba, rompí a reír. Abrió los ojos de nuevo tras su actuación, besó una de mis mejillas y se despidió.

¡Claro que me enamoré!, no voy a escupir falsedades haciéndome la dura, pero como era legendario en mí, no quería depender emocionalmente de ningún hombre.

Caer continuamente en las decepciones y en las excepciones es una buena y compleja herramienta de crecimiento personal, de lo contrario la torpeza y la confusión se instauran en tu existencia y esta pasa a convertirse en una película pésima, como es mi caso. Yo siempre he desechado las excepciones, ¿por qué iba a hacer lo contrario si me funcionaba?

Pero él sabía cómo mantener el interés de una dama, volví al bar infinidad de veces, él no aparecía por allí, su silencio me dejó fuera de juego y entonces quise jugar. Y aposté fuerte. Tardé un poco pero después de algo más de un mes le llamé.

Empezamos a salir y todo funcionaba como nunca, como tal vez hubiera funcionado con Didier si no se lo hubiesen llevado sus padres al otro lado del mundo. Incluso sabiendo que mi experiencia depresiva es corrosiva, que me atormenta y martiriza. Incluso sabiendo que en ocasiones miro a mi alrededor y me veo rodeada por la nada o el vacío, obsesionada con la indagación existencial, muerta en vida. Incluso sabiendo que no sé si esta mierda parará en algún momento. Teniendo además presente que mis inicios con ella se gestaron de una manera extrema y extraña, sobre todo por su precocidad, pues aunque a veces es difícil precisar el momento de una cosa yo era muy niña, y nunca me apetece recordarlo. Pues hasta ese detalle lo respetó.

Didier también lo sabía todo y pese a ello y siendo unos niños me decía que me amaba. Él también, él no me quería. Él me amaba.

Así que como el camarero del bar donde tomaba el café al lado de la oficina siempre deseó algo conmigo se lo puse fácil, y él alegando que le daba igual que nuestro futuro fuera oscuro y voluble me perdonó. Del mismo modo lo hizo con el becario que llevaba dos meses en la empresa. Y con el vecino del quinto que pasó dos veces por nuestra cama. Y con Didier, con Didier sin embargo no me lo pudo perdonar. Recién llegado de Australia me localizó gracias a una de mis amigas desmadradas y hedonistas, tomamos unas copas y nos fuimos a un hotel. Cuando por la mañana regresé me preguntó:

– ¿Con quién ha sido esta vez?

– Con Didier.

– Coge todas tus cosas y regresa a tu casa definitivamente.

Didier volvió al continente australiano con su mujer e hijos en plural.

Él y yo coincidimos muchas noches en el bar donde nos conocimos. Le miro, pero él ya no me mira. Le amo, me ama pero ya no tiene sentido el amor, y definitivamente con todo esto que acabo de plasmar me reafirmo en mi teoría de que pensar cosas inútiles es necesario.

Sofya keer

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