Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La inercia estúpida de los cigarrillos del insomnio me mantiene a salvo del vacío que me rodea. Es algo tramposo, pero me funciona. A cada persona le funciona una cosa. A cada hombre, a cada mujer, a todos hay algo que nos funciona y otras muchas cosas que por el contrario no.

Como tantas otras noches no puedo dormir, y no me preocupa porque tampoco tengo que madrugar. Mi trabajo consiste en salir a dar largos paseos para observar a la gente dentro de sus rutinas. Después de mi cuidadoso trabajo de campo regreso a mi escritorio y vomito sangre en forma de palabras, impotencia y repulsa contra la especie humana que desgraciadamente es mi especie. Así paso las noches, metida en mi burbuja de humo. En mi anterior novela, además, cuando tenía el ánimo subido le mandaba un mensaje a mi joven y apuesto vecino que también era mi víctima. Entonces él muy complaciente se trasladaba a mi cama por una noche y me daba la vida que me quitaba mi existencia. Era un modo más que tolerable para salir de mí misma. Los otros métodos eran más bien el formato de sacarme de mis casillas, algo que me ocurre asiduamente cuando doy mis largos paseos durante el día observando al ser humano deshumanizado, y que por supuesto, no me da resultados ni tan deseables, ni tan saludables. Con él conseguía salir de mí misma, me salía sin mis contenidos, como en un viaje astral, con mi continente empapado y extenuado en la comodidad de mi solitario hogar, desde mi cama y a base de sexo sucio e infame. Sucio porque le odiaba e infame porque quería joderle la vida. Él deseaba algo conmigo, aunque una noche me dijo que ese algo era más bien un todo. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme. Me contó su última historia en el metro. Yo le observaba y me sentí una cobarde por no poder matarle, así que como la bestia parda sentía una debilidad inusual por mí, decidí que la venganza sería más divertida. Yo sacaba inspiración literaria de las atrocidades que me contaba, placer con su sexo y la satisfacción de que en un tiempo le dejaría tocado y hundido, pues enamorado lo que se dice enamorado, el pobre fascista lo estaba. La historia era que dos chicos negros subieron en el metro y él empezó a gritarles que ellos no tenían derecho a montar en el mismo transporte público que los blancos. Pero vamos a ver, ¿no es público, esperpento humano?, yo le observaba y pensaba en su cerebro vacío, pensaba en su sexualidad salvaje cargada de ira racista y xenófoba. Pensaba que mi anterior capítulo, en el que en el parking del supermercado un carcamal  tras cargar su mercedes con la compra dejó el carro en medio impidiéndome sacar mi coche y encima me llamó gilipollas porque me acerqué para hablarle de la urbanidad y el civismo, incluso le señalé con mi dedo índice y su uña larga pintada de negro, la zona donde la gente educada deja todos los carros encadenados para que no ocurran cosas como la que él provocó. Pues resulta, que pese a tenerlo ya escrito, pensé que ese capítulo era basura comparado con todo lo que iba a sacar de este ser del averno. Hablé con mi editora porque me llamó sorprendida el leer mi último manuscrito, le conté todo lo que estaba haciendo y preparando para esta novela y ella soltó una carcajada feroz. Las mujeres podemos llegar a ser muy crueles y malvadas.

Fueron nueves meses gestando a mi criatura, tiempo en el que nuestras citas fueron más numerosas y sus sentimientos hacia mí más intensos y profundos. Yo mientras tanto tuve que soportar sus historias de ultraderecha y soportarle a él con su supremacía patológica y desagradable. Pero valió la pena. Me quedaba la última corrección y para celebrarlo le llamé. Él no sabía lo que yo celebraba, de hecho, pensaba que lo nuestro sería algo más. Pero no había nada más lejos de la realidad aparente. Disfrutamos del sexo durante unas horas, era mi despedida y él hablaba de viajar juntos. Algo que no se hace con cualquiera. Yo no, desde luego. Empezaba a amanecer y llovía a mares con una tormenta eléctrica fantástica. A intervalos breves el cielo acompañaba a su inmensidad con unos truenos de potencia inusual, tan inmensos como ella misma. Justo cuando acababa de salir de la ducha y me ponía el albornoz escuché un trueno bastante fuerte que me pareció el portazo de la puerta de casa. Abrí la del baño y salí al salón. Efectivamente, ese trueno acompañó al portazo que él dio al salir de mi casa, al parecer de manera precipitada. Cuando me giré para regresar al baño y poco preocupada por el motivo por el que se marchó sin decir nada, pues poco me importaba él, vi mi ordenador portátil abierto y en su pantalla también abierto el archivo de mi novela que él protagonizaba. Obviamente ya supe el motivo de su marcha tan arrebatadora. Seguía sin importarme su reacción, su afección, su emoción o su desazón. Seguía sin importarme él.

Durante todo el día estuvo escuchando en bucle In Rainbows de Radiohead. Yo lo escuchaba… Todos y cada uno de sus temas mientras caía una tormenta impresionante que duró dos días enteros. Y el segundo día sonó 15 Step, Bodysnatchers, Nude, Weird Fishes/Arpeggi, All I Need, todos ellos en su riguroso orden mientras llovía a cantaros, y truenos y relámpagos acompañaban a nuestras soledades encerradas entre las cuatro paredes de nuestras casas.

El segundo día de tormenta cercanas las ocho de la tarde dejé de oír a Radiohead. En la escalera había mucho trasiego de vecinos, bastante ruido y conversaciones en el descansillo de arriba, donde él vivía. En media hora tocaron a mi timbre…

– ¿Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La policía me interrogó y me entregó un sobre de su puño y letra. Les conté todo lo que había hecho con él, les conté mis planes y les hablé de mi criatura. Mi frialdad sedujo a uno de los agentes que al salir me pidió mi número de teléfono. No se lo di por dos motivos, el primero porque no siento ninguna atracción por agentes de seguridad del Estado, y en segundo lugar porque no preparo ninguna novela que uno de ellos pueda protagonizar. Cuando salieron por la puerta, levanté la solapa del sobre que iba a mi nombre y que ya estaba abierto por el agente seducido y leí una pequeña nota que había escrito de su puño y letra:

“Lo hubiera dado todo por estar contigo. Me hubiera equivocado como de costumbre en mi puñetera vida… Una zorra, una puta escritora que jugaba a ponerme cachondo para sacar adelante un trabajo literario… Jajaja… Por lo menos esta historia de nueve meses ha sido de todas las que he tenido la más original, aunque debo reconocer que la menos llevadera. De hecho, no puedo soportar lo que he visto, mejor dicho, leído. No puedo soportar el no volver a verte, ni follarte, el no poder tenerte ni mirarte… No puedo vivir sin amarte. Eres la mejor de todas, la más zorra y la más puta, la más hermosa y la más inteligente. Recuerda solamente que yo sí te quise… Yo, sí te quise”

Esto ocurrió hace unas semanas y tengo la extraña sensación de que él me observa desde su dormitorio. A ratos me parece escuchar In Rainbows de Radiohead y entonces yo misma lo pongo en mi equipo al máximo volumen para no oírlo desde su casa. Lo hago siguiendo el riguroso orden de sus canciones para que suenen simultáneamente. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme.

Fue por una sobredosis de benzodiacepinas.

Sofya Keer

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