La tía Gertru

Hay un asunto que no concierne a nadie, el hecho de que mi vida carece de sentido. La trascendencia de esto es considerable pues en el fondo nunca cambiamos de vida porque sólo vivimos una. Sólo tenemos una y solamente perdemos una. Pero acabamos acostumbrándonos a todo y en el fondo cada día estoy más de acuerdo con lo que me dijo la tía Gertru en su lecho de muerte:

– Nena, anímate y piensa que en el fondo nunca se es completamente desgraciado.

Y se estaba muriendo, así que gracias a ella no me siento demasiado desgraciada. Me gusta acumular conocimiento en la mesa del despacho, eso me permite pasar horas y horas aislada, porque con la gente en general hay muchas cosas de las que no me permito hablar. Prefiero quedarme amodorrada bajo el sol, fumar mirando el mar, desequilibrarme deseando a un hombre y destruir así el equilibrio de mis días, antes que hacerlo por haber tenido que mantener una conversación falsa o superficial.

Anoche me bebí una botella de vino yo sola. Por un intervalo de cuatro horas estuve recordando momentos especiales de mi vida. Recordé la noche tan accidentada en la que nos conocimos, él iba con su esposa y yo con mi pareja. Recordé que el sexo era de calidad pero no podía soportar su cháchara vacía idéntica a la de mi parentela en las comidas y eventos familiares. Recuerdo cuando la tía Gertru que era la única del clan que no se ahogaba en las profundidades del ser y el asumirse, me decía:

– Querida sobrina, el secreto está en matar el tiempo y que él no te mate a ti aunque acabarás muriendo, pero empieza a entender que hay muchas maneras de morir.

Recordé que yo antes con la lluvia lloraba y ahora prefiero un buen vino en soledad, recuerdos endebles y acabar riendo estrepitosamente. Prefiero esto a llorar. Con o sin lluvia. Pero no hacerlo bajo ningún concepto. Ya no…

Hoy es lunes, la vulgaridad triunfa y ambas cosas me vacían insensiblemente.

Anoche recordé también cuando me pidió matrimonio. Obviamente le dije que no, que eso no ocurriría jamás. La tía Gertru cuando se lo conté me miró trascendente y dijo:

– No lo hagas. Casarse no significa necesariamente querer a la persona pero siempre significa acostumbrarse a ella. Yo hubiera preferido no casarme con tu tío y poder quererle sin acostumbrarme a él, así la pasión nos habría durado un poco más, no tengo ninguna duda. Ni tan siquiera le digas que te es indiferente, simplemente niégate, que tu alma no lo acepte todo porque el tiempo no echa el ancla.

Su testimonio me pareció aplastante y aunque soy una mujer triste y severa sus palabras me llegaron tan hondo que tocaron fondo y al caer en mi vacío interior me devolvieron el eco de mi llanto ahogado.

En el minuto anterior a su sedación cogí su mano y le dije:

– Tía, ¿qué es la muerte?

Con una sonrisa triste y severa apretó mi mano y con sus afectadas y débiles fuerzas por la cruel enfermedad me susurró lo siguiente:

– Hoy siento que la idea de la muerte es una de esas ideas exageradas que nos hacemos de las cosas que no conocemos. Y hoy moriré. Recuerda siempre nuestras charlas remojadas y con olor a sal, te quiero más que a mi vida aunque no es un buen momento para decirte esto, ¿verdad?…

Reímos por última vez juntas mientras la buscapina y la morfina le ayudaban a cruzar al otro lado.

Hoy no beberé ni recordaré nada más. Nada más…

Sofya Keer

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