La hija del perdón

Es mejor callar cuando tocamos lo esencial, me refiero a ese núcleo duro de la existencia. Callar o en todo caso hablar con los retratos de nuestros antepasados. Una vez lo hice en el pueblo, y me entretuve demasiado preguntando a uno de mis ancestros acerca del sacramento del matrimonio, de su matrimonio en concreto. Son esas cosas que te van llegando, el patrón de chismorreo familiar y los mitos familiares con los que vas creciendo. Así que la cosa se alargó y cuando salí a la puerta de la casona alguien me había robado la bicicleta. Salté como una loca presa de la ira, sin embargo al final entiendes que no estás en un desierto. En el desierto no hay nada superfluo. Al final entiendes que a cada paso vas creando tu propio universo. Así que regresé caminando, recordando la historia de aquel oscuro matrimonio de un antepasado del que sólo pude ver una fotografía que además era la del maldito día de su boda. Y qué guapa era la malvada esposa…

Mis pasos me llevaron al centro neurálgico del pueblo. La plaza de la iglesia con sus dos únicos bares ofrecía todo el ambiente al que se puede aspirar en esa pequeña localidad de montaña. Pero lo que realmente se hace en la sierra es aspirar el aire limpio y puro que ofrece bajo sus pinos centenarios, testigos silentes de historias recónditas y secretas de las gentes de sus valles. En un pueblo de montaña hay que dar largos paseos, visitar su cementerio a la caída del sol y escuchar su silencio con las campanas de la iglesia de telón de fondo anunciando la misa de las ocho en la lejanía. Entonces aspirar el aire que ya es fresco a esa hora y por ello parece más limpio y puro que en otros momentos del día… Aspirar profundamente y con los ojos cerrados entre lápidas y panteones, presentir al grupo de ancianas enlutadas bajando por la calle principal para asistir al culto.

Mi retorcido interior agradece estas visitas a la sierra. Estas desconexiones son las que me salvan del despeñadero profundo con el que acuesto y con el que amanezco. Me gusta no tener rumbo fijo en general y en concreto en mis emociones. Mi sueño es siempre el mismo, trascender. Sueño con eso dormida y despierta, trascender plena, rozagante, misteriosa, sensual e inoportunamente deseable. Sentir el peligro y con él la excitación.

Yo nunca he tenido fe en nada ni en nadie, real ni imaginario, por eso mi espíritu es libre y a ratos caótico. Su desorden invade mi ser y me susurra que tenga pasiones desmedidas porque estoy condenada eternamente a encontrarme con muchas en el camino. Muchas y pobres pasiones. Bajas pero que muy bajas. Y la culpa de todo es de mi infancia, una infancia difícil es un lastre seguro, que en el mejor de los casos te permite tener una vida más o menos… Más o menos parecida a una existencia. ¿Cuántas veces he ido caminando por la calle y de repente me he dado cuenta de que me he equivocado de dirección?, ¿y, cuántas veces ante esta situación he disimulado como si estuviera buscando una calle, local o persona por si alguien me estaba observando?… Esto en el pueblo nunca me ocurre. Cuando mis inseguridades me atacan de este modo en la urbe estar colocada mata mi inquietud malsana por ello. Por ello y por ellas.

Cuando tienes una infancia difícil todas tus historias de amor son la medida de tus desgracias. Con esta premisa tu vida se tiñe de tragedias, está en ti y en tu esencia constreñida darle forma de tragicomedia para subsistir decentemente. Aunque para ti la decencia nunca haya significado lo que para el resto de la humanidad.

Una infancia difícil te convierte en miope existencial y tu distancia para ver y discernir con precisión es muy diferente a la del resto. Tu precisión no es la de un bisturí quirúrgico sino la que determina esa interminable lista de capítulos de tu pasado que no has cerrado porque no has sabido hacerlo. No cerrar y no saber cerrar es abrir y dejar abierto constantemente. Esto es grave y gravoso. Sin duda. Estos capítulos son como los patios de las cárceles en los que puede pasar de todo y nada bueno.

Nunca nadie me enseñó a tener una conversación edificante o constructiva, así que me hice a mí misma en este sentido y opté por utilizar el perdón cuando mis sucias acciones causaban dolor ajeno. Pero pedir perdón una vez es señal de educación, dos es ya imprudencia, tres hipocresía y cuatro una provocación en toda regla. Ha habido hombres a los que les he pedido perdón hasta cuatro veces, y hace poco alguien que me quiere mucho y no sé porqué me respeta, me dijo que no hay perdón sin arrepentimiento. Así que una infancia difícil también puede llevarte a pedir perdón sin arrepentirte, y además hacerlo de manera reincidente e hipócrita. A vivir con ello y a no taladrar tu cabeza con ningún tipo de arrepentimiento. Es tan fácil:

– Hoy no tengo el día cariño. Perdóname, por favor.

Y después venían aquellos abrazos con los que me sentía tremendamente vacía. Y me vaciaba. Y el vacío era tan grande que mi derrota emocional me llevaba a sentir cierta indisposición y afectada me acostaba mientras mi víctima me miraba entristecida pensando que mi perdón era un arrepentimiento en toda regla. ¡Joder, y así hasta cuatro veces!… Y cuando el perdón entraba ya en la categoría de provocación, otro capítulo abierto y sangrante en  mi pasado me recordaba que la vida es rencorosa y que generalmente por eso, sólo te deja recoger aquello de lo que siembras o cosechas.

En el pueblo no me siento perdida. Yo sé que mis antepasados sufrieron mucho pensando cosas como las que yo pienso, por ejemplo, que la mentira protege a la pareja y por eso las infidelidades no se deben contar. Pero yo al final siempre las termino contando, entre caricias nerviosas siempre pido perdón. Siempre lo hago, una, dos, tres o cuatro veces si me dejan. Siempre pido perdón pero aunque quiera nunca me arrepiento. No puedo hacerlo.

Mi padre me pidió perdón a los treinta y cuatro años después de abandonarme cuando tenía sólo dos. Mi madre lo hizo unas horas antes de su muerte  y a mis cuarenta por todas las palizas que me dio afectada y maltrecha por el abandono de mi padre, al que erróneamente consideró de por vida su único y gran amor. Mi hermana me pidió perdón el día del funeral de mi madre en el que apareció después de treinta años desaparecida, huida cuando a mis diez y a sus diecisiete años mi madre me propinó una paliza brutal que me costó la pérdida de mi autoestima y el aumento de mis inseguridades. Mis abuelos lo hicieron por no estar ahí y frenar la locura y la obsesión fatal que mi madre tenía conmigo, al considerarme el motivo real del abandono de mi padre. Mi primer amor me pidió perdón por violarme un día en el que la cocaína cegó su visión de hombre y de pareja. Mi mejor amiga lo hizo por follarse a mi segundo gran amor… El joven que me robó la bicicleta mientras me entretuve en la vieja casona con mis antepasados, me pidió perdón también cuando nos cruzamos unos días después de la sustracción en el mercadillo del pueblo vecino, entonces le miré sosegada y le dije:

– ¿De verdad te arrepientes?

Me miró y con una media sonrisa me contestó:

– No me arrepiento.

– Pues quédatela, es toda tuya. Alguien que me quiere y respeta me ha dicho que no hay perdón sin arrepentimiento.

– ¿Tú estás loca, verdad?

– No estoy muy bien, pero me funciona. A golpes me va funcionando.

Sonreímos a la vez y se despidió alejándose con la que ya era su bicicleta.

Yo me pregunto, ¿qué es lo que pinta aquí el arrepentimiento si el vacío que aquellas sucias acciones me han ocasionado no consigo llenarlo con nada?… Con nadie. Ni conmigo misma. ¿Qué pinta el arrepentimiento en mi vida?, ¿qué en mi existencia?, y,  ¿porqué no me arrepiento de haber regalado mi bicicleta a una persona que me la robó y me pidió perdón por pura y sucia inercia?…

¿Qué es el perdón cuando ya se han ocasionado daños tan graves?

Sofya Keer

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2 respuestas a “La hija del perdón

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