Suelos inestables

Mi vida es como una época de indecisión inmutable e interminable. Siempre he considerado mi parto una negligencia, incluso cuando su dulce y perversa mirada abocada a la muerte me sedujo. Además aunque no nos conocíamos le dije:

No me mires de ese modo, es como no acabar de morirse”

Entre la aglomeración humana pude ver en sus ojos la geometría del abismo. La gente se empujaba de manera maleducada. Unos bajaban mientras otros subían. Él bajaba, yo era la que subía. Nuestras miradas se encontraron por las escaleras que compartíamos con más de un centenar de personas.

Mirar fijamente a los ojos de un desconocido que te atrae es excitante por muchos motivos, por ejemplo, porque la vida que llevamos por dentro no es la que desarrollamos en la tierra. La discoteca era como la torre de babel, sus escaleras al cielo estaban llenas de personas diferenciadas por sexos, por inclinaciones o gustos sexuales, por profesiones, por… ¿Por qué no diferenciarnos los unos de los otros?, ¿por qué no hacerlo pese a que parecíamos todos igual de irrespetuosos y perdidos?…

Con un par de copas este tipo de situaciones se hacen aún más intensas. Sin embargo a mí no me  apetecía tener sexo. Yo sentía una necesidad urgente de provocación, de que su suelo se volviera inestable, yo no quería nada más porque sé que hay atracciones que interrumpen tus ritmos hasta el punto de lograr interrumpir tu soledad. Yo no quería eso. No lo necesitaba.

Peco de poseer espacios obsesivos y mi cerebro le manda órdenes mudas a todo mi cuerpo que se enfrenta a un espíritu de rebelión y a una sólida matriz psicológica, ambos míos, y todo junto una mezcla casi grotesca que añade una clara imposibilidad, es imposible no subirse a mi montaña rusa emocional cuando miro a los ojos de un hombre que me atrae, porque en mi mirada puede ver todo esto y si es retorcido mucho más. Él lo era.

El juego del intercambio de miradas duró toda la noche, nos enfrentamos al conflicto de la desnudez del deseo y la obligación de esperar, algo que nos facilita de manera innata el nacer con miedo. El sí y el no. El ahora y el después. El murmullo infinito de las inseguridades y los temores frente a dos miradas que se encuentran y no quieren despedirse. Demostré mis dotes en el juego de la retirada del rostro deseado cual diosa inflexible de belleza antigua e inagotable. La desaparición fulgurante y el vacío sin límites que ocasiona. El perderse para encontrarse.

Él respondió a mi provocación. Yo quedé sometida silenciosamente como a una ley.

– A una persona engañada hay que acercársele por detrás, nunca con una comunicación directa. Y tú has sido muy directa.

Yo seguía en silencio, escuchándole. Seducida, pero sin esa necesidad acuciante de sexo.

– Las mujeres me han engañado demasiadas veces.

Ahí rompí mi mutismo.

– De hecho yo lo estoy haciendo.

Con gesto de recelo insaciable añadió.

– No podía ser de otro modo. ¿Dónde está tu novio?…

– No es eso. No tengo pareja ni engendros de relaciones.

– ¿Entonces?…

– Adivina, adivinanza…

– Tendré que atravesar todo lo que he sido y lo que soy, entender lo que la luz del día oculta, buscar la fórmula en la interioridad inquieta de mi mente… Entender toda la razón occidental… Y nunca lo adivinaré.

Era retorcido como yo. En ese punto con su seductora mirada clavada en mí fue cuando le dije:

– No me mires de ese modo, es como no acabar de morirse.

– Está bien. No voy a adivinar tu mentira, ¿tomamos algo juntos?

Tomamos un par de cervezas charlando, pero por experiencia siempre que vivo momentos como este pienso en la verdad griega, miento, hablo. Prefiero la retórica o la mitología a conocer hombres bebiendo en discotecas, porque se produce una especie de derramamiento indefinido del lenguaje que nos separa a una distancia desmesurada. Entonces no les creo, no creo nada de lo que me cuentan. Y la sensación es como un movimiento que no tiene término. Hay un tipo de lenguaje que no se resuelve con el silencio, sin embargo a la hora de la verdad no es tan sencillo. No conmigo. A él le engañaron todas las mujeres, a mí los hombres y la muerte sigue estando afuera, esperándonos a los dos, esto es la vida. Él se esforzaba y yo seguía con mi juego.

– Dime algo que conseguiría contigo y que no he conseguido hasta ahora con otras chicas.

Era muy retorcido, se merecía todo lo que le iba a ocurrir.

– La ingravidez de lo que no alcanzas a imaginar.

– ¡Cómo suena!

– Suena como esas cosas que se dicen para siempre, ¿verdad?

– Aunque mejor… ¿Vamos a mi casa o la tuya?

Llegó el momento de adivinar mi mentira.

– Ni a la tuya ni a la mía.

– Pero… Tus miradas tan directas… ¡No entiendo a las tías, no os puedo entender!

– Yo sólo quería provocarte, que tu suelo se volviera inestable. Nunca imaginé nuestros cuerpos sudorosos en el afán de borrar por unos instantes mi existencia singular de ningún mapa.

Me miraba con una profunda inexpresividad. Yo era más retorcida que él.

– ¿Has visto?, pese a mi mirada en ningún momento he deseado tener sexo contigo. Y eres todo un seductor, un hombre atractivo en vías de perderse por una mirada indescifrable de una mujer perdida.

Ahora era él el que guardaba silencio. Y me escuchaba atentamente.

– Te mentí. Como han hecho todas las de mi género en tu vida. Pero te equivocas, no deberías refugiarte en la memoria sino en el olvido. El olvido es la recompensa del descanso. Olvídalas a todas menos a mí, quédate con esto que te digo, quédate con mi mentira y por favor llévate la verdad que voy a confesarte. Eres un hombre muy apetecible pero hoy no tengo necesidad de un revolcón con un desconocido. Dime que sientes que tu suelo se mueve con este juego que me esforzado por mantener toda la noche… ¡Dímelo!

Le costó contestar a mi pregunta. Estaba enfadado aunque noqueado. Pero sobre todo al límite.

– Mi suelo está inestable.

– Tal vez mañana sentiré la necesidad de tener sexo con alguien, pero si tu mañana la sientes y no está muy quebrantada tu subjetividad puedo dejarte mi número de teléfono. Ya sabes, nuestros cuerpos sudorosos, mi existencia singular borrada…

– Eres una perturbada mental. ¡Estás como una puta cabra!… Quiero tu número de teléfono y si mañana no me apetece a mí, tal vez pasado nos apetezca a ambos. Me quedo con la reflexión del olvido y con la imagen de nuestros cuerpos sudorosos…

Sin duda, la verdad objetiva responde al “qué” y la subjetiva al “cómo”. Hay un vacío en mi vida que me sirve de lugar y en él hay huellas de mi recorrido. Mi psiquiatra dice que mis espacios obsesivos ocupan demasiada área  cerebral en mi cráneo. Yo a esto lo llamo descender a la tumba sin morir del todo.

Sofya Keer

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