La niña de la muerte

En el cementerio de mi memoria hay un misterio de brutalidad irresistible y excesiva: Mirar un cadáver con detenimiento, sin escuchar las advertencias.

Desde niña los adultos me decían:

– No mires al sol. No mires a los muertos.

Ambas cosas eran malas, una para mi salud ocular, la otra para mi salud mental. Pero el placer intenso de ese instante que era eterno, para mí era como beber la copa de la vida. Pues la vida es muerte.

Siempre he soñado con colinas de cipreses. Mientras la ciudad sufría, mi mente me aislaba rodeándome de sombras altas y esbeltas de cipreses. Pensaba que esa gente que sufría no me conocía ni se molestaba en hacerlo, por eso para mí eran insignificantes. Pensaba que todos somos vulgares. Pensaba que el lenguaje de la vida es el dinero y el de la muerte el silencio.

Ese silencio que rodea a un muerto es sagrado. En la vida hay silencios que sólo pueden relacionarse con la muerte. Como el silencio que rodea a un cadáver. Su rostro inexpresivo como el de una muñeca, sus labios cerrados para siempre, sellados con pegamento. Lo que no dijo, ya no lo dirá.

El cadáver ya no puede soñar con ser Edipo, ni con que alguien le ame. No puede soñar con que en las noches cálidas de agosto sacará su colchón a la terraza para quedarse dormido mirando las estrellas y las nubes. El cadáver no sentirá sus torturantes tacones. Yo sí.

Dejar de ser debe provocar una felicidad indescriptible…

El cadáver ya no describe nada, ni el espacio, ni el vacío, ni la sombra, ni el humo que provocará el fuego del horno en el que acabará reducido a cenizas. El cadáver ya no será Ave Fénix nunca, porque no podrá soñarla. Yo tampoco.

He visto muchos desde niña. Los he mirado con detenimiento… Una bisabuela, tres abuelos, dos tíos, una prima, mi madre, mi primer esposo, mi tercer amante, amigos, vecinos…

Hay algo común a todos ellos. Ante sus cuerpos sentí que no les conocía de verdad. La amargura y la seriedad de la vida les convirtió en desconocidos, y a esto se unen siempre mis fantasmas y ese silencio. Las miserias familiares, las promesas no cumplidas, la aniquilación de sus sueños y los míos. Mi vacío desesperado, el no creer en mis propias fuerzas, y todos ellos dando la espalda a todo. Porque cuando morimos le damos la espalda a todo. A todos. Al mundo entero.

Las cosas o historias que no me contaron, los momentos en los que se extraviaron de sus rutas. Las mentiras que me contaron inventando el ayer. Desarmonías, propósitos, angustias que se llevaron con ellos. Todo aquello que no compartieron conmigo.

Nadie sabe lo que es el amor. Nadie ama. Este es el triste diagnóstico de nuestra especie. Morimos después de haber cometido errores tácticos y vitales para nuestras existencias. Todo implica un sí o un no. Lo inexplicable nos aterroriza mientras los muertos se amontonan en los cementerios, como se amontonan los años y los siglos.

El cadáver es como un anciano ausente, sus ganas de vivir ya no fluctúan. Las mías sí. Su cabeza ya no se sobrecargará cuando la soledad estalla y pone en llamas el dormitorio. El cadáver ya no tiene dormitorio. Yo sí, tengo cabeza, soledad y dormitorio.

Su muerte provocará un incendio que no verá. Y en ese incendio controlado descartará estar tumbado en un cementerio pero no descansar bajo uno de los cipreses de mis colinas soñadas.

La muerte siempre me ha hecho cavilar. Por eso me interesa tanto. Lo mismo  me ocurre con los hombres, sino me hacen cavilar no me interesan. Tengo cuadernos con dibujos de todos los cadáveres que he mirado con detenimiento, tengo textos y reflexiones para cada uno de ellos.

Hay momentos en los que mi ser no está, pero esa luz tamizada y celeste de la última hora me recuerda que yo no estoy aún enterrada. Y en el horizonte, siempre, las sombras altas y esbeltas de los cipreses de mis colinas soñadas.

Mi abuelo me apodó como “la niña de la muerte”. Él conocía todos mis cuadernos, mis dibujos y reflexiones. Recuerdo que cuando me lo dijo por primera vez con una amplia y cariñosa sonrisa, yo, con gesto ceñudo le dije:

– Mira abuelo, he leído esa Leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer y he dibujado la Santa Compaña. ¿qué te parece”

Sofya Keer

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