Aquellos locos años suyos…

Sé, como toda mi familia, que gracias a la abuela mi infancia no me convirtió en una menor con trágico y desdichado destino.

Sin ella mi cuerpo inerte podía haber sido portada en cualquier periódico o revista sensacionalista. En el asfalto, ante la entrada de mi casa o colgado de la araña del salón de invitados, tal vez con la pistola de papá en mi boca. Quién sabe lo que podía haber ocurrido, sin ella me podía haber convertido en una bomba de relojería con un único  destino: Explotar.

Pero no fue así, y hoy una gran satisfacción me invade con nuestros recuerdos.

Recuerdo el olor a café, el ambiente cargado de humo y los grandes éxitos de orquestas latinas sonando sin cesar… Todo acompañaba, la abuela disfrutaba enormemente. Eran ésos momentos que todos necesitamos de vez en cuando y ella los saboreaba segundo a segundo con su nieta.

Yo permanecía sentada en el sillón orejero, el favorito del abuelo, vestida y caracterizada como en los años locos de la abuela. En mi mano con un bolígrafo simulaba que era una señorita de los años veinte con mis piernas cruzadas, haciendo como que fumaba. La abuela con otro de sus vestidos, peinada como entonces y con unos llamativos pendientes de piedras, bailaba alrededor de mí con su copa de brandy en la mano izquierda y con una pipa y un cigarrillo rubio en su derecha.

Recuerdo que no parábamos de reír, me gustaba verla bailar. Siempre lo hizo muy bien. Podíamos permanecer un par de horas bailando, porque yo también me animaba a hacerlo. Ahora el “mambo” es uno de mis favoritos y lo bailo perfectamente.

Una de aquellas tardes probé por primera vez el café y aunque al principio no me gustó en absoluto, con el tiempo me he convertido en una consumidora de café muy exigente. Hubo alguna de aquellas tardes en las que la abuela lloró. Sin embargo recuerdo que nunca dejó de bailar. Bailaba, lloraba y sonreía al mismo tiempo. Yo me acercaba a ella, me cogía sin perder el ritmo a su cintura y le decía:

– No llores abuela, ¿por qué lloras?

Ella sonriendo con sus mejillas ligeramente húmedas añadía:

– Son lágrimas de contento cariño, la abuela es muy feliz.

 Luego cogía mis manos y bailando sin cesar decía:

-Te quiero pequeña.

Para mí eran momentos de felicidad. Mi interior rebosaba alegría. Era una felicidad tremenda. Lo que la abuela sentía por mí era amor de madre y como tal se portó conmigo hasta el final. Yo realmente, la adoraba.

Después recogíamos todo y el gabinete volvía a su estado primitivo. Abría la ventana para airear la estancia y me preparaba el baño. Llenaba la bañera con agua tibia y sales aromáticas, sólo ella sabía cuál era la temperatura ideal para bañarme, recuerdo que un día mamá lo intentó, pero una vez preparado el baño metí el pie en el agua y lo saqué corriendo. Si concentro mi melancólica mirada en un punto fijo, ahora mismo, podría sentir el calor abrasador de entonces en la planta del pie. La abuela sacaba su cofre secreto y me leía cartas de amor de pretendientes y admiradores. Más adelante me leyó la infinidad de misivas amorosas que el abuelo le había escrito durante toda su vida. Mientras, yo la escuchaba pasándome la esponja por mi cuerpo, y así cogí el hábito del aseo personal, que hoy me obsesiona.

Eran tardes ineludibles, un ritual imprescindible… una bella tradición de domingo.

Ahora en mi dormitorio tengo una fotografía suya. De aquellos años locos suyos. De cuándo aún no conocía al abuelo y mi madre no era ni tan siquiera un proyecto en su vida… aunque no puedo dejar de pensar cuando la miro, que tal vez conmigo sí soñaba. No puedo evitar pensarlo porque me dio tanto, que miro su fotografía y mientras fumaba necesito pensar que soñaba conmigo.

Sofya Keer

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