La naturaleza humana y su ley única

Cuando las obsesiones dan vueltas la inteligencia se aparta. Esto debería ser un fracaso abominable para mi ego, alimentado desde mi niñez por una inteligencia insultante, de antecedentes inciertos y misteriosos. Una serie de historias mezquinas dan forma a este argumento del que no me apetece hablar, pues sería algo así como hacerlo con la boca llena de cenizas. Y sería molesto. Demasiado molesto aunque lo adornase con hipocresías suaves…

 No, no voy a hacerlo.

Mi expediente académico no tiene la más mínima mácula. Todo lo contrario. Un paquete de matrículas de honor me avala y una tesis doctoral con Cum laude respalda como una fuerza oculta mi persona y fortalece mi ego como los niños, que se cuentan cuentos sobre aquellas cosas que su corta edad no les permite ver. Mis buenas notas siempre fueron recompensadas con viajes, así que conozco mucho mundo. Sin embargo, mi corazón se endureció como un mazo. Me convertí en la viajera perdida en el desierto, portadora de un corazón de hielo. Pero mis padres no se dieron cuenta. Lejos de hacerlo alimentaron mis caminos laberínticos y mi vida se hizo añicos a base de suspiros.

Con cada evaluación final de todos los cursos, diré que de los que recuerdo, pues cuando eres demasiado pequeña los viajes no son para ti, sino para tus padres aunque te lleven con ellos, ocurría esto:

– ¡Muy bien!, este año por sacar tan buenas notas recorremos el continente asiático.

– Ay… – suspiraba yo – ¡Asia!, siempre he querido ir allí.

Así que Asia y Europa enteras, América del Norte y América del Sur prácticamente, África casi, de Oceanía fueron Nueva Zelanda, las islas Salomón, las Cook y Australia. La Antártida es mi asignatura pendiente. No dio tiempo. Y el tiempo se acaba. Supongo que toda vida humana que se precie debe extinguirse con asuntos pendientes. Unos cuantos. Muchos, ha sido la tónica general de mis muertos. El tiempo pasa más rápido cuando miras atrás y llevas unos cuántos a tu espalda. Todos los míos se fueron dejando asuntos sin resolver. Mis progenitores en concreto, murieron dejando pendiente la Antártida. Sin embargo, ya fue suficiente. Con cada ay de cada viaje mi vida se fue haciendo añicos. Me obsesioné con la dinámica. Estudiaba para sacar buenas notas y para viajar. No había nada más. De hecho, para mí, la vida era eso.

Pero no, la vida no era eso. Era algo más. Un día me enamoré locamente de un gran chico, tan grande, que por nuestro tercer aniversario me entregó un sobre con la mejor de sus sonrisas. Y qué sonrisa. Claudio era un adonis. Mi paladín, mi protector. En aquel sobre había una carta de su puño y letra que adornada con corazones decía lo siguiente:

Desde este año y los venideros necesarios, este bono te permitirá viajar hasta que conozcas tu continente pendiente: La Antártida”

No hubo suspiros. Tampoco dije que siempre había querido viajar allí. No hubiera sido cierto. Entonces tampoco era verdad, con ninguno de los continentes fue cierto. Eran obsesiones compulsivas alejadas de la razón, deseos desenfrenados para los que no había saciedad. Pero ellos no lo sabían. Y aquel gran chico tampoco lo supo. Supongo que todos morimos también con secretos inconfesables.

Esa misma noche aproveché su turno en el hospital. Cogí mis cosas rápidamente y salí corriendo de su casa. Era un joven cirujano con un futuro prometedor, pero su promesa en forma de carta me llevó a una huida sin fin. No me sirvieron tampoco los corazones que cuidadosamente dibujó.

No, no quiero ir a la Antártida. ¡Maldita sea!, no quiero que mi corazón se deshiele.

Sofya Keer

zz

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