Nunca en la vida

Como dijo la escritora Leonora Carrington, uno debe tener cuidado con lo que se lleva cuando se va para siempre. Yo enterraré conmigo uno de esos amores que sólo se pueden vivir en el corazón. Nunca en la vida…

– ¿Debo estar triste por ello?

Debo estar como realmente me sienta, y punto.

Creo firmemente que las mujeres tenemos una capacidad oculta y misteriosa para sentir extraños afectos por los hombres. Tal vez suene a quijotada, pero la excitación y el desafío junto a mis sueños esquizofrénicos, me han llevado a ese punto de no retorno que llaman enamoramiento. Así que vivo enamorada del hombre al que jamás podré rozar ni con las yemas de mis dedos, ni con mis labios exploradores. Justo ese. No otro. Digamos que soy una de esas mujeres que se flagelan con gozo. Es obvio, tan obvio como que yo nunca me desvelo, yo me invento. Me sale solo. Desde niña mi vida consiste en inventarme no en desvelarme, mis acciones, actitudes, conductas, pautas de comportamiento, todo se enfoca hacia esa línea de invención. Mi ser representa la incansable lucha por huir de mí misma para descubrir las realidades de otras existencias, y además, en el camino aniquilo lo que no asimilo. Me sale solo… Y fluye como el movimiento suave del tren. Es como un evento de extinción lento. Lento pero seguro.

Yo nunca me aburro. Tengo una vida interior que en ocasiones me deja encerrada por semanas como una bestia salvaje, pero a fuerza de inventarme no sé bien cómo soy, no sé lo que los hombres esperan de mí en el amor, y aunque la vida está para usarla, en mi afán de invención, también me gusta inventarme complicaciones… Es algo así como someterme al placer antes de la tortura.

Todos somos dueños de un telón que oculta nuestros excesos. Yo me excedí en amores fríos y cerebrales. Así fue como entré en una crisis furiosa. Con todos ellos me invadía de súbito un terrible desinterés por las conversaciones, que se convertían en interrogatorios fríos, casi judiciales. Perdía de vista el objeto y el sentido del viaje, y de tarde en tarde recordaba melancólica el encanto de aquellas llamadas anónimas que cuando decías “¿quién es?”, colgaban. No existían los móviles, tu madre controlaba a todos los chicos que osaban llamarte. Menos a los que colgaban. También cuando tosía, mamá me daba golpes en la espalda como si estuviera azotándome… Son esas cosas que hacen las madres. Pero los detalles de la barbarie son otros…

Todo empezó tras el colapso que sufrí con mi última historia, relación o como quiera que se llamase. A él se le pudrió antes el alma que el cuerpo, era uno de esos hombres… Fue el culpable de que yo entrara en aquella crisis furiosa, y el culpable es el acusado. Así que le acusé de todo lo malo que aconteció durante los tres años y medio que estuvimos juntos. Le hablé con toda la confianza y con todo el descuido del mundo, eso le hizo huir despavorido. Mi tono misterioso y evocador se perdió en el camino y decidí no volver a caer.

Pasé dos años sola. Di largos paseos en soledad. A veces me bajaba a la playa una sillita de tijera que elegí como herencia tras la muerte de mi abuelo. Me ponía justo en la orilla, y mojando mis pies, permanecía largas horas hasta que la marea subía y empapaba mis piernas enteras, mientras la arena mezclada con el agua desestabilizaba la silla. Entonces, la plegaba y volvía a casa pensando que vivía un largo periodo de languidez del que sólo saldría rumbosa si no volvía a enamorarme.

Un sábado que fui a visitar a mi hermana al campo, en uno de mis paseos solitarios por la montaña, mientras me refrescaba en un riachuelo tuve una idea. Una idea que era una construcción y que por ser fruto de una carencia tenía que materializar. Cuando regresé a la casona, mi hermana me dijo:

-¿Qué tal tu paseo?

Sonriendo le contesté:

-Uno de los grandes placeres de esta vida es tener una hermana que vive en la sierra.

Mi hombre es un constructo teórico que yo misma he creado para resolver un problema. Mi problema. Es una propiedad que sólo yo poseo y que en ocasiones, me permite explicar mi conducta. Sus distintas características físicas son las de su raza, que es la mía; Su humor, sus referentes o sus abstracciones las he tomado prestadas de otros de su género. La organización de los sistemas psicofísicos que determinan su forma de pensar y actuar, que es única en cada sujeto en su proceso de adaptación al medio, es el producto de mis preferencias y mis carencias, por lo que él no es sólo el fruto de mi adaptación al medio, sino también es el fruto de la naturaleza caótica de mi cerebro. Es un paraíso quimérico del que disfruto en medio de orgasmos mentales. Mi Frankenstein enamorado está creado a partir de las diferentes virtudes o las cosas buenas de mis amantes que murieron aniquiladas por la rutina en el transcurso de nuestras relaciones. Tiene los ojos de mi joven vecino que me devoran cuando coincidimos en el ascensor, tiene el cabello oscuro y brillante del novio de Alicia, mi mejor amiga; Las manos suaves y bien cuidadas del cirujano que me operó de amigdalitis, los brazos fuertes y robustos de mi monitor de Pilates, la voz pausada y sugerente del nuevo abogado que ha entrado a trabajar con nosotros en el bufete. Tiene la espalda y los pectorales del chico que nos suministra el material de oficina. Las piernas y el musculoso trasero de… de todos los hombres con los que podría materializar algo. Algo carente de lo importante, mejor dicho, de lo que es importante para mí.

Y en mis sueños esquizofrénicos todos ellos aparecen con otro rostro. Sé que no son ellos, no es mi vecino, no es el novio de Alicia, no es el monitor de Pilates ni el nuevo abogado del bufete, no es el joven que nos suministra el material de oficina el que me mete en el cuarto de archivos, y lentamente, con toda la delicadeza del mundo me lleva al éxtasis mientras lucho para no ser escuchada por los compañeros o el jefe. Y en mi grito ahogado, mientras me penetra, yo sé que es él. Mi constructo teórico y mental. El hombre del que estoy enamorada. Un amor que sólo podré vivir en mi corazón. Nunca en mi vida.

Es él. Justo él y no otro.

Sofya Keer

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