Rayaduras ácidas, ni de naranja ni de limón

Corro un tupido velo porque soy mala interpretando. Niego la obviedad para hacer tiempo. Cuando ya sé la respuesta, el estímulo en mi mente, se convierte automáticamente en una pérdida de tiempo. Y este se acaba. A veces sólo da para prepararse una maleta precaria y salir cortando el aire. Ya no puedes ponerte ante el espejo y darte unas horas frente a él. No puedes mirarte fijamente en esos días en los que la pena te imposibilita para decir ciertas cosas. Ya no puedes entrenarte ante su luna para aprender a decirlas sin tristeza, haciendo alarde de una paciencia monstruosa, y con los ojos inyectados en sangre de tanto llorar. Una escena ante el espejo que claramente, podría confundirse con un espejismo.

Su vida era como un melodrama urbano inglés. Devoraba libros desde muy niña, su madre solía decir que por las noches se convertía en el depredador dormido. Pero con la edad el insomnio la rompió. Cuando no duermes te rompes. Recuerdo que una tarde tomando unas cervezas en el jardín solitario de su pequeña y acogedora casa me dijo:

-Estoy hecha añicos como un valioso jarrón de la dinastía Ming. Rota… hendida en dos como en una decisión salomónica, justa y sabia, pero tengo el poder que supone la capacidad indolente e insolente de decir “No os molestéis, ya conozco la salida”… Lograré salir para volver al inicio. ¿Sabes?… tengo suerte, al final siempre hay alguien en el lugar y en el momento equivocado para poder decirle: “Llévame al inicio, por favor”

Sus labios no se detuvieron ni un solo instante al decírmelo. Miraba el enorme ficus Nítida que daba sombra a todo ese espacio verde que ella misma había creado para su bienestar emocional, y con el rumor de la pequeña fuente de piedra, mientras tomaba un trago de su cerveza añadió:

-Fíjate, el jardín se ha llenado de orugas que circulan en fila india, mientras, me ocurren cosas que me esfuerzo en fingir que nunca han pasado, aunque no puedo olvidarlas nunca.  Estoy descuidándolo, por eso se ha llenado de orugas… y pican, una lesión puede durar veinticuatro horas, pero provocan unos eczemas irritativos que pueden complicarse y durar días…   estoy tan triste.

La quietud de un muerto es como jugar en otra liga. No es una actitud de reposo aparente, como el que tantas veces fingió mientras vivía. Es el reposo definitivo. Un placer oscuro. Observando al depredador dormido permanecí largo rato aprovechando ese silencio junto a ella. Era hermosa, desafiante y hermética incluso muerta. Recuerdo que en una ocasión me dijo que la muerte es como arroparse en un desierto. La observaba en ese silencio mágico que nos rodeaba. Estábamos  solas, las dos grandes amigas hasta la muerte, y yo la miraba con la seducción pasmada de cuando ves una cicatriz en un cuerpo que se desnuda ante ti. Ese sinuoso recorrido. Y luego el dolor presupuesto.

Una noche que pasamos juntas en su casa me dijo:

-Todos los cultos se fundan en un malentendido que diviniza a alguien a la vez que lo puede traicionar, pues cuando deseamos comprender se nos ordena adorar. Yo no sé amar de otra manera. Mis amores siempre fueron la repetición casi maniática de un culto. Sin embargo, lo peor viene cuando estás en pareja y entonces te ocurre la tragedia de conocer al hombre de tu vida… Y te das cuenta de que no es una crisis de la madurez. ¡Ni una maldita cana al aire!…Es la tragedia de tu vida.

-¿Entonces?, ¿tú…?

-Sí, te hablo de mí. De la tragedia de mi vida. Que no te pase nunca, querida amiga. Es el augurio de largas horas ante el espejo con tus ojos inyectados en sangre de tanto llorar.

-Puedo fingir que lo entiendo porque creo firmemente que a casi todo el mundo se le escapa su alma gemela.

Rió con ganas y añadió con tono irónico:

-Pesimismo estéril, eso se llama pesimismo estéril.

Entonces rompimos a reír las dos. Nos entendíamos a la perfección. Sólo ella permaneció siempre, con el paso de los años, cerca de mí. En todo. En lo bueno y en lo malo. Siempre. Las demás amigas desde mi niñez, aparecían o desaparecían en función de las conveniencias, tal vez en función de los vientos que soplaran, la cuestión es que ella no desapareció hasta que lo hizo de forma definitiva, a sus cuarenta y dos años. Hubiera sido una gran cazadora de huracanes porque no se acostumbraba a la vida. Le costó acostumbrarse desde muy pronto. Y tal vez demasiado pronto fue consciente de ello. Hubiera sido feliz a bordo de un avión atravesando huracanes, siendo zarandeada por los crudos y despiadados embates de la naturaleza, sintiendo el vértigo de la caída y el de la remontada, pensando constantemente en la posibilidad de finalizar su vida a lo grande, con una caída libre brutal, vomitando todo lo que se había tragado sin digerir en su vida.

Hubiera sido una gran cazadora de huracanes, porque acostumbrarse a la vida por muchos años más que hubiera vivido jamás se habría acostumbrado.

Practicó con diferentes amantes la asfixia erótica. Con un cinturón y con un pañuelo al cuello tuvo dos grandes sustos que sin embargo le parecieron muy placenteros. Desde niña se inclinó irremediablemente por practicar la apnea poniendo a prueba los límites de su organismo. Alegando que le atraían los deportes extremos convenció a todo el mundo de que esas prácticas de buceo eran un simple gusto deportivo, sin embargo, esa suspensión voluntaria de la respiración dentro del agua mientras recorría grandes distancias o simplemente descendía a grandes profundidades  sentándose en el fondo, era un escape, una posible vía para salir de la vida.

Cuando me habló de Arnaud Jerald y de su increíble récord de 112 metros de profundidad y 3:24 minutos sin respirar, entendí un poco más su mundo. En un par de meses supe cuáles eran sus planes. Vivir en la costa era perfecto, sin embargo, llegó un punto en el que lo hacía en casa. Se sentaba en una silla o se tumbaba en la cama, respiraba con calma durante dos minutos, inspiraba profundamente, lo exhalaba todo, entonces tomaba una respiración muy profunda y se abandonaba hasta el extremo. Me dijo que a más silencio más deseo de hacerlo y por ello todo su entorno la acusaba de ser excesivamente solitaria e independiente. La soledad es silencio, y éste era toda una invitación para practicar la apnea, en seco o empapada.

Conocedora de sus planes he permanecido todos estos años en un constante estado de vigilia emocional. Yo no quería que Eva consumase. Me rayaba pensando en cuántos momentos pasaba sola, me rayaba cuando andaba con algún hombre por si le ponía tanto como para pedirle que le cortase la corriente de oxígeno, utilizando sus grandes manos varoniles para presionar su tráquea, y aumentar así la intensidad de sus orgasmos. Me rayé pensando que tal vez también practicaba la auto-asfixia erótica, pero me lo descartó, me juró y perjuró que en absoluto, así que descarté aquella rayada de riesgo altísimo que al parecer suele empezar como placer y puede acabar en tragedia. Eva reía y me dijo que yo tenía Rayaduras ácidas, que no eran ni de naranja ni de limón. Yo le dije que menuda lingüista de mierda estaba hecha. Ella reía con ganas, y cuando Eva reía mi vigilia emocional se tomaba un paréntesis ilusorio, en el que inútilmente mi cabeza me llevaba a construir castillos en el aire, imaginando que reía porque al final se estaba acostumbrando a la vida. Pero mis castillos construidos en un aire contaminado no se rompían, sino que reventaban haciéndose añicos. Y los castillos tenían la forma de un valioso jarrón de la dinastía Ming y los átomos a los que quedaba reducido, eran los trozos de Eva, mi mejor amiga, mi hermana del alma.

Finalmente lo hizo. Eva ganó el pulso a su destino, después de infinidad de retos. Para la ocasión eligió empaparse, se mojó hasta el alma. No puedo decir que no lo esperara. No lo deseaba, pero siempre lo esperé aunque mi esperanza no quería ir por esos derroteros, y creo que al final, no tuvo más remedio que ceder, pensando en que si ella lo intentaba tan a menudo, sería porque realmente no podía más con su vida, como solía comentarme.

La quietud de un muerto es como jugar en otra liga, aunque mi mejor amiga siempre jugó en otras ligas viviendo al límite.

Entró una de sus tías y mirándola dijo llorando:

-Mírala, si parece que está dormida.

¡Qué tontería!, Eva sufría de insomnio.

Sofya Keer

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