Adela y sus caminos metafóricos (colaboración en la revista underground Infierno Suave)

Había una parte sofisticada de sí misma que no se atrevía a manejar. Le gustaba el papel pintado con flores, y una vez a la semana cuando ponía a lavar la ropa, permanecía en el suelo frente a la lavadora, observando sus giros sin perder detalle de los lavados mientras fumaba hierba.

A veces pensaba que era una perdedora común y corriente. Pese a sus esfuerzos, sentía constantemente que se ahogaba en su propia cochambre y pese a su buena suerte, que la tenía, jamás sentía estar en deuda con el mundo ni con todas las almas que lo habitaban.

Una sensación repetitiva e inquebrantable de ser un peón de ajedrez, de dar sólo un paso adelante, invadía hasta lo más profundo de su ser a diario, y en esa rutina distópica la impostura se había instalado a modo de sinergia vital.

Aquella noche como de costumbre estaba en una de esas fiestas en las que jugaba a escuchar lo que pensaba a través de la química. Odiaba esos saraos sofisticados, llenos de desconocidos en casas ajenas, con piscina y disc-jockey, por eso acudía a todos a los que era invitada. Lo hacía para escuchar su ruido interno y así jugaba a no oír el externo, que en forma de música, risas, bullicio y gritos  le hacía odiar cada día más a la gente. Entonces lo vio a él… tal vez por una vez en el exterior sonaba Cycle y su canción Confusion, un tema que le encantaba, así que por la influencia de ese telón de fondo de música electrónica, le pareció desoladoramente bella la idea de compartir su vida con alguien para tener un testigo de su propia existencia. Él también la miraba, y en su embelesamiento inducido por las drogas Adela tuvo una visión:

Ambos se besaban y de repente su lengua torneada se alargaba alcanzando la faringe y el esófago del chico. Mientras, en su recorrido hacia el estómago le hizo con ella algo así como un lavado gástrico. Esa sensación intangible e indescriptible le provocó a él convulsiones, entonces comenzó a hacer grandes y exagerados aspavientos, casi melodramáticos, y es que el cuerpo va donde la palabra no llega.

Su visión ácida le provocó una carcajada feroz. El joven que no había apartado sus ojos de ella, la miró con una extraña sonrisa y se acercó:

-¿Qué pasa, qué estás pensando?

Pese a su embriaguez Adela pensó que a veces creía que la verdad podía llevarla a un estado superior, y pese al alcohol y a la química que infectaban su cuerpo y afectaban su mente, pensó que eso era una falacia, entonces animosa contestó:

-Estoy buscando las palabras apropiadas.

Volvió su cabeza hacia su acre visión y volvió a soltar otra carcajada igual de feroz. Él también comenzó a reír, sabía que estaba ebria o colocada y entonces Adela añadió:

-Pensaba que hay que ser salvaje en el amor.

Él tenía su mirada clavada en los ojos de miel de Adela en los que veía una fuerza evocadora y por qué no decirlo, algo más. Mucho más. Ella le correspondía y pensando que sentía vergüenza por querer ser feliz, tras una especie de satisfacción sexual seca provocada por la profundidad de ese intercambio de miradas, se dio media vuelta y saliendo por el fantástico jardín, bordeando con mucho tiento la piscina, atravesó la puerta del suntuoso chalet, pero antes de desaparecer de la fiesta, se giró y de lejos le lanzó una sonrisa devastadora y sensual inducida por la química y por sus más profundos deseos.

Él no la siguió. La contemplaba fascinado. Tal vez devastado. Pero no estaba solo… Y es que, ¿quién va solo o sola a este tipo de fiestas?…

Sofya Keer

Muy agradecida a Luis Alemañ Tenas, por la publicación de este relato en Infierno Suave.

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