New York, New York

Ya estaba cerrado el nicho. Retocaba cuidadosamente el cerramiento total con la masilla y pensaba que la amargura se puede convertir en asco, mientras la familia del fallecido lloraba la muerte de aquel hombre de cuarenta y tres años. El joven enterrador de espaldas a ellos cavilaba mientras escuchaba las conversaciones privadas acerca de los recuerdos que tenían, pues probablemente además de los ciertos también se colarían otros recuerdos imaginarios. La tristeza juega malas pasadas, más aún cuando es espantosa. Un todavía joven esposo, padre, hijo y hermano, sobrino, nieto, vecino, amigo, primo y compañero de trabajo, que con cuarenta y tres abriles, dejaba un testamento minúsculo, cerrando para siempre sus oscuros ojos, quedando así sometido, a la triste condena del mutismo eterno.

Israel era un joven de veintiocho años que llevaba tres trabajando en el cementerio por elección propia. Quería este trabajo y se esforzó para aprobar su plaza de funcionario. Él quería dar sepultura a los muertos pese a tener su grado en filosofía y política. No quería ejercer la titulación que tanto le gustaba porque ya se sentía lo suficientemente decepcionado como para no tener que dar grandes giros argumentales, cuando alguien cercano le decía que no lo entendía. En el cementerio podía leer y escribir tranquilamente, le encantaba rastrillar la hojarasca sobre los panteones mientras escuchaba a los pájaros, no tenía ningún problema en trabajar más de ocho horas si lo requerían, porque el ambiente de trabajo era tranquilo y le agradaba esa distancia de la vida en la ciudad. Le gustaba porque distancia y soledad van de la mano, y si tenía que elegir entre el ser y la nada, se quedaba sin dudarlo con la nada. Era una cuestión de química.

Mientras retocaba el nicho se acercó la viuda:

-Disculpa. ¿No lo haces con yeso?

-Ya no se usa. Estas tapas son de espuma rígida y están recubiertas en ambos lados por un velo de vidrio mineralizado. Además el exterior está protegido por una capa de resina de arena y poliéster. Son muy rígidas y fáciles de poner porque pesan poco, pero la gran ventaja es que no absorben la humedad. Tranquila, no sufra. Estará protegido. De todos modos en una semana aproximadamente los marmolistas instalarán su lápida.

-Sí, ya me han dicho que todo lo más, en diez días, estará acabado del todo. Muchas gracias.

La joven viuda lloraba desconsolada. Israel terminó su trabajo, se giró hacia todos y  dijo:

-Les acompaño en el sentimiento.

La familia agradeció el detalle y él se retiró a continuar con sus trabajos de mantenimiento. Pensaba que el ser consciente de la mortalidad ofrece el lujo de saber a ciencia cierta que nada tiene importancia de verdad, aunque a veces por aburrimiento haya que permitirse darle importancia a ciertas cosas. Eso es algo muy humano que distrae, enerva y altera los ánimos mientras se está vivo.

Ya eran las cinco de la tarde. Era la hora del cierre. Israel había comprobado que no quedaba nadie y cerró las dos puertas. Todavía tenía que recoger las mangueras y enroscar las gomas al lado de las salidas de agua, cuando de repente, empezó a oír un teléfono móvil.

-¿Hay alguien ahí?

La llamada se agotó pero eso no le daba tranquilidad, y menos en un cementerio. Caminó a tientas por el área en dónde le había parecido escucharlo. Se paró mirando hacia atrás por si algún despistado o intruso se ocultaba entre los panteones. Miró al cielo y pensó que lo mismo era una alucinación oscura, sin embargo en breve el móvil volvió a sonar, era la melodía de New York, New York, cantada por muchos artistas pero que en la cabeza de Israel sólo tenía sentido con Frank Sinatra. Se agotó de nuevo. Entonces decidió salir corriendo para casa. Y en su carrera alocada, su cabeza le dio la orden a sus pies de detenerse. Además les dio la orden de permanecer a la espera de que el teléfono volviese a sonar. Esperó en ese punto unos quince minutos. Paralizado. Pensaba que lo que más le asustó de pequeño fue descubrir que su madre tenía miedo. Su madre, la mujer más fuerte del mundo sentía miedo y ese descubrimiento le atemorizó. Y mientras recordaba aquel instante volvió a sonar el legendario tema, Frank Sinatra, Liza Minelli, Lady Gaga, Ray Conniff y todos los cantantes que han versionado este tema venían a su cabeza mientras el teléfono insistía. Corrió hacia el lugar donde creía poder estar, y llegó justo al sitio. La llamada se cortó y volvió a insistir, pero necesitaba más precisión. Se quedó parado mirando el trabajo tan perfecto que había hecho por la mañana y lo tranquila que había quedado la joven viuda con su explicación. Había puesto provisionalmente el nombre del fallecido pues la lápida tardaría unos días en estar lista. Entonces volvió a sonar. Ya sabía que el móvil era de Ignacio Díaz Sorní. Lo escuchaba claro y nítido pero no conseguía racionalizar lo que estaba viviendo. Aunque Liza Minelli le encantaba y Lady Gaga le parecía una diva poco común, siguió prefiriendo a Frank Sinatra. Se fue a la oficina para liarse un porro, con la marihuana se relajaba. Cuando sintió sus pulsaciones más dominadas se dirigió al nicho. Su cabeza necesitaba pensar con más lentitud. El teléfono le dio una tregua y bajo aquel silencio sepulcral Israel empezó a pensar mejor mientras se fumaba la hierba:

“Frente al hecho de que el descanso eterno está regido por una serie de normas que todo el mundo debe cumplir y que se regulan en el ámbito del derecho funerario, no puedo hacer nada, no puedo abrir este nicho… Pero ¡joder!, está reciente y no tiene la lápida instalada. Podría hacerlo, sería rápido. Podrían despedirme o podría perder un juicio con su familia por una tontería. Pero no es una tontería… Ya son muchas las dudas existenciales que un día sí y otro también hacen mella en mí, además su familia sí lloraba, no como otras que no sólo no han llorado, sino que se han disputado las tierras o la casa del pueblo mientras caía la tierra sobre la caja”.

Volvió a sonar otra llamada, esto le hizo reaccionar instintivamente:

“No necesito permisos, lo voy a hacer. Nadie lo sabrá”.

 Israel desconectó con el programa informático todas las cámaras de esa zona. Cogió el carro mortuorio y la herramienta. Con tres golpes certeros del pico rompió la tapa del nicho recién acabada, y con sus manos bien protegidas por unos guantes terminó de romperla. Sacó el ataúd y lo puso en el carro. Abrió cuidadosamente la caja de roble. Ignacio no iba amortajado. Iba vestido con un elegante traje de ejecutivo azul marino. Sin duda, y aunque amarillo era un tío bastante atractivo. Efectivamente, en uno de los bolsillos de la americana se veía un pequeño bulto. Introdujo su mano y lo sacó. Era un teléfono móvil. Miró al muerto pensando que el hallazgo iba a ser uno de los más increíbles en su trabajo. Buscó el número. Al ir al registro comprobó que el último número estaba en rojo con varias llamadas perdidas. Sacó su móvil y fotografió la pantalla. Lo guardó con el mismo cuidado que lo había cogido y en el mismo bolsillo. Cerró la caja y la introdujo de nuevo en el agujero. Preparó la pistola para masillar y dejó la nueva tapa del nicho impecable. Se deshizo de los restos de la anterior y decidió que al otro día por la mañana volvería a poner el nombre del propietario del nicho. Cuando estaba cerrando la oficina a lo lejos volvió a escuchar New York, New York. Ya había anochecido, con la música instrumental de fondo y con las siluetas de las cruces y los ángeles, el cementerio tenía un rollo inspirador. Mortalmente inspirador. En pasar este trance escribiría un relato con esta cuña.

Llegó a casa y cenó para irse a dormir cuanto antes. Por la mañana debía pensar qué hacer y cómo hacerlo. Buscó en Spotify el tema de la melodía que Ignacio llevaba en su teléfono. Lo escuchó con Frank Sinatra, con Lady Gaga, con Lisa Minelli y con Ray Conniff. Seguía prefiriendo a Francis Albert Sinatra, el cantante y actor estadounidense. Con su dosis de cannabis necesaria y diaria tras la cena, quedó profundamente dormido.

Por la mañana madrugó más de lo acostumbrado y llegó al cementerio una hora antes de la apertura de puertas. La tapa estaba seca así que puso el nombre de nuevo, Ignacio Díaz Sorní. Nada más finalizarlo volvió a sonar el tono de llamada. No se lo pensó, se dirigió a la oficina y con su móvil marcó aquel número que insistía tanto para hablar con un muerto. Quien fuera lo descolgó enseguida, al parecer estaba con él en la mano pues acababa de llamar a Ignacio.

-Sí, ¿quién es?

-Buenos días señorita, mi nombre es Israel. Soy enterrador en el cementerio de San Pablo de Tarso.

-¿Y por qué me llama?, debe ser un error.

-No. La he llamado porque usted desde ayer está llamando a Ignacio Díaz Sorní. Él no puede contestar a su llamada porque falleció y ayer fue enterrado aquí.

-Pero…¡estoy alucinando!…¿cómo es posible que….

-Es una larga historia que si le cuento podría traerme la ruina. Ante la insistencia de sus llamadas yo me tomé la libertad de anotar su número y…

-¡Cabrón!…

-Perdone…

-No, no me refiero a usted… Ja ja ja… Al final lo hizo… y yo no le creía… Ja ja ja….

De repente, la risa pasó al llanto desconsolado.

-¡Nacho ha muerto!

Israel no sabía qué decir. Por lo menos no le había pedido más información acerca de cómo consiguió el móvil. Eso era más que suficiente. Así que decidió acabar pronto con la llamada.

-Sí, siento decirle que sí. Yo quería llamar a este número porque era obvio que se trataba de alguien que no sabía nada del funesto asunto.

-Pues muchas gracias. Ahora estoy en Galicia pero cuando regrese a Valencia pasaré por allí.

-Siento mucho lo ocurrido y que se haya enterado de este modo. Que tenga un buen día.

-Pero… ¿entonces, usted?…

-Disculpe, tenemos otro entierro en media hora, debo prepararlo todo.

Salvado por la campana fueron pasando los días, y fue al cabo de diez, cuando llegaron los marmolistas e instalaron la lápida de Ignacio. En ese tiempo ya no volvió a escucharse en el cementerio a Frank Sinatra. Ni a Lisa Minelli, ni a Lady Gaga, ni a Ray Conniff. Quedó fascinado con el epitafio. Conocía aquella célebre cita porque había leído la principal obra de su autor, La invención de Morel, y el escritor era el argentino Adolfo Bioy Casares. La cita rezaba así:

“Yo tengo la obsesión del viaje. Siempre creo que voy a solucionar todo yéndome”

Habían pasado casi cuatro semanas de este extraño capítulo para Israel. Unos hechos que decidió no contar a nadie como tantos otros que le habían ocurrido en el campo santo.

Era sábado y hacía un día precioso. El sol lucía radiante y los pájaros alegraban el silencio de los muertos acompañados por una suave brisa que claramente era el preludio del verano. Israel estaba revisando las tumbas cuando a lo lejos ante la de Ignacio vio a una mujer que no era la viuda. Sin dudarlo aunque sigiloso y contenido se aproximó a ella. Estaba poniendo unas bonitas caléndulas rojas, un pequeño ramillete sencillo y elegante.

-Buenos días.

Ella se giró. Entonces pudo ver su belleza y su tristeza, un tándem perfecto para flecharse a primera vista. Sin embargo, Israel había tomado precauciones infinitas para no enamorarse, y aunque todos somos predecibles gracias a los algoritmos de la red, de momento, lo estaba consiguiendo.

-Buenos días.

-Soy Israel, el enterrador que la llamó.

-Oh!, encantada de conocerte, soy Álex. No te dije mi nombre porque la llamada me dejó noqueada.

-A mí también me habría dejado como mínimo, traspuesto.

Mirando la lápida Israel dijo.

-Bonito epitafio.

-Sí, tu compañera me ha dicho dónde estaba. Le encantaba Bioy Casares, ¿lo conoces?

-Sí, lo he leído.

De repente Álex le miró y sonriendo se dirigió a Israel.

-Nunca le creí. Y me lo dijo en infinidad de ocasiones.

-¿A qué te refieres?

Decidió tutearla porque ella lo había hecho primero. Ella continuó.

-A que cuando muriese le pediría a Carlos, su mejor amigo, que le enterrasen con el teléfono móvil por si le enterraban vivo, poder llamar a alguien para que le rescataran de la muerte.

-¡Vaya!, muy previsor.

Ambos rieron. Álex añadió.

-No le hacía caso, porque solía decírmelo cuando charlábamos tomando unos vinos, o cuando después de… bueno, hay confianza. Cuando después de follar nos fumábamos un cigarrillo en la cama mirando al techo. Y lo decía en serio.

-Sin duda lo decía muy en serio, Álex.

Al pronunciar su nombre la chica quedó perpleja mirando los ojos de Israel.

-Tienes unos ojos muy bonitos. ¿Cómo conseguiste el teléfono de Ignacio?, porque si hubiera llamado durante su funeral me habría llamado Raquel, su mujer.

Seducido por el piropo de la hermosa mujer que tenía ante sus bonitos ojos, Israel supo que a ella sí tenía que contárselo.

-Bueno. Hubo suerte porque sonó cuando estaba enterrado y ya se había ido toda su familia. La mala suerte fue para mí, que cuando localicé el sonido…

De repente volvió a sonar. Era, New York, New York, y parecía venir de al lado de ellos.

-Disculpa.

Álex abrió su bolso y rescató su teléfono. Esta vez Israel visualizó a Lisa Minelli. Se le pasó la impresión al pensar que podía ser el de Ignacio, pero entendió que la historia de amor era importante.

-Hola mamá. ¿Te puedo llamar en un rato?… Venga, luego hablamos. Perdona Israel. Me decías que sonó cuando ya estaba solo y el nicho cerrado.

-Eso es. Así que hice algo ilegal. Rompí la tapa, abrí su caja, recaté el teléfono, tu número y volví a dejarlo todo como estaba.

Álex le miraba perpleja.

-Pero esto es una locura.

-No más que la de enterrarse con un teléfono operativo.

La chica comenzó a reír con ganas. Israel se contagió y añadió.

-Por cierto, lleváis el mismo tono de llamada.

Los ojos de Álex se llenaron de lágrimas.

-Nunca imaginé que Nacho lo mantuviese. Fuimos amantes durante seis años. Estuvimos juntos dos veces en Nueva York, pero al final se dejó engañar por la razón y eligió a su mujer y a su hijo. Estábamos enamorados, ¿sabes?… Quiso poner distancia de por medio, rompimos, pero la gravedad de su distancia es que se alejaba de su propia identidad y de su sentir. Remedios hipócritas muy humanos. Después durante este último año, hemos tenido conversaciones esporádicas, pero yo he estado seis meses en Senegal con una amiga, y ahora que estaba recién llegada decidí llamarle desde casa de mi hermana en Galicia para decirle… Pues bueno… que quería volver con él definitivamente. Hubiera hecho todo lo que me hubiera pedido para que dejase su vida infeliz y empezáramos una nueva juntos. A veces una mirada es suficiente aunque sigas otro camino. Seré tuya, serás mío, aunque llevemos otro camino. Eso fue lo que le dije antes de marcharme.

Israel escuchaba atento. Esta era la historia con más chicha de todas las que hasta la fecha le habían ocurrido en el cementerio mientras trabajaba.

-No sé qué decir. Bueno, se me ocurre algo. Jamás le cuentes a nadie la locura que ha hecho el enterrador con el nicho de tu amor.

Álex soltó una carcajada.

-No sufras. Seré una tumba.

Y al decirlo abrió mucho sus ojos, que casi fuera de sus órbitas, le dieron realce a la negra metáfora que había decidido utilizar.

-Tú tampoco le dirás a nadie nada de su amante, ¿verdad?

-Te lo debo. Un secreto por otro. Bueno te dejo a solas, voy a la oficina a seguir trabajando. Ha sido un placer conocerte, Álex.

-Todo un placer, Israel.

-Lo mismo coincidimos alguna vez de bares por la ciudad.

-Bueno, yo ahora voy más de farmacias que de bares. Más adelante, quién sabe… Por cierto, ¿sabes qué fue?

-Un tumor cerebral fulminante.

-¿Y cómo sabías que era yo la del teléfono?

-Intuición masculina.

Álex hizo un gesto mordiendo su labio inferior y con la voz casi ahogada respondió:

-Gracias. Muchas gracias por todo.

Justo a la mañana siguiente la viuda de Ignacio Díaz Sorní, visitó a su difunto esposo y al ver el ramillete de rojas caléndulas lo quitó y lo tiró a la papelera que había justo al lado del nicho. Distribuyó sus blancas rosas por las jardineras y al rato se marchó.

Cuando Israel la vio salir por la puerta principal del cementerio se acercó al nicho de Ignacio, recogió el ramo de caléndulas de Álex y le hizo un hueco junto a las rosas blancas recién puestas. Después se fue a la zona más antigua, la de los panteones de piedra, y allí se encendió un cigarrillo que había mezclado con hierba. Mientras fumaba y procesaba la historia pensó muchas cosas… Pensó que somos casuales. Que el caos es más productivo. Que el interés debe recompensarse. Pensó que lo más malo es la indiferencia porque es peor que la muerte. Pensó que la mesura del pensamiento racional a veces es desmesura. Pensó en la casualidad del gusto literario compartido con un muerto desconocido.

Pensó que no podía seguir así, no podía seguir pensando cosas sin desearlas, sin ningún esfuerzo y sin ninguna tentación, pensó que era un apetito incómodo y que ya era hora de apartar la idea de poner precauciones infinitas para dejar de enamorarse. Álex le había gustado mucho. Era mayor que él, pero le dijo que tenía unos ojos muy bonitos. Además tenía su número de teléfono. Pensó en darle un tiempo, el justo para que dejase las farmacias y retomase los bares.

Pensó que Ignacio y él también tenían los mismos gustos románticos o amorosos. ¿Los sexuales, también?…

Pero sobre todo, Israel pensó que dar sepultura a los muertos no es sólo enterrarlos, y que precisamente por eso  le gustaba tanto ser enterrador.

Sofya Keer

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s