Siempre hay una parte podrida en nuestro ser

Mi memoria no consigue reproducir su voz. Sin embargo no puedo olvidar lo egoísta que era. Era tan egoísta que daba miedo. Me acusó de amoríos ilícitos mientras él recorría los burdeles de la provincia. Pero lo mío era una mezcla de deseos y proyectos que se me hacía insostenible, y eso era lo que me llevaba a cometer actos impuros. Era algo así como un trance más del extravío, además, soy mujer de prontos impetuosos y a veces me divierto dando pistas engañosas. Soy cínica, bromista e impaciente. No encuentro nunca lo que busco y me cuesta ser feliz con lo que tengo. Sí, sé que suena despreciable, pero lo peor con diferencia, es que para mí el sentimiento de culpa es tan sólo una lección, y no una sentencia de vida.

Creo firmemente que al final o nos engañamos o nos engañan. No hay más opciones descartando la triste realidad de la muerte. Me dijo que le buscara cuando no quisiera nada con nadie y todo con él. Pero mis aventuras amorosas eran una señal de que nuestra relación… en fin, es como cuando una de tus entrañas empieza a funcionar mal. O como cuando ya no funciona. Así que poseída por una prisa abrasadora de insistencia obsesiva, me dediqué a jugar a lo que salía. Como programada en bucle repetí escenas bañadas en litros y litros de alcohol. Me dediqué a placeres bajos de esos que predicen desgracias y programan decepciones, sin embargo el egoísta era él. Yo fui una fashion victim que dejó de centrarse en lo esencial para vivir al límite la bella mentira de la vida, y al apostarlo todo, para aprovechar las sensaciones de irrealidad que se me presentaban, me olvidé del resto de cosas.

Tengo una caja llena con fotos y cartas que le he escrito durante este tiempo pero no se las mandaré nunca. Siempre hay una parte podrida en nuestro ser. La suya no me gustaba, la mía me impide ir al buzón de correos.

Reconozco que era un tío de bandera. Una verdadera trufa. Me molestaba mucho que siempre quisiera viajar con brújulas, el Google Maps, el GPS, o libritos con los mapas del destino. Pero reconozco que tenía algo magnético de lo que me costaba huir. Y no era su egoísmo. Contra todo pronóstico, cuando tuve mi primera relación ilícita, follé con un hombre mucho más inteligente, entonces… entonces ya no me costó nada en absoluto huir de él, y de ese algo magnético tan suyo que tenía.

Es raro que las cosas nos pasen cuando ya no las necesitamos, pero ocurre así muchas veces. Si a esto le añades un temperamento desencantado, un equilibrio inestable y el hecho inamovible de que el tiempo nos pasa a todos por encima, pues no es difícil que en un ataque de melancolía tu cabeza convierta tu vida en una voladura controlada de una férrea estructura. Y digo controlada porque la soledad ayuda a pensar, y en el fondo, el truco está en frenar lo más tarde posible para darle un buen viaje a la adrenalina y gusto al cuerpo.

Mi memoria no consigue reproducir su voz, pero tampoco recuerda cuando paseábamos aún juntos cogidos de la mano, ¡me cago en la puta!…Y no es amnesia. Es todo lo mezclado y todo lo roto de mi vida, es la necesidad imperiosa de sentir aleteos de irrealidad constantes. Nuestra relación fue algo así como cuando alguien viene al mundo por tu culpa y tienes que abandonar de golpe y porrazo todos tus sueños extravagantes y alocados.

Entonces, se me ocurrió un argumento inesperado para dejarlo, creo que lo leí en alguno de esos textos que me pasaba uno de mis más fieles amantes:

“No sé cómo explicarme. Hay un tipo de tristeza que no te hace llorar. Es como una pena que te vacía por dentro y te deja pensando en todo y en nada a la vez. Como si no fueras tú.”

A veces me gustaría acordarme sólo de las cosas bonitas que me han pasado. Y hacerlo adrede, haciendo un uso razonable de la denominada memoria selectiva. Pero no puedo. Me cuesta tanto como recordar su voz o cuando paseábamos juntos aún de la mano.

Sofya Keer

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