En un manicomio frente al mar

Supongo que estoy en este manicomio por mi inadaptación generalizada.

Le vi desde el bar tirar un bonito ramo de flores en la papelera pública. Nos estábamos abrazando, nos besábamos apasionadamente y él desde fuera nos observaba con un puto ramo de flores, hermoso y fresco. Nunca me había regalado flores. Nunca en dos jodidos años. No me importó que descubriera mi infidelidad, sin embargo, recuerdo constantemente su paso apresurado. Sobre la marcha sin girarse tiró las flores. Y sin dejar de mirar al suelo continuó caminando hasta que le vi desaparecer en la siguiente manzana. Recuerdo hasta la ropa que llevaba puesta. Sus botas de piel marrones con sus tejanos de bolsillos y una camiseta marrón con cordones que siempre me gustó. Era sexi. Demasiado sexi. Huíamos de un mismo sentimiento, huíamos en la misma dirección, por eso nos funcionaba el sexo tan bien, por eso conocerlo fue una tragedia en mi vida. Entre nosotros había resentimiento y pasión a partes iguales, por eso ninguno se podrá igualar jamás a él a la hora de satisfacer mi placer. La trampa torpe de la carne para una mujer difícil de manejar y triste. Y una mujer que no sabe fingir el entusiasmo nunca fingirá un orgasmo. Lo tengo claro, muy claro, el corazón es más facilón, siempre cede y acaba amando, pero el cuerpo no, porque sabe realmente lo que quiere.

Solía decirme que mi habilidad para fingir y mentir en todo lo demás, me hacía más hermosa. Mi anterior psiquiatra pensaba por eso, que él tenía un trastorno aún más considerable que el mío.

A veces con una buena botella de vino blanco teníamos conversaciones por las que ahora sé que tenemos un vínculo invisible. Es esa sensación mágica de compartir un secreto. Un millón de ellos. Es esa sensación de que ahora el tiempo está vacío y la tristeza es obligada. Cuando estás con un hombre de pasiones nobles no tienes la necesidad de edulcorar ideas sobre ciertas realidades, sin embargo, nunca me había regalado flores porque odiaba lo efímero de la belleza. Nunca, hasta aquel día.

¿Cuántas desequilibradas se habrán mirado en este espejo?

Salí corriendo del bar y  no paré hasta llegar a la papelera. Cogí el ramo y lo contemplé. Era de una belleza brutal, de esas de exigencias mortales. Luca pagó y salió a mi encuentro. Cuando me vio contemplando las flores y llorando, con gesto de no entender nada me dijo:

-¿Che diavolo sta succedendo?

Le miré asqueada y le contesté:

-Vete a la mierda.

Comencé a caminar hacia casa sin darme la vuelta y a mis espaldas puede escuchar a mi joven amante italiano gritando:

-¡Vaffanculo, sei come una fotuta capra di montagna!

Las puse en agua y lloré desconsoladamente días y días. En una de aquellas conversaciones bañadas en vino blanco me dijo:

-Presencias demoníacas aparte o metamorfosis dolorosas, creo que ya sé lo que quiero hacer en mi vida. De hecho me voy a preparar a fondo para ello. Haré lo que haga falta, cueste lo que cueste.

Yo le miraba expectante y entusiasmada. Cuando bebía era como un adonis irresistible al que quería exprimir al máximo, física y  mentalmente.

-Sorpréndeme.

-Quiero convertirme en un negro literario.

Y lo dijo con su oscura mirada errante. Me acerqué contoneándome, porque no podía resistirme ni a él ni a su idea, y le susurré:

-Todo lo que puede ser imaginado es real, y aunque lo dijo Picasso, a la cama te irás conmigo.

He conocido a una veterana desquiciada. Tiene una oscura belleza que me atrae mucho para conversar. Con ella presiento la realidad escondida de la muerte mezclarse con los olores de mi infancia, que permanecen siempre en mi memoria pero que ahora siento que se agudizan con la hipnosis y las regresiones de la terapia. El otro día me dijo algo que me dejó una semana fuera de juego, de hecho quiero salir lo más pronto que me sea posible para ponerlo en práctica, porque aquí no me dejarían hacerlo.

-Suele ocurrir que el mejor amor no es el que dura. Además, te lo digo por experiencia, desear platónicamente tiene el encanto de que ayuda a retener la belleza, por añadidura, es profilácticamente más recomendable porque el sexo tiene muchos riesgos bajo la prometedora apariencia con que se nos muestra. Escúchame atentamente… Tenemos que practicar la desgracia, enfrentarnos a lo que tememos, ya esté en nuestras mentes, ya en nuestra vida real. Tenemos que recordar de vez en cuando que moriremos. ¿Y sabes? no es tan malo como lo pintan. Jacques Lacan dijo que la dimensión más intolerable que se presenta a la experiencia humana no es la experiencia de nuestra propia muerte, que nadie tiene, sino la de la muerte del otro cuando para nosotros es un ser esencial… Te cuento esto, porque de lo que se trata es de que sólo pienses de vez en cuando que no estarás aquí siempre. Piensa en tu mortalidad, en esa sola idea. Después practica la desgracia y verás cómo mejoras en general. Te lo dice una loca que lee textos de psicoanalistas.

-¿Por qué estás aquí?

-Fui durante demasiado tiempo el prototipo de la “perfecta casada”, y eso cansa. La realidad es que en mi cabeza desde muy pronto intuí huecos oscuros que los demás no veían. Al final todo eran guerras internas y externas, conmigo… con todo el mundo… y como escribió Susan Sontag, “la guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina”- Su expresión era la de una loca profesional, su ímpetu y su gesto la delataban- Pero dime, ¿por qué estás tú aquí?

-Digamos que soy muy dada a hacer performances desgarradoras…

Rompió a reír, soltó una serie de carcajadas y cuando se tranquilizó añadió:

-Nunca he tenido sentido de la arqueología, de hecho, pocas cosas conservo de las reliquias familiares. Además para llegar al final es mejor hacerlo con un equipaje ligero. Te voy a considerar una amiga, y aunque entre mujeres, ya sabrás por experiencia que las amigas nunca se confiesan lo que les falta, yo sí te lo diré… Para empezar te voy a regalar este colgante de oro, que fue de mi abuela paterna, lo llevó siempre colgado una de sus hijas, mi tía favorita, y después me lo dieron a mí por su simbología y porque mi tía me adoraba.

-Pero… yo no sé si debo… es precioso, es oro y además tiene una historia familiar.

-Las anclas simbolizan la firmeza, la solidez, son una alegoría de la esperanza o la salvación. Llévala siempre puesta, así recordarás estas conversaciones en este bonito manicomio frente al mar. Yo me iré pronto porque así, entre amigas, te voy a decir algo que me falta. Me faltan ganas para vivir. Ya no me quedan, se acabó mi reserva.

A la mañana siguiente escuché gritos en el pasillo y un trasiego de enfermeros incesante causó revuelo en la planta. Mi veterana desquiciada predilecta, se había suicidado, como hicieron su abuela paterna y su tía favorita. Yo que me había colgado su ancla junto al corazón de oro que me regaló mi negro literario en potencia, pasé mis dedos por el colgante mientras la camilla con su cuerpo inerte, tapado por una sábana blanca pasaba por delante de mí. Me dejaron despedirme de ella, besé su frente y le juré que siempre llevaría colgada el ancla. Le prometí que nada más salir practicaría la desgracia y pensaría en mi mortalidad, pero entre risas le dije también que era demasiado joven para dedicarme a los amores platónicos. Pasé el mes que me restaba echándola de menos, luchando contra la apariencia de las cosas y el hecho de querer ser una mujer de esas a las que no se les escapa nada. Seguí refugiándome en mi infancia, sin saber muy bien por qué los que me querían no me entendían. Disfruté del mar y su olor todos los atardeceres, lloré frente al azul inmenso y cada vez que acariciaba el colgante mis labios dibujaban una sonrisa, recordando aquellas conversaciones juntas. Éramos dos mujeres desconocidas y trastornadas, cuyas vidas coincidían en un punto de inflexión, o de no retorno, pero coincidían: nuestras existencias carecían de solidez, firmeza y esperanza, en ningún momento contemplamos ni ella ni yo la salvación. Fue en uno de esos atardeceres cuando comprendí porque me regaló el ancla. La cuestión es que no sé si mi final será como el de ella y las mujeres de su familia paterna, sin embargo eso no me preocupa.

Recuerdo con nostalgia el día que llegué al centro psiquiátrico, y cuando el coche paró ante la antigua y solemne construcción frente al mar, ella que estaba paseando por el jardín, se paró delante de nosotros sonriendo. Yo estaba  aflojándome el sujetador para salir, tenía una extraña sensación de ahogo bajo el pecho, y aunque estaba interpretando otra de mis performances desgarradoras escogiendo para la ocasión, ir al manicomio en ropa interior, el ir fresca no consiguió aplacar mi ahogo emocional. Ella no paraba de sonreírme. Cuando pasé por su lado me dijo en voz muy baja:

-Bienvenida, bella.

-Bien hallada, creo.

Reímos las dos. Mi hermana me cogió por la espalda para encarrilarme hacia la entrada con un gesto de incomprensión absoluta. Encarrilarme a mí, ¡qué tontería!…

En un manicomio frente al mar ruidoso se escuchan los pensamientos menos, así que al final decides no hacer caso a todo lo que piensas, y te dedicas a escuchar y contemplar el mar. Lo inesperado fue salir de aquella especie de reposo mental con un ancla como amuleto. Un amuleto, que hasta la fecha, no había cumplido su cometido de protección a las mujeres que lo llevaron encima.

Y ahora, ese ancla, que de momento es un amuleto fallido, cuelga del cuello de una mujer que sufre una especie de inadaptación generalizada. ¿No es una idea romántica?

Sofya Keer

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s