Vacaciones

Es un gran error preguntarme qué estoy pensando. Mi cabeza con un golpe de timón, dará un giro desaforado a mis pensamientos, y justo, en el breve intervalo de tiempo en el que me preguntas y yo te respondo, nada de lo que pensaba cuando formulaste la pregunta aparecerá en mi respuesta a tu interrogante.

La diosa Razón es así, demasiadas veces se construye con irracionalidades, por eso la finalidad debe ser la conciencia. También es probable que tu pregunta me ponga en una tesitura incómoda, y entonces, yo sienta que responderte podría ser algo así como masticar cristales, o peor aún, tragarlos mientras hablo. Algo muy dramático lo sé, tal vez teatral, cuando lo más probable es que el origen de tanto desatino esté en mi ineptitud sentimental o en mi soledad destructora, mientras vuelo como el polen pensando en la seguridad de mi vacío. Porque, para mí, el vacío es seguro.

Casi siempre me funciona confiar en Epicuro. El gran filósofo de la cultura griega de su época, y cuya máxima fue la identificación de la felicidad con el placer, decía:

“Llegará un momento en que creas que todo ha terminado. Ese será el principio”

Y a mí esto casi siempre me funciona.

Era delgado, con un aire ascético. Era el hombre, el contratante social de Rousseau, el mamífero vertical del que habló Unamuno extasiado en su sentimiento trágico de la vida. Mi ideal. Tenía un solo defecto, no se resignaba a morir del todo. Algo que se me hizo muy difícil de llevar, porque yo había conseguido dejar de creer en mi inmortalidad. Mi existencia empezaba a cobrar sentido justo cuando le conocí. Pero se torcieron las cosas  en una cena romántica a la luz de las velas, en la que el mamífero vertical me dijo:

-No soportaría tu muerte. Si murieses dejaría uno de tus vestidos sobre la silla del dormitorio como si… Bueno, ya me entiendes… ¿Por qué me miras así?, ¿qué estás pensando?…

Error. A él, al hombre, al contratante social de Rousseau se le torció el rostro.

Al poco tiempo conocí  a un policía. Nunca he sabido respetar la autoridad en general y a ciertas autoridades en concreto. Nunca he podido respetar las jerarquías militares por demasiadas cosas e implicaciones. Los cuerpos de seguridad del estado no son mi fuerte, sin embargo él era un buen policía. Todos los días ponía la sirena para llegar antes a casa, acostar a su hijo, contarle un cuento y darle las buenas noches. Era un buen policía, por eso su mujer lo adoraba. Yo disfruté de su desmedida sexualidad por unos meses, hasta que un ingenuo médico freudiano fiel al austriaco, en una cena con amigos comunes, comenzó a hablarme de los diagnósticos inciertos de su trabajo clínico. Me fascinó tanto que tras la ceremonia etílica de aquella noche de verano entre amigos, nos fuimos a su casa, y él dominado por la nostalgia de su pasado, comenzó a hablarme del noble error de preservar a los niños de la verdad. Yo, que no quería parecer un público descortés, escuché atentamente todas sus tristezas leves, su tedio infinito, su fuerza metódica, sus razonamientos cínicos, y cuando su misterioso hilo de pensamiento captó mi atención, mis sentidos comenzaron a decirme que era el chico tristemente perfecto que mi corazón anhelaba. Hay cosas silenciosas que nos llevan a este tipo de conclusiones en una conversación íntima. De repente me dijo:

-Si mi padre pudiera escucharme se revolvería en su tumba.

Yo le contesté rauda y veloz.

-Al fin cogerá su postura.

Quedó perplejo mirándome. Pensé que había metido la pata, que se me había ido de las manos  la respuesta, tampoco nos conocíamos lo suficiente como para lanzarme así. Pero ya era tarde. Entonces se acercó a mí despacio, y cuidadoso me susurró:

-La vida es a veces extraña y hostil. Y tú eres sensible y original.

Siguió susurrándome mientras me rodeaba por la cintura con sus brazos y sus manos descansaban en ese vulnerable y sensible punto donde mis caderas comienzan a dibujarse.

-¿Has tenido alguna vez la tentación del salto?

-¿Te refieres a si he pensado en el suicidio?

-Sí.

-Pues no mucho, considero que hay muertes muy poco estéticas, y prefiero darle emoción a la mía soñando con que será glamurosa. Lo que sí se me da muy bien es huir de la plenitud.

Su juego comenzaba a excitarme. Mientras nos susurrábamos en mi cabeza imaginé que había estado sometido a traslados de un manicomio a otro porque le gustaba practicar el mal.

-Y…¿Cuáles son tus pasatiempos favoritos?

-Reírme a solas mientras fumo, y llorar de cuclillas en cualquier rincón de casa.

-Interesante… ¿y ese sueño que no consigues enterrar?

-Siempre he soñado con ser una desconocida actriz muerta de hambre. Beber mucho porque la realidad me parece desagradable. Mirar atrás, percibir la nada y deambular extraviada. Llegar, desordenar muchas vidas y marcharme, practicar el turismo emocional, no el amor. Este es el sueño que no consigo enterrar.

Esos primeros momentos de nuestro encuentro, llenos de sonrisas, preguntas y  reajustes lentos eran en sí mismos la belleza. Como su tristeza, su melancolía, su cansancio vital, su saciedad patológica. Su misterio era pura belleza. Lo de menos eran esos diagnósticos inciertos de su trabajo clínico. Él era lo más loco que me había encontrado en mi vida. Y me miraba con deseo, un deseo escandaloso y tremendo. Entendí que era algo irrepetible. Desde el principio surgió entre los dos una corriente de mutua y sincera simpatía, que más tarde ha dado lugar al amor. Bueno, a un amor. Y como tal será fugaz, pero la buena noticia es que será único.  

Algunas veces en mi vida he estado dando vueltas y vueltas sin encontrar la expectativa. Entonces he perdido la esperanza, y así es como pierdo. Así es como me pierdo a mí misma, aunque el tiempo y el silencio curan todo tipo de males. Y me curo. Aunque curar no sea sanar, pero sé que acabo curando.

Hemos desayunado frente al mar, el café me ha despertado salvajemente. Estamos de vacaciones los dos solos. Pienso que es tan fácil morir. Hay que celebrar la vida, después de pensar en diferentes modos de abandonar lo cotidiano. Le mentí, claro que tengo la tentación del salto, pero a veces aparto la idea celebrando la vida en cualquier bar, tomando unas cervezas mientras un desconocido con aspecto cadavérico se me insinúa borracho emitiendo sonidos guturales mientras repite como un mantra:

-La muerte siempre será más larga que nuestra vida.

Y aunque esta pueda parecer una versión histérica y mentirosa de los hechos, no hay nada de falso en ella, ni en los pequeños trozos o fragmentos de mi memoria que se van desprendiendo mientras recuerdo.

-Clara, ¿en qué piensas, le falta azúcar a tu café?

-No, está perfecto. Pensaba que leer a Tolstoy cuando eres demasiado joven tiene sus consecuencias.

-¿En qué sentido?

-En el que le falta a la vida. Era demasiado joven para saberlo. Ahora lo sé. Mi prisma vital se transformó muy tempranamente al entender que el único conocimiento absoluto que alcanzaré es que la vida no tiene sentido.

-Bueno, supongo que debemos afrontar la muerte con serenidad.

Mi ingenuo médico freudiano fiel al austriaco, siempre sabe qué decirme y en qué momento. Eso ayuda mucho.

-Sí… Me voy a dar un baño, me apetece estar sola.

En este extraño estado mental recuerdo el principio de Arquímedes porque tuve que copiarlo cien veces en el colegio… Mi cuerpo sumergido experimenta un empuje vertical hacia arriba, y contemplando el cielo azul e inmenso, ahora que no creo en la inmortalidad y por ende en el alma, recuerdo las palabras de mi abuelo cuando pasábamos juntos los veranos en el pueblo:

-El guardián de las almas, es el que tiene las llaves de la puerta del cementerio, hija mía.

Vacaciones… Cierra los ojos, Clara.

Sofya Keer

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