Eres hermosa, pero morirás

La vida son trenes que van y vienen, traen gente y también se la llevan.

El olor a café me sienta bien. Necesito embriagarme con su aroma antes de tomarlo. Es un ritual matutino que me relaja, es pura necesidad porque no hay nada dentro de mí que esté en su verdadero lugar. Incluso tratándose de sitios absurdos  las cosas deben estar en su lugar, no en otros. Y las personas igualmente. Después llega el momento en el que me tomo el café caliente y recién hecho, entonces pienso en que la felicidad a medias es más bien tristeza, pienso en el don de la ubicuidad deseado e inexistente, pienso en los títeres y en los titiriteros y también en las mujeres que como yo prefieren bailar solas… Como de costumbre a medio vestir escucho música con ese primer café y sorbo a sorbo voy marcando el compás con el zapato. En breve saldré corriendo hacia la oficina donde pasaré ocho horas intensivas e intensas intentando solucionar vidas ajenas mientras dentro de mí nada está en su sitio. Y no, no es una paradoja es algo mucho más grave, triste y turbio. Realmente es algo sucio y canalla. Y lo hago con una indecencia nimia que delata mi condición de humana turbia, sucia y canalla.

Hoy estoy especialmente sensible y aunque no voy a llorar los recuerdos me llevan a ese punto en el que desearía quedarme en casa encerrada, con los víveres necesarios para pasar el resto de la semana sin hablar ni relacionarme con nadie. Sin intentos de solucionar vidas ajenas mientras los cimientos de la mía amenazantes sobre las arenas movedizas de mi historia, me recuerdan que todo va mal. Y no es algo, es todo.

Lo siento por esas mujeres que no aceptan los piropos masculinos, pero sé que a ninguna, y hablo de ninguna fémina en el mundo entero ningún hombre le ha dicho jamás lo que él me dijo a mí mientras caminábamos por el centro de la ciudad. Nos cruzamos, él iba y yo venía y entre idas y venidas nuestras miradas se encontraron. Paró en seco justo delante de mí, de ese modo me frenó irremediablemente y entonces dejó caer su piropo:

– Eres hermosa, pero morirás.

Del mismo modo, es decir irremediablemente me enamoré. Con el tiempo pasando y durante nuestra relación descubrí que realmente me había enamorado de la profundidad de aquellas palabras. No de él. Sin embargo como la vida está hecha de errores y fracasos, erré y fracasé, pero el consuelo de que aún tenía vida me ayudó a dejarle. Y le dejé, pero no pude dejarle claro que el motivo real era que su piropo fue tan lacerante y abismal que quedé tocada para después hundirme.

Cuando te hundes te sumerges y te vas al fondo, te quedas totalmente dentro y desde tu interior te ves obligada a plantearte cosas como flotar, superarte, animarte, y si la generosidad de tu espíritu consigue emerger hasta te planteas vencer… Vencer a la pena, al dolor, a la rabia, a la ira, y si no vences al enemigo te conviertes en una vencida, y como tal eres una derrotada a la que las pasiones, los sentimientos y los impulsos dominan. Y lo hacen de ese modo, irremediablemente.

Entender que la vida es esto ayuda mucho y aunque es una alternativa es más que válida cuando no ves la solución. Si además consigues darle a todo la categoría de inconveniente y no la de problema, si consigues verlo así ya estás salvada. Y salvarse es librarse del peligro, es evitar riesgos o dificultades, es rebasar cierta altura elevándose por encima de ella. Altura y altitud son lo mismo, y no hay mayor caída que la que sufres cuando caes desde los picos extremos de tu inestabilidad emocional.

Si soy o no hermosa eso es discutible, lo que no se puede discutir es mi condición de mortal y tampoco el hecho de que a ninguna mujer del mundo un hombre le haya dicho un piropo como este.

Sofya Keer

beautiful-beauty-black-and-white-bnw-body-breakfast-Favim.com-39884

Anuncios

Una ducha entre sueños y locura

Fuiste una apuesta demasiado arriesgada e inútil, aunque he de reconocerte cierta sensualidad por tu aire desafiante, como el de una tormenta frente al mar. Esa necesidad de dominar la situación fue una estupidez muy humana, como la de nuestra especie creyendo que controla el mar desde las atalayas y los faros.

El reloj me regala a las seis de la mañana este silencio. Un silencio sepulcral que me hace pensar en cómo encarar el trámite inevitable de mi existencia: la pulverización de mí misma.

En algún momento las cosas dejaron de funcionar, y en el fondo todos tenemos una mitad silenciada u oculta que en ocasiones aflora de manera incontrolada. Es la luz en las tinieblas. Es como el arrebato de una atracción sexual.

Siempre estuve fuera de las normas. Lejos de ellas y muy cerca, mejor dicho, muy dentro de mí misma con malabarismos entre sueños y locura, y lo peor, temiendo a mis propias capacidades, ¡qué inepta y qué idiota a la vez!… Yo llevo al infierno dentro de mí y ardo en él, por eso no temo al vacío pues sé de muy buena tinta, que el peor cataclismo es una existencia vivida desde la tristeza. Si ahora tuviera que expresarme a viva voz temblaría. Yo tartamudeo cuando me pongo nerviosa y la pena me saca de mis casillas, ¡no sé cómo puedo vivir así!, todavía no lo sé… Mi capacidad adaptativa es mi autodestrucción porque al adaptarme a la tristeza caigo constantemente, caigo y voy cayendo con el paso de los días, voy sucumbiendo, clavando mis rodillas en las arenas movedizas de esta pena profunda y lodosa, recordatoria que de cualquier manera y en cualquier caso caeré fulminada como la torre.  Entonces todo esto se dará por mal empleado. Toda mi vida mal empleada, con la incapacidad latente de no poder vivirla a fondo, con el alma hendida en dos, entre mis sueños y la locura.

Me entran ganas de llorar y no soporto esta súbita debilidad, prefiero encender un cigarro con la colilla del otro antes que verme llorando porque las cosas dejaron de funcionar en no sé qué puñetero punto, o porque caeré fulminada y nada habrá valido la pena, y además está presente el agravante de ser consciente de que tanta tristeza será para nada. Esto no sé si podré soportarlo. Antes soportaría otra vida longeva llena de penas, que ser consciente de su inutilidad y de la futilidad de mis actos inspirados en ellas.

Siempre podría plantearme formar mi espíritu, regular mis acciones, aprender lo que debo hacer y lo que debería evitar, empuñar el timón y dejarme ya de tantas tonterías trascendentales. Ese afán mío por construir castillos en un aire contaminado, esta locura que me obliga a aventurarme y que si me abandona me sentiré aún más perdida. Y de telón de fondo esa vida vegetativa e indeseable, que es como la del resto del mundo.

Indeseable ella y deseable tú. ¡Qué sensaciones, qué subidas, qué bajadas!, y qué caídas cuando te deseaba…

Te deseo aún porque no quiero dejar de anhelarte. Sigo siendo una seguidora confesa tuya, sigo encaprichada por burlar tu censura, sigo presa de tu embrujo, y conforme cae el agua sobre mi cabeza siento cómo la tristeza se remueve en mi cerebro mientras yo me retuerzo pensando que todo será para nada. Llevo toda la noche de bar en bar, de copa en copa, tratando de castigarme aún más, borracha aumenta todo, mis sueños, la locura, mi pena y mis tristezas, el alcohol es el zoom de toda mi basura emocional. Y conforme cae el agua lloro y voy a seguir bajo el agua, voy a seguir llorando, alimentado ese todo para nada, asimilando la pulverización de mí misma…

¡Joder, y yo no quería llorar!

Sofya Keer

22045906_1982309005337542_3580231638662682533_n

Harakiri mental

Hoy he tenido un sueño desasosegante y por ello he amanecido escéptica, desquiciada, y si cabe, con más luchas y desvaríos en mi mente. No juego a pensar en si será o no premonitorio, sería un acto abominable del que no quiero responsabilizarme. Yo quiero actos cultos y hermosos, como se desean los hijos… Hermosos y cultos. Además, lo que se necesita para vivir es candor pues es ley de vida el hecho de que jugar contra nosotros mismos es detener nuestra felicidad, y en el fondo a nuestros bailes siempre le suceden nuestros descansos. Debería descansar pues.

En el sueño, manipulaciones oscuras e impulsos opuestos con juegos cerebrales en los que los astros no eran benévolos, me han llevado a un punto en el que en contra de mis intenciones no pugné con las posibilidades, así que exhausta opté por romper procesos. Pero no voy cometer el acto abominable de pensar que es premonitorio, sería ir contra mí misma, sería detener mi felicidad y flaco favor sería ese cuando ya poco creo en ella. No lo haré, voy a dejar ir los pensamientos y distraeré mis emociones.

Lo cierto es que ya desde los catorce años era una anticuada. Mi vida era un elogio a la lentitud en el que yo pausaba adrede, con alevosía y nocturnidad la inmediatez de los ritos de crecimiento. Supongo que por miedo a crecer. Sí, era un miedo atroz, el mismo terror que me da reconocerlo. Y todo era miedo a la muerte por creer que a más edad más cerca de ella me situaba. Tenía relaciones ilógicas con las cosas y con las personas, conexiones impensables en las que adoraba objetos y odiaba sin piedad a personas. Esto me generó traumas a los que me he adaptado perfectamente, porque perder la esperanza es necesario para mí, yo no puedo mantenerla siempre intacta flotando en el aire en forma de castillos de color verde intenso y bajo el lema de verde que te quiero verde o alegando que ella es lo último que debe perderse, esto siempre ha sido para mí una carga insostenible e insoportable, algo inasumible, por eso pierdo la esperanza con la misma facilidad que a los amores.

Y no sé si esto me preocupa más o menos que mi sueño, tampoco sé si debo dejar mi descanso y reiniciar mis bailes, aunque tal vez no estaba descansando, empiezo a no tener claro si prefiero un acto abominable como esas personas que odiaba o por el contrario otros hermosos y cultos como esos objetos que adoraba y eran libros. No sé si esta técnica del harakiri emocional renovará mi equilibrio, pero es que no sé si alguna vez estuve equilibrada o si mi equilibrio es diferente al del resto de personas odiosas que habitan este mundo abominable y hermoso, que no culto.

No sé si mi sueño es premonitorio o si mi realidad es un anticipo de ese sueño, sólo sé que si sueño con tu muerte, morirás, más no hay esperanza en la muerte cuando no crees en otras vidas. Así que en ese punto deberías elegir entre las dos opciones posibles:

¿Qué prefieres, tus bailes o tus descansos?, yo sólo puedo decirte que si sueño con tu muerte, morirás. En cuanto a mí y a mi sueño… Pues sinceramente,  ya no sé si bailar o descansar.

Sofya Keer

28472329_10155392744103575_1460444680702182941_n

Mirando cornisas desde un manicomio

Sal de mi cabeza, te lo pido por favor… Cierro los ojos para dormir, y si me duermo, siempre intento perderme y si me pierdo en mis sueños anhelo el sueño eterno. No me resulta fácil olvidar ciertos detalles, por ser bellos y anodinos, como por ejemplo que me volvía loca tu pinta de traficante de armas, o cuando hablábamos largas horas y me hacías volver a la realidad con frases como: “pocos medios pocos problemas resuelven”, tampoco puedo olvidar cuando en la calle mientras hablabas con algún vecino te aproximabas a mí pidiendo disculpas por la interrupción de la charla y sonriendo  me susurrabas: “ Sube a casa y espérame casi desnuda en el sofá”, lo hacías con un tono agresivo y territorial fingido que me provocaba un tremendo y excitante escalofrío que recorría mi cuerpo entero… Desde mi atolondrada cabeza hasta mis pies que ya levitaban por tu insinuación en ese “casi desnuda” que tus labios pronunciaban susurrando… Adorabas el brillo de labios con olor a fresa que me ponía a diario y te acercabas contoneándote para lamerlo y comértelo con sensuales bocados en mi labio inferior, recuerdo cómo después decías: “Por favor, vuelve a ponerte esa mierda tan sensual en tu boca… Hazlo, por favor” …

Y por favor te lo pido, no estoy acostumbrada a rogar, sal de mi cabeza con esos eternos porqués, con mi culpa como bandera, con nuestros excesos inútiles ya… Recuerdo cuando me dejabas hablar y hablar sin parar, sin interrupciones, algo muy poco caballeroso de tu parte. Te mostrabas distante y distraído para que mi enfado alcanzase cotas insospechadas, entonces me cogías en brazos me llevabas a la cama, me desnudabas, te desnudabas y ya no había tiempo… No había espacio… Yo flotaba, y tú lo hacías conmigo.

Ahora todo es tan normal, es como mirar cornisas desde un manicomio. No puedo olvidar tu mirada lasciva y tierna a la vez, algo maravilloso que te convertía en el hombre que todo lo hacía bien. Y yo estoy haciendo un gran esfuerzo apartada de ti, con la puerta de casa como frontera y con una congoja infinita que me desborda en esta extraña soledad. A ratos una música imaginaria en mi cabeza me distrae del silencio y con afán de burla me lleva a ese punto fijo en la nada en el que mi mirada se centra hasta que mares y mares de lágrimas me salvan de mi particular naufragio mental. Ya lo ves, no te exagero, es todo tan normal como mirar cornisas desde un manicomio, ¿quién iba a sospechar de alguien que desde un frenopático pasara las horas muertas mirando las cornisas de la tremenda construcción psiquiátrica?, nadie sospecharía, todo el mundo lo vería normal… Tan normal…

Nuestra intensidad se disparaba y apuntaba maneras, y el tiro era certero y la diana no fallaba, la diana siempre era yo, tu centro era yo y apuntabas y me dabas y yo caía rendida…Y no fallabas… Y no fallaba, nuestra intensidad nunca fallaba.

La pregunta que no puedo dejar de hacerme es : ¿Qué es lo que falló?…

Sofya Keer

34792668_10155633305093575_356859203307962368_n

 

Abismo

Te reto a que leas mi carta. Pero hazlo en soledad muy lentamente, para leerla podrías consumir la sustancia a la que eres más adicto, después date por jodido, porque te aseguro que no podrás escapar de él… Y él es el abismo.

Te juro que no me duele la caída física. Yo aguanto dosis de un dolor físico trabajado y cruel, tan cruel como Dickens. Pero no es lo mismo con mi dolor emocional. Eso es ya un rompecabezas cuyas piezas nunca encajaron y sé que jamás encajarán. Sin embargo para mí no es preocupante, es más bien rallante, y ralla tanto como una tensión sexual no resuelta. El dolor emocional me desintegra en átomos de desencuentro y tristezas.

No quiero ponerme dramática porque aunque soy consciente de que lo parezco no lo soy, y parecer no es ser ni tampoco estar, yo soy irónica, parezco patética y estoy neurótica. El abismo juega a domesticar mi ego y ese juego me descentra, y descentra también a mis yoes, no porque mi alma indómita se resista sino más bien porque su adiestramiento me coloca ante una realidad en la que con sólo otearla, con sólo aproximarme a ella yo ya sé perfectamente a lo que me expongo. Me expongo a él, vulnerable e injustamente, como si hubiera permanecido veinte años en una cárcel de mierda sin haber cometido el crimen. Y es culpa mía por no creer en nadie, es culpa mía porque tengo un valor de la ética elevado, es culpa mía porque estoy convencida de que la virtud se logra fuera de la sociedad, y esta incluye a las personas. Más también a los hombres, pero no tires la toalla por ello, sigue leyendo esta locura por favor.

Mi abismo es raro y complicado como yo, ¡es así!, como la familia, es la que te toca y punto. Por pensar siempre me han mirado mal, sin embargo al abismo yo lo miro con mi prisma, el fruto de mis experiencias que por el hecho de ser pasadas ya no existen pero sí son importantes, por lo que de mí han hecho gracias a su destreza con la cirugía heroica, y al uso y desuso de un bisturí certero y cruel. Al abismo yo lo miro con un caleidoscopio, y creo que por eso me provoca un vértigo emocional que en el fondo yo sé que es excitante porque lo siento así, y mientras siento esa extraña excitación, figuras perfectamente geométricas, de todos los colores se entremezclan convirtiéndose en miedos, en fantasías, en traumas que justifican motivos, en causas perdidas y en consecuencias de esas causas que por ello se pierden aún más. Mi abismo es profundo e intenso por sus procesos caleidoscópicos.

Básicamente hazte a la idea de que la imagen es esta, pero antes aprovecha mis dos puntos para beber, fumar, comer o esnifar esa sustancia sin la que no puedes vivir y con la que has iniciado la lectura siguiendo mi consejo sumisa y puerilmente. Ahora sí puedes hacerte a la idea. Y si eres de los rebeldes y has decidido que la lectura va a ir en chute frío y seco sin acompañamientos tóxicos, estás igualmente jodido, porque hoy vas a pensar muchas cosas tras leer mi carta. Muchas. En fin, que por última vez, te repito que intentes hacerte una idea de lo que es:

Mis idas y venidas, mis subidas y bajadas, mi cielo y mis infiernos, mi yin y mi yang mientras me acerco y juego a bordearlo… Es un juego porque la vida es un juego para mí. Un juego no tan serio en el que apostar tampoco es lo más trascendente, porque lo realmente crucial es jugar o participar, es querer hacerlo, es poder, es necesitar participar en él. Y fuerzas te juro que aunque siempre me fallan jamás me faltan, al final paradójicamente nunca me faltan, son los motivos los que me frenan, y cuando existen, cuándo hay motivos reales para arriesgar, lo miro, me mira y el caleidoscopio empieza a girar automáticamente, porque el artilugio en cuestión ya interpreta muy bien nuestras miradas. Entonces mi vértigo emocional surge como un hijo de p…, disculpa, como un hijo del materialismo en su propensión al egoísmo para convencerme de que no juegue. Intento convencerle de que mi generosidad es como un cheque en blanco, intento convencerle de que tengo un talonario para repartirla por doquier… Lo intento pero no lo consigo, y es que tal vez ya entregué mucha, y sé que siempre más de la que recibí… Pero sé que algún día lo haré, algún día le convenceré de que aún tengo mucha generosidad en mi ser. Sólo necesito motivos convincentes y reales porque mi abismo tiene su razón de ser, y sus razones para estar y parecer profundo. Un abismo sin carácter no vale la pena y la pena es que juego a bordearlo y no encuentro motivos para lanzarme y no sólo volar sino sentir que lo estoy haciendo. Eso es lo difícil, eso es lo más maravilloso del abismo, vivir la caída y sentirla como un puto vuelo fantástico y maravilloso.

¿Son motivos un cúmulo de casualidades, de afinidades, de ideas que suenan al unísono desde la bilateralidad más absoluta?, ¿incluso aunque de lo absoluto se diga que no existe?… Y al hilo, ¿son motivos los beneficios de la duda?… Una voz agradable y sugerente, un reto, unas palabras oportunas en un lapso preciso en el que no hay binomio espacio-tiempo tangibles, ¿son también motivos?…

Mi pie izquierdo sigue al derecho en fila india y así sucesivamente voy bordeando el abismo. A veces paro y lo miro, me mira y sabe que dudo, y si dudo hay motivos, y si los hay podría lanzarme, y si en lugar de volar me despeño el daño físico no me causará dolor pero el emocional me dejará ya exhausta, porque te juro que no sé qué me ha ocurrido, ni a mí ni en mi vida, sin embargo ningún motivo ha sido suficiente para no sólo volar, sino también para sentir que estoy volando. O incluso caer y sentir la caída como un vuelo.

El abismo es una A de aceptación, una B de brillo, es una I de intento, una S de suspiros, es una M de merecer y una O de oportunidad. Por eso lo miro y me mira, y dudo, y la duda es compleja porque el abismo lo es y la duda es profunda porque él también lo es, y de paso, porque todo hay que decirlo ambos son como yo y yo como ellos, soy compleja y profunda, soy intensa y abismal como mi duda, como mi abismo.

Sofya Keer

28377669_10155387858393575_4878334505705064259_n

Y el dolor me pone y si me pone no me lo quiero quitar de encima

El mar como telón de fondo no es una novedad. La novedad es que su azul es inusual y sus crestas blancas el matiz entre matices. Sin embargo este buen vino y la música sonando son el acompañamiento ideal cuando hace mucho tiempo que perdiste tus ideales y no sabes muy bien si deseas recuperarlos o tal vez pasar a otras cosas más banales o superfluas. Empieza a anochecer.

Me gusta la noche, es como un nuevo salto al vacío, como tu primera hoguera: invocación y rito. Es lo inmenso del cielo, lo inmenso de la muerte. La noche me define, es por ella que me esfuerzo en la ardua tarea de acortar mi vida, una labor controvertida que en mi caso acumula un amplio abanico de anécdotas. Es con la noche que me diluyo. Es con ella que a veces entro en una absoluta y absurda desesperación, y sumirse en el pánico no es plato de buen gusto, sin embargo, es uno de mis fracasos conscientes que me incapacita para generar ideas cuando precisamente es ahora, en este instante casi nanosegundo, que tengo una necesidad imperiosa de cambio. Quiero y necesito un cambio radical de naturaleza embriagadora y sensual, supongo que para darle una alegría a mi corazón. O tal vez no… Sin embargo lo que afloran son mis pesadillas y mis miedos, pero me refiero a los peores, a esos más profundos y enquistados. Mi adicción a las anfetaminas tampoco ayuda, o tal vez sí… Pero es que incluso con el cambio yo ya sé que la vida seguirá repleta de incógnitas sin respuestas, sé que en mi existencia seguiré obsesionada por los sentimientos más deplorables creados por mi especie e interiorizados en mi ser desde mi alumbramiento. Así que no tengo ninguna duda acerca de que mis apatías son las que me apartan del mundo, tampoco de que mi obstáculo más grande es mi deseo, es decir, lo que quiero y no llega, aquello de la ley de atracción y su jodida doblez. Además, mis secretos pugnan por salir porque la vida no sólo se vive, también se piensa, y esto es un error y un horror que nos convierte en jugadores y por ello cuando nos acercamos a las vidas ajenas no vemos más que juegos, pasatiempos, cualquier cosa menos el altar que debemos venerar y respetar por toda la devoción que merece cualquier existencia sólo por el hecho de ser vivida. Hay que tener cuidado con el cómo manejamos nuestros poderes… Yo sólo quiero vivir en las nubes pero con los pies en la tierra, no necesito más, ya no necesitaría hablar con el Señor de los Sueños, no necesitaría usar tanto el teléfono para llamar a urgencias después del arrepentimiento tras el intento nocturno, ¡acabará por salirme un herpes en la oreja!… Algo repugnante, como todo resulta ser al final en este mundo de locos, trastornados y trasnochados que jugamos al insomnio algunas noches y otras a jugárnosla.

Todo se lo debo a mi espíritu romántico y surrealista, como la remesa de aquellos escritores simbolistas franceses del 1960, algo así o tal vez no… Lo mismo fue muy diferente y lo que me ha llegado de ellos en forma de lecturas es pura bazofia que no se corresponde con lo que realmente fueron. En cualquier caso lo que sí ha sido indiscutiblemente diferente hoy es el azul del mar. Y diferentes también han sido los matices de sus crestas blancas. Ahora ya no se aprecian porque la noche otea y me acecha.

La intensidad me define tanto o más que la noche, no la busco ni la encuentro, yo soy intensa, yo soy nocturna, yo soy consciente de que la intensidad duele y de que la noche es su refugio, pero ser consciente no importa, cuando resulta que te dejas la piel intentando arrancártela porque mudarla es algo que deseas pero sabes que no es real contemplar en tu esquema cognitivo. Y deseo el cambio pero no puedo contemplar una falacia en mis hemisferios cerebrales realistas hasta el tuétano. Y me duele y el dolor me pone y si me pone no me lo quiero quitar de encima. Y me duele. Y me pone. Y no me da la gana de quitarme este dolor tan agudo de encima… La música me ayuda, el vino también y la dulce tentación de mezclarlo con las drogas es mi particular modo de pedir auxilio, un auxilio sordo que nadie puede oír porque no sale de mi cabeza más que en forma de carcajadas cuando en soledad me coloco y con la música reconozco que me duele y que me pone y que por eso no me lo quiero quitar de encima… Me cabalga y me vapulea, me lleva y me trae, me sube y me baja… Hay dolor… Mucho dolor, tanto dolor, es demasiado dolor… Pero la culpa es de mi intensidad… De mi intensidad y de mis noches.

Era otoño. Estábamos en París. Y fue así de sencillo, me dijo:

 – ¡Si no sabes cómo soy!… ¡Llevamos sólo dos semanas viéndonos!

Yo le contesté:

– No sé cómo eres, pero sí sé cómo soy yo.

Comenzó a caminar alejándose de mí, supongo que para desandar lo andado y no sé qué coño pensó en el breve trayecto, pero se giró de repente y me lanzó este órdago:

– ¿Puedo llamarte alguna vez?…

No me lo pensé y le contesté:

– No, no puedes.

Y desde entonces este dolor y mis pequeños fantasmas, ¡joder!, que no son pequeños, son grandes, son gigantes, son realmente apoteósicos… Aquello no salió bien, pero es que nada sale bien desde entonces, y cuando ya no tienes fuerzas no sabes ni cómo disculparte, y cuando las cosas fáciles nunca te pasan a ti, aunque una lejana y pusilánime voz en tu fuero interno te diga a ratos y de manera penosa un triste “quiero ayudarte”, tú no lo valoras, no sientes ni la más mínima necesidad de autodominio… Entonces te dejas y te abandonas, con tu dolor inmenso e intenso mientras en tu mente sus ojos y su talento impresionante digno del mejor amante que jamás has tenido, conocido y soñado te envuelven entre copas de vino, pastillas y música. ¡Es que no lo hubiera podido ni soñar!, hasta ese punto llega mi ineptitud y mi incapacidad existencial, ¡qué incapaz, qué inepta!… Sólo sé que los demás incluido el último, todos han sido imitaciones, amputaciones, castraciones y engendros de amantes que no he querido ni deseado como a él.

Y me tranquiliza el hecho de que tengo claro que si me pone no me lo quito, no me lo quiero quitar de encima, que me cabalgue, me vapulee, me lleve y me traiga, me suba y me baje… Y más vino, más música, más anfetaminas… Más dolor.

Sofya Keer

35228027_10155647990433575_6596825464621236224_n

 

Nosotros lo llamábamos “filosofía de alcoba”

Paso los días esperando un tren que me llevará muy lejos, yo sé adónde quiero que me lleve, sin embargo ignoro adónde me llevará realmente. Y todo esto por tierra, por mar y aire. Es la vida. Mi vida.

A mí me pone que me susurren secretos metafísicos en voz baja y sugerente, y no es vicio, es porque disfruto mucho de mi vida sensitiva y soy afín a Miguel de Unamuno, en cuanto a que cada vez me importan menos  las cosas y las ideas, y más los sentimientos y el hombre como especie. Los hombres también, pero ya como género. Un género aparte, por eso he apartado algunos.

Últimamente tengo un pensamiento nefasto, y es nefasto porque es algo que no puedo materializar así que me obsesiona, (como de costumbre me muestro innovadora y arriesgada además de irónica), lo que no me deja dormir ni soñar es el hecho de que si tuviera otra vida huiría de esta, me iría con mérito cero pues estaría huyendo, pero ¿y si me encontrara con la vida imaginada?, que no soñada, porque como ya he avanzado, no puedo ni soñar ni dormir… Mi problema es que recurro a la superficialidad por puro efecto rutinario, pero la verdad es que le profeso un odio irreparable y además me aburre, los bancos de corales están en la profundidad de los mares y océanos, no en sus superficies… Y en el fondo hay tantas cosas: el placer y el dolor, el bien y el mal, el yin y el yang, la vida y la muerte, las contradicciones convertidas en poesía que no en poemas, la tristura del teatro crudo de la vida, las luchas titánicas, el azar y sus carambolas  con las que nos vamos haciendo a nosotros mismos, y también  a la soledad.

Si tuviera otra vida huiría de esta, porque no hay nada más reconfortante  que tener un lugar adónde ir, esa sensación siempre es reparadora y benigna, por ello el mundo entero debería tener un plan B para poder huir sin temores ni obsesiones acosadoras del intelecto.

Siempre me gustó la filosofía, mientras en el aula el grupo de alumnos bostezantes  pensaba en los trapicheos de la anhelada hora del recreo, yo me planteaba si la felicidad y la vida guardaban relación alguna, y mi curiosidad era de todo menos imparcial, porque de hecho, la curiosidad imparcial no existe. Obviamente por ello, mi curiosidad por el profesor de filosofía acabó en una tórrida aventura amorosa que cambió a relación y con la que aprendí mucho acerca del sexo y el placer femenino, pero sobre todo aprendí mucha filosofía que nosotros llamábamos de alcoba. Él me conocía muy bien, de hecho ninguno me ha conocido como él. Así que cuando algún hombre o “niñato” (como él decía riéndose, mostrándome su dentadura blanca y su carnosa boca sensual) me dice que mi literatura es pesimista y sus energías negativas, yo ya sé que ese sujeto no es para mí ni para mi consumo, no, porque no da la talla su inteligencia, y esto no tiene nada que ver con el cociente intelectual, no seamos simplistas. Esto tiene que ver con lo que él me enseñaba cuando en clase algunos compañeros me  decían que era una pesimista y nunca escribía cosas alegres. Yo no sé escribir sobre arcoíris y unicornios pero en mis escritos no falta ninguno de los colores de un arcoíris si el lector sabe leer entre líneas… Unicornios aparte, resulta que yo no sabía esto de mis propios escritos, él me leía entre líneas y sacó lo mejor de mí en mi carrera literaria y en la filosófica, aunque también entre las sábanas de la cama de su apartamento donde me instalé por cinco años para sacarme el grado en “filosofía de alcoba”, cuatro fueron para el grado y uno para el máster, dónde al especializarme también en autoestima, gracias a él, supe entre muchas cosas más, que mi placer en el sexo depende del grado de inteligencia del hombre y no del tamaño de su pene, ni de lo diestro que sea en los previos ni después, si hay hay si no hay no hay, pero sin embargo pese a su inteligencia decidí que ya debía tomar otros caminos. Y una noche huí con mérito cero, porque no sabía qué decirle, ni cómo hacerlo, no sabía ni tan siquiera por qué me iba, y lo peor… No tenía adónde ir. Salí del apartamento, me senté en las escaleras para pensar lo que iba a hacer, recogí mi pelo pero finalmente ni pensé ni me lo pensé. Y no tenía adónde ir.

Con el tiempo me mandó un mensaje a mi móvil:

“Ninguna como tú… Fuiste sabia. No me contaste toda la verdad”

Ahora hay alguien nuevo en mi mente,  su sonrisa luce un arcoíris irresistible, me muero de ganas por tocarle, porque me sonría y me hable mirándome a los ojos, me muero de ganas imaginando la intimidad con él, el grado de su calidad y la cantidad de placeres desbocados sobre mi cama. Ahora hay alguien en el aire y en el que yo respiro partículas de su ser… Sólo deberá saber leerme entre líneas y lo demás vendrá y fluirá naturalmente, pero esta vez no me iré si da la talla su inteligencia, porque no tengo adónde ir y no entra en mis planes una nueva huida a ninguna parte… Es que no tengo adónde ir, soy lo que aparento y lo que ves, no tengo otra vida a la que huir… Sólo tienes que saber leerme entre líneas y lo demás vendrá solo, solo de soledad.

Sofya Keer

26219322_10155195289605840_3112376874338895306_n