Las nubes de Viena

Desde el avión ya pude darme cuenta de que las nubes de su cielo eran muy diferentes a las de España. A veces las dimensiones varían sin que cambie la esencia de las cosas, pero me pareció que hasta la esencia de aquellas nubes era muy diferente a la acostumbrada en las nubes de mi cielo natal.

Eran cúmulos, nubes algodonosas y espesas, abundantes y hermosas. Durante mi estancia en Viena pasé intervalos de tiempo considerable hechizada observándolas, contemplando sus movimientos y sus cambios con las variadas luces de las veinticuatro horas de cada día. El amanecer, el atardecer y el anochecer eran momentos clave en los que mirar al cielo y contemplarlas me sirvió para hacer balance y entender que es un sacrilegio pensar que el hombre al morir habita el cielo. Si es así que no ocupe el de Viena, que no manche con sus existencias extintas el blanco impetuoso y aterciopelado de las nubes austriacas. Que eso no ocurra nunca. Y si ocurre, por favor que yo no pueda verlo.

Se exhibían ante mí con un desarrollo considerable, con unos bordes claramente definidos, con una textura muy similar a la del algodón. A veces lucían solas, otras en grupo, en ocasiones en fila y dependiendo de los factores atmosféricos oscilaban desplazándose a velocidades variables. En ocasiones pensé que de tan espesas podrían ir cargadas de granizo, de trombas de agua o tornados, pero nada de eso ocurrió durante mi inolvidable viaje.

Contemplarlas me hizo plantearme cosas como, ¿qué estoy haciendo, viajo o ando errante?…

La belleza de la naturaleza tiene ese mágico influjo sobre mi mente inquieta. Me seduce y me lleva al sitio sin planteármelo, sin ni tan siquiera quererlo, es algo así como poseer lo que se escapa, y seguro que esa espesura perfecta entre mis manos se escaparía. Las nubes huirían entre mis dedos y mi lucha inútil por retenerlas sería como entender que mi vida está corriendo desde el preciso momento en que mi madre me alumbró. Porque dijo Séneca que la vida tiene esa orden. Y yo supongo que por eso la cumple.

Desde que nacemos comienza la cuenta atrás y el arte de saber vivir es ser consciente de este detalle vital. Yo sé que las nubes de Viena se escaparían de mis manos pese a su espesura perfecta para hacerme entender que saldar cada día que pasa es acercarme un poco más a la muerte, y temerla es la peor carga del hombre.

La imbecilidad humana nos incapacita para decir las verdades sin injurias, para manejar las alabanzas sin adulación y para contemplar la belleza de las nubes austriacas haciendo lo que en sí es nada. Porque contemplarlas fue como  sentir las heridas, las llagas y el dolor de la existencia sabiendo que no hay dolor sin sentimiento. Mirarlas fue entender que la felicidad es un jodido disfraz, una máscara inútil en la cámara de gas en la que a veces convertimos nuestra propia vida.

Día a día ahogándonos luchamos contra las pasiones y seguro que no hay nada más hermoso que hacer el amor con las nubes de Viena como techo. Yo no necesitaría ningún kama-sutra, para la carnal ocasión me convertiría en una sensual y recatada dama clásica, muy tradicional, limitada a la postura del misionero para con cada sacudida poder contemplar mi exclusivo techo blanco de algodón con fondo de azul intenso. Desde ahí, con la sacudida final sin sentirlo ni dudarlo, dejar mi cuerpo en una tumba estratégicamente situada en un verde montículo de un bonito cementerio con vistas a un valle. Además, asegurarme desde esa posición estratégica aunque ya no pueda disfrutarlos, infinitos y eternos amaneceres, atardeceres y anocheceres. Todos hermosos. Todos ellos con la quietud y la espesura de las nubes de Viena. Todos con su fondo azul intenso. Intenso el amor e intensa la muerte.

Cuando bajé del avión no quise volver a subir y cuando no tuve más remedio que hacerlo, volar de nuevo con ellas me llevó a comprender que no sólo están ahí para protegernos de los rayos del sol, para formar la lluvia, el granizo o la nieve. En mi viaje de regreso comprendí por qué las nubes sirven para formar de manera natural figuras en el cielo que nos embelesan, por qué en los atardeceres su color rojizo facilita las artes amatorias, porque inspiran en cualquier campo del arte o por qué en ellas se forma el rocío.

Ellas hacen todo esto porque la vida cumple la orden que le dieron: Desde que nacemos comienza nuestra particular cuenta atrás.

Sofya Keer

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Ser noticia cada día

Contemplar la ciudad desde la azotea me ayuda a respirar. Tengo un problema con la respiración, y lo tengo desde mi adolescencia. En teoría nací entera y con todos mis órganos en buen estado y perfecto funcionamiento, pero en la práctica la agónica sensación de desconectarme de quién soy me lleva a una especie de caos emocional, entonces mi respiración se entrecorta hasta extremos en los que parece que se me va la vida en el ahogo. Los médicos nunca me han diagnosticado nada físico. Uno de ellos incluso arriesgó su cátedra diciendo que mi ahogo era anímico.

Mi teoría es que supongo que de tanto mirarme en el espejo he llegado a creerme que soy la mujer que en él se refleja. Y en esos días en los que me miro en su luna y no me puedo reconocer, algo dentro de mí se destruye a la velocidad de la luz. Entonces mi inquietud y mi angustia son tan feroces que mi respiración arrítmica me lleva directamente a esa especie de desorden emocional. Supongo también que la certeza de las cosas es la portadora indiscutible de la tranquilidad, sin embargo dudar es lo que realmente nos permite una lucha digna para crecer. Y entre la certeza y la duda engañarse a uno mismo es el punto más profundo de la ecuación y es tan profundo como el silencio de una tumba. Por eso a veces voy al cementerio y paso largas horas barriendo las hojas secas de las tumbas. Lo hago porque el silencio del alma es hermoso, además si con él escucho el sonido de las hojas arrastradas lentamente por una escoba de caña y el canto de los pájaros corona cuidadosamente la escena, sin la menor duda me puedo percibir como la mujer que soy y como el ser humano que represento. Y lo puedo hacer con una certeza casi hiriente. Mejor que ante un espejo.

En dos ocasiones después de pasar dos tardes primaverales limpiando las hojas secas de las tumbas de desconocidos tuve un sueño que por dos noches seguidas se repitió tal cual con todos sus nimios detalles. El escenario eran diferentes tanatorios de la ciudad. Tras un periodo de muertes continuado y casi alarmante de gente de mi entorno coincidí con un chico en tres de ellos. En las dos primeras ocasiones lo vi como al resto de la gente, así como de pasada, pero en la tercera ocasión el joven se acercó y con gesto de curiosidad me dijo:

– Disculpa, no te conozco pero con esta, ¿podríamos llamar oportunidad?, ya hemos coincidido tres veces en tanatorios y despidiendo a los mismos muertos. ¿Quién eres?…

Mi respuesta no se hace esperar en ninguno de los dos sueños. Firme con una certeza brutal y por ello con una ausencia total de atisbos de duda le contesto seria y solemne:

– Llámala oportunidad o como quieras. Yo soy la muerte.

Y en ese punto ambos sueños idénticos finalizan despertándome sin ninguna certeza y con la duda oteando en mi dormitorio todavía oscuro.

La muerte es noticia cada día, no tenemos capacidad potencial ni manifiesta para competir con ella, es tan inútil como intentar realizarse a través del amor, con ella jugamos a errar seguro y nos puede sorprender hasta en la agradable quietud que transmite contemplar un acuario. Recuerdo que el chico del sueño tenía un puntito conservador, diría yo que casi de sacristía. Yo como la muerte que era me percibía obligatoriamente mujer. Cosas de género.

Y somos nosotros los que morimos pero la noticia real en el día de nuestro fallecimiento es la muerte. Ella es la protagonista, nuestro protagonismo se extingue con nosotros, ella nos llevará a todos sin excepción por eso todos los días es y será la noticia. Estamos de paso, ella con su oscura belleza es infinita y eterna, es fría y calculadora, más sus complejos cálculos nunca cuadran. Y nunca cuadrarán por no ser siempre ciencia exacta sino que en demasiadas ocasiones es más bien una ciencia oculta, ¡a la mierda el dos más dos son cuatro! …

Por supuesto que no es amor, ni cariño o aprecio, no es sexo ni sólo sexo, no es tu casa, ni tu título, no es tu profesión, ni tu trabajo, no es tu familia de sangre o la espiritual, no es tu coche, ni tu moto, ¡no, no, y mil veces no, todo lo que digas o pienses como algo tuyo o de tu posesión es y será una negación!, no son tus viajes: ni Turquía, ni Francia, ni Japón, no es Praga, no hay ciudades, ni países, no hay nada que no sea muerte, y nada hay porque todo muerte es. Tarde o temprano, antes o después, aunque más pronto que tarde porque vida sólo hay una y muy breve y es más muerte que vida aunque no lo queramos ver. Todo lo que tocamos, todo lo que soñamos, lo que materializamos y lo que idealizamos. Todo, absolutamente todo, y la única verdad absoluta es que todo muere, todos morimos y moriremos. Todo es muerte.

Y si como hombre o mujer, lector o lectora tienes alguna duda, espera a ese día ante la luna del espejo y cuando no puedas reconocerte lo entenderás y me entenderás. Y si no llega el entendimiento recuerda que no lo hay porque sólo hay muerte allá dónde mires o allá donde te prefieras mirar.

Una tarde el funcionario del cementerio se acercó y me preguntó que porqué barría las hojas secas de las tumbas. Le miré sonriendo y le dije:

– Lo hago porque ellos no pueden hacerlo.

Me miró correspondiendo mi sonrisa  y se alejó para continuar con su trabajo. Supongo que mi repuesta por ser una obviedad no le sorprendió. Lo obvio no sorprende  y a él que es un aventajado quiero suponer que la muerte nunca le sorprende ni le sorprenderá.

Sofya Keer

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El servilismo del amor y otra nueva primavera

El roce del tiempo impregna con la muerte nuestras vidas. Y mi existencia por describir círculos constantemente muere con esa misma constancia. En esas figuras geométricas tan limitadas que son los círculos hay escenas desgarradoras, conflictos descarnados y esperanzas infundadas que cíclicamente contribuyen a recordarme la futilidad de mis días. Incluso el amargo saber de que uno debe entender que no puede abandonar a la persona con la que comparte su rutina si su vida está atravesando por un momento delicado. Incluso eso. Y es posible que cueste entender una situación así cuando ya no queda amor, pero en el fondo la vida es no entender muchas cosas. Tal vez demasiadas.

Yo prefiero tener amantes más que parejas, aunque en ocasiones me las permito. Los amantes son ante todo enemigos, lo que ocurre es que la enemistad entre sábanas se lleva mucho mejor porque la pasión es la compañera ideal tanto para el placer como para el dolor. Y esa línea delgada de color rojo que separa a ambos es el juego más perverso y sensual al que dos enemigos  pueden jugar. De hecho entre amigos no tiene la misma gracia ni la misma intensidad.

Le conocí una noche veraniega con una apacible brisa cálida entre copas y música de jazz. Se acercó muy seguro de sí mismo y por ello tentador:

– Buenas noches.

– Hola, ¿qué tal?

– Pasando un rato agradable con una temperatura agradable y observando el rostro  agradable de una mujer que parece interesante, ¿qué haces tú por aquí?

– Observando el mundo, pensar que es así y que no hay nada que pueda hacer.

– Sabía que eres una mujer muy interesante.

Me lo llevé a la cama esa misma noche en mi afán de espantarlo o que por lo menos solamente funcionáramos como amantes. Pero se enamoró perdidamente. Yo al principio también. Siempre me ocurre en los inicios, me enamoro o creo que lo hago, pero dura poco. Cuando llevábamos dos años juntos le diagnosticaron esa moda tan cruel del cáncer terminal. Me esforcé por seguir aparentando que lo amaba, lo acompañé hasta que la inyección letal de morfina le ayudó a cruzar al otro lado, y en los siete meses que duró el proceso de su agonía le traté tan bien como me fue posible. Mucho más. Muchísimo más. Si desde nuestro cuarto mes de relación pude fingir, ahora tenía más motivos para hacerlo. Y lo hice realmente bien, tan bien que antes de irse en su despedida me dio las gracias y me dijo que se iba sintiéndose un hombre muy afortunado. Por haberme tenido. Por haberse sentido amado todo el tiempo. Sí, dijo que todo el tiempo se sintió amado. Y yo sin amarle. Sin poder amarle. Yo fingiendo siempre estar perdidamente enamorada.

Cuando me entregaron sus cenizas pensé que eran los restos mortales de un hombre de cuarenta años huérfano y sin hermanos, que sólo tenía un tío lejano en Nueva Zelanda que por no ser partícipe de su vida tampoco tenía sentido que lo fuera de su muerte. Entré en el coche y lo puse en el asiento del copiloto como cuando viajábamos y conducía yo porque le gustaba verme al volante, adoraba la sensación de que yo le llevase. Así que lo llevé al mar, me senté en una roca y sumergí la urna biodegradable en sus aguas profundas.

En mi despedida silenciosa pensé que todos somos lo mismo aunque no seamos iguales, pensé que cuando nos vamos la fiesta continua sin nosotros, dudé acerca de si me molestaba más la sabiduría o la ignorancia, y rompí el silencio para decirle mientras las burbujas me advertían de su marcha definitiva, que no había mala fe en mis interpretaciones, que yo siempre he sido incapaz de amar pero que a veces lo he intentado. Le dije que fingir no es malo cuando su finalidad es buena, que después de haber hecho juntos tantos kilómetros tenía que esforzarme para poder amarlo, de lo contrario no tendría ningún sentido el hecho de haber recorrido juntos tantos destinos sin mi parte justa e íntegra de amor, porque la suya siempre fue desbordante. Y me desbordó y por ello me sentí culpable y por eso me hice esclava de un rol.

Esperé de nuevo en silencio hasta perder de vista la urna. Me incorporé y mirando la inmensidad oscura y profunda del mar pensé:

Hoy para mí empieza otra nueva primavera”

Por primera vez en casi tres años dejé de actuar y sentí. Me emocioné, respiré profundamente, dejé aquella historia a mis espaldas junto a un mar de dudas y recuperé mi esencia desclasada. Mientras el viento enredaba mis cabellos lloré…

Lloré por su muerte y también por la del amor en mi vida.

Sofya Keer

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La mía se titula A Summer Place

Pasar por el canal del parto no tiene que ser nada fácil aunque te ayuden. Pero claro, si hay que nacer se nace y si no se aborta, aunque puedes nacer y morir porque de hecho naces para eso, pero el sentido de todo esto es tan simple como… ¿Cómo explicarte?… Selecciona uno de los temas de música que más te guste, ponte unos auriculares para que nada ni nadie te molesten. Escúchalo. Siente la música como si a partir de mañana ya no pudieras volver a escucharla. Atiende a lo que te digo, nunca más porque mañana morirás.

Escuchando la música trata de imaginarte cómo es eso de no sentir, cómo es eso de no respirar, ¿cómo es eso de que ya no vas a estar?… Pero piensa además que esa canción seguirá sonando, y serán otros los que la escuchen y alguien como tú en vísperas de su muerte comprobará con estupefacción que nada es importante cuando ya no puedes escuchar esa música. ¿Sabías que durante todo este tiempo que la has estado escuchando todo era igual?, nada era realmente importante sólo que tú no eras consciente y no podías llegar a este entendimiento subliminar. Y mortal.

Entender la mortalidad es sin duda estar por encima del bien y del mal partiendo de la base de que ambos son sólo conceptos y por eso podrían no existir materialmente, entenderla es estar por encima de lo humano y lo divino pero también sería comprender lo que queda justo entre ambas cosas, entiende además que lo humano es una falacia y lo divino un engaño. Es aprender a leer entre líneas, eso es entender la condición de mortal. ¿Y si en lugar de saber que mañana morirás te diesen la oportunidad de volver a vivir tu vida tal cual ocurrió?, paso a paso, traspiés, avances y tropezones incluidos, tal cual la has vivido, ¿tal vez mal vivido?… Pues hoy arriesgo a decir que escogerías volver a escuchar esa canción para morir tranquilamente al amanecer del nuevo día. Tu último día. ¿Para qué más de lo mismo?…

Cuando todo pierde importancia empiezas a valorar lo que es realmente importante. Para entonces ya es tarde porque eso de que nunca es tarde es otra mentira podrida, un triste y decadente consuelo de nuestra especie, ese recurso no renovable que es el tiempo pasa factura cuando de trenes que se te escaparon va el asunto. Y el asunto es serio pero en el fondo no es importante porque ser mortal elimina automáticamente toda la trascendencia de lo que ocurre en tu vida, en las ajenas y en las del mundo entero. Sin embargo que no cunda el pánico porque a la muerte no hay que temerla, según dicen las malas lenguas cuando tú estás ella no viene y cuando ella viene tú te vas, así que no debemos tener miedo a morir. Es así de sencillo, si tú estás ella no y a la inversa. Como ves algo intrascendente, sin la menor importancia. Por supuesto mi tono rezuma ironía.

Escuchando esa canción y sabiendo que mañana emprenderás el viaje definitivo, vendrán a tu cabeza recuerdos de tiempos pasados que no te detendrás a pensar si fueron mejores o peores porque ese juicio de valor sería algo inútil y bastardo. Ya sabrás por lo vivido que todo lo que no da fruto no es realmente importante, de adornos y ornamentos vamos sobrados desde que nos alumbran hasta que nos apagamos, deslumbrar sólo deslumbra lo trascendente y la trascendencia es relativa y elástica cuando el destino es mortal. Y mortal de necesidad no hay nada porque con la muerte nada hay y aunque estemos vivos por un tiempo, más largo será el tiempo que permanezcamos muertos. Y en este punto debo mencionar que la inmortalidad es una construcción humana que como tal se cae y de desmorona con el cerebro perecedero que juega a inmortalizar a alguien.

Y todo esto no es más que una manera de pasar el rato, es un intento de darle importancia a este espacio de tiempo en el que vas a escuchar en bucle ese tema que tanto te gusta porque no sabes lo que ocurrirá mañana, y lo peor es que tampoco sabes muy bien para qué viniste a este mundo ingrato en el que los hombres sin importancia juegan a ser importantes y la medida de la importancia tiene que ver con las posesiones materiales. Así que escuchando esa canción también llegarás a la conclusión de que lo mejor que le puede ocurrir al hombre es morir, o si no quieres arriesgar tanto por lo del qué dirán, lo mismo piensas que lo mejor para el humano sería entender que mientras está vivo nada es lo suficientemente importante porque el pasado no está, el futuro no existe y el presente dura lo que dura esa canción.

Por cierto, ¿cómo se titula la tuya?…

Sofya Keer

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La tía Gertru

Hay un asunto que no concierne a nadie, el hecho de que mi vida carece de sentido. La trascendencia de esto es considerable pues en el fondo nunca cambiamos de vida porque sólo vivimos una. Sólo tenemos una y solamente perdemos una. Pero acabamos acostumbrándonos a todo y en el fondo cada día estoy más de acuerdo con lo que me dijo la tía Gertru en su lecho de muerte:

– Nena, anímate y piensa que en el fondo nunca se es completamente desgraciado.

Y se estaba muriendo, así que gracias a ella no me siento demasiado desgraciada. Me gusta acumular conocimiento en la mesa del despacho, eso me permite pasar horas y horas aislada, porque con la gente en general hay muchas cosas de las que no me permito hablar. Prefiero quedarme amodorrada bajo el sol, fumar mirando el mar, desequilibrarme deseando a un hombre y destruir así el equilibrio de mis días, antes que hacerlo por haber tenido que mantener una conversación falsa o superficial.

Anoche me bebí una botella de vino yo sola. Por un intervalo de cuatro horas estuve recordando momentos especiales de mi vida. Recordé la noche tan accidentada en la que nos conocimos, él iba con su esposa y yo con mi pareja. Recordé que el sexo era de calidad pero no podía soportar su cháchara vacía idéntica a la de mi parentela en las comidas y eventos familiares. Recuerdo cuando la tía Gertru que era la única del clan que no se ahogaba en las profundidades del ser y el asumirse, me decía:

– Querida sobrina, el secreto está en matar el tiempo y que él no te mate a ti aunque acabarás muriendo, pero empieza a entender que hay muchas maneras de morir.

Recordé que yo antes con la lluvia lloraba y ahora prefiero un buen vino en soledad, recuerdos endebles y acabar riendo estrepitosamente. Prefiero esto a llorar. Con o sin lluvia. Pero no hacerlo bajo ningún concepto. Ya no…

Hoy es lunes, la vulgaridad triunfa y ambas cosas me vacían insensiblemente.

Anoche recordé también cuando me pidió matrimonio. Obviamente le dije que no, que eso no ocurriría jamás. La tía Gertru cuando se lo conté me miró trascendente y dijo:

– No lo hagas. Casarse no significa necesariamente querer a la persona pero siempre significa acostumbrarse a ella. Yo hubiera preferido no casarme con tu tío y poder quererle sin acostumbrarme a él, así la pasión nos habría durado un poco más, no tengo ninguna duda. Ni tan siquiera le digas que te es indiferente, simplemente niégate, que tu alma no lo acepte todo porque el tiempo no echa el ancla.

Su testimonio me pareció aplastante y aunque soy una mujer triste y severa sus palabras me llegaron tan hondo que tocaron fondo y al caer en mi vacío interior me devolvieron el eco de mi llanto ahogado.

En el minuto anterior a su sedación cogí su mano y le dije:

– Tía, ¿qué es la muerte?

Con una sonrisa triste y severa apretó mi mano y con sus afectadas y débiles fuerzas por la cruel enfermedad me susurró lo siguiente:

– Hoy siento que la idea de la muerte es una de esas ideas exageradas que nos hacemos de las cosas que no conocemos. Y hoy moriré. Recuerda siempre nuestras charlas remojadas y con olor a sal, te quiero más que a mi vida aunque no es un buen momento para decirte esto, ¿verdad?…

Reímos por última vez juntas mientras la buscapina y la morfina le ayudaban a cruzar al otro lado.

Hoy no beberé ni recordaré nada más. Nada más…

Sofya Keer

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Jean Claude

Un viento desganado acompaña a un grupo de jóvenes que en el Scape Park vuelan con sus monopatines. Los observo y entristezco por momentos, casi instantes. Tendrán entre dieciséis y diecinueve años. Están vivos y creen que tienen toda una vida por delante pero no necesariamente será así, no para todos ellos. La vida es un juego de ilusiones. En todo juego que se precie hay una parte perdedora y la muerte siempre gana.

Me gustaba su manera de explicar el mundo a través de sus dibujos. La técnica en el arte es fundamental y él nació con ella bajo el brazo no con un pan. Su futuro no iba a alargarse por mucho tiempo, nunca se convertiría en un pintor importante, ni se dedicaría solamente a pintar, nunca se ganaría la vida con la pintura como él solía decir porque a los diecisiete años amaneció muerto en su cama una gélida mañana de navidad. Yo estaba enamorada de él y de su técnica artística desde que teníamos quince años. Era mi gran secreto y Jean Claude mi primer amor. Ese día vino corriendo casi sin aliento un amigo de nuestro curso para darme la lúgubre noticia. Quedé un par de años esperando mi aniquilación, pero no ocurrió, yo seguí viviendo.

Fue una época de versos oscuros en la que me permití el lujo del miedo y el terror, infinidad de veces traté de imaginarlo tal y como su madre lo descubrió aquella fatídica mañana de navidad, traté de imaginar su rostro frío y morado, la rigidez de aquellas manos que se habían convertido en una gran promesa del arte, y sus dedos, con los que tantas noches me masturbé aunque realmente eran los míos.

Era parisiense pero cuando tenía seis años sus padres decidieron cambiar de residencia y vinieron a España. Era un joven elegante y bohemio con una mirada triste y perdida que me hacía perder mi propio norte. Todo el instituto fue a su funeral. Los funerales de la gente joven son tremendamente tristes y taciturnos, en ellos las promesas se rompen y se convierten en falsas como las creencias y la misma moral. Lloré mucho porque lo incineraron y no podía hacerme a la idea de que en unas horas se convertiría en polvo. Me costó mucho tiempo asimilar lo del horno a mil grados y mi primer amor dentro de él. Ya no volvería a pintar nunca más y jamás sabría que estaba enamorada profundamente de él y de su técnica artística.

Tengo casi cuarenta años y lo recuerdo como si fuera ayer. La vida es dura y muy triste. Extremadamente triste. Todo se lleva con tristeza, y se lleva o tal vez se arrastra según los casos, y el caso es que desde los diecisiete y desde la muerte de Jean Claude creé en mi cabeza un horno mental y en él he convertido en polvo a muchas personas, y por supuesto a unos cuántos amores.

La intensidad de aquella experiencia triste como pocas y su vivencia profunda e intensa vista desde el prisma vital de los diecisiete años marcó un antes y un después en mi mundo exterior y en el interior abrió una brecha emocional a la que en innumerables ocasiones me gusta echar sal para llorar y que duela más. Traté de imaginar su ataúd encolado antes de entrar al horno, ¿cuántos irían delante de él, cuántos detrás?, ¿él era el más joven?… Y ya dentro traté de imaginar esas horas hasta su desintegración, hasta su desaparición de la faz de la tierra. He tratado de imaginar tantas veces cómo se pasa del sueño a la muerte, o cómo se para un corazón dormido, ¿y cuándo se le paró, fue en el movimiento de sístole o en el de diástole?

Cuando llegué del funeral cerré la puerta de mi dormitorio y me senté en la cama. No podía borrar su imagen de mi cabeza, ni la Torre Eiffel, ni su cuaderno con bocetos que me enseñaba a hurtadillas. Pensé cosas atroces que se han convertido en mis principios y creencias, y atroz a los casi cuarenta años me sigo planteando qué hubiera ocurrido si Jean Claude no hubiese amanecido muerto en su cama aquella mañana de navidad.

¿Y si él siguiera vivo y sus dedos hubieran masajeado mi vestíbulo vulvar?, ¿y si fuese un pintor importante y juntos hubiéramos subido a la Torre Eiffel?, ¿y si su corazón todavía durmiera y despertara cada mañana y los ritmos arrítmicos de su sístole y diástole los marcarán sus afectos y emociones por mí?…

Pero son tonterías, destiempo de mi tiempo. Él murió y aunque vivo su recuerdo en mí no hay nada más triste que tratar de vivir con el recuerdo de un muerto presente, nada más triste que eso, ni tan siquiera la vida porque yo sé que esto no es vivir pues mi horno mental desde entonces quema y abrasa sin tregua a cualquier hombre. Incluso si es de París.

Sofya Keer

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Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La inercia estúpida de los cigarrillos del insomnio me mantiene a salvo del vacío que me rodea. Es algo tramposo, pero me funciona. A cada persona le funciona una cosa. A cada hombre, a cada mujer, a todos hay algo que nos funciona y otras muchas cosas que por el contrario no.

Como tantas otras noches no puedo dormir, y no me preocupa porque tampoco tengo que madrugar. Mi trabajo consiste en salir a dar largos paseos para observar a la gente dentro de sus rutinas. Después de mi cuidadoso trabajo de campo regreso a mi escritorio y vomito sangre en forma de palabras, impotencia y repulsa contra la especie humana que desgraciadamente es mi especie. Así paso las noches, metida en mi burbuja de humo. En mi anterior novela, además, cuando tenía el ánimo subido le mandaba un mensaje a mi joven y apuesto vecino que también era mi víctima. Entonces él muy complaciente se trasladaba a mi cama por una noche y me daba la vida que me quitaba mi existencia. Era un modo más que tolerable para salir de mí misma. Los otros métodos eran más bien el formato de sacarme de mis casillas, algo que me ocurre asiduamente cuando doy mis largos paseos durante el día observando al ser humano deshumanizado, y que por supuesto, no me da resultados ni tan deseables, ni tan saludables. Con él conseguía salir de mí misma, me salía sin mis contenidos, como en un viaje astral, con mi continente empapado y extenuado en la comodidad de mi solitario hogar, desde mi cama y a base de sexo sucio e infame. Sucio porque le odiaba e infame porque quería joderle la vida. Él deseaba algo conmigo, aunque una noche me dijo que ese algo era más bien un todo. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme. Me contó su última historia en el metro. Yo le observaba y me sentí una cobarde por no poder matarle, así que como la bestia parda sentía una debilidad inusual por mí, decidí que la venganza sería más divertida. Yo sacaba inspiración literaria de las atrocidades que me contaba, placer con su sexo y la satisfacción de que en un tiempo le dejaría tocado y hundido, pues enamorado lo que se dice enamorado, el pobre fascista lo estaba. La historia era que dos chicos negros subieron en el metro y él empezó a gritarles que ellos no tenían derecho a montar en el mismo transporte público que los blancos. Pero vamos a ver, ¿no es público, esperpento humano?, yo le observaba y pensaba en su cerebro vacío, pensaba en su sexualidad salvaje cargada de ira racista y xenófoba. Pensaba que mi anterior capítulo, en el que en el parking del supermercado un carcamal  tras cargar su mercedes con la compra dejó el carro en medio impidiéndome sacar mi coche y encima me llamó gilipollas porque me acerqué para hablarle de la urbanidad y el civismo, incluso le señalé con mi dedo índice y su uña larga pintada de negro, la zona donde la gente educada deja todos los carros encadenados para que no ocurran cosas como la que él provocó. Pues resulta, que pese a tenerlo ya escrito, pensé que ese capítulo era basura comparado con todo lo que iba a sacar de este ser del averno. Hablé con mi editora porque me llamó sorprendida el leer mi último manuscrito, le conté todo lo que estaba haciendo y preparando para esta novela y ella soltó una carcajada feroz. Las mujeres podemos llegar a ser muy crueles y malvadas.

Fueron nueves meses gestando a mi criatura, tiempo en el que nuestras citas fueron más numerosas y sus sentimientos hacia mí más intensos y profundos. Yo mientras tanto tuve que soportar sus historias de ultraderecha y soportarle a él con su supremacía patológica y desagradable. Pero valió la pena. Me quedaba la última corrección y para celebrarlo le llamé. Él no sabía lo que yo celebraba, de hecho, pensaba que lo nuestro sería algo más. Pero no había nada más lejos de la realidad aparente. Disfrutamos del sexo durante unas horas, era mi despedida y él hablaba de viajar juntos. Algo que no se hace con cualquiera. Yo no, desde luego. Empezaba a amanecer y llovía a mares con una tormenta eléctrica fantástica. A intervalos breves el cielo acompañaba a su inmensidad con unos truenos de potencia inusual, tan inmensos como ella misma. Justo cuando acababa de salir de la ducha y me ponía el albornoz escuché un trueno bastante fuerte que me pareció el portazo de la puerta de casa. Abrí la del baño y salí al salón. Efectivamente, ese trueno acompañó al portazo que él dio al salir de mi casa, al parecer de manera precipitada. Cuando me giré para regresar al baño y poco preocupada por el motivo por el que se marchó sin decir nada, pues poco me importaba él, vi mi ordenador portátil abierto y en su pantalla también abierto el archivo de mi novela que él protagonizaba. Obviamente ya supe el motivo de su marcha tan arrebatadora. Seguía sin importarme su reacción, su afección, su emoción o su desazón. Seguía sin importarme él.

Durante todo el día estuvo escuchando en bucle In Rainbows de Radiohead. Yo lo escuchaba… Todos y cada uno de sus temas mientras caía una tormenta impresionante que duró dos días enteros. Y el segundo día sonó 15 Step, Bodysnatchers, Nude, Weird Fishes/Arpeggi, All I Need, todos ellos en su riguroso orden mientras llovía a cantaros, y truenos y relámpagos acompañaban a nuestras soledades encerradas entre las cuatro paredes de nuestras casas.

El segundo día de tormenta cercanas las ocho de la tarde dejé de oír a Radiohead. En la escalera había mucho trasiego de vecinos, bastante ruido y conversaciones en el descansillo de arriba, donde él vivía. En media hora tocaron a mi timbre…

– ¿Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La policía me interrogó y me entregó un sobre de su puño y letra. Les conté todo lo que había hecho con él, les conté mis planes y les hablé de mi criatura. Mi frialdad sedujo a uno de los agentes que al salir me pidió mi número de teléfono. No se lo di por dos motivos, el primero porque no siento ninguna atracción por agentes de seguridad del Estado, y en segundo lugar porque no preparo ninguna novela que uno de ellos pueda protagonizar. Cuando salieron por la puerta, levanté la solapa del sobre que iba a mi nombre y que ya estaba abierto por el agente seducido y leí una pequeña nota que había escrito de su puño y letra:

“Lo hubiera dado todo por estar contigo. Me hubiera equivocado como de costumbre en mi puñetera vida… Una zorra, una puta escritora que jugaba a ponerme cachondo para sacar adelante un trabajo literario… Jajaja… Por lo menos esta historia de nueve meses ha sido de todas las que he tenido la más original, aunque debo reconocer que la menos llevadera. De hecho, no puedo soportar lo que he visto, mejor dicho, leído. No puedo soportar el no volver a verte, ni follarte, el no poder tenerte ni mirarte… No puedo vivir sin amarte. Eres la mejor de todas, la más zorra y la más puta, la más hermosa y la más inteligente. Recuerda solamente que yo sí te quise… Yo, sí te quise”

Esto ocurrió hace unas semanas y tengo la extraña sensación de que él me observa desde su dormitorio. A ratos me parece escuchar In Rainbows de Radiohead y entonces yo misma lo pongo en mi equipo al máximo volumen para no oírlo desde su casa. Lo hago siguiendo el riguroso orden de sus canciones para que suenen simultáneamente. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme.

Fue por una sobredosis de benzodiacepinas.

Sofya Keer

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