Jean Claude

Un viento desganado acompaña a un grupo de jóvenes que en el Scape Park vuelan con sus monopatines. Los observo y entristezco por momentos, casi instantes. Tendrán entre dieciséis y diecinueve años. Están vivos y creen que tienen toda una vida por delante pero no necesariamente será así, no para todos ellos. La vida es un juego de ilusiones. En todo juego que se precie hay una parte perdedora y la muerte siempre gana.

Me gustaba su manera de explicar el mundo a través de sus dibujos. La técnica en el arte es fundamental y él nació con ella bajo el brazo no con un pan. Su futuro no iba a alargarse por mucho tiempo, nunca se convertiría en un pintor importante, ni se dedicaría solamente a pintar, nunca se ganaría la vida con la pintura como él solía decir porque a los diecisiete años amaneció muerto en su cama una gélida mañana de navidad. Yo estaba enamorada de él y de su técnica artística desde que teníamos quince años. Era mi gran secreto y Jean Claude mi primer amor. Ese día vino corriendo casi sin aliento un amigo de nuestro curso para darme la lúgubre noticia. Quedé un par de años esperando mi aniquilación, pero no ocurrió, yo seguí viviendo.

Fue una época de versos oscuros en la que me permití el lujo del miedo y el terror, infinidad de veces traté de imaginarlo tal y como su madre lo descubrió aquella fatídica mañana de navidad, traté de imaginar su rostro frío y morado, la rigidez de aquellas manos que se habían convertido en una gran promesa del arte, y sus dedos, con los que tantas noches me masturbé aunque realmente eran los míos.

Era parisiense pero cuando tenía seis años sus padres decidieron cambiar de residencia y vinieron a España. Era un joven elegante y bohemio con una mirada triste y perdida que me hacía perder mi propio norte. Todo el instituto fue a su funeral. Los funerales de la gente joven son tremendamente tristes y taciturnos, en ellos las promesas se rompen y se convierten en falsas como las creencias y la misma moral. Lloré mucho porque lo incineraron y no podía hacerme a la idea de que en unas horas se convertiría en polvo. Me costó mucho tiempo asimilar lo del horno a mil grados y mi primer amor dentro de él. Ya no volvería a pintar nunca más y jamás sabría que estaba enamorada profundamente de él y de su técnica artística.

Tengo casi cuarenta años y lo recuerdo como si fuera ayer. La vida es dura y muy triste. Extremadamente triste. Todo se lleva con tristeza, y se lleva o tal vez se arrastra según los casos, y el caso es que desde los diecisiete y desde la muerte de Jean Claude creé en mi cabeza un horno mental y en él he convertido en polvo a muchas personas, y por supuesto a unos cuántos amores.

La intensidad de aquella experiencia triste como pocas y su vivencia profunda e intensa vista desde el prisma vital de los diecisiete años marcó un antes y un después en mi mundo exterior y en el interior abrió una brecha emocional a la que en innumerables ocasiones me gusta echar sal para llorar y que duela más. Traté de imaginar su ataúd encolado antes de entrar al horno, ¿cuántos irían delante de él, cuántos detrás?, ¿él era el más joven?… Y ya dentro traté de imaginar esas horas hasta su desintegración, hasta su desaparición de la faz de la tierra. He tratado de imaginar tantas veces cómo se pasa del sueño a la muerte, o cómo se para un corazón dormido, ¿y cuándo se le paró, fue en el movimiento de sístole o en el de diástole?

Cuando llegué del funeral cerré la puerta de mi dormitorio y me senté en la cama. No podía borrar su imagen de mi cabeza, ni la Torre Eiffel, ni su cuaderno con bocetos que me enseñaba a hurtadillas. Pensé cosas atroces que se han convertido en mis principios y creencias, y atroz a los casi cuarenta años me sigo planteando qué hubiera ocurrido si Jean Claude no hubiese amanecido muerto en su cama aquella mañana de navidad.

¿Y si él siguiera vivo y sus dedos hubieran masajeado mi vestíbulo vulvar?, ¿y si fuese un pintor importante y juntos hubiéramos subido a la Torre Eiffel?, ¿y si su corazón todavía durmiera y despertara cada mañana y los ritmos arrítmicos de su sístole y diástole los marcarán sus afectos y emociones por mí?…

Pero son tonterías, destiempo de mi tiempo. Él murió y aunque vivo su recuerdo en mí no hay nada más triste que tratar de vivir con el recuerdo de un muerto presente, nada más triste que eso, ni tan siquiera la vida porque yo sé que esto no es vivir pues mi horno mental desde entonces quema y abrasa sin tregua a cualquier hombre. Incluso si es de París.

Sofya Keer

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Grisuras navideñas

Uno de los pocos dones de los que puedo presumir es de mi extremada sensibilidad, y en un mundo que es de todo menos sencillo este don es como mirar a tu alrededor y encontrar el manantial. Y no importa que nada más nacer ya tuviera mi primer intento suicida con el cordón umbilical, ni tampoco importan mis senos bonitos ni mi boca besable, porque mi sensibilidad es lo más hermoso de mi ser y su porte extravagante, casi presuntuoso aunque suene raro ralentiza mi envejecimiento, el de mi alma, el de mi mente y el de mi cuerpo… Sentir mucho es saludablemente mortal, a veces es como abrir un boquete y desde la brecha abierta otear el abismo, otras es como una lluvia moderada y agradable, o como un amante de un día, y en no pocas ocasiones es como si me dejasen salir a empujones de un embotellamiento humano en un antro nocturno y de perdición. Mi sensibilidad en Navidad se dispara y veo toda la putrefacción de mi especie bajo árboles que brillan y lucen sus mejores galas acompañando al sinsentido de una celebración hipócrita, en la que nace y muere alguien que nunca nadie ha conocido personalmente ni visto jamás, y yo soy tan sensible que veo lo indecente y mugriento de estas fechas que para mí son tan frías como besar el rostro de un muerto.

Sin el menor titubeo estas atávicas costumbres están llenas de una insensibilidad casi obscena… Las calles están cada Navidad más llenas de personas sin hogar, hombres, mujeres y niños que no saben lo que es un plato de caliente, los hay que recientemente han sido desahuciados de sus casas y se estrenan en este mundo en el que lo material brilla por su ausencia y brilla tanto como nuestros árboles navideños…. Mientras, en el otro extremo estamos los privilegiados que por nuestra buena suerte, quejarnos es motivo más que suficiente para que con un golpe certero y maestro separen nuestras cabezas de nuestros cuerpos y así, una vez convertidos en troncos de Navidad posteriormente podríamos ser devorados por bestias de un mundo de ultratumba en el que también se celebre este teatro año tras año y por los siglos de los siglos… Y nos devorarían sin piedad y sin escrúpulos hasta el último átomo de nuestras carnes putrefactas… Lo estoy viendo, esta sería la escena que mi extremada sensibilidad visualiza si nos quejásemos de nuestra buena estrella, pero si lo agradecemos tampoco es suficiente, ser agradecidos es de bien nacidos, según el dicho popular, pero es muy cómodo y estrepitosamente fácil, igual que pedir perdón:

“Lo siento o perdona, no quería herirte “ (aunque lo he hecho) o  “gracias por todo lo que tengo” (aunque no puedo ponerme realmente en el lugar de los desposeídos y ya, ya lo sabemos, no es culpa mía, ni tuya, ni nuestra, ni de vosotros, ni de ellos)…

¿Ah, no?… ¿De quién es la culpa?, aunque dicen que buscar culpables no soluciona nada… ¿O tal vez sí?… ¡Bueno!, volviendo al perdón y a las gracias, ¡pues resulta que son tremenda y descaradamente fáciles!… Y es que desde este polo lo tenemos todo más fácil, porque lo tenemos todo, y punto.

Punto y final… Ah!, perdón por las molestias si pecáis del llamado espíritu navideño y gracias por leerme si la Navidad es vuestra celebración más querida… Ahora sí:

Punto y final.

Sofya Keer

 

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