Todos los domingos se deshojaban los lirios

La inmensidad de lo vivido me aleja, me dispersa, me borra. Desde este silencio sordo un vacío sin ecos me recuerda que mi dualidad es esencial. Sin embargo soy consciente de que además es una de mis torturas refinadas, pues no siempre me gusta estar en ciertos polos que me hacen sentir como fuera de mi cuerpo, con los límites mentales que esa sensación implica y con mis posibilidades evaporadas.

Mi dualidad es como abrir un abanico ilimitado de opciones, pero esto no es más que una ilusión muy básica, ya que muchas veces esas opciones se ven limitadas por la erección de mi ego que irrumpe con burdos modales en mi interioridad más profunda. Sin embargo yo le dejo porque es parte de mí. Una parte importante que no quiero ni necesito aniquilar, como ocurre con esas sectas que hablan de despojarse del ego como de la salvación, y precisamente al hombre ya no lo salva nada ni nadie. Yo tengo depositadas mis esperanzas más negras que verdes en el cambio climático y en la naturaleza. Muerta la especie muerta la rabia. Todas. Todos muertos. Y hasta ese día yo follaré con mi ego.

Los domingos son excelentes y sustanciosos en acontecimientos. No importa la estación del año ni tampoco que estén ya mezcladas, los domingos ocurren cosas y en mi vida siempre han amanecido de la mano de tristezas y soledades. Obviando que nací en domingo, en este día de la semana murieron mis abuelos en un trágico accidente de tráfico en uno de sus rutinarios trayectos del campo a la ciudad. También un primo adicto a la heroína decidió que ese era el mejor día para su viaje final. Mi madre se fue con su amante un domingo  y hasta el siguiente mi padre no supo realmente lo que estaba ocurriendo. Los domingos siempre tengo que asimilar el comienzo de una nueva semana de rutinas: de niña y adolescente en la escuela, de adulta en el mundo laboral. El domingo ha sido siempre el límite, el final de la semana, el final de los amores, el final del principio y el principio que supone el hecho de empezar de cero. Cuando son fríos entristezco, cuando hace calor se eternizan en mí y su resaca puede durar hasta el martes. Sin embargo la inmensidad de lo vivido en los espacios dominicales de mi existencia es tan profunda que consigue alejarme del presente, dispersarme de la monotonía y borrarme del mapa. Borrada totalmente.

Cuando dos policías llegaron a casa con la noticia de que el coche que se había salido de la carretera era el fiat plateado de mis abuelos, mi padre arrodillado en el suelo daba puñetazos de impotencia por la muerte inesperada de sus progenitores y mi madre lloraba desconsolada tras ver claramente la zafiedad de la vida. Mientras todo esto ocurría era domingo.

Cuando mi tía llamó por teléfono gritando tras encontrar el cuerpo inerte de su hijo en la cama, y mi primo a lomos del caballo se alejó para siempre con el único equipaje de todos nuestros secretos de juventud. Cuando aquello ocurría era domingo.

Cuando mi madre entró al salón con la maleta hecha, besó mi frente y miró a mi padre con gesto de “lo siento pero me voy”. Recuerdo que él la miró y le preguntó: “¿Qué está ocurriendo?”. Ella lloró y contestó: “No me llames ni me busques”. También era domingo y justo cuando a la semana siguiente la hermana de mi madre nos visitó para contarle a mi padre que ella estaba en Buenos Aires con otro hombre. Justo aquel momento era la porción temporal de un domingo también.

El desgaste que me trae este día de la semana que es muerte y  vida a la vez se me hace insostenible en muchas ocasiones, porque si no ocurre nada yo rememoro en bucle todos mis acontecimientos dominicales y con ellos van mis emociones rotas y mi sentir dañado. Voy yo rota y dañada, y así es como inicio las semanas. Una tras otra. Año tras año.

Cuando Luca me abandonó, cuando yo dejé a Carlos, cuando Óscar lo confesó todo y en su confesión había infidelidad, cuando mi mejor amiga me defraudó, cuando yo dejé en la estacada a un gran amigo… Siempre domingo.

No creo en dioses de ninguna clase, pero si creyera no podría acudir a sus misas dominicales porque ando siempre muy atareada con mis vivencias pasadas, mis emociones y mi sentir. No tendría tiempo ningún domingo de mi vida para misas ni cultos.

Despedidas inesperadas y soledades sin remedio. En coche, a caballo, en avión, con un portazo o un simple bloqueo en la red. El domingo es el fin y el final, es el principio de ambos. Es el sí o sí, pues de él nunca puedo escapar.

Los domingos me convirtieron en una niña terrible y desdichada de feminidad infinita emocionalmente y ritmos taciturnos. Hoy soy una mujer digna de temer más que de amar con una clara tendencia a sufrir más cuando araña que cuando la arañan, con un impulso interior negativo y una aureola de frialdad irresistible ante los ojos de hombres que son también terribles. Mi diversión desatada es jugar a desilusionarme siempre y a ratos me encanta ensimismarme con el movimiento de los abanicos. Sueño con mi entierro en un día oscuro y lluvioso. Un domingo, el fin, el final y el principio de ambos.

A él le daba igual estar vivo  que muerto. Me miraba a los ojos y sin parpadear me decía:

– Las drogas te hacen ver que todo es relativo. La diferencia entre fumar o pincharse es  que el flash es más fuerte.

El médico le dijo:

– Túmbate por favor.

Él me miró de nuevo, sonrió y con su mirada fijada en mis pupilas añadió:

– Tumbarse de tumba.

Sentí pena cuando todo ocurrió y pensé: “¿Porqué morir antes de empezar?”

Ahora sé lo que mi primo hubiera respondido con su mirada penetrante y apenada:

– Porque es domingo y me duele ver los lirios deshojados.

Los lunes solíamos ir a visitar a nuestros abuelos, con sus padres o con los míos. Bajábamos las ventanillas del coche y asomábamos nuestras cabezas dejándonos llevar por el viento. Ellos vivían en el campo y mientras los adultos charlaban mi primo y yo cogíamos lirios para llevarlos a la ciudad. Cada uno de nosotros los ponía en un jarrón en nuestros dormitorios, los domingos ya estaban marchitos pero los lunes volvíamos a traer nuevos ramilletes de lirios frescos para adornar nuestras habitaciones.

Recuerdo la sensación de libertad y sus risas desatadas cuando cada uno en una ventanilla desde los asientos traseros del coche, sacábamos nuestras cabezas y jugábamos con la velocidad y el viento. Esos días eran divertidos y alegres. Salíamos del colegio y en media hora estábamos en el campo con los abuelos y con nuestro ritual floral. Eran días casi felices…

Eran lunes. Como hoy. Pero hoy ya no sé estar casi feliz.

Sofya Keer

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La hija del perdón

Es mejor callar cuando tocamos lo esencial, me refiero a ese núcleo duro de la existencia. Callar o en todo caso hablar con los retratos de nuestros antepasados. Una vez lo hice en el pueblo, y me entretuve demasiado preguntando a uno de mis ancestros acerca del sacramento del matrimonio, de su matrimonio en concreto. Son esas cosas que te van llegando, el patrón de chismorreo familiar y los mitos familiares con los que vas creciendo. Así que la cosa se alargó y cuando salí a la puerta de la casona alguien me había robado la bicicleta. Salté como una loca presa de la ira, sin embargo al final entiendes que no estás en un desierto. En el desierto no hay nada superfluo. Al final entiendes que a cada paso vas creando tu propio universo. Así que regresé caminando, recordando la historia de aquel oscuro matrimonio de un antepasado del que sólo pude ver una fotografía que además era la del maldito día de su boda. Y qué guapa era la malvada esposa…

Mis pasos me llevaron al centro neurálgico del pueblo. La plaza de la iglesia con sus dos únicos bares ofrecía todo el ambiente al que se puede aspirar en esa pequeña localidad de montaña. Pero lo que realmente se hace en la sierra es aspirar el aire limpio y puro que ofrece bajo sus pinos centenarios, testigos silentes de historias recónditas y secretas de las gentes de sus valles. En un pueblo de montaña hay que dar largos paseos, visitar su cementerio a la caída del sol y escuchar su silencio con las campanas de la iglesia de telón de fondo anunciando la misa de las ocho en la lejanía. Entonces aspirar el aire que ya es fresco a esa hora y por ello parece más limpio y puro que en otros momentos del día… Aspirar profundamente y con los ojos cerrados entre lápidas y panteones, presentir al grupo de ancianas enlutadas bajando por la calle principal para asistir al culto.

Mi retorcido interior agradece estas visitas a la sierra. Estas desconexiones son las que me salvan del despeñadero profundo con el que acuesto y con el que amanezco. Me gusta no tener rumbo fijo en general y en concreto en mis emociones. Mi sueño es siempre el mismo, trascender. Sueño con eso dormida y despierta, trascender plena, rozagante, misteriosa, sensual e inoportunamente deseable. Sentir el peligro y con él la excitación.

Yo nunca he tenido fe en nada ni en nadie, real ni imaginario, por eso mi espíritu es libre y a ratos caótico. Su desorden invade mi ser y me susurra que tenga pasiones desmedidas porque estoy condenada eternamente a encontrarme con muchas en el camino. Muchas y pobres pasiones. Bajas pero que muy bajas. Y la culpa de todo es de mi infancia, una infancia difícil es un lastre seguro, que en el mejor de los casos te permite tener una vida más o menos… Más o menos parecida a una existencia. ¿Cuántas veces he ido caminando por la calle y de repente me he dado cuenta de que me he equivocado de dirección?, ¿y, cuántas veces ante esta situación he disimulado como si estuviera buscando una calle, local o persona por si alguien me estaba observando?… Esto en el pueblo nunca me ocurre. Cuando mis inseguridades me atacan de este modo en la urbe estar colocada mata mi inquietud malsana por ello. Por ello y por ellas.

Cuando tienes una infancia difícil todas tus historias de amor son la medida de tus desgracias. Con esta premisa tu vida se tiñe de tragedias, está en ti y en tu esencia constreñida darle forma de tragicomedia para subsistir decentemente. Aunque para ti la decencia nunca haya significado lo que para el resto de la humanidad.

Una infancia difícil te convierte en miope existencial y tu distancia para ver y discernir con precisión es muy diferente a la del resto. Tu precisión no es la de un bisturí quirúrgico sino la que determina esa interminable lista de capítulos de tu pasado que no has cerrado porque no has sabido hacerlo. No cerrar y no saber cerrar es abrir y dejar abierto constantemente. Esto es grave y gravoso. Sin duda. Estos capítulos son como los patios de las cárceles en los que puede pasar de todo y nada bueno.

Nunca nadie me enseñó a tener una conversación edificante o constructiva, así que me hice a mí misma en este sentido y opté por utilizar el perdón cuando mis sucias acciones causaban dolor ajeno. Pero pedir perdón una vez es señal de educación, dos es ya imprudencia, tres hipocresía y cuatro una provocación en toda regla. Ha habido hombres a los que les he pedido perdón hasta cuatro veces, y hace poco alguien que me quiere mucho y no sé porqué me respeta, me dijo que no hay perdón sin arrepentimiento. Así que una infancia difícil también puede llevarte a pedir perdón sin arrepentirte, y además hacerlo de manera reincidente e hipócrita. A vivir con ello y a no taladrar tu cabeza con ningún tipo de arrepentimiento. Es tan fácil:

– Hoy no tengo el día cariño. Perdóname, por favor.

Y después venían aquellos abrazos con los que me sentía tremendamente vacía. Y me vaciaba. Y el vacío era tan grande que mi derrota emocional me llevaba a sentir cierta indisposición y afectada me acostaba mientras mi víctima me miraba entristecida pensando que mi perdón era un arrepentimiento en toda regla. ¡Joder, y así hasta cuatro veces!… Y cuando el perdón entraba ya en la categoría de provocación, otro capítulo abierto y sangrante en  mi pasado me recordaba que la vida es rencorosa y que generalmente por eso, sólo te deja recoger aquello de lo que siembras o cosechas.

En el pueblo no me siento perdida. Yo sé que mis antepasados sufrieron mucho pensando cosas como las que yo pienso, por ejemplo, que la mentira protege a la pareja y por eso las infidelidades no se deben contar. Pero yo al final siempre las termino contando, entre caricias nerviosas siempre pido perdón. Siempre lo hago, una, dos, tres o cuatro veces si me dejan. Siempre pido perdón pero aunque quiera nunca me arrepiento. No puedo hacerlo.

Mi padre me pidió perdón a los treinta y cuatro años después de abandonarme cuando tenía sólo dos. Mi madre lo hizo unas horas antes de su muerte  y a mis cuarenta por todas las palizas que me dio afectada y maltrecha por el abandono de mi padre, al que erróneamente consideró de por vida su único y gran amor. Mi hermana me pidió perdón el día del funeral de mi madre en el que apareció después de treinta años desaparecida, huida cuando a mis diez y a sus diecisiete años mi madre me propinó una paliza brutal que me costó la pérdida de mi autoestima y el aumento de mis inseguridades. Mis abuelos lo hicieron por no estar ahí y frenar la locura y la obsesión fatal que mi madre tenía conmigo, al considerarme el motivo real del abandono de mi padre. Mi primer amor me pidió perdón por violarme un día en el que la cocaína cegó su visión de hombre y de pareja. Mi mejor amiga lo hizo por follarse a mi segundo gran amor… El joven que me robó la bicicleta mientras me entretuve en la vieja casona con mis antepasados, me pidió perdón también cuando nos cruzamos unos días después de la sustracción en el mercadillo del pueblo vecino, entonces le miré sosegada y le dije:

– ¿De verdad te arrepientes?

Me miró y con una media sonrisa me contestó:

– No me arrepiento.

– Pues quédatela, es toda tuya. Alguien que me quiere y respeta me ha dicho que no hay perdón sin arrepentimiento.

– ¿Tú estás loca, verdad?

– No estoy muy bien, pero me funciona. A golpes me va funcionando.

Sonreímos a la vez y se despidió alejándose con la que ya era su bicicleta.

Yo me pregunto, ¿qué es lo que pinta aquí el arrepentimiento si el vacío que aquellas sucias acciones me han ocasionado no consigo llenarlo con nada?… Con nadie. Ni conmigo misma. ¿Qué pinta el arrepentimiento en mi vida?, ¿qué en mi existencia?, y,  ¿porqué no me arrepiento de haber regalado mi bicicleta a una persona que me la robó y me pidió perdón por pura y sucia inercia?…

¿Qué es el perdón cuando ya se han ocasionado daños tan graves?

Sofya Keer

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Querido diario

Compleja, filosófica, pesimista y nihilista. Estoy condenada, pero mi vida no es una existencia al uso, más bien diría yo que al desuso porque no es como las del resto, mi vida no es vegetativa. Superé el apego inseguro cuando mi madre nos abandonó a mi padre y a mí, desarrollé mi inteligencia emocional gracias a él y a mi abuelo que siempre han estado en mi vida. Ellos supieron criarme, quererme y cuidarme, por eso nunca tuve falta de confianza ni sufrí el deterioro del sentido de mí misma, ni tampoco tuve problemas o dificultades con los límites interpersonales.

Tras estudiar la carrera de Filosofía y Letras elegí el aislamiento sin sentirme aislada, pues para mi pesar lo que sobra en el mundo son personas, esos seres que se diferencian por géneros y se agrupan a su vez en la denominada especie humana. Decidí bastante pronto no tener pareja. Yo nunca voy a establecerme con nadie porque ya estoy establecida muy bien así, sola. Estoy comprometida conmigo misma y con mi causa y desapegada del resto. Mi teoría es que el mundo se mueve y en sus movimientos desprecia y desestima al pesimismo. Esto no es real, no es realismo, no la realidad.

Soy profesora y un alumno en mi clase expresó su terror al dolor. Yo le dije que lo peor no es el dolor porque lo peor es la futilidad. Hilé fino y maticé:

– No hay nada peor que una vida fútil.

Mi alumno con una tremenda voz apenada me preguntó ante toda la clase:

– ¿Y qué es la futilidad cuándo sabes que tu vida es corta?

Este alumno falleció a las tres semanas de esta intervención en el aula. Ese día le habían diagnosticado un cáncer muy agresivo de páncreas. Me dijo que había decidido seguir asistiendo a mis clases hasta el final porque le hacían mucho bien, y cuando el mal está hecho sólo queda hacer el bien, y si es mucho pues mejor.

Mi esencia es el conflicto y no podría concentrar mi vida en un solo instante porque mi existencia es una cadencia atormentada de momentos en los que me entrego intensamente como si no hubiera un mañana a mi hermetismo y a mi centrifugado mental. Esta implicación o característica de mi personalidad me impide discernir qué o cuál momento resalta sobre el resto.

Ni cuando la conocí a ella recuerdo ese instante como el más destacable en mi vida. Jamás le otorgaría ese reconocimiento a aquel momento. Y ya que ha surgido, reconozco que la vi y me vi a mí misma. Una belleza oscura con un rostro triste que en mi caso pone cachondos a los hombres, y en el suyo al parecer a quien puso a tono fue a mi padre. He comprobado que la tristeza tiene un componente erótico y sensual muy demandado por el género masculino. Follársela es un trance hipnótico con una carga emocional muy potente, me refiero al miedo o pánico que ocasiona el hecho de ser o estar triste. Sí, a la tristeza es mejor follársela que poseerla. La gente se equivoca, follar no es poseer. Los hombres necesitan estar alegres que no felices, y vivir en la superficialidad de las cosas. Son alegres superficialmente. Eso es lo que cuenta, lo que se ve en apariencia. Pero la realidad de las profundidades es algo que nunca viene a cuento con ellos. Y de esto hablé con mi madre cuando nos reencontramos, porque ella demostró tener bastante desarrollada esa parte masculina, ese vivir en la superficialidad. Lo que alegó para justificar su abandono fue que era muy joven para tener ya esas cargas familiares y según ella, de lo que tenía edad era de viajar, conocer otros hombres y vivir en comunas hippies con huertos ecológicos. Yo sentía la necesidad de preguntarle por qué lo había hecho y en su respuesta me vi a mí misma, con la diferencia de que yo no traeré hijos al mundo para no tener que abandonarlos, porque tal vez lo haría; ella lo hizo, ¿no? Cualquier mujer puede hacerlo. Quedé agradecida por este encuentro. Con él até cabos sueltos en mi vida y solté el lastre que arrastraba. Cuando me preguntó que por qué estudiaba filosofía y letras le contesté:

–  Para sentirme más sola.

Ya no hubo más preguntas. Quedó claro que yo era su hija y ella mi madre. A lo largo de mi vida he conocido historias en las que eran los padres los que abandonaban a los hijos y a sus mujeres que eran ante todo madres. Cuando yo digo que fue la mía la que lo hizo, en ocasiones puedo hasta escuchar discursos a favor de ella en cuanto a su actitud innovadora y transgresora para su género, y por supuesto para el rol de una madre que decide de ese modo dejar de serlo. Aparte dejo el debate ético o moral de lo que es o no correcto o procedente, y aparte también desecho el discurso de las obligaciones filiales que son cargas realmente. Rol que no asumió, pues en el fondo actuó como continente que tenía un contenido al que dio a luz y después se deshizo de él porque tenía claro que no quería ser madre. Lo que no tenía claro al parecer es que acostándose con un hombre se corren riesgos de ese tipo. Luego lo vio nítido y meridiano por eso huyó. Y yo soy ese contenido complejo, filosófico, pesimista y nihilista.

Pero afectada realmente y herida de trauma lo estoy por mi abuelo, al que quise como a una madre porque padre tuve, y él no me abandonó ni cuando le dije que quería estudiar filosofía. Mi abuelo fue uno de esos hombres que decidió elegir el momento de su muerte. Tiene muy mala fama el suicidio, yo no la comparto. Llegué de la facultad y lo vi colgando del techo. Se había molestado en descolgar la araña del salón y ahí colgó la soga mortal. Su rostro tenía ya un color azul morado. Lloré desconsoladamente porque yo sabía todo lo que había sufrido al ver a su hijo sacar adelante a su nieta. Yo sabía que antes ya había sufrido con la larga enfermedad de la abuela, que durante quince años había estado empalmando un cáncer con otro hasta que una leucemia galopante se la llevó. Yo ya sabía que estaba harto, tan harto que no pensó en el impacto que ocasionó en su nieta ver aquella escena. En su carta de despedida y cierre nos decía a mi padre y a mí que le habían diagnosticado un tumor cerebral terminal y no quería sufrir ni hacernos sufrir a nosotros. Así que a pesar de todo, hay que cantar y aprovechar que el otoño entra en el jardín para ser frío como el mármol bajo el ciprés. Actitud y dirección van de la mano, así es como yo me voy levantando de las caídas, así y con mis particulares viajes intimistas y simbólicos. Yo idolatro el sinsentido de nuestra especie que tiene una belleza misteriosa, burda y cruel. Debo confesar que la desolación me entretiene mucho. Lo cierto es que no me cansa. Nunca había visto a un ahorcado balanceándose, y verle a él ha sido terapéutico. Si antes siempre había un punto lejano en el que perderme ahora ya no lo necesito. Ahora encuentro una forma retorcida de enderezar las cosas y eso me funciona. Si antes necesitaba paseos para buscar soluciones racionales a mis problemas, ahora el cambio es más sofisticado y complejo: le veo a él balanceándose y ya no tengo problemas, son solamente inconvenientes. Lo que hizo no es atroz. La humanidad está en la sombra y nuestras existencias son demasiado anodinas. Lo peor es nuestra tendencia a plantearnos el sentido de la vida a toro pasado, eso es lo peor de todo. Eso y que cuando decides un ahorcamiento es algo definitivo y por lo tanto y definitivamente, ya no volverás a disfrutar con tu nieta de tardes lluviosas frente al fuego, de conversaciones divertidas, de risas y silencios reconfortantes. A cambio eso sí, al no respirar dejarás de sufrir.

No soy muy comunicativa pero cuando hablo se me entiende claramente. No me ando con rodeos, soy directa y por eso puedo parecer maleducada, pero nada más lejos de la realidad. Digo lo que pienso porque me educaron de esa manera. Esto no es bueno ni malo. Tengo una madre que me abandonó y a la que no le guardo rencor, un abuelo que adoré y eligió una muerte muy dura y se lo perdoné desde el mismo instante en el que le vi con su piel azul-morada. También colecciono hombres que me han usado porque les gusta acostarse con mujeres tristes y son libres al elegir sus parafilias. Yo lo respeto porque también les uso cuando mi onanismo y mi tristeza flaquean y necesitan emociones más fuertes.

No me quejo de lo que tengo y he alcanzado, no me avergüenzo de mis raíces ni de lo que soy, no espero mucho de la vida y nada de nadie. No quiero hablar de mi padre porque es mi héroe y me quedaría corta hablando de su esencia y explicando su materia. No es que me sienta dichosa porque no estoy hecha de plenitudes ni llenuras, pero no puedo pedir más y menos mal que no puedo hacerlo.

Ahora tengo claustro. Durará cerca de dos horas. Hoy saldré de noche de la Universidad. En este rincón de la terraza de la cafetería de la facultad es donde tomo mis cafés y me pierdo con este diario que espero y deseo, que alguien descubra y lea cuando yo ya no esté. Es el diario de una mujer triste y en él sólo se podrán leer tristezas. Así que hoy voy a lanzarme al abismo y por lo menos voy a ser agradecida:

Gracias mamá. Gracias abuelo. Gracias papá.

Sofya Keer

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Cuándo perdemos el sendero en nuestras vidas? …

El recuerdo del fetiche muerto le hacía sentir profundamente insegura, porque eso la convertía en una persona normal y ella sabía que las personas normales son muy peligrosas.

Comenzó a aceptar invitaciones que inmediatamente rechazaba, se presentaba a fiestas para irse enseguida, la dulce sensación de que las cosas en su vida nunca estuvieron bien fortalecía aún más su espíritu de hierro.

Abrió la vieja puerta que crujía y su crujido le recordó que tener una vida mezquina no era tan grave… Al abrirla el aroma marino y al fondo la marejada; Caminó hacia la oscura inmensidad sintiendo que hay horas de gran soledad en el mar, y esa era una de ellas, ese preciso instante en el que contemplándolo se sintió orgullosa por haber aprendido a vivir con lo que no entendía, se sintió cómoda en su zona de prostitución, esa que el resto del mundo llamaba de confort… Recordó a Nietzsche y su abismo, se planteaba si era ella la que miraba al mar o si era el mar el que la miraba a ella, ¿tal vez se observaban mutuamente?…

En esa hora de tanta soledad en el mar, la soledad era realmente suya, sin embargo aquel adiós fue su libertad y por ello fue también una de esas cosas que se daba a sí misma, aunque a otros les pareciera una invención cómica y surrealista, ella sabía mejor que nadie de las terapéuticas y trascendentales propiedades del adiós. Caminando con los pies hundidos en la fría arena y bajo la oscuridad nocturna una pregunta acudió a su mente:

“¿Cuándo perdemos el sendero en nuestras vidas?”…

El silencio le devolvió un pensamiento:

“La respuesta a esa pregunta te viene grande y es demasiado áspera”

Regresó a casa, cogió los Arcanos, los Mayores y los Menores, a sabiendas de que ese era un juego que no le sirve a nadie, uno de esos juegos que no llevan a ninguna parte… Barajó mientras perdía la fe en todo, pero lo hizo a conciencia para remover con las cartas todas las probabilidades y posibilidades, una tirada de su vida, un concepto aséptico e insuficiente de la existencia, otro juego más que la convertía en vegetal, y todo fruto del agotamiento de la razón sistemática, todo por buscar el éxtasis del orden remoto, todo en una quietud silenciosa.

Sintió la voz solitaria de la desesperación del mañana, mientras en su divergencia mental, se mostraba ante ella todo el arte imperecedero del flagrante olvido de sí misma, y lo peor era que a lo lejos brillaba como un astro, el sendero perdido de su vida.

Sofya Keer

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