Querido diario

Compleja, filosófica, pesimista y nihilista. Estoy condenada, pero mi vida no es una existencia al uso, más bien diría yo que al desuso porque no es como las del resto, mi vida no es vegetativa. Superé el apego inseguro cuando mi madre nos abandonó a mi padre y a mí, desarrollé mi inteligencia emocional gracias a él y a mi abuelo que siempre han estado en mi vida. Ellos supieron criarme, quererme y cuidarme, por eso nunca tuve falta de confianza ni sufrí el deterioro del sentido de mí misma, ni tampoco tuve problemas o dificultades con los límites interpersonales.

Tras estudiar la carrera de Filosofía y Letras elegí el aislamiento sin sentirme aislada, pues para mi pesar lo que sobra en el mundo son personas, esos seres que se diferencian por géneros y se agrupan a su vez en la denominada especie humana. Decidí bastante pronto no tener pareja. Yo nunca voy a establecerme con nadie porque ya estoy establecida muy bien así, sola. Estoy comprometida conmigo misma y con mi causa y desapegada del resto. Mi teoría es que el mundo se mueve y en sus movimientos desprecia y desestima al pesimismo. Esto no es real, no es realismo, no la realidad.

Soy profesora y un alumno en mi clase expresó su terror al dolor. Yo le dije que lo peor no es el dolor porque lo peor es la futilidad. Hilé fino y maticé:

– No hay nada peor que una vida fútil.

Mi alumno con una tremenda voz apenada me preguntó ante toda la clase:

– ¿Y qué es la futilidad cuándo sabes que tu vida es corta?

Este alumno falleció a las tres semanas de esta intervención en el aula. Ese día le habían diagnosticado un cáncer muy agresivo de páncreas. Me dijo que había decidido seguir asistiendo a mis clases hasta el final porque le hacían mucho bien, y cuando el mal está hecho sólo queda hacer el bien, y si es mucho pues mejor.

Mi esencia es el conflicto y no podría concentrar mi vida en un solo instante porque mi existencia es una cadencia atormentada de momentos en los que me entrego intensamente como si no hubiera un mañana a mi hermetismo y a mi centrifugado mental. Esta implicación o característica de mi personalidad me impide discernir qué o cuál momento resalta sobre el resto.

Ni cuando la conocí a ella recuerdo ese instante como el más destacable en mi vida. Jamás le otorgaría ese reconocimiento a aquel momento. Y ya que ha surgido, reconozco que la vi y me vi a mí misma. Una belleza oscura con un rostro triste que en mi caso pone cachondos a los hombres, y en el suyo al parecer a quien puso a tono fue a mi padre. He comprobado que la tristeza tiene un componente erótico y sensual muy demandado por el género masculino. Follársela es un trance hipnótico con una carga emocional muy potente, me refiero al miedo o pánico que ocasiona el hecho de ser o estar triste. Sí, a la tristeza es mejor follársela que poseerla. La gente se equivoca, follar no es poseer. Los hombres necesitan estar alegres que no felices, y vivir en la superficialidad de las cosas. Son alegres superficialmente. Eso es lo que cuenta, lo que se ve en apariencia. Pero la realidad de las profundidades es algo que nunca viene a cuento con ellos. Y de esto hablé con mi madre cuando nos reencontramos, porque ella demostró tener bastante desarrollada esa parte masculina, ese vivir en la superficialidad. Lo que alegó para justificar su abandono fue que era muy joven para tener ya esas cargas familiares y según ella, de lo que tenía edad era de viajar, conocer otros hombres y vivir en comunas hippies con huertos ecológicos. Yo sentía la necesidad de preguntarle por qué lo había hecho y en su respuesta me vi a mí misma, con la diferencia de que yo no traeré hijos al mundo para no tener que abandonarlos, porque tal vez lo haría; ella lo hizo, ¿no? Cualquier mujer puede hacerlo. Quedé agradecida por este encuentro. Con él até cabos sueltos en mi vida y solté el lastre que arrastraba. Cuando me preguntó que por qué estudiaba filosofía y letras le contesté:

–  Para sentirme más sola.

Ya no hubo más preguntas. Quedó claro que yo era su hija y ella mi madre. A lo largo de mi vida he conocido historias en las que eran los padres los que abandonaban a los hijos y a sus mujeres que eran ante todo madres. Cuando yo digo que fue la mía la que lo hizo, en ocasiones puedo hasta escuchar discursos a favor de ella en cuanto a su actitud innovadora y transgresora para su género, y por supuesto para el rol de una madre que decide de ese modo dejar de serlo. Aparte dejo el debate ético o moral de lo que es o no correcto o procedente, y aparte también desecho el discurso de las obligaciones filiales que son cargas realmente. Rol que no asumió, pues en el fondo actuó como continente que tenía un contenido al que dio a luz y después se deshizo de él porque tenía claro que no quería ser madre. Lo que no tenía claro al parecer es que acostándose con un hombre se corren riesgos de ese tipo. Luego lo vio nítido y meridiano por eso huyó. Y yo soy ese contenido complejo, filosófico, pesimista y nihilista.

Pero afectada realmente y herida de trauma lo estoy por mi abuelo, al que quise como a una madre porque padre tuve, y él no me abandonó ni cuando le dije que quería estudiar filosofía. Mi abuelo fue uno de esos hombres que decidió elegir el momento de su muerte. Tiene muy mala fama el suicidio, yo no la comparto. Llegué de la facultad y lo vi colgando del techo. Se había molestado en descolgar la araña del salón y ahí colgó la soga mortal. Su rostro tenía ya un color azul morado. Lloré desconsoladamente porque yo sabía todo lo que había sufrido al ver a su hijo sacar adelante a su nieta. Yo sabía que antes ya había sufrido con la larga enfermedad de la abuela, que durante quince años había estado empalmando un cáncer con otro hasta que una leucemia galopante se la llevó. Yo ya sabía que estaba harto, tan harto que no pensó en el impacto que ocasionó en su nieta ver aquella escena. En su carta de despedida y cierre nos decía a mi padre y a mí que le habían diagnosticado un tumor cerebral terminal y no quería sufrir ni hacernos sufrir a nosotros. Así que a pesar de todo, hay que cantar y aprovechar que el otoño entra en el jardín para ser frío como el mármol bajo el ciprés. Actitud y dirección van de la mano, así es como yo me voy levantando de las caídas, así y con mis particulares viajes intimistas y simbólicos. Yo idolatro el sinsentido de nuestra especie que tiene una belleza misteriosa, burda y cruel. Debo confesar que la desolación me entretiene mucho. Lo cierto es que no me cansa. Nunca había visto a un ahorcado balanceándose, y verle a él ha sido terapéutico. Si antes siempre había un punto lejano en el que perderme ahora ya no lo necesito. Ahora encuentro una forma retorcida de enderezar las cosas y eso me funciona. Si antes necesitaba paseos para buscar soluciones racionales a mis problemas, ahora el cambio es más sofisticado y complejo: le veo a él balanceándose y ya no tengo problemas, son solamente inconvenientes. Lo que hizo no es atroz. La humanidad está en la sombra y nuestras existencias son demasiado anodinas. Lo peor es nuestra tendencia a plantearnos el sentido de la vida a toro pasado, eso es lo peor de todo. Eso y que cuando decides un ahorcamiento es algo definitivo y por lo tanto y definitivamente, ya no volverás a disfrutar con tu nieta de tardes lluviosas frente al fuego, de conversaciones divertidas, de risas y silencios reconfortantes. A cambio eso sí, al no respirar dejarás de sufrir.

No soy muy comunicativa pero cuando hablo se me entiende claramente. No me ando con rodeos, soy directa y por eso puedo parecer maleducada, pero nada más lejos de la realidad. Digo lo que pienso porque me educaron de esa manera. Esto no es bueno ni malo. Tengo una madre que me abandonó y a la que no le guardo rencor, un abuelo que adoré y eligió una muerte muy dura y se lo perdoné desde el mismo instante en el que le vi con su piel azul-morada. También colecciono hombres que me han usado porque les gusta acostarse con mujeres tristes y son libres al elegir sus parafilias. Yo lo respeto porque también les uso cuando mi onanismo y mi tristeza flaquean y necesitan emociones más fuertes.

No me quejo de lo que tengo y he alcanzado, no me avergüenzo de mis raíces ni de lo que soy, no espero mucho de la vida y nada de nadie. No quiero hablar de mi padre porque es mi héroe y me quedaría corta hablando de su esencia y explicando su materia. No es que me sienta dichosa porque no estoy hecha de plenitudes ni llenuras, pero no puedo pedir más y menos mal que no puedo hacerlo.

Ahora tengo claustro. Durará cerca de dos horas. Hoy saldré de noche de la Universidad. En este rincón de la terraza de la cafetería de la facultad es donde tomo mis cafés y me pierdo con este diario que espero y deseo, que alguien descubra y lea cuando yo ya no esté. Es el diario de una mujer triste y en él sólo se podrán leer tristezas. Así que hoy voy a lanzarme al abismo y por lo menos voy a ser agradecida:

Gracias mamá. Gracias abuelo. Gracias papá.

Sofya Keer

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Cuándo perdemos el sendero en nuestras vidas? …

El recuerdo del fetiche muerto le hacía sentir profundamente insegura, porque eso la convertía en una persona normal y ella sabía que las personas normales son muy peligrosas.

Comenzó a aceptar invitaciones que inmediatamente rechazaba, se presentaba a fiestas para irse enseguida, la dulce sensación de que las cosas en su vida nunca estuvieron bien fortalecía aún más su espíritu de hierro.

Abrió la vieja puerta que crujía y su crujido le recordó que tener una vida mezquina no era tan grave… Al abrirla el aroma marino y al fondo la marejada; Caminó hacia la oscura inmensidad sintiendo que hay horas de gran soledad en el mar, y esa era una de ellas, ese preciso instante en el que contemplándolo se sintió orgullosa por haber aprendido a vivir con lo que no entendía, se sintió cómoda en su zona de prostitución, esa que el resto del mundo llamaba de confort… Recordó a Nietzsche y su abismo, se planteaba si era ella la que miraba al mar o si era el mar el que la miraba a ella, ¿tal vez se observaban mutuamente?…

En esa hora de tanta soledad en el mar, la soledad era realmente suya, sin embargo aquel adiós fue su libertad y por ello fue también una de esas cosas que se daba a sí misma, aunque a otros les pareciera una invención cómica y surrealista, ella sabía mejor que nadie de las terapéuticas y trascendentales propiedades del adiós. Caminando con los pies hundidos en la fría arena y bajo la oscuridad nocturna una pregunta acudió a su mente:

“¿Cuándo perdemos el sendero en nuestras vidas?”…

El silencio le devolvió un pensamiento:

“La respuesta a esa pregunta te viene grande y es demasiado áspera”

Regresó a casa, cogió los Arcanos, los Mayores y los Menores, a sabiendas de que ese era un juego que no le sirve a nadie, uno de esos juegos que no llevan a ninguna parte… Barajó mientras perdía la fe en todo, pero lo hizo a conciencia para remover con las cartas todas las probabilidades y posibilidades, una tirada de su vida, un concepto aséptico e insuficiente de la existencia, otro juego más que la convertía en vegetal, y todo fruto del agotamiento de la razón sistemática, todo por buscar el éxtasis del orden remoto, todo en una quietud silenciosa.

Sintió la voz solitaria de la desesperación del mañana, mientras en su divergencia mental, se mostraba ante ella todo el arte imperecedero del flagrante olvido de sí misma, y lo peor era que a lo lejos brillaba como un astro, el sendero perdido de su vida.

Sofya Keer

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