Todos los domingos se deshojaban los lirios

La inmensidad de lo vivido me aleja, me dispersa, me borra. Desde este silencio sordo un vacío sin ecos me recuerda que mi dualidad es esencial. Sin embargo soy consciente de que además es una de mis torturas refinadas, pues no siempre me gusta estar en ciertos polos que me hacen sentir como fuera de mi cuerpo, con los límites mentales que esa sensación implica y con mis posibilidades evaporadas.

Mi dualidad es como abrir un abanico ilimitado de opciones, pero esto no es más que una ilusión muy básica, ya que muchas veces esas opciones se ven limitadas por la erección de mi ego que irrumpe con burdos modales en mi interioridad más profunda. Sin embargo yo le dejo porque es parte de mí. Una parte importante que no quiero ni necesito aniquilar, como ocurre con esas sectas que hablan de despojarse del ego como de la salvación, y precisamente al hombre ya no lo salva nada ni nadie. Yo tengo depositadas mis esperanzas más negras que verdes en el cambio climático y en la naturaleza. Muerta la especie muerta la rabia. Todas. Todos muertos. Y hasta ese día yo follaré con mi ego.

Los domingos son excelentes y sustanciosos en acontecimientos. No importa la estación del año ni tampoco que estén ya mezcladas, los domingos ocurren cosas y en mi vida siempre han amanecido de la mano de tristezas y soledades. Obviando que nací en domingo, en este día de la semana murieron mis abuelos en un trágico accidente de tráfico en uno de sus rutinarios trayectos del campo a la ciudad. También un primo adicto a la heroína decidió que ese era el mejor día para su viaje final. Mi madre se fue con su amante un domingo  y hasta el siguiente mi padre no supo realmente lo que estaba ocurriendo. Los domingos siempre tengo que asimilar el comienzo de una nueva semana de rutinas: de niña y adolescente en la escuela, de adulta en el mundo laboral. El domingo ha sido siempre el límite, el final de la semana, el final de los amores, el final del principio y el principio que supone el hecho de empezar de cero. Cuando son fríos entristezco, cuando hace calor se eternizan en mí y su resaca puede durar hasta el martes. Sin embargo la inmensidad de lo vivido en los espacios dominicales de mi existencia es tan profunda que consigue alejarme del presente, dispersarme de la monotonía y borrarme del mapa. Borrada totalmente.

Cuando dos policías llegaron a casa con la noticia de que el coche que se había salido de la carretera era el fiat plateado de mis abuelos, mi padre arrodillado en el suelo daba puñetazos de impotencia por la muerte inesperada de sus progenitores y mi madre lloraba desconsolada tras ver claramente la zafiedad de la vida. Mientras todo esto ocurría era domingo.

Cuando mi tía llamó por teléfono gritando tras encontrar el cuerpo inerte de su hijo en la cama, y mi primo a lomos del caballo se alejó para siempre con el único equipaje de todos nuestros secretos de juventud. Cuando aquello ocurría era domingo.

Cuando mi madre entró al salón con la maleta hecha, besó mi frente y miró a mi padre con gesto de “lo siento pero me voy”. Recuerdo que él la miró y le preguntó: “¿Qué está ocurriendo?”. Ella lloró y contestó: “No me llames ni me busques”. También era domingo y justo cuando a la semana siguiente la hermana de mi madre nos visitó para contarle a mi padre que ella estaba en Buenos Aires con otro hombre. Justo aquel momento era la porción temporal de un domingo también.

El desgaste que me trae este día de la semana que es muerte y  vida a la vez se me hace insostenible en muchas ocasiones, porque si no ocurre nada yo rememoro en bucle todos mis acontecimientos dominicales y con ellos van mis emociones rotas y mi sentir dañado. Voy yo rota y dañada, y así es como inicio las semanas. Una tras otra. Año tras año.

Cuando Luca me abandonó, cuando yo dejé a Carlos, cuando Óscar lo confesó todo y en su confesión había infidelidad, cuando mi mejor amiga me defraudó, cuando yo dejé en la estacada a un gran amigo… Siempre domingo.

No creo en dioses de ninguna clase, pero si creyera no podría acudir a sus misas dominicales porque ando siempre muy atareada con mis vivencias pasadas, mis emociones y mi sentir. No tendría tiempo ningún domingo de mi vida para misas ni cultos.

Despedidas inesperadas y soledades sin remedio. En coche, a caballo, en avión, con un portazo o un simple bloqueo en la red. El domingo es el fin y el final, es el principio de ambos. Es el sí o sí, pues de él nunca puedo escapar.

Los domingos me convirtieron en una niña terrible y desdichada de feminidad infinita emocionalmente y ritmos taciturnos. Hoy soy una mujer digna de temer más que de amar con una clara tendencia a sufrir más cuando araña que cuando la arañan, con un impulso interior negativo y una aureola de frialdad irresistible ante los ojos de hombres que son también terribles. Mi diversión desatada es jugar a desilusionarme siempre y a ratos me encanta ensimismarme con el movimiento de los abanicos. Sueño con mi entierro en un día oscuro y lluvioso. Un domingo, el fin, el final y el principio de ambos.

A él le daba igual estar vivo  que muerto. Me miraba a los ojos y sin parpadear me decía:

– Las drogas te hacen ver que todo es relativo. La diferencia entre fumar o pincharse es  que el flash es más fuerte.

El médico le dijo:

– Túmbate por favor.

Él me miró de nuevo, sonrió y con su mirada fijada en mis pupilas añadió:

– Tumbarse de tumba.

Sentí pena cuando todo ocurrió y pensé: “¿Porqué morir antes de empezar?”

Ahora sé lo que mi primo hubiera respondido con su mirada penetrante y apenada:

– Porque es domingo y me duele ver los lirios deshojados.

Los lunes solíamos ir a visitar a nuestros abuelos, con sus padres o con los míos. Bajábamos las ventanillas del coche y asomábamos nuestras cabezas dejándonos llevar por el viento. Ellos vivían en el campo y mientras los adultos charlaban mi primo y yo cogíamos lirios para llevarlos a la ciudad. Cada uno de nosotros los ponía en un jarrón en nuestros dormitorios, los domingos ya estaban marchitos pero los lunes volvíamos a traer nuevos ramilletes de lirios frescos para adornar nuestras habitaciones.

Recuerdo la sensación de libertad y sus risas desatadas cuando cada uno en una ventanilla desde los asientos traseros del coche, sacábamos nuestras cabezas y jugábamos con la velocidad y el viento. Esos días eran divertidos y alegres. Salíamos del colegio y en media hora estábamos en el campo con los abuelos y con nuestro ritual floral. Eran días casi felices…

Eran lunes. Como hoy. Pero hoy ya no sé estar casi feliz.

Sofya Keer

6f27c5cf-1c86-4abd-85a8-f0b2a72e2b1d

Anuncios

La hija del perdón

Es mejor callar cuando tocamos lo esencial, me refiero a ese núcleo duro de la existencia. Callar o en todo caso hablar con los retratos de nuestros antepasados. Una vez lo hice en el pueblo, y me entretuve demasiado preguntando a uno de mis ancestros acerca del sacramento del matrimonio, de su matrimonio en concreto. Son esas cosas que te van llegando, el patrón de chismorreo familiar y los mitos familiares con los que vas creciendo. Así que la cosa se alargó y cuando salí a la puerta de la casona alguien me había robado la bicicleta. Salté como una loca presa de la ira, sin embargo al final entiendes que no estás en un desierto. En el desierto no hay nada superfluo. Al final entiendes que a cada paso vas creando tu propio universo. Así que regresé caminando, recordando la historia de aquel oscuro matrimonio de un antepasado del que sólo pude ver una fotografía que además era la del maldito día de su boda. Y qué guapa era la malvada esposa…

Mis pasos me llevaron al centro neurálgico del pueblo. La plaza de la iglesia con sus dos únicos bares ofrecía todo el ambiente al que se puede aspirar en esa pequeña localidad de montaña. Pero lo que realmente se hace en la sierra es aspirar el aire limpio y puro que ofrece bajo sus pinos centenarios, testigos silentes de historias recónditas y secretas de las gentes de sus valles. En un pueblo de montaña hay que dar largos paseos, visitar su cementerio a la caída del sol y escuchar su silencio con las campanas de la iglesia de telón de fondo anunciando la misa de las ocho en la lejanía. Entonces aspirar el aire que ya es fresco a esa hora y por ello parece más limpio y puro que en otros momentos del día… Aspirar profundamente y con los ojos cerrados entre lápidas y panteones, presentir al grupo de ancianas enlutadas bajando por la calle principal para asistir al culto.

Mi retorcido interior agradece estas visitas a la sierra. Estas desconexiones son las que me salvan del despeñadero profundo con el que acuesto y con el que amanezco. Me gusta no tener rumbo fijo en general y en concreto en mis emociones. Mi sueño es siempre el mismo, trascender. Sueño con eso dormida y despierta, trascender plena, rozagante, misteriosa, sensual e inoportunamente deseable. Sentir el peligro y con él la excitación.

Yo nunca he tenido fe en nada ni en nadie, real ni imaginario, por eso mi espíritu es libre y a ratos caótico. Su desorden invade mi ser y me susurra que tenga pasiones desmedidas porque estoy condenada eternamente a encontrarme con muchas en el camino. Muchas y pobres pasiones. Bajas pero que muy bajas. Y la culpa de todo es de mi infancia, una infancia difícil es un lastre seguro, que en el mejor de los casos te permite tener una vida más o menos… Más o menos parecida a una existencia. ¿Cuántas veces he ido caminando por la calle y de repente me he dado cuenta de que me he equivocado de dirección?, ¿y, cuántas veces ante esta situación he disimulado como si estuviera buscando una calle, local o persona por si alguien me estaba observando?… Esto en el pueblo nunca me ocurre. Cuando mis inseguridades me atacan de este modo en la urbe estar colocada mata mi inquietud malsana por ello. Por ello y por ellas.

Cuando tienes una infancia difícil todas tus historias de amor son la medida de tus desgracias. Con esta premisa tu vida se tiñe de tragedias, está en ti y en tu esencia constreñida darle forma de tragicomedia para subsistir decentemente. Aunque para ti la decencia nunca haya significado lo que para el resto de la humanidad.

Una infancia difícil te convierte en miope existencial y tu distancia para ver y discernir con precisión es muy diferente a la del resto. Tu precisión no es la de un bisturí quirúrgico sino la que determina esa interminable lista de capítulos de tu pasado que no has cerrado porque no has sabido hacerlo. No cerrar y no saber cerrar es abrir y dejar abierto constantemente. Esto es grave y gravoso. Sin duda. Estos capítulos son como los patios de las cárceles en los que puede pasar de todo y nada bueno.

Nunca nadie me enseñó a tener una conversación edificante o constructiva, así que me hice a mí misma en este sentido y opté por utilizar el perdón cuando mis sucias acciones causaban dolor ajeno. Pero pedir perdón una vez es señal de educación, dos es ya imprudencia, tres hipocresía y cuatro una provocación en toda regla. Ha habido hombres a los que les he pedido perdón hasta cuatro veces, y hace poco alguien que me quiere mucho y no sé porqué me respeta, me dijo que no hay perdón sin arrepentimiento. Así que una infancia difícil también puede llevarte a pedir perdón sin arrepentirte, y además hacerlo de manera reincidente e hipócrita. A vivir con ello y a no taladrar tu cabeza con ningún tipo de arrepentimiento. Es tan fácil:

– Hoy no tengo el día cariño. Perdóname, por favor.

Y después venían aquellos abrazos con los que me sentía tremendamente vacía. Y me vaciaba. Y el vacío era tan grande que mi derrota emocional me llevaba a sentir cierta indisposición y afectada me acostaba mientras mi víctima me miraba entristecida pensando que mi perdón era un arrepentimiento en toda regla. ¡Joder, y así hasta cuatro veces!… Y cuando el perdón entraba ya en la categoría de provocación, otro capítulo abierto y sangrante en  mi pasado me recordaba que la vida es rencorosa y que generalmente por eso, sólo te deja recoger aquello de lo que siembras o cosechas.

En el pueblo no me siento perdida. Yo sé que mis antepasados sufrieron mucho pensando cosas como las que yo pienso, por ejemplo, que la mentira protege a la pareja y por eso las infidelidades no se deben contar. Pero yo al final siempre las termino contando, entre caricias nerviosas siempre pido perdón. Siempre lo hago, una, dos, tres o cuatro veces si me dejan. Siempre pido perdón pero aunque quiera nunca me arrepiento. No puedo hacerlo.

Mi padre me pidió perdón a los treinta y cuatro años después de abandonarme cuando tenía sólo dos. Mi madre lo hizo unas horas antes de su muerte  y a mis cuarenta por todas las palizas que me dio afectada y maltrecha por el abandono de mi padre, al que erróneamente consideró de por vida su único y gran amor. Mi hermana me pidió perdón el día del funeral de mi madre en el que apareció después de treinta años desaparecida, huida cuando a mis diez y a sus diecisiete años mi madre me propinó una paliza brutal que me costó la pérdida de mi autoestima y el aumento de mis inseguridades. Mis abuelos lo hicieron por no estar ahí y frenar la locura y la obsesión fatal que mi madre tenía conmigo, al considerarme el motivo real del abandono de mi padre. Mi primer amor me pidió perdón por violarme un día en el que la cocaína cegó su visión de hombre y de pareja. Mi mejor amiga lo hizo por follarse a mi segundo gran amor… El joven que me robó la bicicleta mientras me entretuve en la vieja casona con mis antepasados, me pidió perdón también cuando nos cruzamos unos días después de la sustracción en el mercadillo del pueblo vecino, entonces le miré sosegada y le dije:

– ¿De verdad te arrepientes?

Me miró y con una media sonrisa me contestó:

– No me arrepiento.

– Pues quédatela, es toda tuya. Alguien que me quiere y respeta me ha dicho que no hay perdón sin arrepentimiento.

– ¿Tú estás loca, verdad?

– No estoy muy bien, pero me funciona. A golpes me va funcionando.

Sonreímos a la vez y se despidió alejándose con la que ya era su bicicleta.

Yo me pregunto, ¿qué es lo que pinta aquí el arrepentimiento si el vacío que aquellas sucias acciones me han ocasionado no consigo llenarlo con nada?… Con nadie. Ni conmigo misma. ¿Qué pinta el arrepentimiento en mi vida?, ¿qué en mi existencia?, y,  ¿porqué no me arrepiento de haber regalado mi bicicleta a una persona que me la robó y me pidió perdón por pura y sucia inercia?…

¿Qué es el perdón cuando ya se han ocasionado daños tan graves?

Sofya Keer

fremhevet-bryllup

 

El servilismo del amor y otra nueva primavera

El roce del tiempo impregna con la muerte nuestras vidas. Y mi existencia por describir círculos constantemente muere con esa misma constancia. En esas figuras geométricas tan limitadas que son los círculos hay escenas desgarradoras, conflictos descarnados y esperanzas infundadas que cíclicamente contribuyen a recordarme la futilidad de mis días. Incluso el amargo saber de que uno debe entender que no puede abandonar a la persona con la que comparte su rutina si su vida está atravesando por un momento delicado. Incluso eso. Y es posible que cueste entender una situación así cuando ya no queda amor, pero en el fondo la vida es no entender muchas cosas. Tal vez demasiadas.

Yo prefiero tener amantes más que parejas, aunque en ocasiones me las permito. Los amantes son ante todo enemigos, lo que ocurre es que la enemistad entre sábanas se lleva mucho mejor porque la pasión es la compañera ideal tanto para el placer como para el dolor. Y esa línea delgada de color rojo que separa a ambos es el juego más perverso y sensual al que dos enemigos  pueden jugar. De hecho entre amigos no tiene la misma gracia ni la misma intensidad.

Le conocí una noche veraniega con una apacible brisa cálida entre copas y música de jazz. Se acercó muy seguro de sí mismo y por ello tentador:

– Buenas noches.

– Hola, ¿qué tal?

– Pasando un rato agradable con una temperatura agradable y observando el rostro  agradable de una mujer que parece interesante, ¿qué haces tú por aquí?

– Observando el mundo, pensar que es así y que no hay nada que pueda hacer.

– Sabía que eres una mujer muy interesante.

Me lo llevé a la cama esa misma noche en mi afán de espantarlo o que por lo menos solamente funcionáramos como amantes. Pero se enamoró perdidamente. Yo al principio también. Siempre me ocurre en los inicios, me enamoro o creo que lo hago, pero dura poco. Cuando llevábamos dos años juntos le diagnosticaron esa moda tan cruel del cáncer terminal. Me esforcé por seguir aparentando que lo amaba, lo acompañé hasta que la inyección letal de morfina le ayudó a cruzar al otro lado, y en los siete meses que duró el proceso de su agonía le traté tan bien como me fue posible. Mucho más. Muchísimo más. Si desde nuestro cuarto mes de relación pude fingir, ahora tenía más motivos para hacerlo. Y lo hice realmente bien, tan bien que antes de irse en su despedida me dio las gracias y me dijo que se iba sintiéndose un hombre muy afortunado. Por haberme tenido. Por haberse sentido amado todo el tiempo. Sí, dijo que todo el tiempo se sintió amado. Y yo sin amarle. Sin poder amarle. Yo fingiendo siempre estar perdidamente enamorada.

Cuando me entregaron sus cenizas pensé que eran los restos mortales de un hombre de cuarenta años huérfano y sin hermanos, que sólo tenía un tío lejano en Nueva Zelanda que por no ser partícipe de su vida tampoco tenía sentido que lo fuera de su muerte. Entré en el coche y lo puse en el asiento del copiloto como cuando viajábamos y conducía yo porque le gustaba verme al volante, adoraba la sensación de que yo le llevase. Así que lo llevé al mar, me senté en una roca y sumergí la urna biodegradable en sus aguas profundas.

En mi despedida silenciosa pensé que todos somos lo mismo aunque no seamos iguales, pensé que cuando nos vamos la fiesta continua sin nosotros, dudé acerca de si me molestaba más la sabiduría o la ignorancia, y rompí el silencio para decirle mientras las burbujas me advertían de su marcha definitiva, que no había mala fe en mis interpretaciones, que yo siempre he sido incapaz de amar pero que a veces lo he intentado. Le dije que fingir no es malo cuando su finalidad es buena, que después de haber hecho juntos tantos kilómetros tenía que esforzarme para poder amarlo, de lo contrario no tendría ningún sentido el hecho de haber recorrido juntos tantos destinos sin mi parte justa e íntegra de amor, porque la suya siempre fue desbordante. Y me desbordó y por ello me sentí culpable y por eso me hice esclava de un rol.

Esperé de nuevo en silencio hasta perder de vista la urna. Me incorporé y mirando la inmensidad oscura y profunda del mar pensé:

Hoy para mí empieza otra nueva primavera”

Por primera vez en casi tres años dejé de actuar y sentí. Me emocioné, respiré profundamente, dejé aquella historia a mis espaldas junto a un mar de dudas y recuperé mi esencia desclasada. Mientras el viento enredaba mis cabellos lloré…

Lloré por su muerte y también por la del amor en mi vida.

Sofya Keer

images

Una habitación en llamas

No hay nada tan corrosivo como la memoria, si busco basura o cochambre siempre acabo encontrándola. No necesito ayuda lo hago muy bien sola, soy la absurda experta en el sufrimiento que con un enfoque juguetón e imaginativo además de inconsciente incluso con una sensualidad intrépida, puedo poner la habitación en llamas a base de torturas, dolor y padecimiento.

No voy a hacer un tratado de las categorías kantianas porque aquello que tiene su fundamento en la experiencia o bien se obtiene de esta es más que suficiente para lo que hoy ando elucubrando. Y pensando y cavilando me he ido muy atrás, a esa educación sentimental que no me dieron. Me he ido tan lejos en mi memoria que he visto pasar muy rápidamente por mis pensamientos una kodak del año veinte aunque soy baby boomer de los setenta, y era entonces cuando el miedo y la ignorancia me ahogaban sin yo saberlo. Nací miedosa, ignorante y ahogada por el cordón umbilical que ya fue el primer intento fallido antes de yo ver la luz. La luz de la mesa del quirófano obviamente.

Ni la carga más pesada ni la duda más atroz han podido conmigo. Sin considerar la carga como duda ni la duda como carga he pasado períodos de altibajos tan vertiginosos que la montaña rusa Kingda Ka en Estados Unidos nunca superaría pese a ser la más alta del mundo, ni la Formula Rossa de los Emiratos Árabes tampoco siendo como es la más rápida. En cualquier caso y como ocurre con los candidatos a subir en los vagones de estas atracciones mi vida no es apta para enfermos cardíacos. He estado en lo más alto y también en lo más bajo. He superado la velocidad existencial límite infinidad de veces y todo porque mi cabeza oye voces constantemente que me dicen que debo extinguir mi existencia la cual curiosamente yo ya siento como extinta. Los que me rodean no lo sabían ni hoy lo saben pero es que no necesitan saber más, simplemente a veces les doy sustos que son intentos fallidos porque nací predestinada por ese oscuro nexo de unión prenatal con mi madre. Lo peor es que no son voces tétricas sino hermosas las que me susurran dulcemente que mi vida es una mierda y un fraude asqueroso, y es el cómo me lo dicen y no el por qué lo hacen lo que yo valoro. Esos dulces susurros aceleran mi corazón, a las personas complicadas las pulsaciones se les disparan por cosas muy diferentes al resto de los humanos. Y yo soy muy complicada, no hay ningún valor en ser mediocre, la excelencia está en la diferenciación, somos mortales porque de lo contrario nuestro error se perpetuaría hasta el infinito y este detalle es de todo menos nimio.

Soy una mujer estratega que no se queda con el simple deseo, yo voy más allá y elijo la decisión. No es fácil pero la dificultad nunca es un impedimento es tan sólo un obstáculo más y además es uno de tantos. Cada noche mientras duermo muero un poco y si tengo la suerte de amanecer la muerte definitiva puede venirme en cualquier momento del nuevo día o por lo menos, algún intento de huida aunque sea fallido. Mis deseos son los que alimentan mi imaginación con sus fantasías, son los que ceban mi estado de ánimo. Los obstáculos me hacen crecer y los impedimentos sopesar, sin embargo son mis decisiones las que me nutren porque en cada decisión va una dosis importante de mi libertad, por eso sé muy bien que la verdadera estrategia existencial es la toma de decisiones, y es que crecer es lo suyo pero nutrirse es lo más y esto no es incompatible con mis deseos de morir porque ellos crecen y se nutren con cada día que pasa y yo sigo viva. Deseo cosas, deseo hombres, decido y me siento libre haga lo que haga en sus dosis justas y necesarias o en ocasiones sin  mesuras, crezco y me nutro pues multiplicarme no es necesario, pero siento mi vida acabada por una derrota tan antigua y lejana que no quiero ni necesito recordar. Me quedo con ese poso, con su esencia porque es algo tan triste que no puedo, no quiero y no necesito expresarlo ni escrito ni verbalmente. Sólo me quedo con la pena que me derrumba y me agota intensa y profundamente mientras vivo. Cuando aquello ocurrió algo muy grande que guardaba en mi interior se me arrancó a golpes demasiado violentos, me descarnó y desgarró mi alma entera, y ya nada fue lo mismo, yo dejé de ser muy pronto lo que era. Y lo que era no puedo anhelarlo porque no era tampoco lo que deseaba, sin embargo era, y desde entonces sólo parezco porque estar no estás cuando andas constantemente pensando en el modo de dejar de ser, estar o parecer.

Y pese a estar constantemente en llamas mi habitación nunca podría utilizar el fuego como intento de huida porque me siento incapaz e incompetente para destruir lo único que me hace sentir bien y serena mi espíritu. No puedo hacerlo, incluso me cuesta imaginarlo. Tal vez en un tiempo me sienta más destructiva y entonces un día cuando amanezca decidiré morir mientras mi espacio se quema conmigo y yo con él. Pero qué tristeza pensarlo, qué pena ante tanta decadencia…

Con cada intento fallido elijo una nueva víctima, siempre hay un nuevo hombre que despierta mi curiosidad cuando vuelvo a la vida y siempre me sirve para pasar un tiempo desconectada de la muerte, pero curiosamente es gracias a los hombres que siempre vuelvo a la idea del suicidio. Ellos me ayudan, algunos incluso me empujan a ello, aunque realmente mi pulsión de muerte no necesita incentivos ya que como me dicen esas dulces voces mi vida de por sí es una mierda y un fraude asqueroso, pero me gusta el sexo y disfrutar de él hasta que el hastío en forma de guadaña otea en mi mente de nuevo, es mi otro gran incentivo ante tanto obstáculo e impedimento vital. Supongo que en este sentido no puedo ser más freudiana, mi existencia es sólo sexo y muerte, una rutina muy cruda sabiendo a ciencia cierta como ya sé que vida no hay más que una. Y esto lo sé porque he estado tres veces en coma, me he ido al otro lado y he regresado sin ver ningún túnel y ninguna luz, o mejor dicho, siempre desde mi primer intento la luz que he visto es la de la mesa de quirófano o la de la habitación de algún hospital, pero ninguna más. Ninguna otra.

Ni la carga más pesada ni la duda más atroz han podido conmigo y las víctimas son ellos porque el verdugo soy y seré yo. Pero juro que si esa carga pesada se convierte en duda y esa duda atroz en carga, la víctimas serán también verdugo y éste será además víctima.

Sofya Keer

fuego-en-las-manos1-e1439019356693

 

 

Regalos de consuelo

Me gusta beber en las barras de los bares y de los pubs nocturnos. Me gusta ver a las parejas bailando mientras mis capacidades físicas y mentales se alteran por el consumo excesivo de alcohol. Preparo a conciencia estas premisas para abonar el terreno mental y que así surja mi teoría, que aflore y me permita pasar horas y horas rumiando emociones.

Sólo tenía veinte años cuando llegué a la conclusión de que todos somos o podemos ser un regalo de consuelo para los otros. Esta es mi teoría, y es que cualquiera puede recibir un regalo y cualquiera un consuelo, por lo tanto cualquiera puede ser un regalo en la vida de alguien y del mismo modo o igualmente, un consuelo. Así que el regalo de consuelo es bastante común y por ello podríamos decir que vulgar cuantitativamente hablando, insisto.

– ¡Otra cerveza por favor!

Sí, no me gustan las copas, yo soy mujer de cerveza y las miradas del camarero me animan a beber… Sí, soy mujer de pensamiento, de análisis y de risas y lágrimas con o sin motivos indistinta e indiscriminadamente. He sido soy y seré un regalo de consuelo, en otras ocasiones si eso, me dejarán ser y punto, pero lo que sí tengo claro es que pelearé como gato panza arriba para ser yo misma con o sin mi circunstancia, y en este punto debo decir algo a mi favor, y es que estoy aprendiendo a desconectarme de ella. A fin de cuentas una circunstancia no es más que una característica no esencial de tiempo, lugar o modo que rodea e influye en una persona o en hechos relacionados con ella, es decir, algo totalmente prescindible cuando le haces un hueco considerable al ser y a su gran amigo-enemigo el ego.

¿Cuántas personas hay en el mundo que si estuvieran con aquellos que desearon y no pudieron tener se convertirían en los seres más desdichados del Planeta Tierra?, ¡sí, más desdichados todavía, eso he dicho!, y es que nos esforzamos por desear lo que no es bueno para nosotros, nos esforzamos en convertir las necesidades sentidas en reales cuando la diferencia entre ambas es abismal y el abismo a veces, es una cuestión de vida o muerte, esto va por Nietzsche y por nadie más.

Así que esas personas que entran en nuestras vidas cuando las deseadas se van huyendo campo a través, son las que se encargan de salvar nuestros pellejos y nuestras mentes debilitadas por el famoso “lo que pudo haber sido y no fue”… Algo que por cierto es irreal y simbólico, y por ello muy humano sin duda.

La pareja baila mientras yo intuyo que ella es el regalo de consuelo de él, que por cierto baila como si no hubiera un mañana y lo que hay en su vida es un ayer que ella se ha encargado de eclipsar con su buen hacer y su carácter grácil y elegante, porque la chica tiene clase, y mucha. Además folla mejor que la que él deseaba, ¡hay tantos regalos de consuelo que se lo montan tan bien en la cama!, o donde se tercie el alivio, porque alivio es también consuelo, ¿no?… Él vive ajeno a su suerte porque la mujer que perseguía y deseaba no tenía el nivel cualitativo  que  la actual, a la que llamaré regalo de consuelo para aclararnos y a la que perderá como no sea consciente en tres, dos, uno, porque todo cansa y consolar también. El regalo de consuelo no es necesario, o sí, va en los gustos y también en los colores, pero lo que sí es cierto es que nuestras existencias extintas cargadas de anhelos son el caldo de cultivo idóneo para buscar consuelo en cualquier rincón o en el mejor de ellos si es el mejor de los casos. También hay personas que ni quieren ni buscan consuelo, pero se lo encuentran y no porque lo merezcan, porque merecer es deber y el deber se paga caro cuando los derechos se pierden a cada paso, y además sabes que serás incapaz de salir derecha del bar porque vas a pedirte otra:

– ¡Otra, por favor!

El primer trago frío me trae a la cabeza una idea narcisista y ególatra aunque alcohólica,  y es que sé que si le contara mi teoría a Schopenhauer porque él estuviera o estuviese vivo, obviamente, en esta barra de este antro de mala muerte, yo lo sé, me utilizaría como regalo de consuelo aunque no necesitara consolarse, porque mi teoría no puede ser más repugnante en cuanto al uso y desuso que le estoy dando a mi especie. Eso al filósofo alemán le pondría. Lo sé… Es que lo sé.

Pero en el fondo no es tan repugnante ni descabellada mi teoría. El ser humano se merece todo lo que le pasa y todo lo que le va a suceder porque está hecho a base de anhelos y deseos inalcanzables, y lo peor es que no está educado en la tolerancia a la frustración. Esto sí es repugnante teniendo como tiene a su disposición intelecto y razón. El ser humano lo merece todo, hasta un regalo de consuelo que además le folle mejor.

– ¡Sírveme otra y de paso, deja de mirarme de ese modo!

El camarero se acerca sonriendo con una boca y una dentadura de anuncio de dentífrico, sabe que estoy como una cuba aunque no puede imaginar todo lo que hay dentro de esta cabeza loca y en este preciso instante.

– ¿Y cómo te miro?

– ¿Cómo si yo fuera tu regalo de consuelo?

– ¡Vaya, pues no me importaría que me consolases!

– Haremos lo siguiente, me pones la última y hablaremos largo y tendido sobre Nietzsche, Schopenhauer, el amor malentendido y la necesidad de consuelo del hombre que nunca será superhombre. ¿Qué te parece?

– Lee mi mirada.

Rápido y atinado. Hoy me consuela él, y de los regalos de consuelo que follan peor pensaré y haré un análisis exhaustivo fumando hierba.

Sofya Keer

48372296_1275872655887449_1207720704573702144_n

 

Correr …

Corro para que mi mente se olvide. En el trayecto recorrido senderos cristalinos pisoteados y adormecidos me recuerdan que otros muchos corren a diario como yo. Son carreras locas de huidas para que nuestras mentes se olviden, y aunque con cierto grado de preocupación, nos permitimos el lujo de hacerle un hueco al sentido del humor para intentar sanar un poco por dentro. Y en el fondo es eso, sólo un intento…Fallido y vacío.

Y ver los jardines cortados al paso y la destrucción de tantas historias. Millones de ellas se destruyen a diario. Correr con el carburante de mis cavilaciones profundas y con la fuente ilícita del auto-engaño, para que lágrimas de cansancio por la carrera, por el germen de lo que soy y por el triunfo de la vulgaridad me empapen y caigan sobre mí. Y yo empapada de su mar salado… Fallida y vacía.

A la mañana siguiente convencerme de que no tengo tiempo para volver a correr, porque en el fondo no quiero que mi mente se olvide de ciertas cosas, porque no quiero huir, porque deseo esa preocupación burda y a pelo, sin sentido del humor, porque no quiero sanar por dentro y además acepto la destrucción de mi historia y la de todos los seres egoístas y hedonistas del mundo.

Porque además también sé que no siempre es saludable profundizar.

Y de nuevo lágrimas de cansancio, pero no por la carrera pues hoy no he querido tener tiempo para correr, sino porque sé que la realidad es que no hay tiempo. Leí a Honoré de Balzac y me quedé con su teoría de que la habilidad para ocultar la grandeza de los sentimientos es indicio de una inmensa superioridad. Por eso corro, por eso yo soy superior pese a mis miedos, pese a mis dudas absurdas o a las revelaciones que nunca llegan, pese a los acontecimientos tumultuosos en mi vida, pese al poliamor desgastado y a los claroscuros de mi persona. Soy superior por mi profundo sentido de la justicia, pese a mi injusta auto-exigencia. Soy humana y esa es mi especie, la llamada superior, la que es hábil para ocultar la grandeza de los sentimientos… Inmensamente superior e inmensamente fallida y vacía.

Y aunque sin conciencia correr es un monólogo largo, complejo e insólito, un trayecto mental transformador, casi alucinatorio, que aunque es, está y parece en nuestra atmósfera cotidiana, provoca sensaciones intensas. Correr… Eso es, correr y correr.

Yo corro, tú corres, él corre, nosotros corremos, vosotros corréis y ellos corren… Y todo, para que nuestras mentes olviden con esas  carreras locas de huidas, todo, hasta que al final se corra ese tupido velo negro que yo prefiero de encaje, y entonces…

Entonces daremos todo por fallido y vacío. Entonces seguiremos siendo inmensamente superiores.

Sofya Keer

Correr

Cualquier mujer no sueña con ser una fulana de aquellas de Montmartre

Había soñado con ser una de esas fulanas de Montmartre, pero se quedó en un club de carretera de por vida y muerta de la risa, apurando su segunda copa, me dijo:

– ¿A qué esperas, a que un gran guacamayo de dimensiones extraordinarias y plumaje  irreal te diga cuál es el secreto de la vida?…

Rompí a reír con su ocurrencia divertida y vil. Estábamos de vacaciones por las selvas mejicanas y pese a lo maravillosos que eran aquellos ejemplares de los que ella hablaba, enseguida entendí que ella sí era todo un ejemplar de mujer.

Nos conocimos en el hotel, ambas viajábamos solas para intentar aclarar y desconectar nuestras cabezas. Nuestras mentes conectaron rápidamente pese a la diferencia de edad, y lejos de aclararlas pasamos unos días etílicos estupendos en los que compartimos charlas muy interesantes, que nos alegraron las almas y nos hicieron perder la compostura, bailando y riendo hasta el extremo del cansancio más extenuante de nuestras vidas… No, no exagero.

Sus conversaciones me embelesaban mientras charlando pasábamos las horas muertas de un Caribe empapado en alcohol:

– La primera vez que ves un cadáver es vital, no mortal. Yo desde entonces sé que me quedé tarada.

Yo no podía parar de reír… Era una deslenguada exquisita…

– ¡En serio, no te rías como una loca!… Yo sé que desde que vi a mi tía Aurora muerta algo en mi cabeza se disparó. Sé que por ello mi vida ha sido una existencia de decadencia, pero cuidado, una decadencia muy trabajada a base de sarcasmo y ahínco. Cierto es que recibí una educación pobre, pero… Jajaja …

Yo reía al verla reír y no poder finalizar la frase en condiciones…

– Ay… ¡Pues eso!, que recibí una educación muy pobre porque mis padres eran pobres de todo, de solemnidad, de espíritu y también económicamente claro… Jajaja…

– Si sigues riéndote de esa manera no te tomaré en serio.

– Jajaja… ¡Pues tú misma!, todo lo que te cuento es cierto, es la pura verdad, pero la happy hour se alarga demasiado en este jodido complejo hotelero… Jajaja…

– Está bien. Te creo. Ahora es mi turno.

Ella me miraba intentando con gran esfuerzo ponerse seria.

– ¿Sabes qué es lo que hizo que se disparara algo en mi cabeza?, y te doy una pista, no fue cuando vi por primera vez un muerto…

– Escucho con atención…

– Pues verás, además sigo haciéndolo, imaginarme a la gente en la cama…

– ¿Qué coño estás diciendo?… Jajaja…

– Lo que oyes. Tal cual…

– ¡Esto es grave!, ¿te has quedado tarada para siempre por pensar esas mierdas?… Jajaja….

– Sí… Jajaja…

– ¿Y qué es lo que imaginas?, si puede saberse…

– Bueno, ellos y ellas son los que me inspiran. Así que a veces pienso cosas picantes y soeces, otras son picantes pero elegantes… En ocasiones son cosas más horribles, mugrientas y ¿arrugadas? … Jajaja….

– Jajaja….

Fueron unos días realmente maravillosos hasta que la última noche, la que soñó con ser una fulana de aquellas de Montmartre se mostró más seria de lo acostumbrado:

– La edad es un grado. Soy cínica y sabia. Y por eso mismo estoy triste y agotada. Y te estoy hablando de una tristeza infinita. Y también es cierto que estoy algo tarada pero relacionarme toda la vida con hombres impostores ha sido crucial.

Esto lo dijo con un tono cortante y casi sepulcral. Con gran fortaleza continuó…

– He pasado mucho tiempo dominada por el pánico. Un pánico atroz a relacionarme con el mundo, un miedo escénico vital que me daba por culo siempre en el backstage de la vida misma. Ser una fulana no es cualquier cosa y tampoco eres una cualquiera. El sexo vacío no es un sexo cualquiera. Es un sexo triste y crucial…

Hace dos años que la conocí y coincidimos en aquellas vacaciones tan especiales para ambas. Hace tres meses que no responde a mis mensajes. Sé que le ha ocurrido algo, nuestras comunicaciones eran fluidas y casi constantes desde que nos conocimos. Ahora que voy camino de otro destino vacacional y la tripulación nos acaba de avisar para que abrochemos nuestros cinturones por las turbulencias, la he recordado, porque con ella había que abrocharse siempre el cinturón para no caerse y para caer en la cuenta de muchas cosas. Podrá parecer una tontería o simplemente palabras vacías, sin embargo sé que la quise cuando la conocí, la quiero ahora y la querré aunque ya no esté, porque ella no era una cualquiera… Cualquier mujer no habría soñado con ser una fulana de aquellas de Montmartre.

Sofya Keer

e4ac41a3be0ca0de4ecb2aff1e948398