Una habitación en llamas

No hay nada tan corrosivo como la memoria, si busco basura o cochambre siempre acabo encontrándola. No necesito ayuda lo hago muy bien sola, soy la absurda experta en el sufrimiento que con un enfoque juguetón e imaginativo además de inconsciente incluso con una sensualidad intrépida, puedo poner la habitación en llamas a base de torturas, dolor y padecimiento.

No voy a hacer un tratado de las categorías kantianas porque aquello que tiene su fundamento en la experiencia o bien se obtiene de esta es más que suficiente para lo que hoy ando elucubrando. Y pensando y cavilando me he ido muy atrás, a esa educación sentimental que no me dieron. Me he ido tan lejos en mi memoria que he visto pasar muy rápidamente por mis pensamientos una kodak del año veinte aunque soy baby boomer de los setenta, y era entonces cuando el miedo y la ignorancia me ahogaban sin yo saberlo. Nací miedosa, ignorante y ahogada por el cordón umbilical que ya fue el primer intento fallido antes de yo ver la luz. La luz de la mesa del quirófano obviamente.

Ni la carga más pesada ni la duda más atroz han podido conmigo. Sin considerar la carga como duda ni la duda como carga he pasado períodos de altibajos tan vertiginosos que la montaña rusa Kingda Ka en Estados Unidos nunca superaría pese a ser la más alta del mundo, ni la Formula Rossa de los Emiratos Árabes tampoco siendo como es la más rápida. En cualquier caso y como ocurre con los candidatos a subir en los vagones de estas atracciones mi vida no es apta para enfermos cardíacos. He estado en lo más alto y también en lo más bajo. He superado la velocidad existencial límite infinidad de veces y todo porque mi cabeza oye voces constantemente que me dicen que debo extinguir mi existencia la cual curiosamente yo ya siento como extinta. Los que me rodean no lo sabían ni hoy lo saben pero es que no necesitan saber más, simplemente a veces les doy sustos que son intentos fallidos porque nací predestinada por ese oscuro nexo de unión prenatal con mi madre. Lo peor es que no son voces tétricas sino hermosas las que me susurran dulcemente que mi vida es una mierda y un fraude asqueroso, y es el cómo me lo dicen y no el por qué lo hacen lo que yo valoro. Esos dulces susurros aceleran mi corazón, a las personas complicadas las pulsaciones se les disparan por cosas muy diferentes al resto de los humanos. Y yo soy muy complicada, no hay ningún valor en ser mediocre, la excelencia está en la diferenciación, somos mortales porque de lo contrario nuestro error se perpetuaría hasta el infinito y este detalle es de todo menos nimio.

Soy una mujer estratega que no se queda con el simple deseo, yo voy más allá y elijo la decisión. No es fácil pero la dificultad nunca es un impedimento es tan sólo un obstáculo más y además es uno de tantos. Cada noche mientras duermo muero un poco y si tengo la suerte de amanecer la muerte definitiva puede venirme en cualquier momento del nuevo día o por lo menos, algún intento de huida aunque sea fallido. Mis deseos son los que alimentan mi imaginación con sus fantasías, son los que ceban mi estado de ánimo. Los obstáculos me hacen crecer y los impedimentos sopesar, sin embargo son mis decisiones las que me nutren porque en cada decisión va una dosis importante de mi libertad, por eso sé muy bien que la verdadera estrategia existencial es la toma de decisiones, y es que crecer es lo suyo pero nutrirse es lo más y esto no es incompatible con mis deseos de morir porque ellos crecen y se nutren con cada día que pasa y yo sigo viva. Deseo cosas, deseo hombres, decido y me siento libre haga lo que haga en sus dosis justas y necesarias o en ocasiones sin  mesuras, crezco y me nutro pues multiplicarme no es necesario, pero siento mi vida acabada por una derrota tan antigua y lejana que no quiero ni necesito recordar. Me quedo con ese poso, con su esencia porque es algo tan triste que no puedo, no quiero y no necesito expresarlo ni escrito ni verbalmente. Sólo me quedo con la pena que me derrumba y me agota intensa y profundamente mientras vivo. Cuando aquello ocurrió algo muy grande que guardaba en mi interior se me arrancó a golpes demasiado violentos, me descarnó y desgarró mi alma entera, y ya nada fue lo mismo, yo dejé de ser muy pronto lo que era. Y lo que era no puedo anhelarlo porque no era tampoco lo que deseaba, sin embargo era, y desde entonces sólo parezco porque estar no estás cuando andas constantemente pensando en el modo de dejar de ser, estar o parecer.

Y pese a estar constantemente en llamas mi habitación nunca podría utilizar el fuego como intento de huida porque me siento incapaz e incompetente para destruir lo único que me hace sentir bien y serena mi espíritu. No puedo hacerlo, incluso me cuesta imaginarlo. Tal vez en un tiempo me sienta más destructiva y entonces un día cuando amanezca decidiré morir mientras mi espacio se quema conmigo y yo con él. Pero qué tristeza pensarlo, qué pena ante tanta decadencia…

Con cada intento fallido elijo una nueva víctima, siempre hay un nuevo hombre que despierta mi curiosidad cuando vuelvo a la vida y siempre me sirve para pasar un tiempo desconectada de la muerte, pero curiosamente es gracias a los hombres que siempre vuelvo a la idea del suicidio. Ellos me ayudan, algunos incluso me empujan a ello, aunque realmente mi pulsión de muerte no necesita incentivos ya que como me dicen esas dulces voces mi vida de por sí es una mierda y un fraude asqueroso, pero me gusta el sexo y disfrutar de él hasta que el hastío en forma de guadaña otea en mi mente de nuevo, es mi otro gran incentivo ante tanto obstáculo e impedimento vital. Supongo que en este sentido no puedo ser más freudiana, mi existencia es sólo sexo y muerte, una rutina muy cruda sabiendo a ciencia cierta como ya sé que vida no hay más que una. Y esto lo sé porque he estado tres veces en coma, me he ido al otro lado y he regresado sin ver ningún túnel y ninguna luz, o mejor dicho, siempre desde mi primer intento la luz que he visto es la de la mesa de quirófano o la de la habitación de algún hospital, pero ninguna más. Ninguna otra.

Ni la carga más pesada ni la duda más atroz han podido conmigo y las víctimas son ellos porque el verdugo soy y seré yo. Pero juro que si esa carga pesada se convierte en duda y esa duda atroz en carga, la víctimas serán también verdugo y éste será además víctima.

Sofya Keer

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Regalos de consuelo

Me gusta beber en las barras de los bares y de los pubs nocturnos. Me gusta ver a las parejas bailando mientras mis capacidades físicas y mentales se alteran por el consumo excesivo de alcohol. Preparo a conciencia estas premisas para abonar el terreno mental y que así surja mi teoría, que aflore y me permita pasar horas y horas rumiando emociones.

Sólo tenía veinte años cuando llegué a la conclusión de que todos somos o podemos ser un regalo de consuelo para los otros. Esta es mi teoría, y es que cualquiera puede recibir un regalo y cualquiera un consuelo, por lo tanto cualquiera puede ser un regalo en la vida de alguien y del mismo modo o igualmente, un consuelo. Así que el regalo de consuelo es bastante común y por ello podríamos decir que vulgar cuantitativamente hablando, insisto.

– ¡Otra cerveza por favor!

Sí, no me gustan las copas, yo soy mujer de cerveza y las miradas del camarero me animan a beber… Sí, soy mujer de pensamiento, de análisis y de risas y lágrimas con o sin motivos indistinta e indiscriminadamente. He sido soy y seré un regalo de consuelo, en otras ocasiones si eso, me dejarán ser y punto, pero lo que sí tengo claro es que pelearé como gato panza arriba para ser yo misma con o sin mi circunstancia, y en este punto debo decir algo a mi favor, y es que estoy aprendiendo a desconectarme de ella. A fin de cuentas una circunstancia no es más que una característica no esencial de tiempo, lugar o modo que rodea e influye en una persona o en hechos relacionados con ella, es decir, algo totalmente prescindible cuando le haces un hueco considerable al ser y a su gran amigo-enemigo el ego.

¿Cuántas personas hay en el mundo que si estuvieran con aquellos que desearon y no pudieron tener se convertirían en los seres más desdichados del Planeta Tierra?, ¡sí, más desdichados todavía, eso he dicho!, y es que nos esforzamos por desear lo que no es bueno para nosotros, nos esforzamos en convertir las necesidades sentidas en reales cuando la diferencia entre ambas es abismal y el abismo a veces, es una cuestión de vida o muerte, esto va por Nietzsche y por nadie más.

Así que esas personas que entran en nuestras vidas cuando las deseadas se van huyendo campo a través, son las que se encargan de salvar nuestros pellejos y nuestras mentes debilitadas por el famoso “lo que pudo haber sido y no fue”… Algo que por cierto es irreal y simbólico, y por ello muy humano sin duda.

La pareja baila mientras yo intuyo que ella es el regalo de consuelo de él, que por cierto baila como si no hubiera un mañana y lo que hay en su vida es un ayer que ella se ha encargado de eclipsar con su buen hacer y su carácter grácil y elegante, porque la chica tiene clase, y mucha. Además folla mejor que la que él deseaba, ¡hay tantos regalos de consuelo que se lo montan tan bien en la cama!, o donde se tercie el alivio, porque alivio es también consuelo, ¿no?… Él vive ajeno a su suerte porque la mujer que perseguía y deseaba no tenía el nivel cualitativo  que  la actual, a la que llamaré regalo de consuelo para aclararnos y a la que perderá como no sea consciente en tres, dos, uno, porque todo cansa y consolar también. El regalo de consuelo no es necesario, o sí, va en los gustos y también en los colores, pero lo que sí es cierto es que nuestras existencias extintas cargadas de anhelos son el caldo de cultivo idóneo para buscar consuelo en cualquier rincón o en el mejor de ellos si es el mejor de los casos. También hay personas que ni quieren ni buscan consuelo, pero se lo encuentran y no porque lo merezcan, porque merecer es deber y el deber se paga caro cuando los derechos se pierden a cada paso, y además sabes que serás incapaz de salir derecha del bar porque vas a pedirte otra:

– ¡Otra, por favor!

El primer trago frío me trae a la cabeza una idea narcisista y ególatra aunque alcohólica,  y es que sé que si le contara mi teoría a Schopenhauer porque él estuviera o estuviese vivo, obviamente, en esta barra de este antro de mala muerte, yo lo sé, me utilizaría como regalo de consuelo aunque no necesitara consolarse, porque mi teoría no puede ser más repugnante en cuanto al uso y desuso que le estoy dando a mi especie. Eso al filósofo alemán le pondría. Lo sé… Es que lo sé.

Pero en el fondo no es tan repugnante ni descabellada mi teoría. El ser humano se merece todo lo que le pasa y todo lo que le va a suceder porque está hecho a base de anhelos y deseos inalcanzables, y lo peor es que no está educado en la tolerancia a la frustración. Esto sí es repugnante teniendo como tiene a su disposición intelecto y razón. El ser humano lo merece todo, hasta un regalo de consuelo que además le folle mejor.

– ¡Sírveme otra y de paso, deja de mirarme de ese modo!

El camarero se acerca sonriendo con una boca y una dentadura de anuncio de dentífrico, sabe que estoy como una cuba aunque no puede imaginar todo lo que hay dentro de esta cabeza loca y en este preciso instante.

– ¿Y cómo te miro?

– ¿Cómo si yo fuera tu regalo de consuelo?

– ¡Vaya, pues no me importaría que me consolases!

– Haremos lo siguiente, me pones la última y hablaremos largo y tendido sobre Nietzsche, Schopenhauer, el amor malentendido y la necesidad de consuelo del hombre que nunca será superhombre. ¿Qué te parece?

– Lee mi mirada.

Rápido y atinado. Hoy me consuela él, y de los regalos de consuelo que follan peor pensaré y haré un análisis exhaustivo fumando hierba.

Sofya Keer

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Correr …

Corro para que mi mente se olvide. En el trayecto recorrido senderos cristalinos pisoteados y adormecidos me recuerdan que otros muchos corren a diario como yo. Son carreras locas de huidas para que nuestras mentes se olviden, y aunque con cierto grado de preocupación, nos permitimos el lujo de hacerle un hueco al sentido del humor para intentar sanar un poco por dentro. Y en el fondo es eso, sólo un intento…Fallido y vacío.

Y ver los jardines cortados al paso y la destrucción de tantas historias. Millones de ellas se destruyen a diario. Correr con el carburante de mis cavilaciones profundas y con la fuente ilícita del auto-engaño, para que lágrimas de cansancio por la carrera, por el germen de lo que soy y por el triunfo de la vulgaridad me empapen y caigan sobre mí. Y yo empapada de su mar salado… Fallida y vacía.

A la mañana siguiente convencerme de que no tengo tiempo para volver a correr, porque en el fondo no quiero que mi mente se olvide de ciertas cosas, porque no quiero huir, porque deseo esa preocupación burda y a pelo, sin sentido del humor, porque no quiero sanar por dentro y además acepto la destrucción de mi historia y la de todos los seres egoístas y hedonistas del mundo.

Porque además también sé que no siempre es saludable profundizar.

Y de nuevo lágrimas de cansancio, pero no por la carrera pues hoy no he querido tener tiempo para correr, sino porque sé que la realidad es que no hay tiempo. Leí a Honoré de Balzac y me quedé con su teoría de que la habilidad para ocultar la grandeza de los sentimientos es indicio de una inmensa superioridad. Por eso corro, por eso yo soy superior pese a mis miedos, pese a mis dudas absurdas o a las revelaciones que nunca llegan, pese a los acontecimientos tumultuosos en mi vida, pese al poliamor desgastado y a los claroscuros de mi persona. Soy superior por mi profundo sentido de la justicia, pese a mi injusta auto-exigencia. Soy humana y esa es mi especie, la llamada superior, la que es hábil para ocultar la grandeza de los sentimientos… Inmensamente superior e inmensamente fallida y vacía.

Y aunque sin conciencia correr es un monólogo largo, complejo e insólito, un trayecto mental transformador, casi alucinatorio, que aunque es, está y parece en nuestra atmósfera cotidiana, provoca sensaciones intensas. Correr… Eso es, correr y correr.

Yo corro, tú corres, él corre, nosotros corremos, vosotros corréis y ellos corren… Y todo, para que nuestras mentes olviden con esas  carreras locas de huidas, todo, hasta que al final se corra ese tupido velo negro que yo prefiero de encaje, y entonces…

Entonces daremos todo por fallido y vacío. Entonces seguiremos siendo inmensamente superiores.

Sofya Keer

Correr

Cualquier mujer no sueña con ser una fulana de aquellas de Montmartre

Había soñado con ser una de esas fulanas de Montmartre, pero se quedó en un club de carretera de por vida y muerta de la risa, apurando su segunda copa, me dijo:

– ¿A qué esperas, a que un gran guacamayo de dimensiones extraordinarias y plumaje  irreal te diga cuál es el secreto de la vida?…

Rompí a reír con su ocurrencia divertida y vil. Estábamos de vacaciones por las selvas mejicanas y pese a lo maravillosos que eran aquellos ejemplares de los que ella hablaba, enseguida entendí que ella sí era todo un ejemplar de mujer.

Nos conocimos en el hotel, ambas viajábamos solas para intentar aclarar y desconectar nuestras cabezas. Nuestras mentes conectaron rápidamente pese a la diferencia de edad, y lejos de aclararlas pasamos unos días etílicos estupendos en los que compartimos charlas muy interesantes, que nos alegraron las almas y nos hicieron perder la compostura, bailando y riendo hasta el extremo del cansancio más extenuante de nuestras vidas… No, no exagero.

Sus conversaciones me embelesaban mientras charlando pasábamos las horas muertas de un Caribe empapado en alcohol:

– La primera vez que ves un cadáver es vital, no mortal. Yo desde entonces sé que me quedé tarada.

Yo no podía parar de reír… Era una deslenguada exquisita…

– ¡En serio, no te rías como una loca!… Yo sé que desde que vi a mi tía Aurora muerta algo en mi cabeza se disparó. Sé que por ello mi vida ha sido una existencia de decadencia, pero cuidado, una decadencia muy trabajada a base de sarcasmo y ahínco. Cierto es que recibí una educación pobre, pero… Jajaja …

Yo reía al verla reír y no poder finalizar la frase en condiciones…

– Ay… ¡Pues eso!, que recibí una educación muy pobre porque mis padres eran pobres de todo, de solemnidad, de espíritu y también económicamente claro… Jajaja…

– Si sigues riéndote de esa manera no te tomaré en serio.

– Jajaja… ¡Pues tú misma!, todo lo que te cuento es cierto, es la pura verdad, pero la happy hour se alarga demasiado en este jodido complejo hotelero… Jajaja…

– Está bien. Te creo. Ahora es mi turno.

Ella me miraba intentando con gran esfuerzo ponerse seria.

– ¿Sabes qué es lo que hizo que se disparara algo en mi cabeza?, y te doy una pista, no fue cuando vi por primera vez un muerto…

– Escucho con atención…

– Pues verás, además sigo haciéndolo, imaginarme a la gente en la cama…

– ¿Qué coño estás diciendo?… Jajaja…

– Lo que oyes. Tal cual…

– ¡Esto es grave!, ¿te has quedado tarada para siempre por pensar esas mierdas?… Jajaja….

– Sí… Jajaja…

– ¿Y qué es lo que imaginas?, si puede saberse…

– Bueno, ellos y ellas son los que me inspiran. Así que a veces pienso cosas picantes y soeces, otras son picantes pero elegantes… En ocasiones son cosas más horribles, mugrientas y ¿arrugadas? … Jajaja….

– Jajaja….

Fueron unos días realmente maravillosos hasta que la última noche, la que soñó con ser una fulana de aquellas de Montmartre se mostró más seria de lo acostumbrado:

– La edad es un grado. Soy cínica y sabia. Y por eso mismo estoy triste y agotada. Y te estoy hablando de una tristeza infinita. Y también es cierto que estoy algo tarada pero relacionarme toda la vida con hombres impostores ha sido crucial.

Esto lo dijo con un tono cortante y casi sepulcral. Con gran fortaleza continuó…

– He pasado mucho tiempo dominada por el pánico. Un pánico atroz a relacionarme con el mundo, un miedo escénico vital que me daba por culo siempre en el backstage de la vida misma. Ser una fulana no es cualquier cosa y tampoco eres una cualquiera. El sexo vacío no es un sexo cualquiera. Es un sexo triste y crucial…

Hace dos años que la conocí y coincidimos en aquellas vacaciones tan especiales para ambas. Hace tres meses que no responde a mis mensajes. Sé que le ha ocurrido algo, nuestras comunicaciones eran fluidas y casi constantes desde que nos conocimos. Ahora que voy camino de otro destino vacacional y la tripulación nos acaba de avisar para que abrochemos nuestros cinturones por las turbulencias, la he recordado, porque con ella había que abrocharse siempre el cinturón para no caerse y para caer en la cuenta de muchas cosas. Podrá parecer una tontería o simplemente palabras vacías, sin embargo sé que la quise cuando la conocí, la quiero ahora y la querré aunque ya no esté, porque ella no era una cualquiera… Cualquier mujer no habría soñado con ser una fulana de aquellas de Montmartre.

Sofya Keer

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A que no? …

Dejarme llevar por la ira no es la idea aunque son muchas las veces en las que tengo pensamientos que no me llevan al sitio anhelado, así que esto no me deja perpleja, sin embargo una extraña asociación de ideas me lleva a pensar que desde una azotea se pueden cerrar muchos asuntos inconclusos. Esto es algo interesante porque tengo muy claro que hay que cerrar para abrir, además el encanto de una azotea puede resultar  sobrecogedor e impactante. Lo mismo que yo puedo parecer hueca y opaca. Lo mismo que el sentido se acaba convirtiendo en sinsentido.

Desde tanta altura todo es tan minúsculo que resulta ridículo, puedo permitirme el lujo de vivir ajena al escándalo que hay abajo, pero no al estómago  porque miro y una sensación vertiginosa me invade, siento miedo, un horror indescriptible que sin embargo lo prefiero a las mariposas, ¡no quiero ni las de colores exóticos, no las quiero ni regaladas, no las necesito!… Mi estómago está hecho a prueba de bomba porque como no me gusta mentir siempre opto por el silencio, y es tan bueno. El silencio es bueno para tantas cosas… Y aunque las tolera no las soporta ni las digiere bien… Sí, hablo de esa sensación de tener mariposas en el estómago que se asocia a determinada emoción o sentimiento, o como quiera llamarse, yo no soy una especialista en esta materia así que no puedo decir nada más.

Me llamo Alejandra y no soy una mujer con pulsiones suicidas, siento más debilidad por  las masacres, se llevan más, incluso sueño con ellas. Tampoco dejaría una nota de suicidio, ¿si te quieres ir para qué establecer comunicación alguna?, sería un desperdicio de vínculo o un vínculo desperdiciado. Tampoco me compraría un reloj “28”, no necesito saber los días, las horas, los minutos ni los segundos que me restan, sé que soy mortal y esta información es más que suficiente para mí. Con este dato tan fundamental sé que si mi ataúd es introducido en el nicho y nadie me echa de menos habré malgastado mi vida. Lo que me preocupa en un sentido metafísico es que… A ver, ¿cómo explicarlo?… ¿Y si todo esto es mentira?, todo… Absolutamente todo… Mis movimientos repetitivos en la vida, tanto los armónicos como los desordenados, mis vibraciones, las buenas, las malas y las sensuales, mi trayectoria y mi crecimiento, los que dicen quererme y yo no siento su amor, los que no me dicen que me odian pero yo siento su odio, mi soledad perpetua, mis prismas y dimensiones incluidas las tremebundas. Mi insomnio, mis lágrimas, mis risas y mis carcajadas feroces, mis promesas de darlo todo y también cuando lo he dado todo por nada… Mi espesura y mis ligerezas, mi hostilidad y mis sensibilidades extremas, mi repugnancia indiscriminada y mi generosidad incondicional, mis veranos largos, tediosos y calurosos, o mis inviernos cortos, divertidos y fríos, mis meditaciones junto al hambre brutal de mi alma. Mi tristeza que no se va, que no quiere irse, que va y se queda… ¡Que se quedó para siempre!… ¿Y si todo es mentira?… Mis viajes… A Paris, Ámsterdam, Bruselas, Rotterdam, Sóller, China, México, Menorca Sicilia, Dinamarca, Brasil, Florencia… ¿Y si no he estado nunca en Japón?… Con lo que me gusta el sushi.

Me voy a morir aunque respete el falso mito de esperar dos horas para el baño tras la comida, aunque cuide mi nutrición y haga deporte, aunque quiera creer en los milagros caeré fulminada como la torre, y todo por el simple hecho de haber nacido. No hay milagros, moriré pese a haber sido una buena neonata, una adorable niña, una adolescente maravillosa y una joven amorosa, moriré pese a ser la mujer que soy, la mujer mortal en la que me he convertido con el paso del tiempo… Moriré igualmente.

Mirar hacia abajo desde un piso número veintiséis es toda una experiencia de vida o de muerte, según cómo se mire… Sé que también moriré pese a ser tan graciosa y hábil con el uso de las palabras.

Mirar hacia abajo no es lo mismo que hacerlo hacia arriba, sin embargo el reto real es mirar hacia adentro, porque dentro de uno mismo hay demasiado para destripar si tienes tripas o estómago. La primera vez que miré hacia mi fuero interno tuve la misma sensación que ahora desde esta azotea cuando lo hago hacia abajo. Vi enseguida el escándalo que desde esta altura ahora me es ajeno. Vi mi vida y mi muerte porque son las dos caras de una misma moneda… Curiosamente desde dentro me sentí más viva que muerta aunque al ver todo lo que pude ver deseé la muerte, pero en ese preciso instante morir no estaba en los planes que al nacer me dieron así que continué explorando, y así hasta ahora combatiendo con las dos caras de esa misma moneda.

Desde aquí el equilibrio ansiado pierde todo su sentido, la balanza ciega de la justicia se contonea retándome. No quiero perder de vista el motivo real por el que estoy aquí arriba mirando hacia adentro mientras miro hacia abajo, ¿dónde ubicar la locura, aquí en las alturas o allí abajo con la masa de viandantes ridículamente minúsculos?… ¿Dónde está el límite y por qué limitarla?…

Hace demasiado viento. Hay demasiada altura. Demasiadas dudas, demasiados pensamientos, demasiado de todo y sin embargo siento que es tan poco. Es por eso que estoy aquí, porque me gusta el viento, porque adoro mis dudas, amo mis pensamientos, es por eso que todo es nada para mí.

Hoy cumplo veintiséis años, uno por planta. No sé cómo enfocar mi vida, no sé cómo enfocarme en ella, no sé qué es el todo pero lo que sé es que no soporto verlo como la nada, así que nada como sentir el balanceo de mi cuerpo en esta cornisa para jugar con mi equilibrio o tal vez para jugármela. La vida es un juego y jugando moriré, pero no voy a pensar que sea ahora, no tiene porqué ocurrir, yo sólo necesito sentir el viento y que desequilibre mi cuerpo para equilibrar mi mente. Es sólo un juego. No tiene por qué ocurrir nada más. Cerraré los ojos y no ocurrirá nada más.

¿A que no?…

Sofya Keer

A qué no

 

 

 

Horror vacui

Percibió un temblor gigantesco. A veces era desconcertante sentir que su especialidad era montar cataclismos. Y no sabía muy bien si era una sensación o una realidad instintiva, lo que sí sabía casi a ciencia cierta es que sensación o realidad era su compañera, su amante y amada, era su amiga y su camarada, además estaba unida indisolublemente a ella, fuera sensación o  realidad instintiva, ambas eran un todo, y en él había partes propiedad de las dos, partes de una y partes de la otra, de la otra y de la una, que se mezclaban con un talento enorme hasta el punto de confundir la propiedad exclusiva e intelectual de cada cual, y cada una continuaba su camino que era el mismo y era idéntico, con un esmero casi burgués, y ella con las secuelas en su corazón, y cada una continuaba trabajando puntillosamente en el arte de eclipsarse por su egos y por sus genios.

Era de la intensa mirada al mundo de la una y de la delicada belleza de la otra que nacían esos cataclismos de fascinación irresistible, de prosas impecables e inteligencia narrativa. Un basural que injustamente postergaba cuando se enfadaba y no se conformaba con la duda acerca de su condición, pues no sabía si era sensación o realidad instintiva el haberse especializado en montar cataclismos. Sólo sabía que un cataclismo es un desastre de grandes proporciones, una alteración grande de la normalidad, y tenía la creencia de que eran su especialidad… ¿Sensación, realidad o creencia?…

Uno de sus amantes más apasionados le dijo que el peor cataclismo que puede sentir el hombre es el miedo al vacío, ¿y el horror vacui, qué es?, ¿es una sensación, es una realidad instintiva o es una creencia?…

Y además aquellas voces obscenas en su cabeza que le recordaban que cuando soplan nuevos aires siempre ocurre algo… Y la vejación y la vergüenza de no alcanzar la dimensión traumática exacta de sus historias de vida, y la crudeza de ver lo inalcanzable que puede ser alguien, o el miedo a la intimidad del alma, incluso señalar con descaro sus puntos débiles y no por eso poder cortar el dolor, y lo peor, que por todas estas cosas no podía tomar decisiones profundas pese a sentirse gustosa por el hecho de ser deseada, pese a que en el horizonte otease un estado de amor puro, de esos alejados de la cotidianidad y de las rutinas…

Y al final el triunfo infame del horror vacui pese a poder vibrar de puro deseo, además los  movimientos histéricos al sentirse presa del vacío junto al mudo deseo de él… Y las voces obscenas y perversas en su cabeza obscena y perversa también:

– ¡Bienvenida a tu particular horror vacui!, fúmate un cigarro y espera acontecimientos.

Sofya Keer

 

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