Las nubes de Viena

Desde el avión ya pude darme cuenta de que las nubes de su cielo eran muy diferentes a las de España. A veces las dimensiones varían sin que cambie la esencia de las cosas, pero me pareció que hasta la esencia de aquellas nubes era muy diferente a la acostumbrada en las nubes de mi cielo natal.

Eran cúmulos, nubes algodonosas y espesas, abundantes y hermosas. Durante mi estancia en Viena pasé intervalos de tiempo considerable hechizada observándolas, contemplando sus movimientos y sus cambios con las variadas luces de las veinticuatro horas de cada día. El amanecer, el atardecer y el anochecer eran momentos clave en los que mirar al cielo y contemplarlas me sirvió para hacer balance y entender que es un sacrilegio pensar que el hombre al morir habita el cielo. Si es así que no ocupe el de Viena, que no manche con sus existencias extintas el blanco impetuoso y aterciopelado de las nubes austriacas. Que eso no ocurra nunca. Y si ocurre, por favor que yo no pueda verlo.

Se exhibían ante mí con un desarrollo considerable, con unos bordes claramente definidos, con una textura muy similar a la del algodón. A veces lucían solas, otras en grupo, en ocasiones en fila y dependiendo de los factores atmosféricos oscilaban desplazándose a velocidades variables. En ocasiones pensé que de tan espesas podrían ir cargadas de granizo, de trombas de agua o tornados, pero nada de eso ocurrió durante mi inolvidable viaje.

Contemplarlas me hizo plantearme cosas como, ¿qué estoy haciendo, viajo o ando errante?…

La belleza de la naturaleza tiene ese mágico influjo sobre mi mente inquieta. Me seduce y me lleva al sitio sin planteármelo, sin ni tan siquiera quererlo, es algo así como poseer lo que se escapa, y seguro que esa espesura perfecta entre mis manos se escaparía. Las nubes huirían entre mis dedos y mi lucha inútil por retenerlas sería como entender que mi vida está corriendo desde el preciso momento en que mi madre me alumbró. Porque dijo Séneca que la vida tiene esa orden. Y yo supongo que por eso la cumple.

Desde que nacemos comienza la cuenta atrás y el arte de saber vivir es ser consciente de este detalle vital. Yo sé que las nubes de Viena se escaparían de mis manos pese a su espesura perfecta para hacerme entender que saldar cada día que pasa es acercarme un poco más a la muerte, y temerla es la peor carga del hombre.

La imbecilidad humana nos incapacita para decir las verdades sin injurias, para manejar las alabanzas sin adulación y para contemplar la belleza de las nubes austriacas haciendo lo que en sí es nada. Porque contemplarlas fue como  sentir las heridas, las llagas y el dolor de la existencia sabiendo que no hay dolor sin sentimiento. Mirarlas fue entender que la felicidad es un jodido disfraz, una máscara inútil en la cámara de gas en la que a veces convertimos nuestra propia vida.

Día a día ahogándonos luchamos contra las pasiones y seguro que no hay nada más hermoso que hacer el amor con las nubes de Viena como techo. Yo no necesitaría ningún kama-sutra, para la carnal ocasión me convertiría en una sensual y recatada dama clásica, muy tradicional, limitada a la postura del misionero para con cada sacudida poder contemplar mi exclusivo techo blanco de algodón con fondo de azul intenso. Desde ahí, con la sacudida final sin sentirlo ni dudarlo, dejar mi cuerpo en una tumba estratégicamente situada en un verde montículo de un bonito cementerio con vistas a un valle. Además, asegurarme desde esa posición estratégica aunque ya no pueda disfrutarlos, infinitos y eternos amaneceres, atardeceres y anocheceres. Todos hermosos. Todos ellos con la quietud y la espesura de las nubes de Viena. Todos con su fondo azul intenso. Intenso el amor e intensa la muerte.

Cuando bajé del avión no quise volver a subir y cuando no tuve más remedio que hacerlo, volar de nuevo con ellas me llevó a comprender que no sólo están ahí para protegernos de los rayos del sol, para formar la lluvia, el granizo o la nieve. En mi viaje de regreso comprendí por qué las nubes sirven para formar de manera natural figuras en el cielo que nos embelesan, por qué en los atardeceres su color rojizo facilita las artes amatorias, porque inspiran en cualquier campo del arte o por qué en ellas se forma el rocío.

Ellas hacen todo esto porque la vida cumple la orden que le dieron: Desde que nacemos comienza nuestra particular cuenta atrás.

Sofya Keer

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El servilismo del amor y otra nueva primavera

El roce del tiempo impregna con la muerte nuestras vidas. Y mi existencia por describir círculos constantemente muere con esa misma constancia. En esas figuras geométricas tan limitadas que son los círculos hay escenas desgarradoras, conflictos descarnados y esperanzas infundadas que cíclicamente contribuyen a recordarme la futilidad de mis días. Incluso el amargo saber de que uno debe entender que no puede abandonar a la persona con la que comparte su rutina si su vida está atravesando por un momento delicado. Incluso eso. Y es posible que cueste entender una situación así cuando ya no queda amor, pero en el fondo la vida es no entender muchas cosas. Tal vez demasiadas.

Yo prefiero tener amantes más que parejas, aunque en ocasiones me las permito. Los amantes son ante todo enemigos, lo que ocurre es que la enemistad entre sábanas se lleva mucho mejor porque la pasión es la compañera ideal tanto para el placer como para el dolor. Y esa línea delgada de color rojo que separa a ambos es el juego más perverso y sensual al que dos enemigos  pueden jugar. De hecho entre amigos no tiene la misma gracia ni la misma intensidad.

Le conocí una noche veraniega con una apacible brisa cálida entre copas y música de jazz. Se acercó muy seguro de sí mismo y por ello tentador:

– Buenas noches.

– Hola, ¿qué tal?

– Pasando un rato agradable con una temperatura agradable y observando el rostro  agradable de una mujer que parece interesante, ¿qué haces tú por aquí?

– Observando el mundo, pensar que es así y que no hay nada que pueda hacer.

– Sabía que eres una mujer muy interesante.

Me lo llevé a la cama esa misma noche en mi afán de espantarlo o que por lo menos solamente funcionáramos como amantes. Pero se enamoró perdidamente. Yo al principio también. Siempre me ocurre en los inicios, me enamoro o creo que lo hago, pero dura poco. Cuando llevábamos dos años juntos le diagnosticaron esa moda tan cruel del cáncer terminal. Me esforcé por seguir aparentando que lo amaba, lo acompañé hasta que la inyección letal de morfina le ayudó a cruzar al otro lado, y en los siete meses que duró el proceso de su agonía le traté tan bien como me fue posible. Mucho más. Muchísimo más. Si desde nuestro cuarto mes de relación pude fingir, ahora tenía más motivos para hacerlo. Y lo hice realmente bien, tan bien que antes de irse en su despedida me dio las gracias y me dijo que se iba sintiéndose un hombre muy afortunado. Por haberme tenido. Por haberse sentido amado todo el tiempo. Sí, dijo que todo el tiempo se sintió amado. Y yo sin amarle. Sin poder amarle. Yo fingiendo siempre estar perdidamente enamorada.

Cuando me entregaron sus cenizas pensé que eran los restos mortales de un hombre de cuarenta años huérfano y sin hermanos, que sólo tenía un tío lejano en Nueva Zelanda que por no ser partícipe de su vida tampoco tenía sentido que lo fuera de su muerte. Entré en el coche y lo puse en el asiento del copiloto como cuando viajábamos y conducía yo porque le gustaba verme al volante, adoraba la sensación de que yo le llevase. Así que lo llevé al mar, me senté en una roca y sumergí la urna biodegradable en sus aguas profundas.

En mi despedida silenciosa pensé que todos somos lo mismo aunque no seamos iguales, pensé que cuando nos vamos la fiesta continua sin nosotros, dudé acerca de si me molestaba más la sabiduría o la ignorancia, y rompí el silencio para decirle mientras las burbujas me advertían de su marcha definitiva, que no había mala fe en mis interpretaciones, que yo siempre he sido incapaz de amar pero que a veces lo he intentado. Le dije que fingir no es malo cuando su finalidad es buena, que después de haber hecho juntos tantos kilómetros tenía que esforzarme para poder amarlo, de lo contrario no tendría ningún sentido el hecho de haber recorrido juntos tantos destinos sin mi parte justa e íntegra de amor, porque la suya siempre fue desbordante. Y me desbordó y por ello me sentí culpable y por eso me hice esclava de un rol.

Esperé de nuevo en silencio hasta perder de vista la urna. Me incorporé y mirando la inmensidad oscura y profunda del mar pensé:

Hoy para mí empieza otra nueva primavera”

Por primera vez en casi tres años dejé de actuar y sentí. Me emocioné, respiré profundamente, dejé aquella historia a mis espaldas junto a un mar de dudas y recuperé mi esencia desclasada. Mientras el viento enredaba mis cabellos lloré…

Lloré por su muerte y también por la del amor en mi vida.

Sofya Keer

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La tía Gertru

Hay un asunto que no concierne a nadie, el hecho de que mi vida carece de sentido. La trascendencia de esto es considerable pues en el fondo nunca cambiamos de vida porque sólo vivimos una. Sólo tenemos una y solamente perdemos una. Pero acabamos acostumbrándonos a todo y en el fondo cada día estoy más de acuerdo con lo que me dijo la tía Gertru en su lecho de muerte:

– Nena, anímate y piensa que en el fondo nunca se es completamente desgraciado.

Y se estaba muriendo, así que gracias a ella no me siento demasiado desgraciada. Me gusta acumular conocimiento en la mesa del despacho, eso me permite pasar horas y horas aislada, porque con la gente en general hay muchas cosas de las que no me permito hablar. Prefiero quedarme amodorrada bajo el sol, fumar mirando el mar, desequilibrarme deseando a un hombre y destruir así el equilibrio de mis días, antes que hacerlo por haber tenido que mantener una conversación falsa o superficial.

Anoche me bebí una botella de vino yo sola. Por un intervalo de cuatro horas estuve recordando momentos especiales de mi vida. Recordé la noche tan accidentada en la que nos conocimos, él iba con su esposa y yo con mi pareja. Recordé que el sexo era de calidad pero no podía soportar su cháchara vacía idéntica a la de mi parentela en las comidas y eventos familiares. Recuerdo cuando la tía Gertru que era la única del clan que no se ahogaba en las profundidades del ser y el asumirse, me decía:

– Querida sobrina, el secreto está en matar el tiempo y que él no te mate a ti aunque acabarás muriendo, pero empieza a entender que hay muchas maneras de morir.

Recordé que yo antes con la lluvia lloraba y ahora prefiero un buen vino en soledad, recuerdos endebles y acabar riendo estrepitosamente. Prefiero esto a llorar. Con o sin lluvia. Pero no hacerlo bajo ningún concepto. Ya no…

Hoy es lunes, la vulgaridad triunfa y ambas cosas me vacían insensiblemente.

Anoche recordé también cuando me pidió matrimonio. Obviamente le dije que no, que eso no ocurriría jamás. La tía Gertru cuando se lo conté me miró trascendente y dijo:

– No lo hagas. Casarse no significa necesariamente querer a la persona pero siempre significa acostumbrarse a ella. Yo hubiera preferido no casarme con tu tío y poder quererle sin acostumbrarme a él, así la pasión nos habría durado un poco más, no tengo ninguna duda. Ni tan siquiera le digas que te es indiferente, simplemente niégate, que tu alma no lo acepte todo porque el tiempo no echa el ancla.

Su testimonio me pareció aplastante y aunque soy una mujer triste y severa sus palabras me llegaron tan hondo que tocaron fondo y al caer en mi vacío interior me devolvieron el eco de mi llanto ahogado.

En el minuto anterior a su sedación cogí su mano y le dije:

– Tía, ¿qué es la muerte?

Con una sonrisa triste y severa apretó mi mano y con sus afectadas y débiles fuerzas por la cruel enfermedad me susurró lo siguiente:

– Hoy siento que la idea de la muerte es una de esas ideas exageradas que nos hacemos de las cosas que no conocemos. Y hoy moriré. Recuerda siempre nuestras charlas remojadas y con olor a sal, te quiero más que a mi vida aunque no es un buen momento para decirte esto, ¿verdad?…

Reímos por última vez juntas mientras la buscapina y la morfina le ayudaban a cruzar al otro lado.

Hoy no beberé ni recordaré nada más. Nada más…

Sofya Keer

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Mi melliza no nacida

Cuando lo pienso dos veces la cosa pierde valor, incluso en no pocas ocasiones me he visto en la tesitura de que lo ha perdido absolutamente todo. Luego me ocurre que cuando intento desmadejar el hilo tampoco es demasiado sencillo, pues mi concepto de pérdida guarda una estrecha relación con el de ganancia, tan estrecha que en no pocas ocasiones han sido para mí palabras sinónimas y no antónimos, tal y como nos venden los diccionarios. Así que dentro de lo sensatamente contable, voy a tratar de contar cómo ocurrió…

Nuestra memoria es caprichosa, como la pizza pero en versión fría, luego le puedes añadir dosis de intrigas mágicas o de sentidos ocultos,  así que si lo que quieres es salir vivo de ahí, ya sabes lo que tienes que hacer… Con paciencia y precisión apuntar a tu presente y vivirlo como si un visionario en la calle, cuando has ido a comprar el pan o la droga, te hubiera vaticinado tu muerte en cero coma segundos.

Si dejase rodar mi imaginación la diversión estaría asegurada, pero  en el fondo y en la superficie nada de lo que voy a contar es divertido. Trataré de rodearlo de una calidez especial, que para mí es sinónimo de ironía y así sacaré a relucir por enésima vez hoy mi lado oscuro y más despreciable. O mejor no… Siempre he creído que los no nacidos tienen una inteligencia muy superior a los que cumplimos con el plazo de los nueve meses reglamentarios y salimos del letargo hacia una muerte asegurada. Y por favor, no quiero manifestaciones de puritanos antiabortistas en la puerta de mi casa, que todos sabemos que los esqueletos encontrados en los subterráneos de algunos conventos eran no nacidos o abortados por la gracia de Dios o nacidos en desgracia por haberse formado en úteros de monjas que no supieron mantener intacto su voto de castidad. Por cierto, ¡qué tontería de voto!, y no es por generar más conflicto pero el sexo es fundamental para nuestra salud  físico-mental. ¿Qué se puede vivir sin él?, ¡cierto!, pero que no es saludable es cierto también.

La cuestión es que yo he pensado durante mucho tiempo que desde el letargo de los nueve meses de nuestra formación y transformación de zigotos a seres homínidos, ocurren cosas fuera que nos llegan dentro, y ahí está la clave, y esto es ciencia, no es sólo mi creencia. Mi hermana melliza decidió no nacer y fue en una ecografía cuando descubrieron su plan. Dejó de respirar y según dicen era más pequeñita que yo. Mi tamaño e implante siguió su curso hasta quemar los nueve meses estipulados. Con el tiempo investigué y me enteré de que al decidir eso la dictadura del organismo de mi madre la reabsorbió, y desapareció dejando todo el vacío y todo el líquido amniótico para mí. La gente siempre me ha dicho que era muy pronto y no se sabía cuál era su sexo, yo insisto frente a mis detractores y les digo que yo sabía que éramos dos mujeres. El porqué es una de esas cosas que no sería sensatamente contable, así que no voy a contarla. La tía May lo sabe, y por ello cree también que se trataba de otra sobrina.

Cuando nuestra madre sufría cambios de comportamiento bruscos o alguien la pegaba, al parecer el que era mi padre, ella, mi melliza, se movía y el líquido me devolvía sus movimientos en forma de olas, un oleaje así como a cámara lenta que era agradable por su balanceo templado, pese a estar oyendo de fondo los sollozos y los gritos de mamá. Supe que había dejado de respirar porque ya no sentía ese oleaje cuando fuera había tormenta. Lo echaba de menos, pero yo no me atrevía ni a moverme, soy más cobarde que ella, además sé que lo hacía enfadada como diciendo “¡estaos quietos ya, así no se puede crecer con tranquilidad!”… Supongo que la última vez que esto ocurrió ella se movería y seguramente lo hizo como diciendo “¡estaos quietos ya, así no se puede nacer!”… Por eso no nació… Por eso ella es y siempre será mi melliza no nacida.

Yo agoté mi tiempo pero no quería salir, así que me sacaron… Noté sobre mi cabeza una grieta por la que entraba luz y una mano gigante me obligó a abandonar mi letargo. Nací y en los tres días siguientes mi respiración era más rápida de lo normal, salieron manchas en mi piel, tenía diarrea, mi llanto era excesivo, más bien chillón, tenía fiebre, vómitos, sudoración y convulsiones. Mi madre había muerto y yo había nacido con el denominado síndrome de abstinencia. Dí positivo en el examen toxicológico aunque con el meconio ya lo sospecharon. Me tuvieron una semana en el hospital para buscar bien los signos de abstinencia y mis problemas con la alimentación. Al vomitar y tener tantas diarreas tuvieron que alimentarme por vía intravenosa. Los bebés nacidos en esta situación suelen ser difíciles de calmar, son  melindrosos y necesitan cantidades de cariño extra. Me administraban dosis de metadona y también de  morfina para tranquilizarme por lo que estuve varios meses en el hospital. Me recetaron una droga similar a la que consumía  mi madre durante el embarazo y con el tiempo fueron disminuyendo las dosis de manera lenta y progresiva, esto me ayudó a desacostumbrarme de la droga y así aliviar los síntomas tan desagradables. Tuve suerte pues no tengo defectos congénitos ni problemas de desarrollo, aunque sí los tuve de conducta, y a ratos todavía se nota esa especie de destierro interior que en el fondo siento. Supongo que es uno de los motivos por los que cuando lo pienso dos veces, la cosa pierde todo su valor. May se hizo cargo de mí desde el primer momento y siempre he recibido de ella esos cuidados cariñosos especiales que necesité desde que nací. También cuidó de mi madre en la medida en que ella se dejaba. Mi padre falleció al poco tiempo de la reabsorción de mi  melliza, fue por una sobredosis. Lo sé todo sobre mi historia familiar porque May nunca me ocultó nada, ella piensa que hay cosas importantes que debemos saber. Yo también lo creo así.

Soy ginecóloga y tengo la especialidad en obstetricia. La gente no puede imaginar la cantidad de no nacidos que hay, cerebros privilegiados que no ven la luz porque saben que esa luz es sinónimo de oscuridad, la gente no puede hacerse una idea del número indecente de mujeres que son madres sin reunir requisitos para serlo, tampoco suponer la cantidad de niños nacidos para sufrir, y matizo, desde la infancia, ciclo vital en el que se supone que todo es alegría y felicidad, o debe serlo. Yo le debo esto a May, mi infancia fue inmejorable y el dolor del crecimiento se limitó a ligeras molestias de huesos porque mi mente estuvo muy bien cuidada.

Cuando era una estudiante universitaria, una tarde lluviosa de sábado que no íbamos a salir de casa, mientras May preparaba unos chocolates calientes con bollos se me ocurrió la siguiente idea. Debíamos pintar cada una a la melliza no nacida, tal y como estaba en nuestras cabezas durante el tiempo que durase nuestra merienda y al momento actual. Pusimos todas las ceras y pinturas en el centro de la mesa y con la merienda mientras la lluvia acariciaba el cristal del ventanal la dibujamos. Al finalizar los mostramos, los pusimos sobre la mesa y no podíamos parar de reír sacándonos defectos la una a la otra por los bocetos… Eran totalmente diferentes, las mellizas suelen serlo, por eso ninguna la imaginó con mis rasgos ni mi físico. Entre tanta risa y jolgorio miré a mi tía, nunca me había fijado en su belleza impresionante al sonreír, vi de igual modo su encanto interior, soberano, mastodóntico e increíble. Fue cuando le dije lo que nunca le había dicho:

– May…

Ella dejó de reír, me miraba curiosa tal vez por la expresión sentida de mi rostro…

– Dime, cielo…

– Muchísimas gracias.

– No hay que darlas. Cuando tu madre me dijo que estaba embaraza yo ya os quería a las dos.

Y todas estas cosas, son las que están dentro de lo sensatamente contable incluido el oleaje amniótico que desgraciadamente eché tanto de menos… Era una sensación muy agradable y tibia, así, como a cámara lenta… Lo demás no sería sensato contarlo.

Sofya Keer

Mi melliza no nacida

 

Un tango argentino

Una tarde tomando una limonada bajo las moreras me dijo que en la historia de la humanidad, de todos los hombres y de todas las mujeres, hay una cosa que es bien cierta, y es que los hombres tienen más vista que cerebro. Me lo decía sonriendo al hilo de las infidelidades de su marido, y en su sonrisa no había rencor ni tampoco decoro, a estas alturas ella estaba por encima de ciertas cosas, ya había subido al cielo y había vuelto a bajar un par de veces, y en su trayecto había visto acantilados escarpados y aguas profundas, suaves colinas y pintorescos pueblos de la costa, había caminado entre tumbas, se había fugado a México reventando las costuras de su maleta de tantos libros que llevaba dentro, había agradecido inmensos y sucios favores con copas en clubes nocturnos, había apelado a su buen juicio pagando caros sus errores, había estado años defraudando al fisco, había estado preocupada por su marido porque le veía triste y poco comunicativo mientras él follaba con otras, sin embargo, no se había preocupado de sí misma ni un ápice. Había gritado a los cuatro vientos que no quería una vida mejor, sino que solamente quería recuperar la suya, y nadie la escuchó jamás, había enamorado locamente al novio de su mejor amiga y se lo quitó por dos veces, una cuando se casó con él, y la segunda, cuando ella conducía el coche a una velocidad desmesurada e ilegal y en el accidente él falleció. Había aprendido a bailar el tango en Argentina donde vivió por un tiempo, porque le habían dicho que allí la gente se interesa mucho los unos por los otros. Bailaba en la calle, y le encantaba hacerlo con hombres desconocidos para comunicarse con ellos a través de la mirada, que es como dicen que se debe bailar el tango, mirándose a los ojos, y así conoció a muchos de muy diversas clases, manipuladores, cerdos, enfermizos, huraños, insolentes, pasivos, agresivos y fieros, todos muy buenos bailarines, requisito imprescindible para ella, condición sine qua non para apasionarse y desear a un hombre. Finalmente regresó a España hendida en dos con muchas fotos que la hacían más vieja porque entendió que cuando las cosas dejan de producir hay que alejarse definitivamente. Había ido por caminos más firmes y en ellos sufría siempre por algo, había caído muchas veces por no poder mantener ya tanto orgullo, había hecho ofrendas a diosas divinas  que jamás le ofrecieron nada a ella, se había helado y también había vivido épocas de deshielo amoroso, había cambiado de vida infinidad de veces y se había prometido muchas veces más aquello de “ a partir de ahora siempre”, pero no lo cumplía, además del mismo modo y con el mismo resultado había cerrado hasta nuevo aviso, pagó muchas indemnizaciones por daños y perjuicios y a ella siempre le indemnizaron menos. Llegó a lo alto desde abajo y desde abajo supo valorar y apreciar la vida mucho mejor. Cuando descubrió una de las infidelidades de su marido le dijo: “Te aconsejo que arranques el coche, que no vuelvas nunca, yo ya me quito de en medio. Vete a vivir con tus padres, será más ventajoso para ambos”…

Me gustaba charlar con ella mientras escuchábamos tangos y me contaba sus historias tan fantásticas y entretenidas, tan duras  como su personalidad de mar. Con ella aprendí que a la vida hay que darle como mínimo una oportunidad, que cuando le dices a alguien que se ha pasado de la raya previamente debes advertirle de dónde están tus límites, que en ocasiones hay que alegrarse por no estar en el cementerio, o  que las mujeres modernas no se definen como sexis pero tampoco se oponen a serlo. Ella de niña hacía cosas de adultos y de adulta hizo cosas de adolescente, todo porque tras la muerte de sus padres en un accidente aéreo, su abuela materna la crió y educó siendo la vieja loca una detractora radical e incorregible del poeta y crítico francés Nicolás Boileau, el cual dijo algo así:

“Cada edad tiene sus placeres, su razón y sus costumbres”. Algo que jamás compartió su excéntrica abuela.

Sofya Keer

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