La última conversación

Después de unos meses, Virginia y Agnes cuadran sus agendas y se encuentran. Existen esas amistades que pese a la distancia de las rutinas se mantienen intactas. Existen esas conversaciones profundas de encuentros y desencuentros, de sabios conocimientos adquiridos de otros; en este caso de una psicóloga y una filósofa amigas, mezclados con cannabis sativa en una charla seria. Muy seria. Existe un negro tul que cubre las relaciones humanas porque nunca se conoce a nadie a fondo, por mucho amor que haya. Eso nunca ocurre. Y nunca es jamás.

—Creo que estoy madurando. Nunca me había sentido así… ¡Tantas cosas, tantos pensamientos!

—¿Llamas madurez a verte envuelta en un intrincado juego de confusiones?

Risas irónicas.

—Un juego es una interacción que concluye con al menos un jugador sintiéndose mal.

—¿Qué dices?

Más risas.

—Pues eso. Según el análisis transaccional ésa que te acabo de decir es la definición de “juego”, y además cualquier tipo de juego tiene tres partes: el planteamiento, la motivación secreta y destructiva, y el desenlace. Y tú me dices que yo ando envuelta en un “intrincado juego de confusiones”. Suena realmente mal.

Ambas ríen.

—Bueno, se me ocurre así, como para quitar hierro al asunto, la famosa frase de Epicuro.

—¡Vaya, que alentador! ¿Y qué es lo que dijo?

—Dijo: “La serenidad, la amistad y el conocimiento como los grandes placeres”.

—¡Bien! Parece que me siento mejor. Respecto a la primera, pues no sé cómo llegar a ella. De la segunda espero disfrutar contigo… y del último decir que probablemente me faltará vida para alcanzarlo.

No pueden parar de reír.

—Pues ya sabes Virginia, lo que libera de la depresión no es el análisis sino la acción.

—Ya, y para pasar de una a otra se necesitan ánimos, así que ¡manos a la obra, querida amiga!

De repente silencio. Virginia retoma.

—Esta noche no he podido dormir.

—¿No has dormido nada?

—Bueno, francamente creo que he tenido momentos oníricos, sino ¿de dónde he sacado la visión de un bullicioso grupo de monjas jóvenes falsamente recatadas, en ropa interior y con ligueros blancos que parecían un revuelo de palomas asustadas por una lluvia torrencial, y que además cruzaban un patio?

—¿Monjas cachondas, justo ahora que después de veinte años de relaciones heterosexuales te has permitido un polvo homosexual? ¡Lo que me faltaba por oír!

Risas y más risas.

—¡Deja de reír tanto, Agnes! Estoy hablando en serio.

—Entiende que no pueda evitar estos momentos de risas desatadas, llevo al día tus hitos de maduración y lo cierto es que no puedo parar de hacerlo.

—De acuerdo, pero por lo menos tómame en serio ahora, necesito hablar y quiero hablar contigo.

—Está bien, hablemos en serio.

—La cuestión es que a veces pienso tanto que doy asco. No sé si a todo el mundo le ocurre lo mismo. Agnes, ¿tú piensas mucho? Yo acabo derrotada cada día, por mi cabeza pasan ideas tan dispares y variopintas que a veces creo rozar los límites de la locura.

—Bueno, yo también pienso bastante, mis pensamientos se agolpan desordenadamente en mi cabeza, a veces sólo cuando consigo hablar los ordeno, por eso hablo sola y en voz alta.

—¡Por eso y porque vives sola, amiga!

Ríen ambas.

—Lógicamente.

Pausa y nuevo silencio.

—Ayer pasé toda la tarde viendo llover sobre las begonias.

—Me gustan los días lluviosos.

—Sí —Virginia puso una voz trágica y teatral—. Son una capciosa trampa que nos tiende la nostalgia, y el cielo además se muestra insensible a nuestras súplicas de indulgencia.

—Sí, sí. En las tardes lluviosas vienen los recuerdos de mi pasado, mis gentes, mis historias… mis muertos.

Nuevo silencio de ambas. Agnes continúa.

—Algo así como el látigo del autocastigo, porque siempre he oído decir que cualquier tiempo pasado fue mejor.

—¿Quién dijo esa simpleza?

Silencio en la habitación, silencio en el pensar, espacio en blanco que se presta a unas sonrisas tontas compartidas fruto del paso de los años y del efecto de la hierba.

—Añoro la vieja pinada, los montes y la parsimonia exasperante, bella y misteriosa del pueblo. Ese aroma rústico, las excursiones en bicicleta, las aventuras con final feliz, la pureza en el sentir, la ingenuidad en su estado puro, la alegría de vivir…

—¿Ves? Es increíble la cantidad de pensamientos que el cerebro puede evacuar en un breve espacio de tiempo. De repente un flash que nos ofrece el elixir agridulce de la vida, ¿lo ves claro, Agnes?

La habitación se inunda de humo.

—Es cierto, pero ahora mismo siento que ese elixir agridulce me empalaga. Voy a fumar un poco más.

—¡Eso, yo también haré lo propio, que tengo incontinencia verbal!

Risas de ambas.

—Oye Virginia, ¿tú crees que soy sociable?

—Sí Agnes, cuando quieres además también puedes resultar ser encantadora.

Ríen de nuevo.

—Yo creo que soy sociable por naturaleza, además tiendo a buscar, casi escarbar, en las miradas, gestos o actitudes de los que me rodean.

—¿Y qué buscas?

—No sé, busco por buscar —le da una calada apurada e inspiradora al porro—. A veces me encuentro cosas inesperadas que tienen como única finalidad provocarme migrañas, con el agravante de no llegar a ninguna conclusión coherente.

—Entonces te ocurrirá lo que a mí.

—¿Qué te ocurre a ti?

—Pues que nunca he tenido claro si el pensar tanto es uno de mis defectos o una de mis virtudes.

Ambas ríen juntas de nuevo.

—¡No sé!, pero en mí es algo irremediable, inevitable e irresistible.

—No lo dudo, además lo tuyo es vocacional. Eso te ha convertido en toda una licenciada en Filosofía y Letras.

Más risas a coro.

—¡Mira quién fue a hablar, la licenciada en Psicología!

—Bueno, yo supongo que como vida no hay más que una, siempre merecerá la pena analizar como mínimo los aspectos realmente importantes, por muy duros que puedan resultar ser, ¿no te parece?

—Sí, aunque a mí no me gusta dejar de lado esos pequeños detalles que en ocasiones son de gran belleza, leí algo al respecto, creo que a esto lo denominan “estética zoom”. Tal vez lo leí en algún libro de José Antonio Marina.

—¿Estética zoom?

—Sí, es algo así como enmarcar, aproximar y ampliar nuestra visión hacia los pequeños detalles, como los orientales. Ya sabes que son capaces de disfrutar del silencio, de la tranquilidad del alma, de la naturaleza: una flor, el vuelo de un insecto… ¡Oye, es buena esta hierba!

—Sí, muy buena… ¿Te refieres a las maravillas invisibles?

—Eso es, todo depende del prisma con que miremos las cosas.

—Pues sí, ¿por qué crees que probé el pasado sábado con Sandra?

—¡Vaya!, ahora que sacas el tema me muero de la curiosidad, ¿lo sabías?

Risas.

—Bueno, curiosa, el prisma como tú dices es el siguiente: Me gusta el sexo con personas ¿no?

—¡Sí, eso parece!

—Pues pensé, siempre con hombres o sola, ¿por qué no con Sandra, que además me está tirando los trastos con clase y estilo? Tiene deditos, manitas y lengua…

Ríen las dos a carcajadas, Virginia continua.

—En resumen, ¿es una persona, no?

Ríen sin parar. Después se abre un hueco al silencio, y Agnes aprovecha para preguntar.

—¿Te gustó?

—Mucho.

—¿Y ahora qué?

—¿Qué de qué?

—¿Cómo te sientes?

—Pues verás querida amiga, me siento como una persona. No soy una enferma, ni una viciosa, ni una salida, querida amiga: soy una persona —ironiza Virginia.

No pueden parar de reír.

—La evolución es chapucera.

—¿Y eso, por qué sueltas ese bardo?

—Lo dijo François Jacob.

—¿Ganó algún premio o reconocimiento por ello?

—Un Nobel en biología.

—¿Y ahora qué pinta en nuestra conversación?

—Porque según él, en la evolución histórica intervienen múltiples incidentes y es heterogénea.

—Sigo sin entender, Agnes.

—Está claro: tu evolución ha sido diferente a la mía, por eso tú te lo montas con personas y yo sólo con hombres.

Ríen más y más. De repente Virginia hace un gesto de silencio e interviene.

—¿Por ese mismo motivo la Iglesia Católica cree que soy una degenerada?

—¡Exactamente!

—¿Por múltiples incidentes es por lo que la Iglesia castiga a homosexuales, bisexuales y heterosexuales no casados?

—Exactamente.

Ironizan mientras fuman. Marihuana e ironía, una filósofa y una psicóloga desinhibidas.

—Entonces, ¿cómo justifican el acoger en su institución a pedófilos homosexuales?

—No lo justifican, nos lo imponen. ¡Esto es lo que hay, somos el clero! Desde luego que sí, la evolución de la Iglesia Católica es realmente chapucera.

—Sin duda.

—Fíjate en las contradicciones de sus creencias, en el abuso de su poder y en los abusos sexuales de algunos representantes de su dios en la tierra… ¡Pero no tiene mérito su poder!, ¿sabes?, no lo tiene.

—Pues ha sido determinante en la historia de España, y actualmente nada desdeñable.

—Ya, pero sólo ha captado principalmente a dos clases sociales: a la clase que ostenta el poder que son corruptos, manipuladores y de dudosos valores éticos o morales; y por otra parte, a la clase ignorante, que por su ignorancia es maleable. De esta clase social, lo que más pesa sin lugar a dudas es su número, pues en España siempre ha sido mayoritaria. Yo creo firmemente en esta teoría.

—Ya ves, y la ignorancia genera maldad, ¿a que sí?

—Maldad y vacío, un vacío del que se han aprovechado siempre el clero y la clase política gobernante o poderosa.

—Se supone que en pleno siglo XXI, y con los avances y la evolución, deberíamos estar en la luna, ¡no en el siglo XVII!, ¿no crees?

—Cierto. ¿Ves por qué la evolución es chapucera?

—Sí, ahora lo veo claro.

Virginia cambia de tema.

—El otro día me pasó algo que me pareció muy curioso.

—Cuéntame.

—Finalicé una hora de terapia con uno de mis pacientes, y cuando él se fue se me escaparon unas lágrimas. Enseguida los compañeros empezaron a preguntarme qué era lo que me ocurría.

—¿Y…?

—Pues que el día anterior me lo pasé sonriendo y feliz, y ninguno me preguntó por qué sonreía.

Agnes ríe.

—Nos interesan más los sentimientos negativos o desagradables que los positivos, Virginia. Eso que te pasó a ti es muy común, es un patrón, si alguien sonríe no le preguntamos por qué lo hace, pero si llora sí lo hacemos.

—Pues también deberíamos interesarnos por los sentimientos agradables y buenos de los demás. También se pueden compartir y, por qué no, contagiar.

—Tienes toda la razón. A propósito, Virginia, ¿por qué sonreías tanto ese día?

—Pues porque Sandra y yo nos pasamos la jornada laboral mandándonos mensajes erótico-festivaleros al móvil.

Risas de las dos. Agnes se muestra más seria.

—¿Tú crees que todos los problemas tienen solución, Virginia?

—Bueno, yo creo que existen determinados factores favorecedores a la hora de encontrar una solución a un problema, de la misma manera que también creo que existen otros desfavorecedores en este sentido.

—Ya.

—¿Ocurre algo, Agnes?

Ésta duda, pero finalmente deja de hacerlo.

—Sí, hay un problema.

—¿Tienes un problema?

—Sí, pero no te lo voy a contar.

—Ya… ¿Por qué?

—Porque vas a analizar y psicoanalizar todo lo que te diga, y por supuesto, a mí.

—¡Esa fijación tuya con el colectivo de psiquiatras, psicoterapeutas y psicólogos! Siempre igual Agnes, ¡déjame ayudarte!

—Me conformo con que respondas a algunas curiosidades. Ya sabes lo que pienso de vuestras sucias artimañas para generar dependencia en las personas perdidas.

—Me duele que generalices.

—De acuerdo, no generalizaré, pero te diré que un buen “psi” lo es cuando ayuda a su paciente a ser autónomo y libre, no cuando utiliza las terapias para generar adicción a las mismas.

—¿No puede ser éste un proceso inconsciente? ¿No puede ser la mente del paciente la que genera esa dependencia?

—¿No puede ser que seáis actores interpretando un papel en el que demostráis interés por el otro y su problema? ¿No puede ser que además también abuséis de los precios para prestar vuestra “mágica” ayuda?

Agnes muestra tranquilidad al expresarse y mueve en círculos el cenicero que luce las colillas de sendos canutos.

—¡Joder, Agnes!

—¡Joder, Virginia!

—Está bien, no voy a discutir sobre este asunto, te quiero mucho, así que prefiero contestar a esas curiosidades a las que te has referido antes.

Se miran, y Agnes saca dos canutos más. Ofrece uno a Virginia y ella se enciende el otro.

—¿Y estos canutos?

—Los he traído liados de casa. Un amigo me trajo hierba el fin de semana pasado mientras tú retozabas en la cama con Sandra.

Ambas sonríen.

—De acuerdo, ¡dispara!

—Necesito pistas para solucionar un problema. Atiende: Pistas en general para cualquier tipo de problema. Dame pautas.

—Yo parto de la base de que todo problema puede ser solucionado. Esto tiene que ver con el mapa que tenga la persona.

—El mapa… ¿Qué es el mapa de cada persona?

—Es la orientación que las personas tienen del mundo en el que viven y que les rodea. El mapa interior que se crea en cada uno de nosotros es aparentemente sencillo.

—¿Aparentemente?

—Sí Agnes. Desde el principio de la vida, el mapa que se configura es simple, pero con el tiempo lo vamos mejorando, afinando y actualizando. ¿Coges la idea?

—Sí, más o menos.

—Entonces, el mejor de estos mapas es el que ofrece más de un camino. Digamos que un mapa completo será más exacto y traerá más caminos consigo, ofreciendo así más oportunidades de llegar a los objetivos que la persona quiera marcarse. Es decir, cuántos menos caminos posea o menos caminos pueda ver, menos soluciones podrá dar a los problemas que le vayan surgiendo.

—Entiendo. ¿Y qué me puedes decir acerca de la aparición de problemas?

—Te digo que según el mapa mental o mapa de vida que poseamos, veremos más o menos problemas.

—Entonces, un mapa enriquecido, actualizado y eficaz hará que veamos menos problemas, ¿no?

—Exactamente. Y también hará que interpretemos las soluciones como menos problemáticas.

Ambas se miran en silencio, Agnes asimilando, Virginia inquieta pero respetuosa con la decisión de su amiga. Fuman, y en el humo se huele la comprensión, el afecto y la marihuana. Agnes vuelve a la carga.

—¿Cómo sacer fuerza de dónde no la hay?

—Cada persona lleva intrínseca la fuerza que necesita. Toda persona dispone de cualquier posibilidad que se proponga.

—¿Tú crees en lo que me estás diciendo?

—Totalmente, Agnes. El problema radica en que esta idea es difícil de aceptar y llevar a la práctica.

—¿Y si fracasa?

—No existen los fracasos, sino los mensajes de respuesta.

—¿Los mensajes de respuesta? —Agnes repite, pausada.

—¡Eso es! Ellos nos indican la dirección hacia la meta correcta. Gracias a ellos podemos hacer las correcciones pertinentes. Mira Agnes: las personas que sienten continuamente que fracasan viven con miedo a la derrota, y esto las separa del éxito.

—Ya. ¿Y si no funciona?

—Si algo no funciona hay que intentar otra cosa.

—Bien, ¿alguna pista más?

—A veces ciertos patrones comportamentales automatizados se repiten incluso a pesar de que no llevan consigo refuerzo positivo.

—¡Vale! Y ahora, ¿me puedes decir de dónde sale toda esta fantástica y optimista teoría?

Virginia sonríe y responde paciente.

—Hemos hablado de los principios de la P.N.L. Traducido al castellano, la Programación Neuro-Lingüística.

—¡Estupendo, ya tengo bastantes pistas! Ahora podemos hablar de otra cosa.

Se miran, comprendiéndose.

—Anoche, como casi no dormí, estuve pensando de todo.

—¡Pues yo me quedé frita en el sofá, y cuando desperté a las tantas, lo que vi fue un primer plano de Sandro Rey!

Ríen ambas.

—¡Vaya tela!

—¡Qué manera de ganarse la vida! Otro que se aprovecha de la ignorancia reinante.

—Desde luego.

—¿Y qué estuviste pensando? Porque lo de las monjas está claro que fue un sueño.

—Estuve pensando en los motivos que pueden llevar al suicidio.

—¡Joder!

—Es mucha gente la que lo ha hecho, Agnes, y es un tema que no trasciende mucho; de lo contrario, verías cómo el número de casos es bastante elevado.

—Ya… Motivos habrán, y cada uno tiene los suyos.

—Bueno, lo que tiene su razón de ser también tiene su razón de no ser.

—Ciertamente. ¿De dónde has sacado esa teoría?

—La leí.

—Eso implica que lo que para ti es una razón para mi puede no serlo.

—Obviamente. Por eso hay gente que se suicida y gente que ni lo contempla en su plan de vida.

—Sí. Lo que ocurre es que el ser humano por naturaleza tiende a sobrevivir y no al suicidio.

—Ya, pero mira Gracián. Escribió algo así: “Visto un león están vistos todos, y vista una oveja todas; pero visto un hombre, no está visto sino uno, y aun ese no es bien conocido”. Esto contemplaría la autodestrucción, no sólo la supervivencia.

—Ya, y José Antonio Marina cree que “sobre los seres humanos gravitan poderosas fuerzas que empujan a la homogeneidad y la masificación”.

—Bueno, Agnes, creo que es evidente que somos diferentes los unos de los otros.

El rostro de Virginia refleja obviedad.

—Bueno, Virginia, creo que es evidente en apariencia.

El rostro de Agnes refleja evidencia.

—¿Y eso implica…?

—Eso implica que por nuestra homogeneidad, si hoy tú te suicidaras y yo no, tal vez mañana yo sí lo haría y tú no. Lo que a su vez implica que nuestra heterogeneidad es fruto de la propia homogeneidad, la cual, y en el fondo, siempre está explícita o implícitamente… nos esforzamos por diferenciarnos los unos de los otros porque nos jode ser tan iguales como realmente somos. Y todo esto es fruto del descontento vital. Así pues, ¿por qué no el suicidio? Tiene su lógica.

—Algo así como lo que dijo Séneca: “Contra las desgracias de la vida, siempre nos queda la muerte”.

—Eso es. Además, Séneca, junto a Freud, Sócrates, Marco Aurelio y Schopenhauer, creían en el derecho a escoger el momento y la forma de la propia muerte.

—Algo así como ejercer la libertad de vivir.

—Sí, exactamente. El denominado Senequismo planteaba la meditación constante acerca de, primero, la futilidad de la mayoría de los impulsos humanos; segundo, la temporalidad de la existencia; y tercero, la necesaria capacidad de resignación humana. Fíjate, si realmente consigues meditar acerca de estas tres premisas, probablemente no necesitarás pasarte horas de insomnio intentando entender el suicidio.

—¿Ah, no?

—No Virginia. Si lo consigues verás en él otra alternativa, incluso una solución muy respetable para el que decide ponerlo en práctica, y por lo tanto, muy de ponderar.

—Bufff…

—Ya, ya sé que a los “psi” hay cosas que se os escapan, y por y para ello utilizáis cierta terminología: enajenación, psicosis, psicóticos, borderlines o mentes suicidas, entre otros muchos términos más. Sin embargo, existen otras posibilidades fácilmente comprensibles considerando como punto de partida las implicaciones cerebrales de nuestra especie.

—¡Ya salió de nuevo a colación!

—Vamos a ver Virginia: las emociones y los sentimientos son material inflamable. Con eso debería bastar.

—Agnes, ¿bastar para qué?

—Para respetar al ser humano que ha elegido su opción de muerte y no clasificarlo, calificarlo, catalogarlo o etiquetarlo como poseedor de una clara psicopatología.

Virginia no quiere volver a entrar en la eterna discusión con su gran amiga, así que decide entrar fuerte para exponerle algo.

—Bueno, perdona que corte por lo sano esta conversación cuya materia tú y yo conocemos sobradamente… pero es que no sé si recuerdas que al inicio de esta variopinta tarde temática te dije que necesitaba hablar muy en serio contigo, ¿lo recuerdas?

—Sí, aunque la hierba hace rato que ha hecho su efecto.

—¡Pues bueno!, la cuestión es que a estas alturas de la película resulta que soy una mujer traumada, que no ve la luz y que además no sabe si el túnel en el que está metida tiene o no un final.

—¿Tanto tiempo llevas en ese túnel?

Virginia asiente con su cabeza.

—Pues querida amiga, disimulas muy bien, eso para empezar. Por otra parte, ¿no eres psicóloga?

Virginia asiente de nuevo.

—¡Pues vamos a ver qué pasa!

—Mi padre…

—¿Qué pasa con tu padre?

—Yo nunca fui lo suficientemente apta, ni lo suficientemente buena. Estudié psicología para intentar ayudarle a él y para ayudarme a mí misma.

—Quieres decir que no eras apta ni buena para él, ¿no?

—Sí, eso es. Siempre había otros y otras mejores que yo: el hijo de su mejor amigo, la vecina del cuarto, la prima de Santander… ¡cualquiera siempre!

—Y tú nunca, ¿no?

—Yo nunca.

—¿Y qué pasa ahora, con tu independencia hace veinte años ya, con tu propia vida, tu trabajo?

—Ahora lo que ocurre es que él sigue igual.

—Él, ¡vale! Ya conoces esa generación, sin preparación académica, sumisa y esclava de la apariencia social, con matrimonios fracasados que no rompieron porque la Iglesia Católica lo castigaba, con depresiones sin diagnosticar, con la ignorancia cruel como bandera… ¡Pero tú no puedes seguir igual! Eres una mujer preparada, independiente que elige lo que le apetece y rechaza lo que no de manera clara, abierta y contundente. Virginia, ¿por qué te afecta ese discurso? Eres psicóloga, sabes cuáles son sus carencias, sus escasos recursos, sus traumas.

—Lo sé, sé todo eso. Pero que un padre no reconozca tus logros vitales es triste. Si además le añades reproches en la línea de “tú deberías haber hecho tal, tú podrías haber llegado a, tú…”, etc, etc, etc, pues resulta que al final, sin llegar a creerte esos argumentos, tu autoestima está ya más que castigada, y lógicamente, eso hace que tus logros materializados en una vida y en una forma de vida se tambaleen, y tú con ellos, y tu vida contigo.

—Supongo…

—Yo siempre me imaginé una vida sin él —Virginia llora.

—Eso era normal.

—Yo siempre supuse que al vivir por mi cuenta sus comportamientos no me afectarían tanto —Virginia continúa llorando.

—Evidentemente.

—La evidencia ha sido otra — Virginia llora más.

Agnes abraza a Virginia. Virginia abraza fuertemente a Agnes. Virginia llora. Agnes no quiere hacerlo.

—¿Has pensado algo?

—Sí.

Rompen el abrazo, Virginia mira a Agnes, Agnes mira a Virginia porque sabe que lo que su amiga ha pensado es algo importante.

—Agnes, he pensado en irme lejos.

—¿Huir?

—¡Llámalo como quieras!

—De acuerdo, lo llamaré huida.

—Estás siendo muy dura conmigo.

—Tal vez Virginia, pero es lo que pienso. Además, también pienso que no has sabido marcar los límites con tu padre, ni hacerte respetar. ¿Para qué te has formado y especializado tanto? ¿De qué te ha servido?

Virginia mira a su amiga atacante en silencio.

—¿Eso es lo que piensas?

—Sí, eso es.

—¡Eres una bastarda! ¿Recuerdas las ocasiones en las que tú estabas mal y yo te he animado?

—¡Claro que lo recuerdo, es más, nunca lo olvidaré! Pero si quieres que te anime lo haré: ¡Vete Virginia, huye tan lejos como puedas! ¿Mejor ahora?

La ironía de Agnes provoca un mar de lágrimas en Virginia, que está desconcertada. De repente, aunque llorando, reacciona.

—¡Joder, no sé cuál es el problema que me has dicho antes que tienes, pero me parece bastante grave!

Agnes la mira con una falsa sonrisa y en silencio. Virginia continúa hablando.

—Tu falta de empatía con tu gran amiga, de comprensión y sensibilidad es un problema muy gordo, Agnes.

Agnes se muestra más seria y la mira. No deja de hacerlo, pensando en irse. Coge sus cosas y lo hace. Se va.

Tras el portazo, Virginia se queda sola, llorando y sin entender la reacción de su amiga.

Después de una mala noche, y a primera hora de la mañana, suena el teléfono. La madre de Agnes le comunica a Virginia que su hija se ha suicidado. Virginia sigue sin entender la reacción de su amiga.

Tras el funeral de Agnes, la madre de ésta le entrega a Virginia un sobre con su nombre:

“Yo también decido huir, Virginia. Huyo de un cáncer de páncreas, querida amiga. Somos dos cobardes, pero nadie nos lo ha impuesto. Hemos elegido el camino de la cobardía de motu proprio, así pues nuestra elección nos hace libres, y creo que esto es más que suficiente.

Te quiero y siempre te querré, como a nadie he querido.

Te recomiendo la India y la meditación, y por supuesto, deseo que nunca me olvides.

Agnes”

Tras leer la carta de Agnes, con los ojos nublados por las lágrimas, se acerca la madre.

—No nos había dicho nada de su enfermedad. Lo sabía hace tres días, según nos explica en una carta. Virginia, ¿tú lo sabías?

—Me lo acaba de decir ahora, con esta carta.

Tras la despedida se va a casa a seguir llorando.

En unas semanas, Virginia huyó hacia la India, donde lleva dos años meditando.

Sofya Keer

Woman puffs on a marijuana joint