Jean Claude

Un viento desganado acompaña a un grupo de jóvenes que en el Scape Park vuelan con sus monopatines. Los observo y entristezco por momentos, casi instantes. Tendrán entre dieciséis y diecinueve años. Están vivos y creen que tienen toda una vida por delante pero no necesariamente será así, no para todos ellos. La vida es un juego de ilusiones. En todo juego que se precie hay una parte perdedora y la muerte siempre gana.

Me gustaba su manera de explicar el mundo a través de sus dibujos. La técnica en el arte es fundamental y él nació con ella bajo el brazo no con un pan. Su futuro no iba a alargarse por mucho tiempo, nunca se convertiría en un pintor importante, ni se dedicaría solamente a pintar, nunca se ganaría la vida con la pintura como él solía decir porque a los diecisiete años amaneció muerto en su cama una gélida mañana de navidad. Yo estaba enamorada de él y de su técnica artística desde que teníamos quince años. Era mi gran secreto y Jean Claude mi primer amor. Ese día vino corriendo casi sin aliento un amigo de nuestro curso para darme la lúgubre noticia. Quedé un par de años esperando mi aniquilación, pero no ocurrió, yo seguí viviendo.

Fue una época de versos oscuros en la que me permití el lujo del miedo y el terror, infinidad de veces traté de imaginarlo tal y como su madre lo descubrió aquella fatídica mañana de navidad, traté de imaginar su rostro frío y morado, la rigidez de aquellas manos que se habían convertido en una gran promesa del arte, y sus dedos, con los que tantas noches me masturbé aunque realmente eran los míos.

Era parisiense pero cuando tenía seis años sus padres decidieron cambiar de residencia y vinieron a España. Era un joven elegante y bohemio con una mirada triste y perdida que me hacía perder mi propio norte. Todo el instituto fue a su funeral. Los funerales de la gente joven son tremendamente tristes y taciturnos, en ellos las promesas se rompen y se convierten en falsas como las creencias y la misma moral. Lloré mucho porque lo incineraron y no podía hacerme a la idea de que en unas horas se convertiría en polvo. Me costó mucho tiempo asimilar lo del horno a mil grados y mi primer amor dentro de él. Ya no volvería a pintar nunca más y jamás sabría que estaba enamorada profundamente de él y de su técnica artística.

Tengo casi cuarenta años y lo recuerdo como si fuera ayer. La vida es dura y muy triste. Extremadamente triste. Todo se lleva con tristeza, y se lleva o tal vez se arrastra según los casos, y el caso es que desde los diecisiete y desde la muerte de Jean Claude creé en mi cabeza un horno mental y en él he convertido en polvo a muchas personas, y por supuesto a unos cuántos amores.

La intensidad de aquella experiencia triste como pocas y su vivencia profunda e intensa vista desde el prisma vital de los diecisiete años marcó un antes y un después en mi mundo exterior y en el interior abrió una brecha emocional a la que en innumerables ocasiones me gusta echar sal para llorar y que duela más. Traté de imaginar su ataúd encolado antes de entrar al horno, ¿cuántos irían delante de él, cuántos detrás?, ¿él era el más joven?… Y ya dentro traté de imaginar esas horas hasta su desintegración, hasta su desaparición de la faz de la tierra. He tratado de imaginar tantas veces cómo se pasa del sueño a la muerte, o cómo se para un corazón dormido, ¿y cuándo se le paró, fue en el movimiento de sístole o en el de diástole?

Cuando llegué del funeral cerré la puerta de mi dormitorio y me senté en la cama. No podía borrar su imagen de mi cabeza, ni la Torre Eiffel, ni su cuaderno con bocetos que me enseñaba a hurtadillas. Pensé cosas atroces que se han convertido en mis principios y creencias, y atroz a los casi cuarenta años me sigo planteando qué hubiera ocurrido si Jean Claude no hubiese amanecido muerto en su cama aquella mañana de navidad.

¿Y si él siguiera vivo y sus dedos hubieran masajeado mi vestíbulo vulvar?, ¿y si fuese un pintor importante y juntos hubiéramos subido a la Torre Eiffel?, ¿y si su corazón todavía durmiera y despertara cada mañana y los ritmos arrítmicos de su sístole y diástole los marcarán sus afectos y emociones por mí?…

Pero son tonterías, destiempo de mi tiempo. Él murió y aunque vivo su recuerdo en mí no hay nada más triste que tratar de vivir con el recuerdo de un muerto presente, nada más triste que eso, ni tan siquiera la vida porque yo sé que esto no es vivir pues mi horno mental desde entonces quema y abrasa sin tregua a cualquier hombre. Incluso si es de París.

Sofya Keer

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Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La inercia estúpida de los cigarrillos del insomnio me mantiene a salvo del vacío que me rodea. Es algo tramposo, pero me funciona. A cada persona le funciona una cosa. A cada hombre, a cada mujer, a todos hay algo que nos funciona y otras muchas cosas que por el contrario no.

Como tantas otras noches no puedo dormir, y no me preocupa porque tampoco tengo que madrugar. Mi trabajo consiste en salir a dar largos paseos para observar a la gente dentro de sus rutinas. Después de mi cuidadoso trabajo de campo regreso a mi escritorio y vomito sangre en forma de palabras, impotencia y repulsa contra la especie humana que desgraciadamente es mi especie. Así paso las noches, metida en mi burbuja de humo. En mi anterior novela, además, cuando tenía el ánimo subido le mandaba un mensaje a mi joven y apuesto vecino que también era mi víctima. Entonces él muy complaciente se trasladaba a mi cama por una noche y me daba la vida que me quitaba mi existencia. Era un modo más que tolerable para salir de mí misma. Los otros métodos eran más bien el formato de sacarme de mis casillas, algo que me ocurre asiduamente cuando doy mis largos paseos durante el día observando al ser humano deshumanizado, y que por supuesto, no me da resultados ni tan deseables, ni tan saludables. Con él conseguía salir de mí misma, me salía sin mis contenidos, como en un viaje astral, con mi continente empapado y extenuado en la comodidad de mi solitario hogar, desde mi cama y a base de sexo sucio e infame. Sucio porque le odiaba e infame porque quería joderle la vida. Él deseaba algo conmigo, aunque una noche me dijo que ese algo era más bien un todo. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme. Me contó su última historia en el metro. Yo le observaba y me sentí una cobarde por no poder matarle, así que como la bestia parda sentía una debilidad inusual por mí, decidí que la venganza sería más divertida. Yo sacaba inspiración literaria de las atrocidades que me contaba, placer con su sexo y la satisfacción de que en un tiempo le dejaría tocado y hundido, pues enamorado lo que se dice enamorado, el pobre fascista lo estaba. La historia era que dos chicos negros subieron en el metro y él empezó a gritarles que ellos no tenían derecho a montar en el mismo transporte público que los blancos. Pero vamos a ver, ¿no es público, esperpento humano?, yo le observaba y pensaba en su cerebro vacío, pensaba en su sexualidad salvaje cargada de ira racista y xenófoba. Pensaba que mi anterior capítulo, en el que en el parking del supermercado un carcamal  tras cargar su mercedes con la compra dejó el carro en medio impidiéndome sacar mi coche y encima me llamó gilipollas porque me acerqué para hablarle de la urbanidad y el civismo, incluso le señalé con mi dedo índice y su uña larga pintada de negro, la zona donde la gente educada deja todos los carros encadenados para que no ocurran cosas como la que él provocó. Pues resulta, que pese a tenerlo ya escrito, pensé que ese capítulo era basura comparado con todo lo que iba a sacar de este ser del averno. Hablé con mi editora porque me llamó sorprendida el leer mi último manuscrito, le conté todo lo que estaba haciendo y preparando para esta novela y ella soltó una carcajada feroz. Las mujeres podemos llegar a ser muy crueles y malvadas.

Fueron nueves meses gestando a mi criatura, tiempo en el que nuestras citas fueron más numerosas y sus sentimientos hacia mí más intensos y profundos. Yo mientras tanto tuve que soportar sus historias de ultraderecha y soportarle a él con su supremacía patológica y desagradable. Pero valió la pena. Me quedaba la última corrección y para celebrarlo le llamé. Él no sabía lo que yo celebraba, de hecho, pensaba que lo nuestro sería algo más. Pero no había nada más lejos de la realidad aparente. Disfrutamos del sexo durante unas horas, era mi despedida y él hablaba de viajar juntos. Algo que no se hace con cualquiera. Yo no, desde luego. Empezaba a amanecer y llovía a mares con una tormenta eléctrica fantástica. A intervalos breves el cielo acompañaba a su inmensidad con unos truenos de potencia inusual, tan inmensos como ella misma. Justo cuando acababa de salir de la ducha y me ponía el albornoz escuché un trueno bastante fuerte que me pareció el portazo de la puerta de casa. Abrí la del baño y salí al salón. Efectivamente, ese trueno acompañó al portazo que él dio al salir de mi casa, al parecer de manera precipitada. Cuando me giré para regresar al baño y poco preocupada por el motivo por el que se marchó sin decir nada, pues poco me importaba él, vi mi ordenador portátil abierto y en su pantalla también abierto el archivo de mi novela que él protagonizaba. Obviamente ya supe el motivo de su marcha tan arrebatadora. Seguía sin importarme su reacción, su afección, su emoción o su desazón. Seguía sin importarme él.

Durante todo el día estuvo escuchando en bucle In Rainbows de Radiohead. Yo lo escuchaba… Todos y cada uno de sus temas mientras caía una tormenta impresionante que duró dos días enteros. Y el segundo día sonó 15 Step, Bodysnatchers, Nude, Weird Fishes/Arpeggi, All I Need, todos ellos en su riguroso orden mientras llovía a cantaros, y truenos y relámpagos acompañaban a nuestras soledades encerradas entre las cuatro paredes de nuestras casas.

El segundo día de tormenta cercanas las ocho de la tarde dejé de oír a Radiohead. En la escalera había mucho trasiego de vecinos, bastante ruido y conversaciones en el descansillo de arriba, donde él vivía. En media hora tocaron a mi timbre…

– ¿Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La policía me interrogó y me entregó un sobre de su puño y letra. Les conté todo lo que había hecho con él, les conté mis planes y les hablé de mi criatura. Mi frialdad sedujo a uno de los agentes que al salir me pidió mi número de teléfono. No se lo di por dos motivos, el primero porque no siento ninguna atracción por agentes de seguridad del Estado, y en segundo lugar porque no preparo ninguna novela que uno de ellos pueda protagonizar. Cuando salieron por la puerta, levanté la solapa del sobre que iba a mi nombre y que ya estaba abierto por el agente seducido y leí una pequeña nota que había escrito de su puño y letra:

“Lo hubiera dado todo por estar contigo. Me hubiera equivocado como de costumbre en mi puñetera vida… Una zorra, una puta escritora que jugaba a ponerme cachondo para sacar adelante un trabajo literario… Jajaja… Por lo menos esta historia de nueve meses ha sido de todas las que he tenido la más original, aunque debo reconocer que la menos llevadera. De hecho, no puedo soportar lo que he visto, mejor dicho, leído. No puedo soportar el no volver a verte, ni follarte, el no poder tenerte ni mirarte… No puedo vivir sin amarte. Eres la mejor de todas, la más zorra y la más puta, la más hermosa y la más inteligente. Recuerda solamente que yo sí te quise… Yo, sí te quise”

Esto ocurrió hace unas semanas y tengo la extraña sensación de que él me observa desde su dormitorio. A ratos me parece escuchar In Rainbows de Radiohead y entonces yo misma lo pongo en mi equipo al máximo volumen para no oírlo desde su casa. Lo hago siguiendo el riguroso orden de sus canciones para que suenen simultáneamente. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme.

Fue por una sobredosis de benzodiacepinas.

Sofya Keer

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Diecisiete de octubre de 2018: Mi decadencia

Nadie sabe de mi decadencia tanto como yo misma. Recuerdo cuando comprobé por primera vez que un ligero y sutil toque podía suponer un placer extremo y muy superior. Recuerdo las sensaciones como algo único e irrepetible. De hecho no se ha vuelto a repetir y ningún otro toque puede compararse a aquel. El primero, el que fue con un hombre mayor que yo casi veinte años. Yo tenía los veinte recién cumplidos y le pedí más pero se negó a ello, la universidad y nuestros roles profesor-alumna no eran demasiado propicios para historias, aunque sí ideales para aventuras. Fue único e irrepetible por eso y por otras cosas, cosas decadentes relacionadas con el bien escaso, y el bien escaso es la felicidad, y con su ausencia se viste mi decadencia que en días grises y lluviosos se disfraza de alegría y juega al despiste con mi alma, mientras mi ser se empapa de lluvia. No me dio más porque quería torturarme y mi deseo por él se fue ahogando entre lágrimas. Lo superé con el paso del tiempo pese a ser único e irrepetible, pese a encontrarme en el camino con hombres poco diestros en las artes amatorias, torpes y gélidos, casados o comprometidos. Pese a todo continué con mi vida acumulando más decadencia, recreándome en la escasez, suponiendo naturalidad en ello y presuponiendo futuros oscuros, escasos y decadentes. La cuestión es que crecer así no es fácil, pero si hay que crecer se crece, y al dolor del crecimiento le añadí las molestias que la decadencia existencial ocasiona. Lo peor es que me nutro de ella y nutrirse es más que crecer, es alimentarse, sustentarse, es sostenerse. Yo sé que definitivamente me embriago con ella. Eso es malo. Pero también es malo vivir sin el sentido estricto y profundo, es malo no saber el “porqué” y conformarse con el “cómo”, son malos tantos “peros” y peor son los “y si…”, sin embargo, pese a lo único e irrepetible, continuo como si nada cuando se trata de todo lo que me está pasando en mi vida.

Y no hay errores fatales, yo no los veo, a no ser que buscar bellezas irreales lo sea. Soy inquieta e indomable por eso la adversidad es mi medio y para mí no hay efectos adversos en la vida, hay decadencia. Mucha decadencia. Y en plural lo que hay son decadencias. Pero la anécdota de mi escasa existencia es que hubo un hombre que dio su vida por mí. Teníamos una historia que para él era única e irrepetible, pero para mí era una más del montón, por eso en aquel asalto en un viaje a Estados Unidos se puso delante de mí y los tiros le sacudieron mortalmente. Yo sobreviví sin traumas pese a la envergadura de su acción altruista, y es que yo nunca lo hubiera hecho, por eso cuando lo vi en el suelo muerto en una calle de Nueva York sólo sentí incomprensión por cruzarse en mi camino. Los disparos eran para mí porque el destino es así de caprichoso, él jugó a alterarlo y se jugó su vida, perdiéndola. Yo no lo habría hecho ni por él ni por ningún hombre del mundo, bajo ningún concepto y sobre ningún precepto, mi vida es mía, es única e irrepetible y por ello el primero de todos pese a su toque sutil y placentero tampoco lo merecería. No es frialdad o tal vez sí, no soy desagradecida, aunque es posible que lo sea, esas balas tenían mi nombre y yo ya tengo un ciprés con sombra, sin embargo, él no contaba con su mortalidad y su familia al no haber voluntades escritas o dichas no supo muy bien qué hacer con su cuerpo. El héroe sin tumba que dio su vida por una mujer llena de decadencia y escasez, que además hubiera deseado morir cuando él sin consultar se lanzó a cambiar un sino para el que ya había ciprés, sombra y cementerio pequeño, acogedor y apacible. El héroe que es sólo una anécdota más en mi vida, en la que sigue siendo el primero el único e irrepetible pese a todo y para todos los casos o supuestos, llámense historias o aventuras.

Mi decadencia es mi esencia, mi materia, mi yo y mi ego, mi ello y mi superyó, así que nada ni nadie puede saber mejor de ella que yo misma. Y si soy fría y desagradecida es por ella o tal vez por mí, pero lo cierto es que de aquel diecisiete de octubre de hace tres años lo que yo recuerdo no es al héroe sin tumba, es que esa era la fecha de mi muerte pero alguien me la arrebató, y esto ha pasado a formar parte también de mi decadencia existencial y mi escasez que es de todo menos escasa, y aunque me siento arropada por el hecho de que ciprés, sombra y cementerio no me faltan, cada diecisiete de octubre me regalo una rosa en memoria de lo que pudo ser y no ha sido.

Sofya Keer

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Pequeñas verdades: El plan B

Terminamos de cenar… Fuimos a mi casa. A mi biblioteca, y ese día empezamos a leer “El Quijote” juntos. Capítulo a capítulo en mi cama, cada vez que volvía a mí leíamos uno, y además alternábamos para leerlos en voz alta. Ese era el esquema, juntos en mi cama, capítulo a capítulo siempre que volvía a mí. Y como era el libro original, leímos los 52 de la primera parte pasamos a los 74 capítulos de la segunda, y como leímos los 126 juntos cada vez que volvía, pasé al plan B… Y entonces, entonces irremediablemente perdió la cabeza por mí.

Un brindis cerró el trato, era el brindis de la adicción, de la infancia muerta, de la esperanza devastada, de la inmovilidad de la certeza, de las ausencias y sus tormentos. Era el brindis de la tristeza de lo nacido y de lo que no nace. Y con el brindis un deseo ebrio de fornicación sonámbula se quedó inmóvil en ese punto muerto, porque en mi plan B las lecturas eran ausentes, el sexo era ausente y además yo me ausenté.

Hay amores difíciles en los que la clave está en apuntar alto y en ese desafío que alimenta su vibración. No tengo la menor duda de que la creatividad en las artes amatorias debe ser un continuo flujo de inspiración y un insolente e ilimitado juego para regalar escalofríos. No debes perder de vista esas señales que te manda y ese entendimiento erótico a tu imagen y semejanza, pero que es sobre todo cambiante y alejado del empobrecido de las rutinas amorosas. Ahí está el infinito glamour y el auténtico sex appeal de las relaciones románticas. No en lo superficial ni en lo que se ve, está en la profundidad, en lo más hondo y frondoso de nuestro sentir. Y todo esto no lo tenía con ella después de veinte años de machacar al amor y destruir todas sus enclenques y sutiles construcciones. Por eso volvía a mí, por eso y porque mi construcción le hizo perder la cabeza. Tras esos 126 encuentros furtivos le dejé un sobre con una carta en la que fue mi casa durante esos espacios y de la que él tenía llave. En ella le decía que esa casa ya no era mía porque ya no la iba a alquilar nunca más. También le dije que no volvería a verme jamás porque me había ido del país. Cogí un autobús, después un barco y definitivamente un avión. Adoro esa sensación de huir o escapar con la certeza de que algo se va para siempre.

Fue delante del féretro de mi padre que lo vi todo claro. Yo haría con los hombres lo mismo que él hizo con mi madre y con dos mujeres más que me dieron dos hermanos, a los que tuve la suerte de conocer el día de su funeral, al que por cierto nuestras tres madres no asistieron porque él les había hecho perder sus cabezas huyendo y desapareciendo de sus vidas. Tres vidas, tres familias y tres cabezas femeninas rotas. Cuando descubrí lo de la prole dispersa de mi padre rompí a reír en el funeral y pedí que me abrieran la caja de pino. Era guapísimo, incluso frío y amarillo su rostro simétrico era hermoso. Pasé dos días con mis hermanos en Florencia que era donde la muerte le sorprendió y donde residía con la cuarta candidata que lloraba desconsolada ignorando la pequeña verdad del plan B de papá. De vez en cuando miraba al suelo en actitud cavilante aunque por su cabeza nunca pasaría la pequeña verdad del sabio amortajado. Cuando nos confirmaron que de ella no teníamos hermanos salimos de borrachera y bailamos hasta el amanecer, decidimos brindar por él y también por nuestras pobres madres. Los tres heredamos de su genética el gusto por el arte, mi hermano mayor era escultor, mi hermana pequeña tocaba el piano, y a mí que caí en medio de ambos, me tocó la filología y la escritura. Él era un gran filólogo de literatura antigua. Un hombre interesante cuya mente y sentir devastados eran oscuros y obtusos, y desde luego siendo mujer, lo peor que te podía ocurrir era enamorarte de él porque siempre acabarías perdiendo la cabeza por su ausencia provocada e intencionada. Y es que esa sensación de huir o escapar con la certeza de que algo se va para siempre es adictiva. Doy fe de ello y de que sellarla con un brindis es adictivo igualmente, como el “Chinchín” de las copas y el encuentro de esas miradas que jamás volverán a encontrarse.

Así que una vez descubierta mi carta en ese piso que ya no era mío, él me mandó infinidad de mensajes al móvil. Y pueden pasar años y sigo recibiendo mensajes de esos hombres que van perdiendo la cabeza por mí. Ese teléfono está lleno de registros alocados de todos ellos, palabras de odio, desamor y locura que leo a ratos en los descansos de la vida tan ajetreada que llevo alrededor del mundo. Y no contesto a ninguno de ellos, como hacen los morosos cuando les reclamas lo que les ha dejado y es tuyo. Y ellos siguen ofuscados, y aparecen y desaparecen como el río Guadiana, pero por mucho tiempo que pase no caigo en el olvido, tarde o temprano vuelven a recordarme y recibo sus mensajes impotentes y desesperados, incluso algunos sensuales y sexuales pese a mi ausencia intencionada y definitiva. Todos son leídos con su doble click azul reglamentario y ninguno obtiene respuesta, ellos sólo necesitan saber que los leo y que estoy viva, esa es la pequeña verdad del plan B, que no estoy, pero estoy viva. Mi conciencia está en su sitio, porque yo no les dejo hijos, no puedo ser madre, mi mente está devastada, es oscura y obtusa, no estaría bien.

Cuando introdujeron el ataúd en el nicho lloré porque por primera vez en mi vida entendí qué era lo que iba a hacer hasta mi último día, y lo supe gracias a él. Yo quiero que todo el mundo hable bien de mí. No escuché a nadie en el funeral hablar mal de mi padre. Todos los asistentes a su despedida formaban parte del teatro de su presente, su pasado había muerto y su futuro ya también. Era perfecto, todos hablaban bien de él y mis hermanos y yo callamos porque no era el momento, ya no procedía que el pasado irrumpiera y menos en ese momento mortal.

Yo le estoy agradecida porque me dio la vida, y en concreto, le debo la vida que llevo. Le estoy agradecida aunque mi madre ya no me habla porque dice que soy como él, más no por la simetría y la belleza de mi rostro, sino por mi mente devastada y mi sentir oscuro y obtuso.

Sofya Keer

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La gente se equivoca

“La gente se equivoca, es la muerte la que nos destroza no la idea de la muerte”, desde que leí al novelista inglés Edward Morgan Foster no he dejado de leer su obra, aunque de esta cita tengo mi particular visión…

La gente se equivoca cuando ve en los cementerios y en los tanatorios la galería del terror porque realmente son el epicentro de ese cosmos desconocido e indómito que nos negamos a asumir como nuestro, pero son la contradicción y el desorden los que no nos dejan ver más allá, y sobre todo es la vida, el hecho de estar vivos es lo que más nos daña, yo pienso que no nos deja estar a la altura filosófica… Me explico, la vida nos distrae de lo esencial, nos humilla, nos martiriza, en millones de ocasiones pasa sin dejarnos desenterrar nuestro auténtico ser, sin descubrir sus leyes, sus valores… Desde la vida todo es vago, fluctuante, subjetivo y caprichoso. La vida puede llegar a ser repugnante de un modo hermoso por esto y por infinidad de cosas más.

La vida es como beber a jornada completa, es como estar colocado de ácido, nos situamos en el lugar apropiado cuando morimos, así es cuando saltamos definitivamente a la palestra, después de nuestras trayectorias fulgurantes de asco, odio y soberbia, con o sin arrepentimientos, con o sin pudor, descaradamente o a hurtadillas, pero finalmente salimos de la vida para adentrarnos en ese cosmos desconocido que muy bien podría ser la nada más absoluta… Pero, ¿y si es un placer oculto de blancura lechosa y con un desnudo espectacular y vibrante?, ¿y si es una reacción de defensa?, ¡sí, un burdo modo de protegernos!, ya se sabe, se puede calumniar al contrincante o borrar su recuerdo… La muerte borra a la vida, la borra entera, no deja ni rastro de ella, no deja evidencias ni de los malos amantes ni de los portentosos, ni de lo deleznable, ni de lo maravilloso, ni de … Y si deja rastro desde ese mismo instante se inicia un nuevo drama… Un drama vivo.

La gente se equivoca con la muerte porque no sabe lo que es realmente la vida, para qué sirve y porqué le ha tocado vivirla.

La gente se equivoca, y yo con ella.

Sofya Keer

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Vaporizando pensamientos

Al enterarse de su muerte pensó que el mundo era un poco mejor cuando ciertas personas se van, desaparecen, o simplemente ya no están en él.

Con la noticia decidió fumar algo de hierba, solía utilizar un vaporizador para el consumo de la marihuana, una versión terapéutica que le gustaba más porque le aliviaba esos dolores que la asediaban a altas horas de la madrugada quitándole el sueño y las ganas de vivir… Todo era fruto de una infancia caótica y un cúmulo oscuro de acontecimientos negros en su vida, y Sara era así, oscura y caótica.

Con la primera calada y sin ningún remordimiento por su pensamiento inicial ante el óbito recordó aquel momento en el que tuvo que decidir prolongar la situación con él y a la vez suspender sus emociones, así es como contradictoriamente pudo tomar el control, sin notas de despedida huir, y pagar con los pocos ahorros que tenía el servicio de un sicario de alto nivel para con esa muerte garantizar su propia vida, no había ningún seguro más eficaz, eficiente y rentable que ese.

Con la siguiente calada del porro se sintió como la diosa de la muerte, rió a carcajadas como una mujer exenta de cordura, como una desquiciada o enferma mental. Sin embargo, locura era todo el dolor que contenía dentro de su delgado cuerpo y de su ya mínimo ser, dolor era la sensación de su alma rota y de su espíritu triste, dolor eran sus costillas magulladas… Y locura eran los hematomas que escondía bajo sus vestidos, locura era el hecho de no poder volver a confiar en ningún hombre nunca más, no querer hacerlo y además no necesitarlo, ¡eso sí era locura, eso era dolor!…

Acabó de fumarse la hierba, se vistió para tan noble ocasión, y pidió poder presenciarlo todo de principio a fin. Vio cómo lo introdujeron en el infierno a casi 1.000 grados y como una trastornada esperó en la sala las casi cuatro horas estipuladas hasta que lo vio salir reducido a la mínima expresión humana, él ya era polvo. Salió del Tanatorio de luto riguroso y vació su contenido orgánico en el contenedor más cercano, después hizo lo mismo con el relicario.

Llegó a casa con las manos vacías como de costumbre y con un dolor tremendo al que le costaba acostumbrarse, preparó el vaporizador y con una dosis terapéutica quedó profundamente dormida con la tranquilidad de que gracias a ella el mundo era un poco mejor que antes… Y no, no era ninguna locura aunque era consciente de que todavía le duraría demasiado tiempo el dolor.

Sofya Keer

 

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La realidad no siempre acaba bien en la página ciento cincuenta

Era de buena cuna, así que todo eran buenos augurios para ella, de elegantes ademanes y muy diferente a la mujer promedio, según diagnosticaban todos los psicólogos y psiquiatras que trabajaron con ella y con sus emociones rotas desde su más tierna infancia.

Sin embargo, nada de todo esto fue determinante en su existencia porque ella no creía en la religión de la psiquiatría, y además, sufría la enfermedad incurable de la sinceridad feroz, ella sentía nostalgia del absoluto, ella disfrutaba del placer de dormir dos días seguidos, levantándose únicamente para satisfacer sus necesidades más primigenias, entre las que estaba oler el jazmín que trepaba por la ventana de su dormitorio.

Era inquieta e indócil, buscaba la alegría en la lluvia y olvidaba constantemente que iba a morir, tarde o temprano, antes o después, lo olvidaba constantemente. Lo que no conseguía olvidar era el dolor de existir y la patética precariedad del mundo real. Era su clara tendencia al devaneo la que la llevaba a aceptar el alma sucia y materialista del mundo en general, y a ratos sin poder ni querer evitarlo, una palpitación antigua le angustiaba hasta hacerla caer desmoronada al suelo, pero ella sabía que se trataba de un ruido transitorio que en el fondo aunque sarcástico y castizo, le despejaba de su enfermedad virulenta.

Nunca encontró la línea divisoria entre filosofía y poesía, esto le acarreó serios problemas académicos que a ella no le preocuparon ni en su momento ni con el tiempo corriendo. Leía, mejor dicho, devoraba libros del antiguo Egipto y nunca supe el porqué, ni qué buscaba en esas lecturas, ni qué encontraba en aquellas páginas.

Cuando su ataúd fue introducido en el nicho pude recordar aquella tarde… Y es que a la intemperie,  las bellezas tristes son las que más me seducen… Ella era bella… Ella nació y murió triste… Y por supuesto, demasiado joven…

Amaba el uso abusivo de las metáforas tóxicas, yo la recordaré siempre como la peligrosa tentación de los finales imprevistos porque como me decía ella cuando tomaba unos vinos de más:

 “La realidad no siempre acaba bien en la página ciento cincuenta”…

Y al decirlo exaltaba aún más su belleza, y sin querer ni poder evitarlo, resaltaba todavía aún más su tristeza.

Sofya Keer

 

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