Querido diario

Compleja, filosófica, pesimista y nihilista. Estoy condenada, pero mi vida no es una existencia al uso, más bien diría yo que al desuso porque no es como las del resto, mi vida no es vegetativa. Superé el apego inseguro cuando mi madre nos abandonó a mi padre y a mí, desarrollé mi inteligencia emocional gracias a él y a mi abuelo que siempre han estado en mi vida. Ellos supieron criarme, quererme y cuidarme, por eso nunca tuve falta de confianza ni sufrí el deterioro del sentido de mí misma, ni tampoco tuve problemas o dificultades con los límites interpersonales.

Tras estudiar la carrera de Filosofía y Letras elegí el aislamiento sin sentirme aislada, pues para mi pesar lo que sobra en el mundo son personas, esos seres que se diferencian por géneros y se agrupan a su vez en la denominada especie humana. Decidí bastante pronto no tener pareja. Yo nunca voy a establecerme con nadie porque ya estoy establecida muy bien así, sola. Estoy comprometida conmigo misma y con mi causa y desapegada del resto. Mi teoría es que el mundo se mueve y en sus movimientos desprecia y desestima al pesimismo. Esto no es real, no es realismo, no la realidad.

Soy profesora y un alumno en mi clase expresó su terror al dolor. Yo le dije que lo peor no es el dolor porque lo peor es la futilidad. Hilé fino y maticé:

– No hay nada peor que una vida fútil.

Mi alumno con una tremenda voz apenada me preguntó ante toda la clase:

– ¿Y qué es la futilidad cuándo sabes que tu vida es corta?

Este alumno falleció a las tres semanas de esta intervención en el aula. Ese día le habían diagnosticado un cáncer muy agresivo de páncreas. Me dijo que había decidido seguir asistiendo a mis clases hasta el final porque le hacían mucho bien, y cuando el mal está hecho sólo queda hacer el bien, y si es mucho pues mejor.

Mi esencia es el conflicto y no podría concentrar mi vida en un solo instante porque mi existencia es una cadencia atormentada de momentos en los que me entrego intensamente como si no hubiera un mañana a mi hermetismo y a mi centrifugado mental. Esta implicación o característica de mi personalidad me impide discernir qué o cuál momento resalta sobre el resto.

Ni cuando la conocí a ella recuerdo ese instante como el más destacable en mi vida. Jamás le otorgaría ese reconocimiento a aquel momento. Y ya que ha surgido, reconozco que la vi y me vi a mí misma. Una belleza oscura con un rostro triste que en mi caso pone cachondos a los hombres, y en el suyo al parecer a quien puso a tono fue a mi padre. He comprobado que la tristeza tiene un componente erótico y sensual muy demandado por el género masculino. Follársela es un trance hipnótico con una carga emocional muy potente, me refiero al miedo o pánico que ocasiona el hecho de ser o estar triste. Sí, a la tristeza es mejor follársela que poseerla. La gente se equivoca, follar no es poseer. Los hombres necesitan estar alegres que no felices, y vivir en la superficialidad de las cosas. Son alegres superficialmente. Eso es lo que cuenta, lo que se ve en apariencia. Pero la realidad de las profundidades es algo que nunca viene a cuento con ellos. Y de esto hablé con mi madre cuando nos reencontramos, porque ella demostró tener bastante desarrollada esa parte masculina, ese vivir en la superficialidad. Lo que alegó para justificar su abandono fue que era muy joven para tener ya esas cargas familiares y según ella, de lo que tenía edad era de viajar, conocer otros hombres y vivir en comunas hippies con huertos ecológicos. Yo sentía la necesidad de preguntarle por qué lo había hecho y en su respuesta me vi a mí misma, con la diferencia de que yo no traeré hijos al mundo para no tener que abandonarlos, porque tal vez lo haría; ella lo hizo, ¿no? Cualquier mujer puede hacerlo. Quedé agradecida por este encuentro. Con él até cabos sueltos en mi vida y solté el lastre que arrastraba. Cuando me preguntó que por qué estudiaba filosofía y letras le contesté:

–  Para sentirme más sola.

Ya no hubo más preguntas. Quedó claro que yo era su hija y ella mi madre. A lo largo de mi vida he conocido historias en las que eran los padres los que abandonaban a los hijos y a sus mujeres que eran ante todo madres. Cuando yo digo que fue la mía la que lo hizo, en ocasiones puedo hasta escuchar discursos a favor de ella en cuanto a su actitud innovadora y transgresora para su género, y por supuesto para el rol de una madre que decide de ese modo dejar de serlo. Aparte dejo el debate ético o moral de lo que es o no correcto o procedente, y aparte también desecho el discurso de las obligaciones filiales que son cargas realmente. Rol que no asumió, pues en el fondo actuó como continente que tenía un contenido al que dio a luz y después se deshizo de él porque tenía claro que no quería ser madre. Lo que no tenía claro al parecer es que acostándose con un hombre se corren riesgos de ese tipo. Luego lo vio nítido y meridiano por eso huyó. Y yo soy ese contenido complejo, filosófico, pesimista y nihilista.

Pero afectada realmente y herida de trauma lo estoy por mi abuelo, al que quise como a una madre porque padre tuve, y él no me abandonó ni cuando le dije que quería estudiar filosofía. Mi abuelo fue uno de esos hombres que decidió elegir el momento de su muerte. Tiene muy mala fama el suicidio, yo no la comparto. Llegué de la facultad y lo vi colgando del techo. Se había molestado en descolgar la araña del salón y ahí colgó la soga mortal. Su rostro tenía ya un color azul morado. Lloré desconsoladamente porque yo sabía todo lo que había sufrido al ver a su hijo sacar adelante a su nieta. Yo sabía que antes ya había sufrido con la larga enfermedad de la abuela, que durante quince años había estado empalmando un cáncer con otro hasta que una leucemia galopante se la llevó. Yo ya sabía que estaba harto, tan harto que no pensó en el impacto que ocasionó en su nieta ver aquella escena. En su carta de despedida y cierre nos decía a mi padre y a mí que le habían diagnosticado un tumor cerebral terminal y no quería sufrir ni hacernos sufrir a nosotros. Así que a pesar de todo, hay que cantar y aprovechar que el otoño entra en el jardín para ser frío como el mármol bajo el ciprés. Actitud y dirección van de la mano, así es como yo me voy levantando de las caídas, así y con mis particulares viajes intimistas y simbólicos. Yo idolatro el sinsentido de nuestra especie que tiene una belleza misteriosa, burda y cruel. Debo confesar que la desolación me entretiene mucho. Lo cierto es que no me cansa. Nunca había visto a un ahorcado balanceándose, y verle a él ha sido terapéutico. Si antes siempre había un punto lejano en el que perderme ahora ya no lo necesito. Ahora encuentro una forma retorcida de enderezar las cosas y eso me funciona. Si antes necesitaba paseos para buscar soluciones racionales a mis problemas, ahora el cambio es más sofisticado y complejo: le veo a él balanceándose y ya no tengo problemas, son solamente inconvenientes. Lo que hizo no es atroz. La humanidad está en la sombra y nuestras existencias son demasiado anodinas. Lo peor es nuestra tendencia a plantearnos el sentido de la vida a toro pasado, eso es lo peor de todo. Eso y que cuando decides un ahorcamiento es algo definitivo y por lo tanto y definitivamente, ya no volverás a disfrutar con tu nieta de tardes lluviosas frente al fuego, de conversaciones divertidas, de risas y silencios reconfortantes. A cambio eso sí, al no respirar dejarás de sufrir.

No soy muy comunicativa pero cuando hablo se me entiende claramente. No me ando con rodeos, soy directa y por eso puedo parecer maleducada, pero nada más lejos de la realidad. Digo lo que pienso porque me educaron de esa manera. Esto no es bueno ni malo. Tengo una madre que me abandonó y a la que no le guardo rencor, un abuelo que adoré y eligió una muerte muy dura y se lo perdoné desde el mismo instante en el que le vi con su piel azul-morada. También colecciono hombres que me han usado porque les gusta acostarse con mujeres tristes y son libres al elegir sus parafilias. Yo lo respeto porque también les uso cuando mi onanismo y mi tristeza flaquean y necesitan emociones más fuertes.

No me quejo de lo que tengo y he alcanzado, no me avergüenzo de mis raíces ni de lo que soy, no espero mucho de la vida y nada de nadie. No quiero hablar de mi padre porque es mi héroe y me quedaría corta hablando de su esencia y explicando su materia. No es que me sienta dichosa porque no estoy hecha de plenitudes ni llenuras, pero no puedo pedir más y menos mal que no puedo hacerlo.

Ahora tengo claustro. Durará cerca de dos horas. Hoy saldré de noche de la Universidad. En este rincón de la terraza de la cafetería de la facultad es donde tomo mis cafés y me pierdo con este diario que espero y deseo, que alguien descubra y lea cuando yo ya no esté. Es el diario de una mujer triste y en él sólo se podrán leer tristezas. Así que hoy voy a lanzarme al abismo y por lo menos voy a ser agradecida:

Gracias mamá. Gracias abuelo. Gracias papá.

Sofya Keer

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La tía Gertru

Hay un asunto que no concierne a nadie, el hecho de que mi vida carece de sentido. La trascendencia de esto es considerable pues en el fondo nunca cambiamos de vida porque sólo vivimos una. Sólo tenemos una y solamente perdemos una. Pero acabamos acostumbrándonos a todo y en el fondo cada día estoy más de acuerdo con lo que me dijo la tía Gertru en su lecho de muerte:

– Nena, anímate y piensa que en el fondo nunca se es completamente desgraciado.

Y se estaba muriendo, así que gracias a ella no me siento demasiado desgraciada. Me gusta acumular conocimiento en la mesa del despacho, eso me permite pasar horas y horas aislada, porque con la gente en general hay muchas cosas de las que no me permito hablar. Prefiero quedarme amodorrada bajo el sol, fumar mirando el mar, desequilibrarme deseando a un hombre y destruir así el equilibrio de mis días, antes que hacerlo por haber tenido que mantener una conversación falsa o superficial.

Anoche me bebí una botella de vino yo sola. Por un intervalo de cuatro horas estuve recordando momentos especiales de mi vida. Recordé la noche tan accidentada en la que nos conocimos, él iba con su esposa y yo con mi pareja. Recordé que el sexo era de calidad pero no podía soportar su cháchara vacía idéntica a la de mi parentela en las comidas y eventos familiares. Recuerdo cuando la tía Gertru que era la única del clan que no se ahogaba en las profundidades del ser y el asumirse, me decía:

– Querida sobrina, el secreto está en matar el tiempo y que él no te mate a ti aunque acabarás muriendo, pero empieza a entender que hay muchas maneras de morir.

Recordé que yo antes con la lluvia lloraba y ahora prefiero un buen vino en soledad, recuerdos endebles y acabar riendo estrepitosamente. Prefiero esto a llorar. Con o sin lluvia. Pero no hacerlo bajo ningún concepto. Ya no…

Hoy es lunes, la vulgaridad triunfa y ambas cosas me vacían insensiblemente.

Anoche recordé también cuando me pidió matrimonio. Obviamente le dije que no, que eso no ocurriría jamás. La tía Gertru cuando se lo conté me miró trascendente y dijo:

– No lo hagas. Casarse no significa necesariamente querer a la persona pero siempre significa acostumbrarse a ella. Yo hubiera preferido no casarme con tu tío y poder quererle sin acostumbrarme a él, así la pasión nos habría durado un poco más, no tengo ninguna duda. Ni tan siquiera le digas que te es indiferente, simplemente niégate, que tu alma no lo acepte todo porque el tiempo no echa el ancla.

Su testimonio me pareció aplastante y aunque soy una mujer triste y severa sus palabras me llegaron tan hondo que tocaron fondo y al caer en mi vacío interior me devolvieron el eco de mi llanto ahogado.

En el minuto anterior a su sedación cogí su mano y le dije:

– Tía, ¿qué es la muerte?

Con una sonrisa triste y severa apretó mi mano y con sus afectadas y débiles fuerzas por la cruel enfermedad me susurró lo siguiente:

– Hoy siento que la idea de la muerte es una de esas ideas exageradas que nos hacemos de las cosas que no conocemos. Y hoy moriré. Recuerda siempre nuestras charlas remojadas y con olor a sal, te quiero más que a mi vida aunque no es un buen momento para decirte esto, ¿verdad?…

Reímos por última vez juntas mientras la buscapina y la morfina le ayudaban a cruzar al otro lado.

Hoy no beberé ni recordaré nada más. Nada más…

Sofya Keer

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Una habitación en llamas

No hay nada tan corrosivo como la memoria, si busco basura o cochambre siempre acabo encontrándola. No necesito ayuda lo hago muy bien sola, soy la absurda experta en el sufrimiento que con un enfoque juguetón e imaginativo además de inconsciente incluso con una sensualidad intrépida, puedo poner la habitación en llamas a base de torturas, dolor y padecimiento.

No voy a hacer un tratado de las categorías kantianas porque aquello que tiene su fundamento en la experiencia o bien se obtiene de esta es más que suficiente para lo que hoy ando elucubrando. Y pensando y cavilando me he ido muy atrás, a esa educación sentimental que no me dieron. Me he ido tan lejos en mi memoria que he visto pasar muy rápidamente por mis pensamientos una kodak del año veinte aunque soy baby boomer de los setenta, y era entonces cuando el miedo y la ignorancia me ahogaban sin yo saberlo. Nací miedosa, ignorante y ahogada por el cordón umbilical que ya fue el primer intento fallido antes de yo ver la luz. La luz de la mesa del quirófano obviamente.

Ni la carga más pesada ni la duda más atroz han podido conmigo. Sin considerar la carga como duda ni la duda como carga he pasado períodos de altibajos tan vertiginosos que la montaña rusa Kingda Ka en Estados Unidos nunca superaría pese a ser la más alta del mundo, ni la Formula Rossa de los Emiratos Árabes tampoco siendo como es la más rápida. En cualquier caso y como ocurre con los candidatos a subir en los vagones de estas atracciones mi vida no es apta para enfermos cardíacos. He estado en lo más alto y también en lo más bajo. He superado la velocidad existencial límite infinidad de veces y todo porque mi cabeza oye voces constantemente que me dicen que debo extinguir mi existencia la cual curiosamente yo ya siento como extinta. Los que me rodean no lo sabían ni hoy lo saben pero es que no necesitan saber más, simplemente a veces les doy sustos que son intentos fallidos porque nací predestinada por ese oscuro nexo de unión prenatal con mi madre. Lo peor es que no son voces tétricas sino hermosas las que me susurran dulcemente que mi vida es una mierda y un fraude asqueroso, y es el cómo me lo dicen y no el por qué lo hacen lo que yo valoro. Esos dulces susurros aceleran mi corazón, a las personas complicadas las pulsaciones se les disparan por cosas muy diferentes al resto de los humanos. Y yo soy muy complicada, no hay ningún valor en ser mediocre, la excelencia está en la diferenciación, somos mortales porque de lo contrario nuestro error se perpetuaría hasta el infinito y este detalle es de todo menos nimio.

Soy una mujer estratega que no se queda con el simple deseo, yo voy más allá y elijo la decisión. No es fácil pero la dificultad nunca es un impedimento es tan sólo un obstáculo más y además es uno de tantos. Cada noche mientras duermo muero un poco y si tengo la suerte de amanecer la muerte definitiva puede venirme en cualquier momento del nuevo día o por lo menos, algún intento de huida aunque sea fallido. Mis deseos son los que alimentan mi imaginación con sus fantasías, son los que ceban mi estado de ánimo. Los obstáculos me hacen crecer y los impedimentos sopesar, sin embargo son mis decisiones las que me nutren porque en cada decisión va una dosis importante de mi libertad, por eso sé muy bien que la verdadera estrategia existencial es la toma de decisiones, y es que crecer es lo suyo pero nutrirse es lo más y esto no es incompatible con mis deseos de morir porque ellos crecen y se nutren con cada día que pasa y yo sigo viva. Deseo cosas, deseo hombres, decido y me siento libre haga lo que haga en sus dosis justas y necesarias o en ocasiones sin  mesuras, crezco y me nutro pues multiplicarme no es necesario, pero siento mi vida acabada por una derrota tan antigua y lejana que no quiero ni necesito recordar. Me quedo con ese poso, con su esencia porque es algo tan triste que no puedo, no quiero y no necesito expresarlo ni escrito ni verbalmente. Sólo me quedo con la pena que me derrumba y me agota intensa y profundamente mientras vivo. Cuando aquello ocurrió algo muy grande que guardaba en mi interior se me arrancó a golpes demasiado violentos, me descarnó y desgarró mi alma entera, y ya nada fue lo mismo, yo dejé de ser muy pronto lo que era. Y lo que era no puedo anhelarlo porque no era tampoco lo que deseaba, sin embargo era, y desde entonces sólo parezco porque estar no estás cuando andas constantemente pensando en el modo de dejar de ser, estar o parecer.

Y pese a estar constantemente en llamas mi habitación nunca podría utilizar el fuego como intento de huida porque me siento incapaz e incompetente para destruir lo único que me hace sentir bien y serena mi espíritu. No puedo hacerlo, incluso me cuesta imaginarlo. Tal vez en un tiempo me sienta más destructiva y entonces un día cuando amanezca decidiré morir mientras mi espacio se quema conmigo y yo con él. Pero qué tristeza pensarlo, qué pena ante tanta decadencia…

Con cada intento fallido elijo una nueva víctima, siempre hay un nuevo hombre que despierta mi curiosidad cuando vuelvo a la vida y siempre me sirve para pasar un tiempo desconectada de la muerte, pero curiosamente es gracias a los hombres que siempre vuelvo a la idea del suicidio. Ellos me ayudan, algunos incluso me empujan a ello, aunque realmente mi pulsión de muerte no necesita incentivos ya que como me dicen esas dulces voces mi vida de por sí es una mierda y un fraude asqueroso, pero me gusta el sexo y disfrutar de él hasta que el hastío en forma de guadaña otea en mi mente de nuevo, es mi otro gran incentivo ante tanto obstáculo e impedimento vital. Supongo que en este sentido no puedo ser más freudiana, mi existencia es sólo sexo y muerte, una rutina muy cruda sabiendo a ciencia cierta como ya sé que vida no hay más que una. Y esto lo sé porque he estado tres veces en coma, me he ido al otro lado y he regresado sin ver ningún túnel y ninguna luz, o mejor dicho, siempre desde mi primer intento la luz que he visto es la de la mesa de quirófano o la de la habitación de algún hospital, pero ninguna más. Ninguna otra.

Ni la carga más pesada ni la duda más atroz han podido conmigo y las víctimas son ellos porque el verdugo soy y seré yo. Pero juro que si esa carga pesada se convierte en duda y esa duda atroz en carga, la víctimas serán también verdugo y éste será además víctima.

Sofya Keer

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La secta

Todos mis progresos son desordenados. Cuando eliges crecer en el mismo infierno tu mecanismo de defensa es disfrutar de tus oscuras gestaciones mentales, y esto yo me lo permito frente al fuego con una copa de vino en mi mano pues así disfruto el doble… En ocasiones me permito hasta el triple.

Algunos de esos brotes mentales son el vivo reflejo de las maldiciones del alma, algo tentador por cierto. Otros son un claro síntoma de decadencia, algo lógico por el hecho de ser humana. Pero es que el instinto a veces falla y si lo enfocas con el zoom del pasado suele errar mucho más, algo que ocurre porque de lo contrario nuestro presente no se ajustaría a esa idiosincrasia tan suya de la mortificación por nuestras historias pasadas, más muertas que vivas aparentemente pero en realidad más vivas que muertas. Nunca recurriré a la psicología positiva, me niego. Ni a esas sectas que hablan de rollos de energías y a ratos también se permiten hablar el lenguaje de los dioses, me niego también. Sus inseguridades son las que les teletransportan a esa dimensión o plano directamente, creen por ello estar despojados de sus egos pero nada más lejos de la realidad, y no de las suyas que son más aparentes que las del resto de los mortales terrenales que elegimos el infierno antes que el cielo. Yo al cielo lo quiero para contemplar su inmensidad y para viajar. Para nada más. Y en breve me voy a Turquía porque en Estambul me espera una aventura fascinante, tangible y lujuriosa.

¿Qué adónde me llevan a mí mis inseguridades?, pues al mismísimo infierno, porque yo no estoy despojada de mi ego y con él mantengo una relación muy estrecha, sensual y caótica. Algo que se me hace tan irreprimible como mis preñeces cerebrales.

Mis gestaciones mentales tienen un atractivo irresistible para mi cabeza. Yo no puedo escapar de su embrujo, ellas son así y he de aprovechar la ocasión y saborearlas cuando se presentan ante mí y frente a un buen fuego tomando una copa de vino. Yo sé que así son mejores, aunque no me lleven a ninguna parte pues en el fondo yo nunca he sabido adónde ir ni adónde me dirijo, y en mi naturaleza perdida va mi esencia que nunca me he permitido perder. Eso jamás ocurrirá. Antes muerta.

Él pertenecía a una de esas sectas y yo no creía en el sexo tántrico. Así que lamentablemente no funcionó, mejor dicho, lógicamente no funcionó. Yo no quiero sexo para buscar la plenitud espiritual, yo no comulgo con doctrinas esotéricas, yo quiero y necesito placeres mundanos, besos exploradores, caricias sucias y miradas provocadoras. La lentitud me exaspera porque soy una mujer demasiado impaciente, así que cuando él me hablaba de poner música tranquila y tomar un té a modo de preliminares, mi libido caía en picado y con ella yo. Cuando me hablaba de la contención de la eyaculación o lo que ellos llaman eyaculación interior era mi voz recóndita y profunda la que sonaba fuertemente y resonaba en mi caja torácica diciendo:

 “Definitivamente este tío es un tarado que me quiere volver loca”

Pero no, él hablaba en serio y también hablaba del punto de no retorno aguantando la respiración y apretando la musculatura implicada para no eyacular, pero es que además esto había que repetirlo varias veces para llegar al orgasmo sin vaciarse. A mí que me gusta recrearme en mis humedades y en las ajenas, saborearlas y empaparme con ellas. Todos juntos, mi chico con su ego y yo con el mío, una orgía de esa unidad dinámica que constituye al individuo consciente de su propia identidad y de su relación con el medio, y como medio la cama. Un fenómeno claramente físico, de conciencia y cognición. Pero no, él hablaba de cosas raras de la secta, de la luz y de la oscuridad, y para sinsentido yo siempre he preferido y elijo el existencial, la sinrazón de mi vida que es el norte de mi brújula emocional. Mis carencias y mis necesidades o lo que es lo mismo, la madre del cordero, y yo madre y cordero a la vez.

Una noche en la que ya no soporté más el sendero hacia la iluminación, la física cuántica, el tao, la reencarnación, el karma y no sé cuántas simplezas más, salí corriendo para reencontrarme con mi complejidad existencial, las fantásticas llamas del infierno, el reconfortante calor del sexo desenfrenado, sucio y terrenal, la racional e inteligente comprensión de que vida no hay más que una y para consuelos en el cajón de mi mesilla de noche tengo una pequeña y curiosa variedad de juguetes, en mi biblioteca una cantidad ingente de libros alejados de ese plano o dimensión, en mi nevera muy buenos vinos y en mi despensa bombones selectos y chocolate en cualquiera de sus modalidades. Aunque he de reconocer que sigo pensando independientemente del vino y de este fuego que el mejor consuelo siempre es la muerte, así que el que no se consuela es porque no quiere y yo tengo muy claro lo que quiero y muy presente en mi plano consciente lo que no.

Sofya Keer

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Jean Claude

Un viento desganado acompaña a un grupo de jóvenes que en el Scape Park vuelan con sus monopatines. Los observo y entristezco por momentos, casi instantes. Tendrán entre dieciséis y diecinueve años. Están vivos y creen que tienen toda una vida por delante pero no necesariamente será así, no para todos ellos. La vida es un juego de ilusiones. En todo juego que se precie hay una parte perdedora y la muerte siempre gana.

Me gustaba su manera de explicar el mundo a través de sus dibujos. La técnica en el arte es fundamental y él nació con ella bajo el brazo no con un pan. Su futuro no iba a alargarse por mucho tiempo, nunca se convertiría en un pintor importante, ni se dedicaría solamente a pintar, nunca se ganaría la vida con la pintura como él solía decir porque a los diecisiete años amaneció muerto en su cama una gélida mañana de navidad. Yo estaba enamorada de él y de su técnica artística desde que teníamos quince años. Era mi gran secreto y Jean Claude mi primer amor. Ese día vino corriendo casi sin aliento un amigo de nuestro curso para darme la lúgubre noticia. Quedé un par de años esperando mi aniquilación, pero no ocurrió, yo seguí viviendo.

Fue una época de versos oscuros en la que me permití el lujo del miedo y el terror, infinidad de veces traté de imaginarlo tal y como su madre lo descubrió aquella fatídica mañana de navidad, traté de imaginar su rostro frío y morado, la rigidez de aquellas manos que se habían convertido en una gran promesa del arte, y sus dedos, con los que tantas noches me masturbé aunque realmente eran los míos.

Era parisiense pero cuando tenía seis años sus padres decidieron cambiar de residencia y vinieron a España. Era un joven elegante y bohemio con una mirada triste y perdida que me hacía perder mi propio norte. Todo el instituto fue a su funeral. Los funerales de la gente joven son tremendamente tristes y taciturnos, en ellos las promesas se rompen y se convierten en falsas como las creencias y la misma moral. Lloré mucho porque lo incineraron y no podía hacerme a la idea de que en unas horas se convertiría en polvo. Me costó mucho tiempo asimilar lo del horno a mil grados y mi primer amor dentro de él. Ya no volvería a pintar nunca más y jamás sabría que estaba enamorada profundamente de él y de su técnica artística.

Tengo casi cuarenta años y lo recuerdo como si fuera ayer. La vida es dura y muy triste. Extremadamente triste. Todo se lleva con tristeza, y se lleva o tal vez se arrastra según los casos, y el caso es que desde los diecisiete y desde la muerte de Jean Claude creé en mi cabeza un horno mental y en él he convertido en polvo a muchas personas, y por supuesto a unos cuántos amores.

La intensidad de aquella experiencia triste como pocas y su vivencia profunda e intensa vista desde el prisma vital de los diecisiete años marcó un antes y un después en mi mundo exterior y en el interior abrió una brecha emocional a la que en innumerables ocasiones me gusta echar sal para llorar y que duela más. Traté de imaginar su ataúd encolado antes de entrar al horno, ¿cuántos irían delante de él, cuántos detrás?, ¿él era el más joven?… Y ya dentro traté de imaginar esas horas hasta su desintegración, hasta su desaparición de la faz de la tierra. He tratado de imaginar tantas veces cómo se pasa del sueño a la muerte, o cómo se para un corazón dormido, ¿y cuándo se le paró, fue en el movimiento de sístole o en el de diástole?

Cuando llegué del funeral cerré la puerta de mi dormitorio y me senté en la cama. No podía borrar su imagen de mi cabeza, ni la Torre Eiffel, ni su cuaderno con bocetos que me enseñaba a hurtadillas. Pensé cosas atroces que se han convertido en mis principios y creencias, y atroz a los casi cuarenta años me sigo planteando qué hubiera ocurrido si Jean Claude no hubiese amanecido muerto en su cama aquella mañana de navidad.

¿Y si él siguiera vivo y sus dedos hubieran masajeado mi vestíbulo vulvar?, ¿y si fuese un pintor importante y juntos hubiéramos subido a la Torre Eiffel?, ¿y si su corazón todavía durmiera y despertara cada mañana y los ritmos arrítmicos de su sístole y diástole los marcarán sus afectos y emociones por mí?…

Pero son tonterías, destiempo de mi tiempo. Él murió y aunque vivo su recuerdo en mí no hay nada más triste que tratar de vivir con el recuerdo de un muerto presente, nada más triste que eso, ni tan siquiera la vida porque yo sé que esto no es vivir pues mi horno mental desde entonces quema y abrasa sin tregua a cualquier hombre. Incluso si es de París.

Sofya Keer

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Regalos de consuelo

Me gusta beber en las barras de los bares y de los pubs nocturnos. Me gusta ver a las parejas bailando mientras mis capacidades físicas y mentales se alteran por el consumo excesivo de alcohol. Preparo a conciencia estas premisas para abonar el terreno mental y que así surja mi teoría, que aflore y me permita pasar horas y horas rumiando emociones.

Sólo tenía veinte años cuando llegué a la conclusión de que todos somos o podemos ser un regalo de consuelo para los otros. Esta es mi teoría, y es que cualquiera puede recibir un regalo y cualquiera un consuelo, por lo tanto cualquiera puede ser un regalo en la vida de alguien y del mismo modo o igualmente, un consuelo. Así que el regalo de consuelo es bastante común y por ello podríamos decir que vulgar cuantitativamente hablando, insisto.

– ¡Otra cerveza por favor!

Sí, no me gustan las copas, yo soy mujer de cerveza y las miradas del camarero me animan a beber… Sí, soy mujer de pensamiento, de análisis y de risas y lágrimas con o sin motivos indistinta e indiscriminadamente. He sido soy y seré un regalo de consuelo, en otras ocasiones si eso, me dejarán ser y punto, pero lo que sí tengo claro es que pelearé como gato panza arriba para ser yo misma con o sin mi circunstancia, y en este punto debo decir algo a mi favor, y es que estoy aprendiendo a desconectarme de ella. A fin de cuentas una circunstancia no es más que una característica no esencial de tiempo, lugar o modo que rodea e influye en una persona o en hechos relacionados con ella, es decir, algo totalmente prescindible cuando le haces un hueco considerable al ser y a su gran amigo-enemigo el ego.

¿Cuántas personas hay en el mundo que si estuvieran con aquellos que desearon y no pudieron tener se convertirían en los seres más desdichados del Planeta Tierra?, ¡sí, más desdichados todavía, eso he dicho!, y es que nos esforzamos por desear lo que no es bueno para nosotros, nos esforzamos en convertir las necesidades sentidas en reales cuando la diferencia entre ambas es abismal y el abismo a veces, es una cuestión de vida o muerte, esto va por Nietzsche y por nadie más.

Así que esas personas que entran en nuestras vidas cuando las deseadas se van huyendo campo a través, son las que se encargan de salvar nuestros pellejos y nuestras mentes debilitadas por el famoso “lo que pudo haber sido y no fue”… Algo que por cierto es irreal y simbólico, y por ello muy humano sin duda.

La pareja baila mientras yo intuyo que ella es el regalo de consuelo de él, que por cierto baila como si no hubiera un mañana y lo que hay en su vida es un ayer que ella se ha encargado de eclipsar con su buen hacer y su carácter grácil y elegante, porque la chica tiene clase, y mucha. Además folla mejor que la que él deseaba, ¡hay tantos regalos de consuelo que se lo montan tan bien en la cama!, o donde se tercie el alivio, porque alivio es también consuelo, ¿no?… Él vive ajeno a su suerte porque la mujer que perseguía y deseaba no tenía el nivel cualitativo  que  la actual, a la que llamaré regalo de consuelo para aclararnos y a la que perderá como no sea consciente en tres, dos, uno, porque todo cansa y consolar también. El regalo de consuelo no es necesario, o sí, va en los gustos y también en los colores, pero lo que sí es cierto es que nuestras existencias extintas cargadas de anhelos son el caldo de cultivo idóneo para buscar consuelo en cualquier rincón o en el mejor de ellos si es el mejor de los casos. También hay personas que ni quieren ni buscan consuelo, pero se lo encuentran y no porque lo merezcan, porque merecer es deber y el deber se paga caro cuando los derechos se pierden a cada paso, y además sabes que serás incapaz de salir derecha del bar porque vas a pedirte otra:

– ¡Otra, por favor!

El primer trago frío me trae a la cabeza una idea narcisista y ególatra aunque alcohólica,  y es que sé que si le contara mi teoría a Schopenhauer porque él estuviera o estuviese vivo, obviamente, en esta barra de este antro de mala muerte, yo lo sé, me utilizaría como regalo de consuelo aunque no necesitara consolarse, porque mi teoría no puede ser más repugnante en cuanto al uso y desuso que le estoy dando a mi especie. Eso al filósofo alemán le pondría. Lo sé… Es que lo sé.

Pero en el fondo no es tan repugnante ni descabellada mi teoría. El ser humano se merece todo lo que le pasa y todo lo que le va a suceder porque está hecho a base de anhelos y deseos inalcanzables, y lo peor es que no está educado en la tolerancia a la frustración. Esto sí es repugnante teniendo como tiene a su disposición intelecto y razón. El ser humano lo merece todo, hasta un regalo de consuelo que además le folle mejor.

– ¡Sírveme otra y de paso, deja de mirarme de ese modo!

El camarero se acerca sonriendo con una boca y una dentadura de anuncio de dentífrico, sabe que estoy como una cuba aunque no puede imaginar todo lo que hay dentro de esta cabeza loca y en este preciso instante.

– ¿Y cómo te miro?

– ¿Cómo si yo fuera tu regalo de consuelo?

– ¡Vaya, pues no me importaría que me consolases!

– Haremos lo siguiente, me pones la última y hablaremos largo y tendido sobre Nietzsche, Schopenhauer, el amor malentendido y la necesidad de consuelo del hombre que nunca será superhombre. ¿Qué te parece?

– Lee mi mirada.

Rápido y atinado. Hoy me consuela él, y de los regalos de consuelo que follan peor pensaré y haré un análisis exhaustivo fumando hierba.

Sofya Keer

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Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La inercia estúpida de los cigarrillos del insomnio me mantiene a salvo del vacío que me rodea. Es algo tramposo, pero me funciona. A cada persona le funciona una cosa. A cada hombre, a cada mujer, a todos hay algo que nos funciona y otras muchas cosas que por el contrario no.

Como tantas otras noches no puedo dormir, y no me preocupa porque tampoco tengo que madrugar. Mi trabajo consiste en salir a dar largos paseos para observar a la gente dentro de sus rutinas. Después de mi cuidadoso trabajo de campo regreso a mi escritorio y vomito sangre en forma de palabras, impotencia y repulsa contra la especie humana que desgraciadamente es mi especie. Así paso las noches, metida en mi burbuja de humo. En mi anterior novela, además, cuando tenía el ánimo subido le mandaba un mensaje a mi joven y apuesto vecino que también era mi víctima. Entonces él muy complaciente se trasladaba a mi cama por una noche y me daba la vida que me quitaba mi existencia. Era un modo más que tolerable para salir de mí misma. Los otros métodos eran más bien el formato de sacarme de mis casillas, algo que me ocurre asiduamente cuando doy mis largos paseos durante el día observando al ser humano deshumanizado, y que por supuesto, no me da resultados ni tan deseables, ni tan saludables. Con él conseguía salir de mí misma, me salía sin mis contenidos, como en un viaje astral, con mi continente empapado y extenuado en la comodidad de mi solitario hogar, desde mi cama y a base de sexo sucio e infame. Sucio porque le odiaba e infame porque quería joderle la vida. Él deseaba algo conmigo, aunque una noche me dijo que ese algo era más bien un todo. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme. Me contó su última historia en el metro. Yo le observaba y me sentí una cobarde por no poder matarle, así que como la bestia parda sentía una debilidad inusual por mí, decidí que la venganza sería más divertida. Yo sacaba inspiración literaria de las atrocidades que me contaba, placer con su sexo y la satisfacción de que en un tiempo le dejaría tocado y hundido, pues enamorado lo que se dice enamorado, el pobre fascista lo estaba. La historia era que dos chicos negros subieron en el metro y él empezó a gritarles que ellos no tenían derecho a montar en el mismo transporte público que los blancos. Pero vamos a ver, ¿no es público, esperpento humano?, yo le observaba y pensaba en su cerebro vacío, pensaba en su sexualidad salvaje cargada de ira racista y xenófoba. Pensaba que mi anterior capítulo, en el que en el parking del supermercado un carcamal  tras cargar su mercedes con la compra dejó el carro en medio impidiéndome sacar mi coche y encima me llamó gilipollas porque me acerqué para hablarle de la urbanidad y el civismo, incluso le señalé con mi dedo índice y su uña larga pintada de negro, la zona donde la gente educada deja todos los carros encadenados para que no ocurran cosas como la que él provocó. Pues resulta, que pese a tenerlo ya escrito, pensé que ese capítulo era basura comparado con todo lo que iba a sacar de este ser del averno. Hablé con mi editora porque me llamó sorprendida el leer mi último manuscrito, le conté todo lo que estaba haciendo y preparando para esta novela y ella soltó una carcajada feroz. Las mujeres podemos llegar a ser muy crueles y malvadas.

Fueron nueves meses gestando a mi criatura, tiempo en el que nuestras citas fueron más numerosas y sus sentimientos hacia mí más intensos y profundos. Yo mientras tanto tuve que soportar sus historias de ultraderecha y soportarle a él con su supremacía patológica y desagradable. Pero valió la pena. Me quedaba la última corrección y para celebrarlo le llamé. Él no sabía lo que yo celebraba, de hecho, pensaba que lo nuestro sería algo más. Pero no había nada más lejos de la realidad aparente. Disfrutamos del sexo durante unas horas, era mi despedida y él hablaba de viajar juntos. Algo que no se hace con cualquiera. Yo no, desde luego. Empezaba a amanecer y llovía a mares con una tormenta eléctrica fantástica. A intervalos breves el cielo acompañaba a su inmensidad con unos truenos de potencia inusual, tan inmensos como ella misma. Justo cuando acababa de salir de la ducha y me ponía el albornoz escuché un trueno bastante fuerte que me pareció el portazo de la puerta de casa. Abrí la del baño y salí al salón. Efectivamente, ese trueno acompañó al portazo que él dio al salir de mi casa, al parecer de manera precipitada. Cuando me giré para regresar al baño y poco preocupada por el motivo por el que se marchó sin decir nada, pues poco me importaba él, vi mi ordenador portátil abierto y en su pantalla también abierto el archivo de mi novela que él protagonizaba. Obviamente ya supe el motivo de su marcha tan arrebatadora. Seguía sin importarme su reacción, su afección, su emoción o su desazón. Seguía sin importarme él.

Durante todo el día estuvo escuchando en bucle In Rainbows de Radiohead. Yo lo escuchaba… Todos y cada uno de sus temas mientras caía una tormenta impresionante que duró dos días enteros. Y el segundo día sonó 15 Step, Bodysnatchers, Nude, Weird Fishes/Arpeggi, All I Need, todos ellos en su riguroso orden mientras llovía a cantaros, y truenos y relámpagos acompañaban a nuestras soledades encerradas entre las cuatro paredes de nuestras casas.

El segundo día de tormenta cercanas las ocho de la tarde dejé de oír a Radiohead. En la escalera había mucho trasiego de vecinos, bastante ruido y conversaciones en el descansillo de arriba, donde él vivía. En media hora tocaron a mi timbre…

– ¿Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La policía me interrogó y me entregó un sobre de su puño y letra. Les conté todo lo que había hecho con él, les conté mis planes y les hablé de mi criatura. Mi frialdad sedujo a uno de los agentes que al salir me pidió mi número de teléfono. No se lo di por dos motivos, el primero porque no siento ninguna atracción por agentes de seguridad del Estado, y en segundo lugar porque no preparo ninguna novela que uno de ellos pueda protagonizar. Cuando salieron por la puerta, levanté la solapa del sobre que iba a mi nombre y que ya estaba abierto por el agente seducido y leí una pequeña nota que había escrito de su puño y letra:

“Lo hubiera dado todo por estar contigo. Me hubiera equivocado como de costumbre en mi puñetera vida… Una zorra, una puta escritora que jugaba a ponerme cachondo para sacar adelante un trabajo literario… Jajaja… Por lo menos esta historia de nueve meses ha sido de todas las que he tenido la más original, aunque debo reconocer que la menos llevadera. De hecho, no puedo soportar lo que he visto, mejor dicho, leído. No puedo soportar el no volver a verte, ni follarte, el no poder tenerte ni mirarte… No puedo vivir sin amarte. Eres la mejor de todas, la más zorra y la más puta, la más hermosa y la más inteligente. Recuerda solamente que yo sí te quise… Yo, sí te quise”

Esto ocurrió hace unas semanas y tengo la extraña sensación de que él me observa desde su dormitorio. A ratos me parece escuchar In Rainbows de Radiohead y entonces yo misma lo pongo en mi equipo al máximo volumen para no oírlo desde su casa. Lo hago siguiendo el riguroso orden de sus canciones para que suenen simultáneamente. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme.

Fue por una sobredosis de benzodiacepinas.

Sofya Keer

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