Del arte de la improvisación

No voy a levantarme de la cama, hoy no porque ya sé lo que va  a ocurrir y realmente ya no me quedan fuerzas para esperar la novedad anhelada. Si me levanto iré a la ducha primero, me arreglaré y al tomarme el primer café de la mañana deprisa y de pie mancharé mi vestido primaveral, entonces tendré que cambiarme y salir corriendo hacia la oficina. Al entrar saludaré en general y todos menos él me darán los buenos días, todo porque no puede asimilar que sea yo la que lo ha utilizado para unas sesiones de sexo al parecer desde su modesto punto de vista, duro y degenerado. Si supiera cosas acerca del aburrimiento vital entendería perfectamente porqué dejé de verle y entonces correcto y comprensivo me daría los buenos días estipulados. A mitad de mañana sentiré la urgente necesidad de vaciar mi intestino de toda la mugre y el lodo de la rutina, incluidas mis galletas de fibra, entonces tras el placer de poder limpiar ambos, grueso y delgado, el portarrollos estará vacío y terminaré por agotar los adjetivos calificativos dirigidos a mi jefe obsesionado con la idea de la importancia de desarrollar y perfeccionar el arte de la improvisación… Tras la primera parte de la jornada laboral saldré corriendo de nuevo a casa para comer porque los tuppers con ensalada en la oficina ya me tienen obsesivamente asqueada, así que en el ascensor coincidiré con el vecino católico y obsesivo que no sabe cómo entrarme, pero que es mejor que ni lo intente pues yo sé que los domingos va a misa y se confiesa de todo menos de sus pecados, y es que para él son sus virtudes y nada tienen que ver con lo pecaminoso, pero como en cualquier caso yo no creo en el pecado no podría apreciar tampoco sus virtudes, así que lo nuestro nunca funcionaría por mucho que Dios se esforzase inventando el onceavo mandamiento de su divina ley, que no glamurosa… Después de comer y antes de regresar al trabajo veré un rato del capítulo siguiente de mi serie favorita, y como estoy enganchada a ella, tendré que salir corriendo de nuevo para cumplir con la segunda parte de mi jornada laboral. La tarde pasará sin pena ni gloria como de costumbre, con mis pensamientos oscuros y obscenos protagonizados por el nuevo jurista que a ratos me dedica miradas furtivas, sucias e inoportunas, porque no habrá oportunidad, no voy a copular con él nunca, él es ese tipo de chicos con los que sólo me gusta recrearme en mis pensamientos pervertidos…

Por todo esto y porque por fin me he encontrado a mí misma después de tantos años, hoy definitivamente no voy a levantarme de la cama, y tomaré el primer café de la mañana entre mis sábanas, y creo que después me taparé hasta la cabeza, encogida en posición fetal convertiré mi cama en una especie de útero materno, que no será tal porque mi madre ya no está, no es y no existe y aunque así fuese jamás podría volver a su matriz…. Así que permaneceré en mi particular burbuja hasta que llame mi jefe, y entonces le diré que no voy a volver a la oficina porque me he encontrado a mí misma y esto significa que ya soy consciente de que mi persona no soporta que tras mis defecaciones rutinarias no tenga papel higiénico su jodido portarrollos, que por cierto, todos en la oficina sabemos que lo compró en los chinos de la esquina de más abajo.

Sofya Keer

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Estómago de avestruz

Me gusta acurrucarme en un rincón y vegetar dulcemente, aunque la dosis adictiva me deje después un gusto raro. El ligero fluir monótono de mis pensamientos obsesivos, compulsivos y neuróticos, es como un vértigo que me provoca deseo y asco por la vida, y tal vez su reparto es igualitario aunque el deseo se presente tan dulce como sangriento y eso le haga destacar ligeramente sobre el asco; Sin embargo esta intensidad silente en soledad me parece prodigiosa, como escasas cosas ya, como pocas personas, como tan pocas circunstancias o situaciones… Escasas todas ellas, todo ello escaso, y de paso, la escasez del alma que todavía no ha conseguido diagnosticarme ningún psiquiatra, y que sin duda sufro desde mi minuto cero, y cero además es nada.

En estas horas lúgubres no debo tomar decisiones, no me atrevo porque me siento fatigada y pura, y precisamente esa fatiga y esa pureza me hacen pegar la nariz a los vidrios de la ventana de mi buhardilla por varios días. Desde allí mi prisma vital se tuerce y degenera, pero cuando salgo a la terraza, desde la balaustrada todo cambia o parece cambiar, y eso ya es más que suficiente para mi existencia, aunque no para mí.

El médico al que llaman loquero me ha recomendado dejar de fumar porque mis dedos están amarillos, también me ha desaconsejado leer porque de lo contrario jamás podré recordar mi vida sin repugnancia. Sólo le faltó decirme que también he de renunciar a mi whisky del fin de semana y a mis toples del verano… Cuando me dio sus consejos médicos que no sabios, le dije exagerada y sincera:

– ¡Hazme el favor de aplastarme!…

Me miró atento y sonriente con sus dientes deslumbrantes y sus ojos de ciego, porque él definitivamente no ve bien, de lo contrario no me habría recomendado dejar de fumar y de leer. Me escrutó con su mirada profunda y añadió con la inmensa nuez de su cuello que se movía al tragar:

– Eres atroz, tan intensa que eres difícil de soportar.

Yo insistí…

– Entonces, ¿me aplastarás finalmente?…

Con aire solemne me dijo:

– Hace falta tener estómago de avestruz para tragar cualquier cosa en esta insoportable vida… Y tú lo tienes.

Subí mis cejas ante sus palabras y mirándole púdicamente repliqué:

– Eso significa que no lo harás… ¿A que no lo vas a hacer?…

Y no lo hizo… Y yo no puedo dejar de imaginarme contradictoria, incoherente, o discordante, con un estómago de avestruz, pero muy paradójica… Demasiado paradójica…

Sofya Keer

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Yo tengo un menú con todas mis mentiras

Tengo un menú con todas mis mentiras, aprovecha el viento a favor de hoy y ese loco deseo tuyo de buscar tu esencia, aprovecha que quieres salir de la sombra y elige una de ellas… Tal vez te satisfaga más la mentira que siempre quisiste escuchar de mis labios, o quizás aquella que jamás podrías imaginar, aprovecha y escoge la que te permita recuperar el trauma de tu alma, podrías también profanar ese silencio estrepitoso que retumba eclipsado por tu ego y por ese falso éxito que te envuelve, y que no es más que la puerta de entrada a tu mundo oscuro y profundo… Yo tengo un menú con todas mis mentiras, elige la más oscura y profunda y después ámame u ódiame, pero por favor, hazlo dentro de mí, muy dentro… Oscuro y profundo.

Y bien, ¿cuál de todas escogiste?…

Sofya Keer

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Mi vida en un vistazo

Tengo una cita, aunque lo cierto es que no sé si quiero, no sé si debo, no sé si puedo, la verdad es que no sé porqué la tengo. Más bien sigo mi inercia, mi sinergia, mi duda retorcida y controvertida que es desde que nací, está hasta que muera y parece el motor de mi existencia. Mi corazón sólo hace el ruido de acompañamiento porque ella es el motor indiscutible de mi vida. Mi duda es razonable, es cartesiana, es acechante, a veces me aclara, en ocasiones me confunde, mi duda es metódica porque yo creé su propio método, es finita o infinita y a ratos sin duda, es filosófica, mi duda es escéptica,  tiene tipos y en mis tardes tediosas se despliega en fantásticos arquetipos.

Con ella soluciono asuntos y en el mejor de los casos sólo encuentro alternativas, sin embargo este proceso que puede parecer complejo es en el fondo sencillo, tan sencillo como respirar, tan básico como defecar, tan útil como asumir que todo tiene su fin, tan interesante como llegar a la conclusión temprana de que no debemos ser como el resto, tan necesario como saber que a nadie le interesa tu vida amorosa y truculenta, tan importante como entender que el destino no existe, tan imprescindible como estar capacitado para construirlo.

Y no me importa el no saber si quiero ir, el si debo o puedo hacerlo, no me importa el hecho de ignorar porqué la tengo, pues en el fondo esa es mi esencia, dubitativa y enérgica por naturaleza y naturalmente indecisa, perpleja, titubeante y confusa.

Y esta es mi vida en un vistazo y lo que en ella se ve brillando siempre es la duda, mi duda retorcida y controvertida, razonable y cartesiana, acechante, que me aclara y me confunde, finita e infinita, filosófica y metódica, escéptica con sus tipos y arquetipos. Y la pinto y aprovecho el paseo bajo la lluvia para regalarle a alguien mi duda pintada en un lienzo mientras voy de camino a mi cita a la que llegaré con mis manos vacías, y todo esto en un vistazo, y en él mi vida.

Sofya Keer

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Ni más ni menos, justamente eso

Hay un fragmento de la náusea en el que Sartre describe un cuadro, donde se plasma el severo y merecido castigo de un soltero que fallece después de haber vivido solo para él, y por ello, nadie le cierra los ojos en su lecho de muerte. Lo recuerdo porque llamó poderosamente mi atención, la idea de un castigo severo y merecido por el hecho de elegir vivir para uno mismo.

Y aquí empezó mi particular odisea hacia un revisionismo personal, en el que fusionar mi mundo con el ajeno fue la idea más tonta de toda mi puñetera vida. Porque nadie vive en días de nadie, nadie puede juzgar cómo decides vivir tu existencia, y obviamente tú tampoco puedes juzgar las  ajenas.

Me dijo que yo le gustaba tal y como era, él siempre quiso que yo me quedara de ese modo, que no cambiara nunca, deseaba esa fidelidad severa de todo mi ser, pero cambié. Entonces se produjo el choque eléctrico de nuestras energías, porque hay que cerrar la puerta del establo antes de que se escape el caballo, esa es la clave. Pero lo cierto es que él pedía un imposible, una quimera que por serlo siempre sería irrealizable, y además mis falsas promesas eran su clara falacia.

Se produjo una escisión en nuestras almas y todo lo claro y nítido de nuestra historia quedo eclipsado sin remedio. Ahora sufro la edad idiota en la que el auto-asco infecta mis pensamientos y mis actitudes, pero no necesito ofrendas porque me regocijo en mi drama y en un extraño suspense, que no es real pero que mi cabeza ha creado para no sé muy bien qué fines o metas.

Cambié porque todos cambiamos, porque la vida nos cambia, porque el cosmos es cambiante, porque el cambio es la prueba irrefutable de que hay inteligencia en nuestros cerebros. Sin embargo mi cambio supuso el cambio en su visión de todas las cosas, entre ellas del amor y de mi persona. Ese caos particular que le ocasioné, me borró de su mapa de vida.

Víctima de una fervorosa rabia le miré enfadada.

– ¡No pienso acatar tus normas!… Ya tengo bastante con las que la sociedad y la cultura me han hecho interiorizar como si de mi cosecha se tratasen. Aunque debo decirte que gracias a ellas puedo ejercer mi esclavitud desde mi pseudo-independencia, algo que para mí es simplemente sagrado. Es mi paradoja vital favorita.

– No son normas.

– ¡Sí lo son, maldita sea!, ¿qué son sino?, ¿premisas, condiciones, pautas, patrones, guías?… Dime, ¿qué son?…

Isaac no hablaba. Me miraba sin perder detalle.

– ¡Joder! En el amor se fluye, ¿qué más da quién bese el primero o quién tome la iniciativa si es fruto de la naturalidad?, del acercamiento mutuo, de las miradas cada vez más cómplices y profundas, de la dinámica que nace entre ambos. ¡Pues no, aquí todo está preestablecido y determinado, y si no es así, no será!… No es orgullo, es que todo pierde el encanto del fluir, del qué ocurrirá, del cómo será. No te culpo, porque es un formato muy extendido, y es el que menos atrayente me resulta porque el hecho de que tú me digas qué es lo que debo hacer, no es sexi. ¿Y si mis normas son como las tuyas? … Suena tan ridículo el miedo al no, la negativa, la negación, como si eso fuera negarse a uno mismo… ¡Somos unos putos neuróticos en un mundo enfermo, con la capacidad nula para tolerar la ambigüedad o la duda, con el lastre de que nada es fácil nunca, pero es que vivir cuesta, las cosas que logramos no nos caen del cielo, no nos las regalan, a mí no desde luego!… Elige entre ser un mediocre o ser un hombre creativo, la mediocridad se retroalimenta, la creatividad alimenta, nutre, nos hace crecer, y además puede sorprendernos muy gratamente.

– Tú no sabes nada de mi vida.

– No necesito saber nada para pensar, que hayas pasado por el trance que hayas pasado, de esa experiencia, por muy negativa que fuera o fuese, no puedes hacer un patrón rígido y hermético para funcionar en tus relaciones. En el amor no se puede hacer eso… ¡En el amor no se puede hacer eso Isaac, simplemente, no se puede!…

– Uno puede hacer todo lo que quiera con su vida amorosa.

– Sí, pero no intentar llevar al otro a actuar según esa rigidez establecida. Además el cortejo es una materia común a los implicados, ambos deben entregarse al arte de enamorar al otro, el juego de la seducción debe seguir su curso, como el agua del río que fluye, ahí reside la belleza de los encuentros. Justo en este proceso inicial es dónde no deben existir papeles predeterminados, el factor sorpresa y la capacidad de mantenerlo puede desembocar en una pasión vehemente, capaz de perturbar la razón y exacerbar el deseo, un sentir sublime al que por no estar acostumbrados tememos, ¡qué idiotas somos!… Pero todo esto es sólo fruto del factor sorpresa y de la capacidad de ambos para mantener con gracia esos juegos amorosos y seductores.

Él me miraba en silencio. Estaba profundamente enamorado, pero sus normas eran inviolables y  ni su alma tenía permiso para proceder. Yo sentada en el banco del paseo apuraba mi cigarrillo, profundamente enamorada sabía que la magia inexistente por las circunstancias nunca me permitiría alcanzar sus labios, no había ni el menor resquicio de encanto, ni el necesario para acercarme a él, mirarle, prescindir del tiempo y el espacio y besarle. No había dosis ni para poder continuar con pequeños, suaves y lentos besos exploradores. No había nada, aunque en el fondo y contradictoriamente, nunca había sentido tanto ni de ese modo por un hombre.

Vivimos o creemos hacerlo, sin embargo hasta que no somos capaces de despojarnos del corsé de tantas normas impuestas o auto-impuestas, no podemos alcanzar esa sensación de libertad, esa liberación que da el decidir seguir el curso de los sentimientos y las emociones, y además ese actuar en consecuencia, sin la predeterminación impuesta o auto-impuesta. Es como respirar profundamente con los ojos cerrados y al abrirlos y expulsar el aire, saber que vas a hacer justo lo que te apetece hacer. Ni más ni menos, justamente eso…

En cuanto a sus normas, no pienso pronunciarme ni tampoco mencionarlas, de mis cambios hablaré menos todavía, ¡cambié, claro que sí!, pero, ¿cómo no iba a  hacerlo?…

Sofya Keer

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La catarsis de la futilidad agresiva

Casi nunca recuerdo mis sueños. Tal vez estoy en esa edad ingrata en la que los proyectos no culminados me pasan su factura nocturna y onírica. Sin embargo es mejor ignorar la incomodidad de ciertas sensaciones, y pensar que un día amenazador tras otro, no es más que una hostil cadena cuyos enclenques eslabones en cualquier momento pueden partirse. Y necesito suponer que es esta novedosa ruptura la que nos ayuda a  lidiar con la aridez y la desolación de la vida, es esa posibilidad alentadora y feliz que casi nunca es, casi nunca está o casi siempre parece.

En veinticuatro horas es fácil vivir a fondo una angustia única, una fantasía emotiva o un sentimiento de plenitud, en tantas y tan efímeras horas puedes portarte como un animal, puedes oler la muerte, puedes casarte precipitadamente o decidir avanzar con precaución, incluso manteniendo tu aire malhumorado o tu temperamento arrogante y escrupuloso. En veinticuatro horas puedes sentir tu estómago revuelto ante la sombra glacial de tu pasado, o ante el residuo ceniciento de aquella miserable situación, puedes comprar lirios y libros, tener a todas las mujeres de la corte a tu entera disposición, puedes usar las ruinas de tu memoria con fines poco claros y sucios, puedes escribir una nota de suicidio y tras leerla en veinticuatro horas, también puedes decidir que te falta el valor suficiente para lanzarte a esa clase de abismos.

En veinticuatro horas puedes encontrar a alguien o encontrarte a ti mismo, incluso que sea ese alguien el que te lleve al encuentro con tu ser más profundo y o a la inversa, y o a la vez…

Aunque nunca recuerdo mis sueños, me gusta ser consciente de la importancia real que tiene un día con sus veinticuatro horas en la existencia. Ser consciente de esto me parece fundamental para soñar despierta, y así no tener que echar de menos el recuerdo dormido de mis sueños mientras soy yo la que duermo.

Sofya Keer

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En crimen y castigo Dostoyevski dijo que los verdaderos grandes hombres deben experimentar una gran tristeza en este mundo. Yo lo hago extensivo al género femenino y además le añado música indie…

La pista está llena, un tema tras otro se suceden. Es música indie, ese tipo de música independiente a diferentes géneros o corrientes por distintos motivos que no vienen a cuento, pero que si no hay rock yo bailo encantada y de manera incansable hasta el amanecer, si es que amanece. Es un género no ligado a circuitos de mercado musical, con vocación artística y bla bla blá,  bla bla blá, bla bla, blá… Me gusta mucho y me dejo llevar, me pierdo en mi mundo, yo bailo en medio de la pista cuando está muy llena, y lo hago para aislarme… No hay nadie realmente, es como si estuviera sola, de hecho estoy sola… Mi cuerpo se mueve al ritmo de la música, está educado en el ritmo, siempre me gustó bailar, expresarme con mi cuerpo, moverme y moverlo al ritmo… Al de la música de la discoteca o el pub, al ritmo del ruido que cada día suena en mi mente y nadie más puede escuchar, al ritmo de mi instinto cuando se desatan mis pasiones, siempre al ritmo, porque es un juego perverso que me pone contra las cuerdas, es mi particular reto que me compromete, que me hace encontrar los papeles, mis papeles, porque yo no los pierdo si bailo al ritmo de la música, ni tampoco si lo hago al ritmo de mis instintos o pasiones, por que las mías no son bajas, son tan altas como el volumen de la música que ahora mismo está sonando. Bailando pienso en los pros y contras, en el antes y el después, pienso en qué hubiera podido ocurrir, en el cómo ocurrió, en el cuándo decidí que ocurriese, pienso en porqué tuvo que pasar y entonces río mientras le doy un trago a mi cerveza, y no dejo de bailar, no puedo dejar de hacerlo, me niego a perder el ritmo, bailando me pongo contra las cuerdas, y el ring tiene luces de colores con humo y música indie a todo volumen, tan alto como la bola de espejos en el centro de la pista, tanto como mis pasiones, que no son bajas porque nacen de mi mente y en su trayecto por mi cuerpo se transforman en deseos y entonces, salen y explotan al ritmo… A mi ritmo, y esa en definitiva soy yo, ésos son mis papeles, ésos mis roles.

Bailando recuerdo, pienso, me libero y me concibo. Y un tema es una historia pasada, otro una historia sin empezar, otro una que no será nada o tal vez una que está por llegar. Varios chicos se han acercado a lo largo de la noche con intentos fallidos, incluso para conversar. No quiero hablar con nadie ni tampoco quiero un puto plan para un revolcón, sólo quiero y necesito bailar toda la noche hasta que amanezca. Mis amigas andan por ahí, con sus líos, bebiendo, respetando mi plan sabático, porque hoy sólo quiero bailar y beber, de hecho sólo cuando es  mi ronda me acerco a la barra, pido lo de las chicas, mi cerveza, pago y sigo bailando. Los turnos se suceden toda la noche y ellas me buscan y me dan mi bebida mientras yo sigo al ritmo de la música.

Bailando me aflojo, me relajo y mis pensamientos se aflojan y se relajan conmigo… Entonces pienso que no me gusta sentirme sentimental, es una parsimonia amarga que no me suele parecer pertinente. Por ello me trabajo muy a fondo mis mecanismos de defensa. Así que es bastante probable que ante una ruptura sentimental o de pareja, mi despedida sea un elogio al olvido en toda regla… No me gusta la cosmovisión moral, boba y generalizada, es un bodrio hoscoso que me parece dramático y me provoca además una sensación de desamparo que ya no procede a estas alturas de mi vida. Otro trago de cerveza y una sonrisa, siento el nivel de alcohol invadiendo mi metabolismo, todo es fácil, me aíslo más, llevo el ritmo en mis venas etílicas y trasnochadas… No me gustan los recuerdos que actúan a modo de afrodisíaco, porque evocan el frenesí del amor, o al santo grial, o a una lectura catártica que es más bien de psicología positiva, no me convencen ya porque  son el pretexto vago de… De algo que no quiero nombrar…Voy muy borracha y sigo el ritmo de la música porque estoy sola, cuanta más gente me rodea más sola me siento, y esto es así desde mi más tierna infancia y así es como me gusta que sea… Pienso que tengo dudas acerca de si me entrego  más al baile que a mi propia existencia mientras suena Lonely boy de la banda the black keys, que por cierto, dicen que es rock oblicuo y a mí me enloquece la sola idea de la oblicuidad… Le doy mi cerveza a un chico que hay al lado, él sabe que se trata de un momento, subo mis brazos envuelta entre el humo, miro hacia las luces del techo y mis caderas se mantienen a raya y se cobijan en mi ritmo mantenido y distante. Bailo sola en mi soledad pensando en que aprovechaba cuando mi madre cortaba cebolla para llorar, porque para nadie había motivos y para mí éstos sobraban, así que la cebolla era ideal para no escuchar reproches ni incomprensión, todos los días preguntaba lo mismo: “¿qué hay para comer?, ¿lleva cebolla?”… Termina el tema, el chico  me sonríe y me da el botellín, había dejado de bailar para sujetar mi cerveza y en la otra mano su copa, parece galante, pero en el fondo lo que le ocurre es que tiene ese defecto del género masculino, la arritmia musical, y tener ambas manos ocupadas le ha venido estupendamente. Intenta seducirme diciendo que bailo muy bien, pero no funciona, hoy sólo quiero bailar y beber, además sé que hay cierto nivel en mis ritmos, no necesito el aplauso ajeno… De momento voy borracha y no pienso parar de bailar hasta que amanezca, si es que amanece, pues lo mismo hoy se cumple la profecía de Nostradamus o la de los Mayas, o ninguna porque definitivamente ya tiene que ocurrir de una puñetera vez… En cualquier caso si es hoy, me pillará bailando y caeré fulminada como la torre, así que caeré bailando.

Alguna de las chicas ha decidido que me invita a un ron con coca-cola, ¡vamos! ¿Es que la cerveza es demasiado vulgar para una mujer que piensa bailar hasta caer fulminada al amanecer?, insisto, si es que amanece… Le doy un par de tragos y me enfado tanto que salgo de la discoteca corriendo como una descerebrada, le doy un manotazo al “machaca” de la puerta para que me deje el paso libre y pasándome su autoridad por alto, saco mi copa a la calle, entonces, vacío el vaso de todo su contenido, porque recuerdo que mi último ron con cola fue hace mucho tiempo, cuando tú me dijiste que mi tristeza perenne era lo que más odiabas de mí. Entonces recuerdo que salí corriendo del pub, se leía la tristeza en mi rostro y  mientras me alejaba el viento hinchaba mi abrigo, recuerdo que me fui pensando…

El portero me coge de un brazo y me dice que no puedo salir con mi copa a la calle, voy muy borracha, de otro manotazo le aparto y le digo que no me toque, dentro se escucha Somebody told me del grupo The Killers, el tema con el que nos conocimos, más música indie.

Salgo corriendo, mis amigas me llaman  a gritos, la tristeza se lee en mi rostro y mientras me alejo el viento y mis pensamientos me recuerdan a ti, pues mi falda es demasiado estrecha y corta para que la hinche y mi cabeza nunca puede parar de pensar. Voy tan borracha que ya no me importa que haya o no amanecer, y por si fuera poco, ya no sé si quiero o necesito bailar hasta entonces, lo que no me plantea duda alguna es mi imperiosa necesidad de caer fulminada ya, aquí y ahora.  Y sigo pensando que… En crimen y castigo, Dostoyevski dijo que los verdaderos grandes hombres deben experimentar una gran tristeza en este mundo… Yo lo hago extensivo al género femenino y además le añado música indie…

Sofya Keer

En crimen y castigo...