Aunque hay cosas que ocurren dos veces

Cuando la desenterraron pude ver que sus uñas y su cabello habían crecido. No era un hecho probado científicamente, sin embargo yo lo podía constatar porque la tenía ante mí convertida en uno de esos cadáveres de mis tebeos de Creepy. Yo coleccionaba aquellas revistas con historias de terror, de vivos enterrados que se dejaban las uñas en la tapa de sus ataúdes inútilmente por tener dos metros de tierra sobre ellos. Leía historietas de zombies y vampiros. Y cuando desenterraron a la protagonista de una de aquellas aventuras terroríficas que yo apilaba en el suelo de mi dormitorio, estaba tal cual estaba ella. Eran homónimas, sinónimas, eran el mismo cuerpo. Sus uñas y su larga cabellera resaltaban en su estructura ósea como el emblema de la soledad por excelencia. Su calavera ya no era un cadáver bonito y lleno de juventud.

Recordé a Heráclito que decía que si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras. La verdad que yo descubrí frente a ese cuerpo ya desconocido, fue que mientras estamos vivos somos uno, nuestro cuerpo y nosotros; pero cuando morimos nuestro cuerpo es algo diferente de nosotros, y nosotros somos algo claramente diferenciado de él.

Ella se enamoraba de hombres inescrutables, por lo que sus proyectos amorosos eran puros y duros fracasos. Probó con gurús del crecimiento humano, probó con la auto-ayuda y la engañaron. Probó con aplicaciones de móvil que encuentran el amor de tu vida y además te dicen qué debes comer a diario para ser y estar atractiva, pero tampoco le funcionó. Sus conversaciones rozaban lo ridículo y lo deprimente cuando me contaba el uso que hacía de todos estos recursos tan limitados aunque modernos. Sin embargo la base que te da la inestabilidad emocional es tierra de arenas movedizas  y mi chica nació y murió en ellas.

De una lealtad con tintes casi medievales y una fragilidad inusual, de opiniones extravagantes y una furia turbulenta e incontenible. Raquel era un ser anodino atormentado por miedos inexpresables. Muchas noches se despertaba en mitad de la madrugada gritando o llorando por pesadillas que nunca quiso explicarme y creo que nunca se las contó a nadie. Nuestra relación inamovible tenía un muro de por medio, la rutina no ayudaba, no hay nada más insensible que el hábito. Sumidos en él somos incapaces de ver con claridad que nuestras vidas pueden detenerse en cualquier momento, y ese letargo emocional nos suele acompañar hasta la tumba. Su ceguera no nos permite ver que alguien muy cercano se está preparando para su marcha definitiva.

Yo era su mejor amiga. Cuando mi Imperio se desmoronó ella estuvo conmigo, cuando ella se sentía vacía porque su prisma vital era el del dinero yo estuve con ella: “¡No puedes observar el mundo a través del dinero, Raquel, no puedes, es mentira eso de que si tienes dinero nada va a afectarte!”

La naturaleza de la casualidad nos unió y aunque hay cosas que ocurren dos veces esta experiencia sólo la he vivido una vez. Ninguna amistad ha sido como la de ella. Ninguna.

Una noche que salimos de fiesta, bebimos demasiado y decidimos ir al puerto a charlar un rato antes de regresar a casa. Sentadas en un banco frente al mar y los yates de los que tenían mucho dinero me comentó que le encantaría poder contemplar su desaparición. Después mirando el mar me dijo:

– Las olas borran las huellas.

Se acercó a mí con una sensualidad que nunca había apreciado en ella, besó lentamente mis labios mientras con su mano derecha acariciaba mi cuello bajando hacia mi generoso escote. Yo me dejé llevar, no era el alcohol, era mi deseo creciente. ¡Maldita sea, recuerdo cuando Marcos me dijo que lo sentía, que me quería a mí, que le perdonara pero había bebido demasiado y se lo pusieron en bandeja!…No es cierto. Nosotras íbamos muy borrachas pero sabíamos lo que hacíamos. De hecho desde aquella noche lo repetimos cuando nos apetecía. A veces con alcohol, en ocasiones sin él de por medio. Surgió un sentimiento inquebrantable que nos unió de un modo diferente. Aunque he de reconocer que había momentos en que era fuente de confusión y tristeza, sin embargo el oscuro ámbito de la conciencia es así y nosotras lo vivíamos con naturalidad y cierta alegría. No éramos pareja, ni sólo amigas. Hacíamos el amor con celo y placer y ese acto era la confirmación interior de que no dejaríamos de hacerlo nunca. Tuvo parejas y yo también, pero nunca dejamos lo nuestro, porque era nuestro y de nadie más. Yo más solitaria que ella, no como Thoreau que se exiliaba en sí mismo para descubrirse, pero he de reconocer que con ella me descubrí mucho más. Y lo que descubrí de mí con ella ha sido un tesoro considerable en mi crecimiento como mujer y como ser humano.

Sin embargo a Raquel la vida le dolía mortalmente. El hecho de no encontrar a su hombre la arrastró a una vida precaria que la aislaba. A veces yo notaba cómo hablando ella decía algo inocuo para parecer que estaba conmigo. Pero no estaba. Ella andaba con sus pensamientos en espiral, el amor no encontrado, la maternidad que no llegaría. Sin embargo era leal y me dijo muchas veces que el sexo conmigo era lo que la salvaba de sus naufragios. Me dijo que conmigo aprendió que la saciedad llevadera es mejor que la estimulación interminable. Me hablaba de la suerte indescifrable de haberme conocido. De que yo la salvé también de su interés enfermizo por el ácido fénico.

Una tarde vino emocionada diciéndome que empezaba en dos días con el paracaidismo. Necesitaba un deporte de alto riesgo para vencer su tedio vital. Yo la apoyé indiscutiblemente. Muchos de los días que llegaba del cielo, con una felicidad casi extrema entraba en casa y follábamos como si no hubiera un mañana, como si nada más importase, como si fuésemos pareja o las mejores amantes del mundo, como si fuésemos amigas de esas que se guardan todos  los secretos. Pero nada de eso era real. Hubo más mañanas, las cosas importaban en su justa medida, no éramos pareja, ni amantes, ni sólo amigas que se guardaban mutuamente los secretos.

La avioneta subió como de costumbre, los tres estaban riendo preparándose para la aventura sabática. Esta vez subirían más alto para probar nuevas experiencias  con sus adrenalinas. Raquel saltó la primera. Cuando su paracaídas tenía que abrirse falló. Ella nerviosa gritaba a sus compañeros desconcertados que esperaban para sus turnos y temían lo peor. Se zarandeaba de un extremo a otro luchando por su vida que le dolía mortalmente pero en ese momento al parecer quiso mantener a toda costa. Como el trayecto era especialmente largo le dio tiempo a intentar que se abriera. Finalmente se abrió. Sus amigos bajaron con la avioneta  sin tirarse para salir al encuentro de ella.

El paracaídas bajó apacible y lentamente después del susto. Con él llegó el cuerpo de Raquel inerte. No hubo impactos contra el suelo pero la lucha entre la vida y la muerte le provocó una situación de ansiedad que la llevó a sufrir un infarto de miocardio mortal.

He recordado muchas veces aquello que me dijo en el puerto la noche que nos liamos por primera vez. Me dijo que le encantaría contemplar su propia desaparición. Y sin duda la contempló. Ahora quiero pensar que luchó por vivir porque yo le hacía la vida más llevadera. Quiero pensar que Raquel el día que murió quería llegar a casa para follarme como si no hubiera un mañana, quiero pensar que no necesitaba una pareja, ni una amante, ni una amiga. Quiero pensar que me necesitaba a mí y me deseaba porque su interés por mi persona era meramente humano. Quiero pensar que se resistió a morir porque su vacío conmigo era fértil.

La exhumación de su cuerpo fue para enterrarla con su madre. Yo mantenía una relación muy estrecha con ella. La adoraba. Raquel a ella también. Su madre con su muerte enfermó, perdió el apetito y las ganas de vivir. Por eso murió. Habían pasado dos años. Sólo dos años y el cuerpo de Raquel no tenía nada que ver con ella, con lo que me ofrecía, con lo que vivimos juntas, con lo que soñaba, con lo que odiaba, con lo que yo recordaba y echaba de menos. Nunca quiso llevar el pelo largo ni las uñas tampoco. Ahora llevaba melena y las uñas largas. Nadie podría convencerme de que ese cuerpo tenía un nombre y que se llamaba Raquel.

Lo que me consoló fue pensar que hay cosas que ocurren dos veces, pero otras no.

Sofya Keer

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Flores a tu tumba

Para celebrar mis cien entradas en El Balazo Del Tedio os comunico que el blog donde podéis leer mi novela con su texto íntegro, capítulo a capítulo desde el primero al último por orden, con su epílogo final, está actualizado. Si os apetece una dosis de realidad como la vida misma entrad y probad suerte. Lo mismo mi historia os sorprende gratamente… Lo mismo no.

https://floresatutumba.wordpress.com/

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Suelos inestables

Mi vida es como una época de indecisión inmutable e interminable. Siempre he considerado mi parto una negligencia, incluso cuando su dulce y perversa mirada abocada a la muerte me sedujo. Además aunque no nos conocíamos le dije:

No me mires de ese modo, es como no acabar de morirse”

Entre la aglomeración humana pude ver en sus ojos la geometría del abismo. La gente se empujaba de manera maleducada. Unos bajaban mientras otros subían. Él bajaba, yo era la que subía. Nuestras miradas se encontraron por las escaleras que compartíamos con más de un centenar de personas.

Mirar fijamente a los ojos de un desconocido que te atrae es excitante por muchos motivos, por ejemplo, porque la vida que llevamos por dentro no es la que desarrollamos en la tierra. La discoteca era como la torre de babel, sus escaleras al cielo estaban llenas de personas diferenciadas por sexos, por inclinaciones o gustos sexuales, por profesiones, por… ¿Por qué no diferenciarnos los unos de los otros?, ¿por qué no hacerlo pese a que parecíamos todos igual de irrespetuosos y perdidos?…

Con un par de copas este tipo de situaciones se hacen aún más intensas. Sin embargo a mí no me  apetecía tener sexo. Yo sentía una necesidad urgente de provocación, de que su suelo se volviera inestable, yo no quería nada más porque sé que hay atracciones que interrumpen tus ritmos hasta el punto de lograr interrumpir tu soledad. Yo no quería eso. No lo necesitaba.

Peco de poseer espacios obsesivos y mi cerebro le manda órdenes mudas a todo mi cuerpo que se enfrenta a un espíritu de rebelión y a una sólida matriz psicológica, ambos míos, y todo junto una mezcla casi grotesca que añade una clara imposibilidad, es imposible no subirse a mi montaña rusa emocional cuando miro a los ojos de un hombre que me atrae, porque en mi mirada puede ver todo esto y si es retorcido mucho más. Él lo era.

El juego del intercambio de miradas duró toda la noche, nos enfrentamos al conflicto de la desnudez del deseo y la obligación de esperar, algo que nos facilita de manera innata el nacer con miedo. El sí y el no. El ahora y el después. El murmullo infinito de las inseguridades y los temores frente a dos miradas que se encuentran y no quieren despedirse. Demostré mis dotes en el juego de la retirada del rostro deseado cual diosa inflexible de belleza antigua e inagotable. La desaparición fulgurante y el vacío sin límites que ocasiona. El perderse para encontrarse.

Él respondió a mi provocación. Yo quedé sometida silenciosamente como a una ley.

– A una persona engañada hay que acercársele por detrás, nunca con una comunicación directa. Y tú has sido muy directa.

Yo seguía en silencio, escuchándole. Seducida, pero sin esa necesidad acuciante de sexo.

– Las mujeres me han engañado demasiadas veces.

Ahí rompí mi mutismo.

– De hecho yo lo estoy haciendo.

Con gesto de recelo insaciable añadió.

– No podía ser de otro modo. ¿Dónde está tu novio?…

– No es eso. No tengo pareja ni engendros de relaciones.

– ¿Entonces?…

– Adivina, adivinanza…

– Tendré que atravesar todo lo que he sido y lo que soy, entender lo que la luz del día oculta, buscar la fórmula en la interioridad inquieta de mi mente… Entender toda la razón occidental… Y nunca lo adivinaré.

Era retorcido como yo. En ese punto con su seductora mirada clavada en mí fue cuando le dije:

– No me mires de ese modo, es como no acabar de morirse.

– Está bien. No voy a adivinar tu mentira, ¿tomamos algo juntos?

Tomamos un par de cervezas charlando, pero por experiencia siempre que vivo momentos como este pienso en la verdad griega, miento, hablo. Prefiero la retórica o la mitología a conocer hombres bebiendo en discotecas, porque se produce una especie de derramamiento indefinido del lenguaje que nos separa a una distancia desmesurada. Entonces no les creo, no creo nada de lo que me cuentan. Y la sensación es como un movimiento que no tiene término. Hay un tipo de lenguaje que no se resuelve con el silencio, sin embargo a la hora de la verdad no es tan sencillo. No conmigo. A él le engañaron todas las mujeres, a mí los hombres y la muerte sigue estando afuera, esperándonos a los dos, esto es la vida. Él se esforzaba y yo seguía con mi juego.

– Dime algo que conseguiría contigo y que no he conseguido hasta ahora con otras chicas.

Era muy retorcido, se merecía todo lo que le iba a ocurrir.

– La ingravidez de lo que no alcanzas a imaginar.

– ¡Cómo suena!

– Suena como esas cosas que se dicen para siempre, ¿verdad?

– Aunque mejor… ¿Vamos a mi casa o la tuya?

Llegó el momento de adivinar mi mentira.

– Ni a la tuya ni a la mía.

– Pero… Tus miradas tan directas… ¡No entiendo a las tías, no os puedo entender!

– Yo sólo quería provocarte, que tu suelo se volviera inestable. Nunca imaginé nuestros cuerpos sudorosos en el afán de borrar por unos instantes mi existencia singular de ningún mapa.

Me miraba con una profunda inexpresividad. Yo era más retorcida que él.

– ¿Has visto?, pese a mi mirada en ningún momento he deseado tener sexo contigo. Y eres todo un seductor, un hombre atractivo en vías de perderse por una mirada indescifrable de una mujer perdida.

Ahora era él el que guardaba silencio. Y me escuchaba atentamente.

– Te mentí. Como han hecho todas las de mi género en tu vida. Pero te equivocas, no deberías refugiarte en la memoria sino en el olvido. El olvido es la recompensa del descanso. Olvídalas a todas menos a mí, quédate con esto que te digo, quédate con mi mentira y por favor llévate la verdad que voy a confesarte. Eres un hombre muy apetecible pero hoy no tengo necesidad de un revolcón con un desconocido. Dime que sientes que tu suelo se mueve con este juego que me esforzado por mantener toda la noche… ¡Dímelo!

Le costó contestar a mi pregunta. Estaba enfadado aunque noqueado. Pero sobre todo al límite.

– Mi suelo está inestable.

– Tal vez mañana sentiré la necesidad de tener sexo con alguien, pero si tu mañana la sientes y no está muy quebrantada tu subjetividad puedo dejarte mi número de teléfono. Ya sabes, nuestros cuerpos sudorosos, mi existencia singular borrada…

– Eres una perturbada mental. ¡Estás como una puta cabra!… Quiero tu número de teléfono y si mañana no me apetece a mí, tal vez pasado nos apetezca a ambos. Me quedo con la reflexión del olvido y con la imagen de nuestros cuerpos sudorosos…

Sin duda, la verdad objetiva responde al “qué” y la subjetiva al “cómo”. Hay un vacío en mi vida que me sirve de lugar y en él hay huellas de mi recorrido. Mi psiquiatra dice que mis espacios obsesivos ocupan demasiada área  cerebral en mi cráneo. Yo a esto lo llamo descender a la tumba sin morir del todo.

Sofya Keer

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La mujer triste en la cumbre

A veces me gusta quedar con Alejandro. Sólo son sesiones de sexo extenuantes. Marguerite Duras dijo que no hay errores, según ella sólo hay actos extraños, pero yo pienso que este además de ser un acto extraño es un error. Sin duda, de mis favoritos.

Creo firmemente en los errores, en los fracasos y en las carencias. Son la base más sólida sobre la que construir el ser, acomodar el estar y escenificar el parecer humano. Aun así en ocasiones nuestras posibilidades son débiles porque la desgana de vivir nos supera y supera nuestras expectativas. Por eso yo espero siempre la primavera, sin primavera no hay renovación ni viable ni factible.

En mi frenético error que es adictivo siempre llego a la cumbre. Dentro de mis parámetros en ella debe haber vehemencia, delicadeza y equilibrio entre ambas cosas. Con él la cumbre es plena, es el germen del escándalo. Llego a ella recreándome con cada acción, las saboreo como si mi vida se estuviera extinguiendo. Y se extingue, mi cumbre es así. Alejandro lo sabe, le gusta. Se entrega y se esfuerza para que yo la alcance. Además nunca falla, es tenaz y tremendamente apasionado. Después descansa y mientras duerme rauda y veloz sobreviene la tristeza. Acude a mi muy segura de sí misma con su ya conocido misterio y entonces enciendo un cigarrillo para acompañarla. Luego otro. Y después otro más…

Hay una imagen en la que me reconozco plenamente y me fascina. Es esta: Llego a la cumbre, él duerme, viene la tristeza y fumando me quedo con ella. Soy yo, la mujer triste en la cumbre. Me reconozco y me fascina hacerlo mientras fumo.

Le miro y mientras dibujo una O con el humo del primer cigarrillo, de repente me gusta la idea de que tenga más amantes. Más mujeres confundidas como yo. Me gusta la idea de que además a través de la mentira entrase en una mujer y en su interior hiciera lo que de él se esperaba: Un heredero para perpetuar su mentira y otras venideras acordes a la generación de su vástago. Sí, Alejandro está casado y su mujer no es más que otra de sus amantes.

Le observo y no puedo evitar sonreír. Nunca podría enamorarme de un hombre como él, ni quererlo. Nunca amarlo. Yo sólo le deseo por su elegancia sublime, por su inteligencia terrible y por su filosofía de vida tan destructiva. También le odio porque no sabe experimentar las emociones si no es a través de la burla. Nunca en serio. Es el experto en la parodia. Alejandro es odioso y deseable en idénticas y justas dosis.

Yo zozobro en el silencio, lloro con los besos, aprieto las mandíbulas cuando me supera el dolor emocional. Él no. No sabe, no quiere, no puede.

La tristeza sigue aquí. No sabe, no quiere, no puede irse. Me recuerda que la muerte es flexible y con un esplendor intolerable pone ante mis ojos el altar de todos mis muertos. Él sigue durmiendo mientras yo veo a mi prima pequeña gatear. Aurora nunca caminó, la muerte le sobrevino en cuadrupedia. Veo a mi mejor amigo de la adolescencia fumándose uno de nuestros primeros porros. Ismael nunca llegó a su juventud, una muerte súbita se lo llevó con diecisiete años.

Otro cigarrillo…

Veo a mi abuela paterna tratando de entender su vida, la muerte se la llevó anciana e irresoluta. Veo a mi abuela materna mirando a mi abuelo imprecisa, murió con sesenta y cuatro años sin saber lo que era el amor. Veo a mi abuelo paterno fumando compulsivamente, murió con noventa años y en el último instante se fumó el último. Veo a mi madre embarazada sonriente sentada en el sofá acariciando su barriga hinchada. Mi hermano pequeño murió en la calidez del líquido amniótico de su útero porque no quiso que le alumbrara. Veo a mi primer novio con un ramo de flores entrando en mi habitación, murió con la moto en una carrera ilegal en la que yo erróneamente aposté por él. Veo a mi vecino llegar colocado a casa un sábado cualquiera, él murió de sobredosis porque no soportaba la realidad que le había tocado vivir.

Alejandro cambia de postura y acomoda sus sueños. La tristeza me invita a fumar de nuevo. Fumo.

No hay que meditar demasiado para saber que todo llega, incluso huyendo de nosotros mismos la muerte es flexible, por eso nos encuentra. Alejandro podría morir ahora mismo, pasar del sueño onírico al eterno mientras yo le contemplo pensando que nunca podría enamorarme de él. Se iría sin decir adiós con su elegancia sublime, su inteligencia terrible y su filosofía de vida destructiva. Nos dejaría atrás a todas sus amantes, al vástago heredero de su mentira, a su mujer engañada, a su jardín que él hacía llamar el rincón del rosa- rosae. Todo quedaría atrás menos él. Alejandro se iría sin poder ni tan siquiera contemplar el supuesto de huir. No podría huir ni de ella ni de sí mismo, algo que ahora en vida puede hacer mientras follamos y me lleva a la cumbre con él. Los dos subimos a ella huyendo de nosotros mismos, nos salimos de nuestro ser para hacer más livianas sendas existencias. Es comprensible e inevitable. Como la muerte.

Veo a mi tía Lorena bailando el lago de los cisnes en el teatro, era mi tía preferida, mi amiga y confidente, una mujer liberal y liberada adicta al sexo, ultrasensible, devoradora de novelas tristes, antropóloga de hecho y de derecho, dedicada en cuerpo y alma al ballet clásico y a viajar con la danza. La veo tomándose un buen vino blanco, con su bella sonrisa que iluminaba  salones y escenarios. La veo después en la cama del hospital despidiéndose antes de su sedación. Me sonríe hermosa y desgastada por un puto cáncer. Acaricia mi mejilla derecha y me dice:

– Es ahora que no puedo huir de mí misma… No hay hombres, ni vinos, no hay danza ni libros, no hay teatros ni bellos escenarios. No hay lugares maravillosos a los que viajar. No hay nada. Todo queda atrás, cariño. Todo menos yo.

Apuro el último cigarro. No fumaré más, así es como me despido de la tristeza. Quiero que se vaya, por hoy es suficiente, que se vaya con todos mis muertos y que vuelvan cuando vuelva a subir a la cumbre.

Hay una imagen en la que me reconozco plenamente y me fascina. Es esta: Llego a la cumbre, él duerme, viene la tristeza y fumando me quedo con ella. Soy yo, la mujer triste en la cumbre, mis muertos que no pueden huir de sí mismos y mi tía Lorena que me descubrió el gran misterio de mi esencia.

Sofya Keer

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Las nubes de Viena

Desde el avión ya pude darme cuenta de que las nubes de su cielo eran muy diferentes a las de España. A veces las dimensiones varían sin que cambie la esencia de las cosas, pero me pareció que hasta la esencia de aquellas nubes era muy diferente a la acostumbrada en las nubes de mi cielo natal.

Eran cúmulos, nubes algodonosas y espesas, abundantes y hermosas. Durante mi estancia en Viena pasé intervalos de tiempo considerable hechizada observándolas, contemplando sus movimientos y sus cambios con las variadas luces de las veinticuatro horas de cada día. El amanecer, el atardecer y el anochecer eran momentos clave en los que mirar al cielo y contemplarlas me sirvió para hacer balance y entender que es un sacrilegio pensar que el hombre al morir habita el cielo. Si es así que no ocupe el de Viena, que no manche con sus existencias extintas el blanco impetuoso y aterciopelado de las nubes austriacas. Que eso no ocurra nunca. Y si ocurre, por favor que yo no pueda verlo.

Se exhibían ante mí con un desarrollo considerable, con unos bordes claramente definidos, con una textura muy similar a la del algodón. A veces lucían solas, otras en grupo, en ocasiones en fila y dependiendo de los factores atmosféricos oscilaban desplazándose a velocidades variables. En ocasiones pensé que de tan espesas podrían ir cargadas de granizo, de trombas de agua o tornados, pero nada de eso ocurrió durante mi inolvidable viaje.

Contemplarlas me hizo plantearme cosas como, ¿qué estoy haciendo, viajo o ando errante?…

La belleza de la naturaleza tiene ese mágico influjo sobre mi mente inquieta. Me seduce y me lleva al sitio sin planteármelo, sin ni tan siquiera quererlo, es algo así como poseer lo que se escapa, y seguro que esa espesura perfecta entre mis manos se escaparía. Las nubes huirían entre mis dedos y mi lucha inútil por retenerlas sería como entender que mi vida está corriendo desde el preciso momento en que mi madre me alumbró. Porque dijo Séneca que la vida tiene esa orden. Y yo supongo que por eso la cumple.

Desde que nacemos comienza la cuenta atrás y el arte de saber vivir es ser consciente de este detalle vital. Yo sé que las nubes de Viena se escaparían de mis manos pese a su espesura perfecta para hacerme entender que saldar cada día que pasa es acercarme un poco más a la muerte, y temerla es la peor carga del hombre.

La imbecilidad humana nos incapacita para decir las verdades sin injurias, para manejar las alabanzas sin adulación y para contemplar la belleza de las nubes austriacas haciendo lo que en sí es nada. Porque contemplarlas fue como  sentir las heridas, las llagas y el dolor de la existencia sabiendo que no hay dolor sin sentimiento. Mirarlas fue entender que la felicidad es un jodido disfraz, una máscara inútil en la cámara de gas en la que a veces convertimos nuestra propia vida.

Día a día ahogándonos luchamos contra las pasiones y seguro que no hay nada más hermoso que hacer el amor con las nubes de Viena como techo. Yo no necesitaría ningún kama-sutra, para la carnal ocasión me convertiría en una sensual y recatada dama clásica, muy tradicional, limitada a la postura del misionero para con cada sacudida poder contemplar mi exclusivo techo blanco de algodón con fondo de azul intenso. Desde ahí, con la sacudida final sin sentirlo ni dudarlo, dejar mi cuerpo en una tumba estratégicamente situada en un verde montículo de un bonito cementerio con vistas a un valle. Además, asegurarme desde esa posición estratégica aunque ya no pueda disfrutarlos, infinitos y eternos amaneceres, atardeceres y anocheceres. Todos hermosos. Todos ellos con la quietud y la espesura de las nubes de Viena. Todos con su fondo azul intenso. Intenso el amor e intensa la muerte.

Cuando bajé del avión no quise volver a subir y cuando no tuve más remedio que hacerlo, volar de nuevo con ellas me llevó a comprender que no sólo están ahí para protegernos de los rayos del sol, para formar la lluvia, el granizo o la nieve. En mi viaje de regreso comprendí por qué las nubes sirven para formar de manera natural figuras en el cielo que nos embelesan, por qué en los atardeceres su color rojizo facilita las artes amatorias, porque inspiran en cualquier campo del arte o por qué en ellas se forma el rocío.

Ellas hacen todo esto porque la vida cumple la orden que le dieron: Desde que nacemos comienza nuestra particular cuenta atrás.

Sofya Keer

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Todos los domingos se deshojaban los lirios

La inmensidad de lo vivido me aleja, me dispersa, me borra. Desde este silencio sordo un vacío sin ecos me recuerda que mi dualidad es esencial. Sin embargo soy consciente de que además es una de mis torturas refinadas, pues no siempre me gusta estar en ciertos polos que me hacen sentir como fuera de mi cuerpo, con los límites mentales que esa sensación implica y con mis posibilidades evaporadas.

Mi dualidad es como abrir un abanico ilimitado de opciones, pero esto no es más que una ilusión muy básica, ya que muchas veces esas opciones se ven limitadas por la erección de mi ego que irrumpe con burdos modales en mi interioridad más profunda. Sin embargo yo le dejo porque es parte de mí. Una parte importante que no quiero ni necesito aniquilar, como ocurre con esas sectas que hablan de despojarse del ego como de la salvación, y precisamente al hombre ya no lo salva nada ni nadie. Yo tengo depositadas mis esperanzas más negras que verdes en el cambio climático y en la naturaleza. Muerta la especie muerta la rabia. Todas. Todos muertos. Y hasta ese día yo follaré con mi ego.

Los domingos son excelentes y sustanciosos en acontecimientos. No importa la estación del año ni tampoco que estén ya mezcladas, los domingos ocurren cosas y en mi vida siempre han amanecido de la mano de tristezas y soledades. Obviando que nací en domingo, en este día de la semana murieron mis abuelos en un trágico accidente de tráfico en uno de sus rutinarios trayectos del campo a la ciudad. También un primo adicto a la heroína decidió que ese era el mejor día para su viaje final. Mi madre se fue con su amante un domingo  y hasta el siguiente mi padre no supo realmente lo que estaba ocurriendo. Los domingos siempre tengo que asimilar el comienzo de una nueva semana de rutinas: de niña y adolescente en la escuela, de adulta en el mundo laboral. El domingo ha sido siempre el límite, el final de la semana, el final de los amores, el final del principio y el principio que supone el hecho de empezar de cero. Cuando son fríos entristezco, cuando hace calor se eternizan en mí y su resaca puede durar hasta el martes. Sin embargo la inmensidad de lo vivido en los espacios dominicales de mi existencia es tan profunda que consigue alejarme del presente, dispersarme de la monotonía y borrarme del mapa. Borrada totalmente.

Cuando dos policías llegaron a casa con la noticia de que el coche que se había salido de la carretera era el fiat plateado de mis abuelos, mi padre arrodillado en el suelo daba puñetazos de impotencia por la muerte inesperada de sus progenitores y mi madre lloraba desconsolada tras ver claramente la zafiedad de la vida. Mientras todo esto ocurría era domingo.

Cuando mi tía llamó por teléfono gritando tras encontrar el cuerpo inerte de su hijo en la cama, y mi primo a lomos del caballo se alejó para siempre con el único equipaje de todos nuestros secretos de juventud. Cuando aquello ocurría era domingo.

Cuando mi madre entró al salón con la maleta hecha, besó mi frente y miró a mi padre con gesto de “lo siento pero me voy”. Recuerdo que él la miró y le preguntó: “¿Qué está ocurriendo?”. Ella lloró y contestó: “No me llames ni me busques”. También era domingo y justo cuando a la semana siguiente la hermana de mi madre nos visitó para contarle a mi padre que ella estaba en Buenos Aires con otro hombre. Justo aquel momento era la porción temporal de un domingo también.

El desgaste que me trae este día de la semana que es muerte y  vida a la vez se me hace insostenible en muchas ocasiones, porque si no ocurre nada yo rememoro en bucle todos mis acontecimientos dominicales y con ellos van mis emociones rotas y mi sentir dañado. Voy yo rota y dañada, y así es como inicio las semanas. Una tras otra. Año tras año.

Cuando Luca me abandonó, cuando yo dejé a Carlos, cuando Óscar lo confesó todo y en su confesión había infidelidad, cuando mi mejor amiga me defraudó, cuando yo dejé en la estacada a un gran amigo… Siempre domingo.

No creo en dioses de ninguna clase, pero si creyera no podría acudir a sus misas dominicales porque ando siempre muy atareada con mis vivencias pasadas, mis emociones y mi sentir. No tendría tiempo ningún domingo de mi vida para misas ni cultos.

Despedidas inesperadas y soledades sin remedio. En coche, a caballo, en avión, con un portazo o un simple bloqueo en la red. El domingo es el fin y el final, es el principio de ambos. Es el sí o sí, pues de él nunca puedo escapar.

Los domingos me convirtieron en una niña terrible y desdichada de feminidad infinita emocionalmente y ritmos taciturnos. Hoy soy una mujer digna de temer más que de amar con una clara tendencia a sufrir más cuando araña que cuando la arañan, con un impulso interior negativo y una aureola de frialdad irresistible ante los ojos de hombres que son también terribles. Mi diversión desatada es jugar a desilusionarme siempre y a ratos me encanta ensimismarme con el movimiento de los abanicos. Sueño con mi entierro en un día oscuro y lluvioso. Un domingo, el fin, el final y el principio de ambos.

A él le daba igual estar vivo  que muerto. Me miraba a los ojos y sin parpadear me decía:

– Las drogas te hacen ver que todo es relativo. La diferencia entre fumar o pincharse es  que el flash es más fuerte.

El médico le dijo:

– Túmbate por favor.

Él me miró de nuevo, sonrió y con su mirada fijada en mis pupilas añadió:

– Tumbarse de tumba.

Sentí pena cuando todo ocurrió y pensé: “¿Porqué morir antes de empezar?”

Ahora sé lo que mi primo hubiera respondido con su mirada penetrante y apenada:

– Porque es domingo y me duele ver los lirios deshojados.

Los lunes solíamos ir a visitar a nuestros abuelos, con sus padres o con los míos. Bajábamos las ventanillas del coche y asomábamos nuestras cabezas dejándonos llevar por el viento. Ellos vivían en el campo y mientras los adultos charlaban mi primo y yo cogíamos lirios para llevarlos a la ciudad. Cada uno de nosotros los ponía en un jarrón en nuestros dormitorios, los domingos ya estaban marchitos pero los lunes volvíamos a traer nuevos ramilletes de lirios frescos para adornar nuestras habitaciones.

Recuerdo la sensación de libertad y sus risas desatadas cuando cada uno en una ventanilla desde los asientos traseros del coche, sacábamos nuestras cabezas y jugábamos con la velocidad y el viento. Esos días eran divertidos y alegres. Salíamos del colegio y en media hora estábamos en el campo con los abuelos y con nuestro ritual floral. Eran días casi felices…

Eran lunes. Como hoy. Pero hoy ya no sé estar casi feliz.

Sofya Keer

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Zorba El Griego

En todas las familias hay alguien que se extravía por el camino. Hay un momento crucial en la vida de cualquier hombre. De todos los hombres y mujeres del mundo: Cuando la persona se pierde por el camino, por decisión propia o por el propio destino. Ese trayecto es vital, es un instante decisivo en su existencia y en la de los que le rodean. Es sobre todo, un instante.

Yo lo he hecho en diferentes ocasiones. En mi familia yo soy esa persona singular. Además reincidente. Ahora, mirando el Mar Egeo sé que las sensaciones son como las novedades y éstas suelen tener vidas muy cortas. Todo me ha servido siempre: Ver la bondad en unos ojos, observar en primera línea de fuego cómo un código de honor cambia de lado, conocer a un titán de las letras, ver la generosidad extrema cuando es fruto de la conciencia intranquila. Todo me ha servido siempre para extraviarme, incluso hasta extremos absurdos.

En numerosas ocasiones me he perdido para sentirme apaciblemente muerta, para eso necesito estar muy lejos de los míos. Lejos físicamente. Desconectada psicológicamente. Entonces ocurre, puedo pasar años lejos y desconectada de ellos. Y mis motivos han sido hasta extremos absurdos, es como si muere alguien que no quieres que muera, te enfadas con el muerto y decides no llorarle en su funeral. Algo así de disparatado, aunque yo soy de las que aprovecha los funerales para llorar todo lo que no lloro cuando me extravío y regreso, o cuando me pierdo y me hallo.

Suelo beber para olvidar pero siempre acabo hablando de mis padres y de mis ex. Si la bebida es muy fuerte es como en un funeral. Lloro. Aquella noche bebí bastante. Los dos bebimos demasiado. En medio de la melopea decidimos irnos al día siguiente. Él huiría de su esposa e hijos, yo me marcharía de nuevo del hogar familiar.

¿Qué cómo me sedujo?, ¿qué cual fue la causa absurda de mi extravío?… Bailar… Un baile. Bailó Zorba El Griego. Pidió que la orquesta tocara ese tema para seducirme. Y me sedujo. Sí, también lloré. Mientras lo observaba perfectamente rítmico, con esa música tan romántica sonando, pensé cosas absurdas como que la civilización griega es una de las más esplendorosas en la historia de la humanidad, pensé que los griegos revolucionaron todos los campos del conocimiento humano: la filosofía, la astrología, las matemáticas, la literatura… ¡Sí, iba muy bebida!… Pensé que para un hombre griego el sexo debe ser un arte, porque se especializaron en el infinito placer de la carne. Pensé en la heterosexualidad y en la homosexualidad, en todas las variantes posibles del arte de amar para ellos. Pensé que él era griego y su carácter impulsivo me fascinó, su alegría, su impaciencia por la lentitud, su simpatía y su facilidad para pedir dinero prestado me enamoraron. Quería follármelo cada amanecer y cada anochecer, dormirme mojada y amanecer empapada con él en mi cama. Ahora sé que realmente me enamoré del amor.

Al día siguiente salimos de España rumbo a Santorini. En esta isla griega maravillosa hemos vivido juntos cinco años. Maravillosos, creo. Él regresó a España hace muy poco tiempo, aunque sólo quiere saber de él su hija menor. La madre de sus hijos tras su abandono cogió velocidad con su coche y llegó al otro lado sin casi darse cuenta, aunque consciente en todo momento de su acción suicida. Su hijo mayor no quiere saber nada de él. Yo tampoco, pero esta vez no tengo fuerzas para regresar de este extravío. Hay un antes y un después en mis pérdidas en el camino, porque ahora este es más corto. No sé si quiero volver aunque esta pérdida es la definitiva. No podré perderme más, ni tanto como lo haré en esta ocasión.

Con un cáncer de envergadura viviendo en Santorini es más fácil la renuncia a la medicina nuclear. Aquí es todo mucho más sencillo con el escenario del Mar Egeo. Bebo y lloro. Lloro y bebo. Y en mi cabeza no deja de sonar nuestra canción, él baila como un Adonis y yo amo al amor pero no quiero saber nada de él. Ya no hay camino. Sólo extravío y pérdida.

Estoy alegre. Una alegría absurda sin causa ni razón, pero no importa, nada importa ya porque Santorini es bella, y la vida y la muerte son hermosas.

Sofya Keer

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