No hagas eso…

No soy mujer de hablar de mis intimidades, sin embargo a veces me gusta hacer excepciones, no para confirmar reglas, sino más bien para desahogarme y dejar claros ciertos temas o matices. Si supiera dónde están los límites de mis posibilidades tendría alguna probabilidad de llegar adónde nunca consigo hacerlo. Pero no es sencillo, incluso aunque quiera o lo desee con todas mis ganas, aunque me esfuerce como nunca, sé que la barrera que me separa del resto es más bien un precipicio insalvable y lo peor, inoperante, sé que mis zancadas no darían jamás la talla, menos aún la altura. Pero todo esto es un resultado que podría ser la consecuencia de la causa perdida que en mí siempre vieron. No hay rencor, ni dolor ya… Hay vacío… Un enorme vacío falaz e innoble que ya asimilo, y lo hago con bastante clase… No hay amor, ni afectos ya… Hay indiferencia… Una soberana indiferencia descarada y miserable que no me cuesta expresar de manera políticamente incorrecta, llegado el momento y si así lo requiere la ocasión…

“No hagas eso, sabes que no me gusta que pintes corazones. Yo no te amo, ni sé si te quiero, sólo me gustas, disfruto contigo, pero nada más. Y sé que es sólo simbolismo pero eso es ya demasiado porque todo en nuestras vidas es simbólico, ¿no ves que estamos de paso?… ¿No entiendes que en cualquier momento esto que ahora sucede será sólo un símbolo, un resquicio de dos existencias pobres y perecederas?… Y tú te pasas las horas muertas dibujando corazones de tiza en la pared o en el suelo, lo haces después de la ducha con el vaho en el espejo, en tus cuadernos de escritura, los troncos de los árboles del paseo te odian porque les haces sangrar, y ahora mírate, ahora lo haces en tu pierna… ¿Acaso sólo se puede vivir de amor?, ¿acaso esos corazones que tanto te gusta pintar son realmente por amor?… ¡El amor, ese gran desconocido que juega a enredarnos y además osa hacerlo también con nuestras propias vidas!, porque nos lleva y nos trae, nos hace subir y bajar, tropezar y caer, tantas veces como nuestras vulnerabilidades consientan, tantas como vida tengamos, tanto que ya es demasiado y es un demasiado que siempre nos sabe a poco, ¡estamos enfermos!. El amor que nos defrauda y nos abandona, nos olvida y nos cambia… Un sentimiento o una emoción, una tesitura, una tortura, una circunstancia o algo circunstancial, un contenido o un continente, un mar o una ola, un sueño o una pesadilla, el amor que no cesa de aparecer y constantemente desaparece… ¡No hagas eso, sabes que no me gusta que pintes corazones!…”

No hagas eso

Esto me decía cada vez que yo pintaba un corazón, y en concreto la última vez cuando lo pinté en una de mis piernas. No era importante para mí, al menos yo no lo creí así, me conformaba con nuestras sesiones de sexo que eran dignas de inmortalizar, creo que el mejor porno casero que jamás he visto y además protagonizado. Sucumbí a sus encantos porque no todos te saben satisfacer y llega un punto en el que ya no te da la gana de fingir, con él no era necesario, ni tampoco montármelo yo después por quedar insatisfecha. Nos conocimos en una fiesta de trabajo, era la presentación de un producto que en teoría iba a ser la bomba en el mercado de las telecomunicaciones. No nos conocíamos pero enseguida nuestras miradas se encontraron y coincidimos en el pasillo de los servicios, donde me abrazó y me besó como nunca nadie lo había hecho antes, lamento que suene al típico tópico pero así fue. Me llevó al baño de hombres, comprobó que no había nadie, cerró la puerta con llave que él tenía porque jugaba en casa, y me sentó en el frío mármol del lavabo, recorrió mi espalda bajando la cremallera de mi top con escote palabra de honor y me lo quitó, subió la falda hasta mi cintura, se deshizo diestro y apasionado de mis minúsculas bragas y no dejó ni un solo rincón de mi ser por recorrer con sus labios y su boca, cuando me confié me penetró sin piedad y con mucho tiento, en cada embestida sonaba el mármol  contra la pared una y otra vez mientras yo no podía imaginar que esa noche iba a ser inolvidable por diferentes motivos, aunque sobre todo por uno en especial, me había enamorado de un adicto al sexo. Y en mis gemidos ahogados por la circunstancia del entorno en el que tuvo lugar el coito, yo no era consciente de que era mi alma la que gemía porque sabía que eso era justo lo que yo no necesitaba. Sin embargo creí necesitarlo y estuve cinco años enganchada a él y a sus prácticas sexuales arriesgadas y excitantes. Hicimos cosas que no voy a contar pues sé que nadie podría creerlo, y sentí perder mi cordura en tantas ocasiones que la sensación me llevó por las estrechas y tortuosas callejuelas de la adicción a alguien adicto al sexo. Y sí, había dos hombres esperando su turno para entrar la aseo, salí, les sonreí y continué mi jornada, ¿qué tenía que hacer?…

La ventaja del paso del tiempo se tradujo en la adquisición de una sabiduría que lejos de ser la piedra angular de mi existencia, fue la destreza que me otorgó el poder para luchar con cierto nivel en los combates y en las diferentes troyas propias de la existencia de un adicto, además me parecieron interesantes para no tener que ir contando siempre la misma historia. Él no podía amar, no sabía hacerlo, yo desaprendí mis pautas en el amor, aprendí a no amar y a no saber hacerlo. Fue el vacío que me ocasionó lo que me arrastró por derroteros de tristeza y desde ese punto decidí que no podía continuar engañándome. Sin embargo, paradojas de la vida,  con el paso del tiempo y con todo lo que él me enseñó me convertí en una diestra mujer para las artes amatorias y el sexo. Sin darme cuenta empecé a crear adictos a mí y a mis sesiones de alcoba, y esa sensación comenzó a agradarme. No como fuente de ingresos pues soy una mujer ejecutiva y trabajo en lo que me  gusta, sino por placer puro y duro. Era verles desesperados y locos por mí lo que me gustaba y me gustó hasta límites insospechados. Dar y recibir placer con distintos hombres para conocer a fondo los entresijos de esas intimidades, y sacar el potencial erótico masculino desde lo más profundo de su ser. Ese vacío que me llevó a romper con él persiste y crece, sin embargo ya no me afecta, creo que incluso es el motor de todas estas sensaciones libidinosas, obscenas y placenteras que tanto necesito en mi día a día. No sé a qué es en concreto mi adicción, ni a qué responde exactamente, sé que soy una mujer adicta, sin embargo, son mis retos en este sentido los que me dan la vida, esa secreta y sucia idea de que sólo son míos y que nadie lo sabe, menos aún los cuidadosamente elegidos, es todo este proceso psicológico el que me excita y acelera mis ritmos progresiva, obsesiva y compulsivamente.

Sólo me he enamorado una vez en mi vida, y fue de él, cuando me desencanté creé y construí esta nueva vida para mí, de la que no sé si sentirme o no orgullosa, pero es la que realmente me hace latir, más que los convencionalismos amorosos, más que las monogamias fingidas, más que el sexo tradicional y monótono, más que lo mismo es menos por el vacío que me ocasiona, sin embargo en él floto, levito y me muevo suelta y con soltura, me he acostumbrado a su dinámica vacía y oscura, ya es mi modus operandi, mi leitmotiv, mi condición sine qua non, es mi complemento pues al ser vacío en él cabe todo lo que yo deseo… Es mi hombre ideal, el niño que me hace reír y el hombre que sabe qué, cómo, cuándo y dónde tocarme, es serio y divertido, curioso, limpio y transparente a la vez que puede resultar asqueroso, turbio e impenetrable. Es y está siempre, no es como los demás, que parecen ser y parecen estar, pero nada más lejos. Y así, en la lejanía yo me pregunto:

 ¿Quién no siente el vacío, o un vacío o ese vacío, u otro?, hombres y mujeres tradicionales, monógamos que disfrutáis fingiendo serlo, o aquellos y aquellas que os dedicáis a las prácticas tradicionales y monótonas, ¿qué pensáis, que no sé qué os sentís vacíos? Y si no lo sentís será porque os habéis acostumbrado a él, como yo al mío, y en él flotáis, levitáis y os movéis sueltos y con soltura, fingir es también una adicción y mantener el jodido y oscuro teatro de la vida es igualmente adictivo. Todos somos adictos a algo, nadie se escapa del vacío, en cualquiera de sus formas o modalidades. Todos queremos ser felices de alguna manera, nadie puede mirar a otro lado cuando se es mortal.

Y en mi cabeza todavía guardo celosa esa imagen, y juro que casi puedo sentir sus manos bajando la cremallera de mi top, sus labios recorriendo todo mi ser, su penetración despiadada y las embestidas, escucho el mármol contra la pared en un desordenado intento de deshacerse del peso de los senos de los lavabos, mis gemidos ahogados y los de mi alma, y puedo jurar también que esta sensación no es para nada vacío…. Y de las emociones ¿qué decir?, son otro tipo de adicción que combinadas con el sexo resultan para la generalidad la mezcla perfecta, tan perfecta como la figura geométrica del círculo perfecto, adictiva como la más placentera de las sustancias tóxicas jamás inventada y jamás conseguida. Su compleja composición es A+S (Amor+sexo) y su efecto puede convertirte en el ser más adictivo y peligroso jamás imaginado, su mono psicológico no tiene cura, ni tampoco fin.

sharifHamza-Fashiontography-4

Bienvenidos al mundo de las adicciones en el que cualquiera de sus adictos vivientes, mataría por conseguir una dosis de A+S. Incluso sabiendo que para deshabituarse tras su ingesta, es necesario pasar el mono físico usando apropiadamente el vacío alimentado por su homólogo psicológico incurable.

Sofya Keer

Te pienso con fuerza y dulzura

Contra mi voluntad ocurren cosas a diario. Por eso no necesito un seguro de vida, me he acostumbrado a estar en la cuerda floja y ha llegado un punto en el que ya ni flojeo. Tampoco necesito a nadie que me saque del arroyo, disfruto mucho mojándome, y además es empapada cuando juego a explorar mis barreras místicas. Muchas veces siento que me quedo sin aliento, una sensación de que no hay aire me invade, pero soy consciente de su ficción pues sé que su origen es mi cinismo que juega a desorientarme… También tengo mala conciencia desde que estrené el fatídico y mal denominado “uso de razón” porque siempre intento poner sentido donde sólo hay vacío, y eso no está bien, es casi pecaminoso, tal vez, incluso tiene un tono vulgar. Cuando mi mirada se pierde melancólica sé que por poco dinero vendería mi alma, puedo visualizarlo, ¡es que lo veo!, después me iría sin cargo de conciencia alguno, mi elección sería indiscutible e inmoral, sin embargo yo la adornaría con una dosis de delicadeza, con un toque de belleza y con mucho sentido del humor, sería algo así como el sexo de reconciliación para luego pelearse para siempre, y después prometerte inútilmente que no lo harás más. Sería algo así como lo que nos ocurrió a nosotros. La vendería por hastío, porque esta maldita sensación invasora de aburrimiento vital es más bien una posesión, y no sé si el resto de la humanidad también la comparte o reparte conmigo, pero no me importa que así sea o no, y arriesgo a decir que lo sé a ciencia cierta siendo mujer de letras. Sé que lo haría por poco dinero. Y esto es una suposición inmoral, incluso suena a puro chantaje, podría hacerte creer que es una absoluta casualidad que al final podría ser una desfachatez, ¿qué quieres que te diga?… “La verdad por favor, dime la verdad”, me dirías comprensivo…Y yo te contestaría cínica e irónica: “Gracias por tu comprensión…”

Mi sentido de la orientación es culpa de mi madre y el no saber si estoy haciendo escala o estoy ante el destino final es culpa tuya, todo lo demás, sí, he dicho “todo lo demás” es solamente culpa mía, por ejemplo el estar siempre a la espera de novedades alentadoras que no llegan, y además el saber que es mejor que ni tan siquiera acerquen posiciones, ni aprovechando la nocturnidad ni tampoco su alevosía, este nimio ejemplo y lo demás, lo reconozco, es todo culpa mía.

Las mujeres engañamos como lo hacéis los hombres, sin embargo dicen las malas lenguas que nosotras somos más listas, ¿qué de dónde saco tanta seguridad?, ¡pues no lo sé!, pero te recuerdo que en la cuerda floja yo ya no flojeo, arriesgaría a decir que ya no sé flojear, también puedo decirte que cuando beso a un hombre sé si es distinto, y puede ser distinto para bien o distinto para mal. Luego puedo entrar en razón y volver con mi ex, o decir que me gusta cómo eres pero que no te necesito como esposo o compañero, aunque lo cierto es que sé que nunca te echaría de mi cama, no hasta la hora de dormir, perdón de soñar, que sin duda prefiero hacerlo sola. Es como una de esas discusiones acerca de quién besó el primero, ¡qué tontería!, o una conversación muy animada ante una tumba, ¡qué es esto tan descabellado!…No quiero fiestas, ni líos con hombres, cogeré un taxi para irme a un monasterio, que nunca he sabido si se dice navegar o conducir un barco, que nunca jamás he explorado las posibilidades de mi degeneración innata, ni tampoco las de la adquirida, que nunca he firmado acuerdos prematrimoniales, y nunca hubiera podido imaginar que, ni imaginarte así, ni imaginarme tan… ¡Qué más da!, así son las cosas, tan… Y tanto.

Te pienso con fuerza y dulzura en una especie de onda triste que oscila y levita sobre mi abismo que es nuestro. Te juro que quisiera que cayera, que se despeñara y se convirtiera en átomos en ese oscuro fondo suyo. Te juro que no puedo hacerlo, que sigue oscilante levitando triste sobre la tortura de mi sentir y en la locura de mi cabeza. Que me siento desfallecer desde la altura de este abismo, que me quito los tacones para evitar el vértigo emocional, que caigo al suelo por la inercia de mi pesar, y que todo es simbólico porque la verdad es la que es, y te pienso con fuerza y dulzura en una especie de onda triste que oscila y levita sobre mi abismo.

Ese que los dos sabemos… Ese  que es el que nos separa.

Sofya Keer

Te pienso con fuerza y dulzura.jpg

 

Un tango argentino

Una tarde tomando una limonada bajo las moreras me dijo que en la historia de la humanidad, de todos los hombres y de todas las mujeres, hay una cosa que es bien cierta, y es que los hombres tienen más vista que cerebro. Me lo decía sonriendo al hilo de las infidelidades de su marido, y en su sonrisa no había rencor ni tampoco decoro, a estas alturas ella estaba por encima de ciertas cosas, ya había subido al cielo y había vuelto a bajar un par de veces, y en su trayecto había visto acantilados escarpados y aguas profundas, suaves colinas y pintorescos pueblos de la costa, había caminado entre tumbas, se había fugado a México reventando las costuras de su maleta de tantos libros que llevaba dentro, había agradecido inmensos y sucios favores con copas en clubes nocturnos, había apelado a su buen juicio pagando caros sus errores, había estado años defraudando al fisco, había estado preocupada por su marido porque le veía triste y poco comunicativo mientras él follaba con otras, sin embargo, no se había preocupado de sí misma ni un ápice. Había gritado a los cuatro vientos que no quería una vida mejor, sino que solamente quería recuperar la suya, y nadie la escuchó jamás, había enamorado locamente al novio de su mejor amiga y se lo quitó por dos veces, una cuando se casó con él, y la segunda, cuando ella conducía el coche a una velocidad desmesurada e ilegal y en el accidente él falleció. Había aprendido a bailar el tango en Argentina donde vivió por un tiempo, porque le habían dicho que allí la gente se interesa mucho los unos por los otros. Bailaba en la calle, y le encantaba hacerlo con hombres desconocidos para comunicarse con ellos a través de la mirada, que es como dicen que se debe bailar el tango, mirándose a los ojos, y así conoció a muchos de muy diversas clases, manipuladores, cerdos, enfermizos, huraños, insolentes, pasivos, agresivos y fieros, todos muy buenos bailarines, requisito imprescindible para ella, condición sine qua non para apasionarse y desear a un hombre. Finalmente regresó a España hendida en dos con muchas fotos que la hacían más vieja porque entendió que cuando las cosas dejan de producir hay que alejarse definitivamente. Había ido por caminos más firmes y en ellos sufría siempre por algo, había caído muchas veces por no poder mantener ya tanto orgullo, había hecho ofrendas a diosas divinas  que jamás le ofrecieron nada a ella, se había helado y también había vivido épocas de deshielo amoroso, había cambiado de vida infinidad de veces y se había prometido muchas veces más aquello de “ a partir de ahora siempre”, pero no lo cumplía, además del mismo modo y con el mismo resultado había cerrado hasta nuevo aviso, pagó muchas indemnizaciones por daños y perjuicios y a ella siempre le indemnizaron menos. Llegó a lo alto desde abajo y desde abajo supo valorar y apreciar la vida mucho mejor. Cuando descubrió una de las infidelidades de su marido le dijo: “Te aconsejo que arranques el coche, que no vuelvas nunca, yo ya me quito de en medio. Vete a vivir con tus padres, será más ventajoso para ambos”…

Me gustaba charlar con ella mientras escuchábamos tangos y me contaba sus historias tan fantásticas y entretenidas, tan duras  como su personalidad de mar. Con ella aprendí que a la vida hay que darle como mínimo una oportunidad, que cuando le dices a alguien que se ha pasado de la raya previamente debes advertirle de dónde están tus límites, que en ocasiones hay que alegrarse por no estar en el cementerio, o  que las mujeres modernas no se definen como sexis pero tampoco se oponen a serlo. Ella de niña hacía cosas de adultos y de adulta hizo cosas de adolescente, todo porque tras la muerte de sus padres en un accidente aéreo, su abuela materna la crió y educó siendo la vieja loca una detractora radical e incorregible del poeta y crítico francés Nicolás Boileau, el cual dijo algo así:

“Cada edad tiene sus placeres, su razón y sus costumbres”. Algo que jamás compartió su excéntrica abuela.

Sofya Keer

226

La mujer en su laberinto

Hay demasiado silencio, tanto que podría sentir el zarandeo de mis propias bases. Tanto silencio que podría meditar sobre la muerte, sobre Cristo, sobre la plenitud o el significado de todas las cosas. Pero no puedo, ciertamente es lo último que podría hacer ahora mismo. Quisiera correr como una condenada y saltar desde cualquier azotea al abismo, pero tampoco puedo. Siento un dolor profundo y seco, pese a la sangre que baja por mis muslos empapando todo mi ser. La profundidad de este dolor es atronadora, no recuerdo nada similar, o tal vez no puedo recordarlo ahora. Una procesión incesante de lágrimas baja y se extiende ya hacia mis pechos desnudos, magullados y doloridos. Pienso en las atrocidades humanas y maldigo mi existencia, el “¿por qué a mí?” ni me lo planteo, sólo quiero cerrar los ojos y desangrarme, deshidratarme y descansar definitivamente… Descansar de la extenuación de mis ideales, de los estigmas familiares, descansar de los detalles llamativos y estériles, de las maravillas de la vida, tan bastardas y tan escasas, descansar de la negrura difusa de toda esta mierda que acaba de ocurrirme, de las injusticias gratuitas y deliberadas. Sin embargo, cierro mis ojos pero es imposible mantenerlos cerrados, la catarata emocional cuando duele el alma es irrefrenable, es extenuante, mis ojos hierven y al hervir mis lágrimas se derraman… Huelo mi propia sangre, ese olor metálico mientras mi cuerpo se vacía de agua y de plaquetas. Nunca hubiera imaginado un final como este, idílico por su silencio sepulcral y odioso por su violencia, triste como todos supongo, pero con una soledad límite y agresora salpicada de sangre y lágrimas. En este preciso instante sólo deseo que pase por aquí un maleante, un asesino o criminal armado, que atraviese mi corazón con el acero de una bala o de una navaja, y que el impacto certero rematase el sucio y cruel trabajo de ese malnacido, al que no puedo desear la muerte, porque lo que espero es que jamás tenga descanso, ni tregua, ni paz en toda su puñetera vida… Siseo las palabras entre mis dientes con gran esfuerzo: “Por favor quiero morir, quiero morirme ya…”… Mi vida no está pasando por mi cabeza como en un fotograma, bastante sufrimiento me tenía preparado el destino con esto, como para dedicarme durante este trance a meter el dedo en la llaga o en el ojo ¡o dónde fuera o fuese!… ¡Maldita sea!, nacer con el cromosoma de la dignidad no te sirve de nada cuando un evento como este te hace sentir que la estás perdiendo, siendo realmente el indigno tu violador. Empiezo a pensar en el tipo de discursos intelectuales que despertará mi violación, que por cierto, deberían tener como norma el sentido común, aunque en el fondo una violación es un sinsentido demasiado común. Pero esto no me preocupa, he deseado la muerte algunas veces ya, una de ellas lo intenté y disfruté de la sensación de flotar y no sentir nada ni para bien ni para mal, pero  me devolvieron a la vida sin mi permiso, un sinsentido demasiado común en mi existencia, ¡otro  más!, ¿por qué la gente se toma la libertad de no pedirme permiso para hacer cosas conmigo, con mi cuerpo, con mi mente o con mi alma?… ¡Joder, si me hubieras preguntado si quería follar y hubieras respetado mi negación, yo ahora no estaría en este estado!, ¿porqué no me has respetado?, ¿cuántas veces te he dicho que no, cuántas que no, por favor, cuántas, hijo de puta?…No puedo disimular mi debilidad extrema, mis movimientos  ya no están subordinados a mi mente, no los siento, no puedo moverme, no son apaciguados ni mesurados, son simplemente inexistentes… La nutrición que suponen los buenos argumentos brilla por su ausencia, brilla como el agua salada que se desborda de mis ojos, brilla como el silencio reinante, y así me siento el ser más desnutrido del Planeta Tierra, la mujer más desgraciada del mundo, la persona más desengañada del globo terráqueo… ¿Y qué?, todo esto ya no importa, el mal está hecho y no puedo esperar nada mejor ni más alentador que una muerte fulminante, despectiva si lo desea y arrogante si es que se atreve… Me siento como flotando de nuevo, y de lejos escucho el silencio y también mi monstruoso y profundo dolor seco empapado en sangre, lo escucho porque ya no lo siento, no puedo sentirlo, y al escucharlo estoy deseando quedarme sorda, ¡es insoportable!… Quiero morirme… Ya… Por favor, que sea ya.

Me han dicho que perdí la conciencia… Supongo que perdí la conciencia del ser, del estar y del parecer. Un hombre honrado de buen corazón descubrió mi charco de sangre y en él me descubrió a mí. Le he dado las gracias por educación pero no por salvarme, ¿o es que también sin mi permiso van a estandarizar mi concepto de salvación?…

Existen las desgracias de género. La desgracia del género masculino es que un considerable y desconsiderado número de hombres tiene su dispositivo cerebral ubicado en su escroto, por malformación genética o por deformación mental, y esta desgracia del género masculino es la causa de la desgracia del género femenino, que sobreviene cuando en el camino de una mujer se cruza uno de estos especímenes, en sus relaciones, pseudorrelaciones o encuentros puntuales con ellos. Quiero y debo hacer una aclaración justa e importante, y es que no todos los hombres sufren esta malformación o deformación.

Sin embargo yo soy de esas mujeres que para sentirse triste no necesita motivos, ni reales ni ficticios. El hecho de vivir es ya lo suficientemente triste, y por eso coqueteo con la muerte cuando la ocasión es indigna y por ello lo merece.

Sofya Keer

las-frases-mas-crueles-para-dejar-a-alguien-960-body-image-1442998615

El vals eterno de Satanás… Na na na na Na na na na Na na na na …

Las tardes al sol, los versos sobre la mesa y los cigarrillos consumiéndose mientras reposan sobre el cenicero. Es difícil imaginar la velocidad de vértigo a la que nos desplazamos por nuestras existencias, hasta que en una de esas tardes soleadas haces memoria, y al hacerla, desfalleces porque  desde la vorágine de la rutina es imposible darse cuenta de que existe una disputa con el tiempo para confundirnos… Con esa sensación de lentitud agónica del pasar de nuestros días va una falacia vital, el tiempo realmente está pasando a la velocidad de la luz, pero no somos conscientes de ello porque nos embelesa nuestra rutina, y a ella pese al desencanto que nos procura le dedicamos nuestros cuerpos, nuestras mentes y lo peor, nuestras almas. Tal vez sería más beneficioso vendérselas al mismo diablo, desde muy antiguo se atribuyen pactos con Satanás a cambio de dinero, vida eterna o eterna juventud, amor o deseos insatisfechos, todos hemos oído mitos y leyendas acerca de esto… ¿Cómo vender nuestra alma al diablo?… Las siguientes palabras en latín podrían dar comienzo a la invocación…

“IN NOMINE DEI NOSTRE SATANAS LUCIFERI EXCELSI…”

Y ahora por favor, si alguien ha hecho un pacto con él que se manifieste, que por ejemplo, mueva una silla… Podría ocurrir que la silla cayera porque el pacto que hizo la persona con Satanás no tuviera nada que ver con la eternidad, y por ello acabara pereciendo y su espíritu manifestándose contra la silla… Pero no, todo sigue igual, la tarde apacible y soleada, los versos sobre la mesa, los cigarrillos consumiéndose reposando sobre el cenicero y además la falacia del tiempo, esa disputa que nos confunde. Menos mal que de telón de fondo suena un vals, “A Summer Place” y entonces empiezo a creer en las posibilidades remotas y en las probabilidades ocultas. Lo remoto y lo oculto de todo aquello que pasa en apariencia, me refiero a nuestra realidad aparente, a todos esos movimientos que hacemos confiados y de los que podríamos comenzar a desconfiar en tres, dos, uno… ¡Desconfiemos pues!… El vals me lo trae la brisa desde la casa de al lado, mi vecino es un joven extraño con aire perverso para los demás propietarios, al que le gusta la música clásica, y del que dicen algunos niños que al mirarle, sus ojos se han encendido mostrando sus pupilas de un rojo oscuro fulgurante, pero lo importante o la cuestión es que este vals lo escucha repetidamente y a diario. Yo lo escucho con él y no me canso de hacerlo porque de todos los ruidos y sonidos externos que me llegan cada día, este es uno de los más bellos, acompaña, estremece, relaja, contribuye a la evasión y también me sirve para tomar conciencia de que he de asumir el cambio, porque el cambio es básicamente mi esencia. Mientras escucho el tema por cuarta vez me llama  a través de la valla que separa nuestros jardines, me giro hacia los rosales trepadores en los que lucen avanzando la primavera, pequeñas rosas como pomos rojos, y por inercia le sonrío, tal vez en agradecimiento por ese vals diario…

– Hola…

– ¡Buenos días!

– Bueno, yo… Yo quería decirte que si te apetece tomar algo esta noche en casa, vendrán unos amigos y escucharemos música, ¡no clásica, claro!, tomaremos unas copas, y ¿quién sabe?…

Mi vecino extraño y con aire perverso para la vencindad, es muy atractivo para mí, nuestra diferencia de edad no parece ningún problema y su “¿quién sabe?” resultó de lo más sugerente como propuesta imprecisa e indeterminada. Acepté gustosa la invitación y pasamos una noche muy divertida, alocada e interesante porque sus amigos y amigas eran igual que él, sus conversaciones tenían un nivel considerable, juventud con cultura, bastante alcohol, suficientes drogas y como broche de oro un Strip póker en toda regla, una mezcla excitante para una noche sabática. Cuando todos se fueron, tras una velada de dedicarnos miradas profundas, y en las que por cierto, en ningún momento sus pupilas se tornaron de un color rojo oscuro fulgurante, se acercó a mí cuando yo ya me había levantado para marcharme y me dijo sonriendo:

– Todavía no puedes irte, nos queda el “y ¿quién sabe?”…

Entonces puso “A Summer Place” y bailamos mirándonos profundamente… Na na na na Na na na na Na na na na … Cuando terminó el vals me susurró:

– Ahora sí, ahora ya puedes irte.

– Muchas gracias por la velada ha sido muy interesante y divertida.

– Gracias a ti por venir y por concederme este baile.

– No ha sido una concesión, ha sido un placer.

En ese punto nuestras miradas se encontraron de nuevo, y me cogió de la mano llevándome al centro del ya destartalado salón… Las botellas vacías estaban por el suelo, en el ambiente ese olor rancio a tabaco y a hierba mientras las colillas infectaban los  ceniceros, los discos yacían tirados por el parquet y su guitarra dormía ya en el sofá. Una vez allí volvió a poner el vals, y sonó otra vez, y otra más, y así vimos amanecer, bailando muy despacio. Con el amanecer me despedí, una de las vecinas más malvadas de la comunidad me vio salir de la casa del vecino extraño con aire perverso, y sonriendo le dí los “buenos días”, yo sabía lo que pensaba su mente enferma y morbosa “¡qué indecente, si tendrá 15 años más que él!”, llegué a casa, me puse el pijama, me tomé un chocolate caliente viendo el amanecer definitivo y justo al meterme en la cama y girarme para iniciar mi descanso tuve una sensación dormida, tal vez olvidada, quizá jamás la tuve antes, comencé a reírme y a continuación lloré, ese desconcierto que a veces acompaña al orgasmo femenino, ese llanto que suele venir ante una descarga de tensión muy rápida, cuando el cerebro de la mujer libera una gran oleada de oxitocina y esa liberación masiva la abruma, fue algo así… Mi vecino me había hecho el amor, esas eran mis sensaciones, felicidad y plenitud, ¡me había hecho el amor, sin tocarme!, sólo bailando repetidamente una pieza de un vals y mirándonos a los ojos como si no hubiera tiempo ni espacio… Un baile muy lento y pausado…

Con esas sensaciones y escuchando a lo lejos  el vals que seguía sonando en su casa me dormí, pensando que tal vez él estaba asomado a su ventana mirando hacia la mía con sus pupilas de un rojo oscuro fulgurante, porque lo cierto es que la pieza no dejó de sonar repetidamente, y él permaneció todo el rato cogido a mí,  bailando y sin dejar de mirarme, y el vals empezaba, terminaba, volvía a empezar y volvía a terminar, y él, en ningún momento se separó de mí… Na na na na Na na na na Na na na na…

Sofya Keer

ooo

Hubiera preferido ser una cualquiera para tener una disculpa, pero yo no me disculpo por sentir…Sienta lo que sienta.

Cuando yo digo no es que no, y si no estoy dispuesta a esperar una de esas malditas y manidas casualidades en mi vida, es que no estoy dispuesta, simplemente no lo estoy. No hay nada que comprender ni nada que respetar, yo ya no necesito que me comprendan ni que me respeten, sólo necesito que me dejen en paz, no voy a cometer actos impuros ni decadentes como por ejemplo correr hacia atrás, ¿quién desea ir hacia atrás?, ¿quién, en su sano juicio?…¡Ah!, ¿tú sí?, pues yo no… Además, esta eterna cadencia del invierno podría ser cualquier cosa excepto un escenario de superación, y aunque parece que con el frío los artefactos de la vida pasan más rápido, la verdad es que no sé si me apetece o si necesito que la vida me dé un vuelco, no lo sé porque eso me suele acarrear mareos mientras mi respiración se entrecorta dándome una sensación de muerte súbita demasiado imprecisa, y aunque no me desanimo fácilmente, la sensación de convertirme en un despojo humano no es nada llevadera, no para mí. Es como una evisceración en una plaza pública, me debilito y mi vulnerabilidad es sagrada, es íntima, personal, salvaje e intransferible.

Tal vez si me mandas un beso a través del aire seré tuya, tal vez si nos vemos fines de semana alternos seré un poco más libre, y eso siempre contribuye a no ponérselo fácil a la decadencia amorosa, tal vez si te cargas de paciencia y descargas tus tensiones entre mis sábanas de satén y al más puro estilo “chico cool” yo estaré encantada, pero por favor, no me digas cosas que no pueda entender, no utilices  frases extintor para apagar mi fuego, no intentes llevarme a base de envites hacia una decadencia del amor asegurada.

Yo funciono de este modo, bien o mal es mi pauta de vida, es el puto mecanismo que me diferencia del jodido resto, y lo más atrayente es que me hace sentir viva, sin que me comprendan, sin que me respeten, la norma es simple, muy sencilla, sólo tienes que dejarme vivir, dejarme soñar, dejarme en paz y no por un momento, sino siempre o por lo menos hasta que mi aliento se extinga, no entres al trapo, no pretendas estar dentro de mí sin mi permiso, que ese no es el camino, no conmigo… Siento debilidad por materializar viejas ideas, esas que te rondan durante un largo período de tiempo por la cabeza, no desde que naces pero prácticamente sí desde que tienes uso de razón, y no sé si te sientes identificado conmigo pero no me preocupa, lo cierto es que no me importa ni lo más mínimo, los criterios ajenos ya no me fascinan, ni los anhelos de los hombres con los que me distraigo de la vida, además lo reflejo con claridad, mi nitidez es asesina y luce perfectamente el rango de mis reflexiones, la locura de mis emociones y el egoísmo de mi mente criminal. Sentir el calor de un cuerpo deseado me provoca cierta conmoción, he de reconocerlo, pero es como el calor de un precoz verano novedoso e incipiente, que en el fondo intuyes terriblemente largo y espeso. No sé si sabes que crecer con penas y rodeada de bienes materiales tiene un matiz mórbido considerable, que no es morboso, que esto es lo que me ha convertido en una mujer sobrada, que se me desbordan las tristezas y por eso las regalo cuando me obsequian con buenos orgasmos, que me sobra el dinero y por eso siempre hay homeless bajo mi ventana y en mi puerta, porque cuando me coloco tiro billetes por la ventana, y cuando estoy serena me gusta preparar sobres de colores y repartirlos a los que me esperan, y es la calidez falsa de esas sonrisas interesadas al darme los buenos días lo que me hace soñar con lo posible y darme de bruces contra lo imposible, y a ratos consigo agradecer el complicado hecho de existir aunque no sé si alguna día seré, juego a destruirme a cada paso o cada vez que me veo reflejada en un espejo, y lo peor es que eso se convierte en uno de mis pequeños triunfos, y entonces triunfo fútilmente y soy capaz de dibujar una sonrisa cubista en mis labios, más bien una mueca dolorosa, que se disipa con el paso de los días, que con terribles sacudidas me desplazan constantemente, generándome una ansiedad profunda con una inquietud apasionada por el otro lado… Hay tanto dolor, tanto… Además resulta que después del sexo con todos los hombres me ocurre lo mismo, miro a mi alrededor como si no conociera el dormitorio, y me alienta la idea de tener siempre un hueco acorde y oscuro para colocarme, aprovecho ese momento de turbación para ver misterios y enigmas donde no los hay, y al final aunque en el fondo mi pretensión sea propicia, resulta patética a todas luces y como mínimo poco clara. Luego paso horas y horas estudiando los perfiles y los modelos, y son poco claros como mi patética pretensión, poco novedosos como la generalidad y sin embargo así se venden, porque todos tenemos un precio, y aunque el precio es lo de menos, resulta que al final es lo que más cuesta.

Hubiera preferido ser una cualquiera para tener una disculpa, pero yo no me disculpo por sentir, sienta lo que sienta, así que debes tener presente que me gusta caminar y pisar tan fuerte que el suelo a mi paso se abra y se divida en dos, me gusta sentirme frágil con la grieta abierta y no decidirme por cuál pisar, sabiendo a ciencia cierta que finalmente pisaré ambas, y que lo haré con mucha fuerza, y que seguiré sintiéndome débil pues sólo es fuerte mi pisada, sólo es fuerte mi caminar que no puede parar de abrir brechas complicadas, y que además con el paso del tiempo son abismos.

Con todo esto quiero decirte que ya has conseguido mucho, porque a nadie me suelo confiar, y no sé si eres consciente de que ya estás dentro, y este mi Ring, y en él la única opción posible es la lucha, pero antes he de decirte algo, porque tengo un plan, una vez acabadas nuestras batallas ya te podrás relajar porque  vendrá la guerra y la ganaré yo, esa victoria será mía, porque puedo asegurarte que no has conocido jamás a una mujer que sepa dominarte con dulzura… Mírame bien por si logras alcanzar a ver el reflejo de mi dolor, escrútame con tu mirada e intenta protegerte porque ganarás o no las batallas pero la guerra jamás, para descubrirme realmente primero tendrás que luchar, y si lo haces con gracia, con sentido del humor y con clase tendrás el gran privilegio, te dominaré con dulzura, porque no soy una cualquiera, y si te duele, recuerda que no habrá disculpas, este es mi Ring y en él nunca sabrás si la lucha es dolor o es amor.

Sofya Keer

72855_4_468

 

La degradación de la palabra

“Un día mis brazos serán alas, mi piel un espeso y colorido plumaje, mi mente una perfecta extensión del cielo y en su inmensidad me perderé para ya nunca más volver. Será un día que amanecerá gris como las tardes efímeras del mes de Febrero, y además un sol oculto se aliará conmigo en mi afán de huída y en mi alocado anhelo de libertad… Volaré y me alejaré de los míos, de los tuyos, de los nuestros, conseguiré concentrar mi mente hasta cotas insospechadas, nada me encadenará, nadie me atará, tendré más decencia que toda la especie y disfrutaré de las alas del auto-conocimiento antes que torturarme con las barreras de la ignorancia terrenal… Mi evolución interna fraguará y gestará eclipses que harán desaparecer a personas, no sólo en los días que ocurran, sino que mis capacidades otorgarán un plazo de dos meses para hacer efectivas las aniquilaciones o ausencias oportunas, y ocurrirán de manera liviana e insospechada, como si fueran susurros, y los elegidos se irán para ya nunca más volver, como yo,  pero no será la guadaña quién se los lleve, me los llevaré yo utilizando mis maravillosas creaciones, mis fantásticos eclipses, excelentes e impecables, como el círculo perfecto… Se irán consternados y fracasados… Se irán como susurros… Desde arriba otearé los mares y las rocas, los océanos y los campos, las llanuras y al llanero solitario. Lejos de toda capacidad de comprensión alcanzaré la barrera del sonido y mi corazón sonará tan fuerte que desde abajo sentiréis mi latido como una tormenta eléctrica, más presos del pánico huiréis, pero no podréis, no se puede huir de uno mismo, porque yo seré la voz de vuestras conciencias, y os daré órdenes amorales, indecentes y asquerosas, y desde arriba os estudiaré, os manipularé y os desnudaré el alma. Mi boca y mis labios se convertirán en un pico color carmín intenso que actuará con la precisión de un bisturí quirúrgico, las abriré lenta y cuidadosamente en canal y diseccionaré cada una de sus partes heridas, para curarlas les pondré mucha sal y ahogaré vuestros gritos de dolor con mi espeso y colorido plumaje… Entonces caeréis en un sueño pesado que me servirá como tregua para preparar la poción que os salvará de vuestra hecatombe mental, os ayudaré a salir de vuestro abismo emocional, os daré una de cal y de otra de arena hasta hacer dos montañas, una con vuestros cuerpos de cal y otra con vuestras almas de arena… A ellas las venderé al mejor postor con sus cicatrices desbordadas y cosidas con sal, y en cuanto a vosotros, ya sin almas y por ello desalmados, finalmente, entenderéis que Dios no existe porque Dios soy yo, y cuando entendáis esto y reconozcáis mi omnipotencia y mi omnipresencia, os daré todo mi amor, frágil y amorfo, pero con una condición, y es que si no venís pronto a mi cama empezaré sin vosotros, porque ese es el tipo de chica que soy yo, y además, no puedo ofrecer más si no hay alma en vuestros cuerpos”

Recibí de ella la mejor mala crítica de toda la historia de mi carrera literaria, era una creativa bastante arriesgada, inteligente y mordaz. La leí y me enamoré de ella, su crítica me dolió de puro placer. Cada párrafo era como una sacudida sensual, cada punto y seguido uno de los previos hacia el ansiado punto final. Y con los suspensivos me sentía estremecer… Me costó mucho seducirla por mis inseguridades y aún más enamorarla por mi frialdad; sin embargo, sólo la he amado a ella. La madre de mis hijos nunca ha sido la mujer de mi vida, y la quiero por ese don maravilloso que me dio, pero el amor de mi vida fue ella, aquella mujer impetuosa, afectiva y distante a la vez, que dio aquel discurso inaugural en una jornada periodística acerca de la degradación de la palabra. No puedo creer que ya no esté, es difícil sobrellevar esta sensación derrotista y tremendamente triste que me arrastra y desgasta sin atisbo de ilusión alguna. Pero es mi ser cabal el que contribuye como una descarga a mi latir y cada amanecer al despertar miro el techo y la veo… La veo dando aquel discurso, la veo como la más bella de todas las amazonas sobre mí, la veo llorando como una niña en el cine y en la ópera y en el funeral de su abuelo, y en el de su madre, la veo sin poder verla, sin volver a verla más, sin dejar de verla en cada rincón de la casa, en cada rincón de mi ser… Y sé que esto no tiene fin pese a ser  el final, y todavía no entiendo cómo pudo ocurrir si conmigo era feliz y aquello sólo era un discurso inaugural, ella sabía que no tenía alas, ni un espeso y colorido plumaje, ella sabía que no podía volar… Pero saltó… Era Febrero y además éramos felices, aunque en ocasiones la sorprendía llorando y ella me sonreía y me decía que era de felicidad… Yo sólo la he amado a ella, y ya no creo que pueda amar a nadie de este modo… Nunca… Jamás.

Cuando finalizó su discurso tras un profundo silencio de asimilación todo el aforo se puso en pie y la aplaudió. Al terminar la jornada me acerqué a ella conocedor de que era la autora de la mejor mala crítica de mi carrera literaria, y le dije interpretando mi papel de “muy seguro de mí mismo” que ningún hombre de la sala llegaría tarde dejándola en el trance de empezar sola. Ella me miró muy seria y me dijo:

– ¿Qué quieres?, ¿no te gustó mi crítica?…

– Quiero tomar algo contigo tranquilamente y decirte lo que me pareció.

Sacó de su bolso una de sus tarjetas de visita y entregándomela me dijo:

– Pues eso tendrá que esperar, porque hay un hombre en esta sala que quiere llegar tarde para verme empezar a mi sola.

No era cierto, pero sentí celos, y sobre todo, sentí que tenía que estar con ella. Me enteré después de algunos meses juntos, y me lo dijo mirándome a los ojos con esa expresión suya… Muy, muy seria. Yo tenía que estar con ella pasara lo que pasara, y al final pasó lo peor.

Sofya Keer

la-degradacion-de-la-palabra