Mirando cornisas desde un manicomio

Sal de mi cabeza, te lo pido por favor… Cierro los ojos para dormir, y si me duermo, siempre intento perderme y si me pierdo en mis sueños anhelo el sueño eterno. No me resulta fácil olvidar ciertos detalles, por ser bellos y anodinos, como por ejemplo que me volvía loca tu pinta de traficante de armas, o cuando hablábamos largas horas y me hacías volver a la realidad con frases como: “pocos medios pocos problemas resuelven”, tampoco puedo olvidar cuando en la calle mientras hablabas con algún vecino te aproximabas a mí pidiendo disculpas por la interrupción de la charla y sonriendo  me susurrabas: “ Sube a casa y espérame casi desnuda en el sofá”, lo hacías con un tono agresivo y territorial fingido que me provocaba un tremendo y excitante escalofrío que recorría mi cuerpo entero… Desde mi atolondrada cabeza hasta mis pies que ya levitaban por tu insinuación en ese “casi desnuda” que tus labios pronunciaban susurrando… Adorabas el brillo de labios con olor a fresa que me ponía a diario y te acercabas contoneándote para lamerlo y comértelo con sensuales bocados en mi labio inferior, recuerdo cómo después decías: “Por favor, vuelve a ponerte esa mierda tan sensual en tu boca… Hazlo, por favor” …

Y por favor te lo pido, no estoy acostumbrada a rogar, sal de mi cabeza con esos eternos porqués, con mi culpa como bandera, con nuestros excesos inútiles ya… Recuerdo cuando me dejabas hablar y hablar sin parar, sin interrupciones, algo muy poco caballeroso de tu parte. Te mostrabas distante y distraído para que mi enfado alcanzase cotas insospechadas, entonces me cogías en brazos me llevabas a la cama, me desnudabas, te desnudabas y ya no había tiempo… No había espacio… Yo flotaba, y tú lo hacías conmigo.

Ahora todo es tan normal, es como mirar cornisas desde un manicomio. No puedo olvidar tu mirada lasciva y tierna a la vez, algo maravilloso que te convertía en el hombre que todo lo hacía bien. Y yo estoy haciendo un gran esfuerzo apartada de ti, con la puerta de casa como frontera y con una congoja infinita que me desborda en esta extraña soledad. A ratos una música imaginaria en mi cabeza me distrae del silencio y con afán de burla me lleva a ese punto fijo en la nada en el que mi mirada se centra hasta que mares y mares de lágrimas me salvan de mi particular naufragio mental. Ya lo ves, no te exagero, es todo tan normal como mirar cornisas desde un manicomio, ¿quién iba a sospechar de alguien que desde un frenopático pasara las horas muertas mirando las cornisas de la tremenda construcción psiquiátrica?, nadie sospecharía, todo el mundo lo vería normal… Tan normal…

Nuestra intensidad se disparaba y apuntaba maneras, y el tiro era certero y la diana no fallaba, la diana siempre era yo, tu centro era yo y apuntabas y me dabas y yo caía rendida…Y no fallabas… Y no fallaba, nuestra intensidad nunca fallaba.

La pregunta que no puedo dejar de hacerme es : ¿Qué es lo que falló?…

Sofya Keer

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Abismo

Te reto a que leas mi carta. Pero hazlo en soledad muy lentamente, para leerla podrías consumir la sustancia a la que eres más adicto, después date por jodido, porque te aseguro que no podrás escapar de él… Y él es el abismo.

Te juro que no me duele la caída física. Yo aguanto dosis de un dolor físico trabajado y cruel, tan cruel como Dickens. Pero no es lo mismo con mi dolor emocional. Eso es ya un rompecabezas cuyas piezas nunca encajaron y sé que jamás encajarán. Sin embargo para mí no es preocupante, es más bien rallante, y ralla tanto como una tensión sexual no resuelta. El dolor emocional me desintegra en átomos de desencuentro y tristezas.

No quiero ponerme dramática porque aunque soy consciente de que lo parezco no lo soy, y parecer no es ser ni tampoco estar, yo soy irónica, parezco patética y estoy neurótica. El abismo juega a domesticar mi ego y ese juego me descentra, y descentra también a mis yoes, no porque mi alma indómita se resista sino más bien porque su adiestramiento me coloca ante una realidad en la que con sólo otearla, con sólo aproximarme a ella yo ya sé perfectamente a lo que me expongo. Me expongo a él, vulnerable e injustamente, como si hubiera permanecido veinte años en una cárcel de mierda sin haber cometido el crimen. Y es culpa mía por no creer en nadie, es culpa mía porque tengo un valor de la ética elevado, es culpa mía porque estoy convencida de que la virtud se logra fuera de la sociedad, y esta incluye a las personas. Más también a los hombres, pero no tires la toalla por ello, sigue leyendo esta locura por favor.

Mi abismo es raro y complicado como yo, ¡es así!, como la familia, es la que te toca y punto. Por pensar siempre me han mirado mal, sin embargo al abismo yo lo miro con mi prisma, el fruto de mis experiencias que por el hecho de ser pasadas ya no existen pero sí son importantes, por lo que de mí han hecho gracias a su destreza con la cirugía heroica, y al uso y desuso de un bisturí certero y cruel. Al abismo yo lo miro con un caleidoscopio, y creo que por eso me provoca un vértigo emocional que en el fondo yo sé que es excitante porque lo siento así, y mientras siento esa extraña excitación, figuras perfectamente geométricas, de todos los colores se entremezclan convirtiéndose en miedos, en fantasías, en traumas que justifican motivos, en causas perdidas y en consecuencias de esas causas que por ello se pierden aún más. Mi abismo es profundo e intenso por sus procesos caleidoscópicos.

Básicamente hazte a la idea de que la imagen es esta, pero antes aprovecha mis dos puntos para beber, fumar, comer o esnifar esa sustancia sin la que no puedes vivir y con la que has iniciado la lectura siguiendo mi consejo sumisa y puerilmente. Ahora sí puedes hacerte a la idea. Y si eres de los rebeldes y has decidido que la lectura va a ir en chute frío y seco sin acompañamientos tóxicos, estás igualmente jodido, porque hoy vas a pensar muchas cosas tras leer mi carta. Muchas. En fin, que por última vez, te repito que intentes hacerte una idea de lo que es:

Mis idas y venidas, mis subidas y bajadas, mi cielo y mis infiernos, mi yin y mi yang mientras me acerco y juego a bordearlo… Es un juego porque la vida es un juego para mí. Un juego no tan serio en el que apostar tampoco es lo más trascendente, porque lo realmente crucial es jugar o participar, es querer hacerlo, es poder, es necesitar participar en él. Y fuerzas te juro que aunque siempre me fallan jamás me faltan, al final paradójicamente nunca me faltan, son los motivos los que me frenan, y cuando existen, cuándo hay motivos reales para arriesgar, lo miro, me mira y el caleidoscopio empieza a girar automáticamente, porque el artilugio en cuestión ya interpreta muy bien nuestras miradas. Entonces mi vértigo emocional surge como un hijo de p…, disculpa, como un hijo del materialismo en su propensión al egoísmo para convencerme de que no juegue. Intento convencerle de que mi generosidad es como un cheque en blanco, intento convencerle de que tengo un talonario para repartirla por doquier… Lo intento pero no lo consigo, y es que tal vez ya entregué mucha, y sé que siempre más de la que recibí… Pero sé que algún día lo haré, algún día le convenceré de que aún tengo mucha generosidad en mi ser. Sólo necesito motivos convincentes y reales porque mi abismo tiene su razón de ser, y sus razones para estar y parecer profundo. Un abismo sin carácter no vale la pena y la pena es que juego a bordearlo y no encuentro motivos para lanzarme y no sólo volar sino sentir que lo estoy haciendo. Eso es lo difícil, eso es lo más maravilloso del abismo, vivir la caída y sentirla como un puto vuelo fantástico y maravilloso.

¿Son motivos un cúmulo de casualidades, de afinidades, de ideas que suenan al unísono desde la bilateralidad más absoluta?, ¿incluso aunque de lo absoluto se diga que no existe?… Y al hilo, ¿son motivos los beneficios de la duda?… Una voz agradable y sugerente, un reto, unas palabras oportunas en un lapso preciso en el que no hay binomio espacio-tiempo tangibles, ¿son también motivos?…

Mi pie izquierdo sigue al derecho en fila india y así sucesivamente voy bordeando el abismo. A veces paro y lo miro, me mira y sabe que dudo, y si dudo hay motivos, y si los hay podría lanzarme, y si en lugar de volar me despeño el daño físico no me causará dolor pero el emocional me dejará ya exhausta, porque te juro que no sé qué me ha ocurrido, ni a mí ni en mi vida, sin embargo ningún motivo ha sido suficiente para no sólo volar, sino también para sentir que estoy volando. O incluso caer y sentir la caída como un vuelo.

El abismo es una A de aceptación, una B de brillo, es una I de intento, una S de suspiros, es una M de merecer y una O de oportunidad. Por eso lo miro y me mira, y dudo, y la duda es compleja porque el abismo lo es y la duda es profunda porque él también lo es, y de paso, porque todo hay que decirlo ambos son como yo y yo como ellos, soy compleja y profunda, soy intensa y abismal como mi duda, como mi abismo.

Sofya Keer

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Y el dolor me pone y si me pone no me lo quiero quitar de encima

El mar como telón de fondo no es una novedad. La novedad es que su azul es inusual y sus crestas blancas el matiz entre matices. Sin embargo este buen vino y la música sonando son el acompañamiento ideal cuando hace mucho tiempo que perdiste tus ideales y no sabes muy bien si deseas recuperarlos o tal vez pasar a otras cosas más banales o superfluas. Empieza a anochecer.

Me gusta la noche, es como un nuevo salto al vacío, como tu primera hoguera: invocación y rito. Es lo inmenso del cielo, lo inmenso de la muerte. La noche me define, es por ella que me esfuerzo en la ardua tarea de acortar mi vida, una labor controvertida que en mi caso acumula un amplio abanico de anécdotas. Es con la noche que me diluyo. Es con ella que a veces entro en una absoluta y absurda desesperación, y sumirse en el pánico no es plato de buen gusto, sin embargo, es uno de mis fracasos conscientes que me incapacita para generar ideas cuando precisamente es ahora, en este instante casi nanosegundo, que tengo una necesidad imperiosa de cambio. Quiero y necesito un cambio radical de naturaleza embriagadora y sensual, supongo que para darle una alegría a mi corazón. O tal vez no… Sin embargo lo que afloran son mis pesadillas y mis miedos, pero me refiero a los peores, a esos más profundos y enquistados. Mi adicción a las anfetaminas tampoco ayuda, o tal vez sí… Pero es que incluso con el cambio yo ya sé que la vida seguirá repleta de incógnitas sin respuestas, sé que en mi existencia seguiré obsesionada por los sentimientos más deplorables creados por mi especie e interiorizados en mi ser desde mi alumbramiento. Así que no tengo ninguna duda acerca de que mis apatías son las que me apartan del mundo, tampoco de que mi obstáculo más grande es mi deseo, es decir, lo que quiero y no llega, aquello de la ley de atracción y su jodida doblez. Además, mis secretos pugnan por salir porque la vida no sólo se vive, también se piensa, y esto es un error y un horror que nos convierte en jugadores y por ello cuando nos acercamos a las vidas ajenas no vemos más que juegos, pasatiempos, cualquier cosa menos el altar que debemos venerar y respetar por toda la devoción que merece cualquier existencia sólo por el hecho de ser vivida. Hay que tener cuidado con el cómo manejamos nuestros poderes… Yo sólo quiero vivir en las nubes pero con los pies en la tierra, no necesito más, ya no necesitaría hablar con el Señor de los Sueños, no necesitaría usar tanto el teléfono para llamar a urgencias después del arrepentimiento tras el intento nocturno, ¡acabará por salirme un herpes en la oreja!… Algo repugnante, como todo resulta ser al final en este mundo de locos, trastornados y trasnochados que jugamos al insomnio algunas noches y otras a jugárnosla.

Todo se lo debo a mi espíritu romántico y surrealista, como la remesa de aquellos escritores simbolistas franceses del 1960, algo así o tal vez no… Lo mismo fue muy diferente y lo que me ha llegado de ellos en forma de lecturas es pura bazofia que no se corresponde con lo que realmente fueron. En cualquier caso lo que sí ha sido indiscutiblemente diferente hoy es el azul del mar. Y diferentes también han sido los matices de sus crestas blancas. Ahora ya no se aprecian porque la noche otea y me acecha.

La intensidad me define tanto o más que la noche, no la busco ni la encuentro, yo soy intensa, yo soy nocturna, yo soy consciente de que la intensidad duele y de que la noche es su refugio, pero ser consciente no importa, cuando resulta que te dejas la piel intentando arrancártela porque mudarla es algo que deseas pero sabes que no es real contemplar en tu esquema cognitivo. Y deseo el cambio pero no puedo contemplar una falacia en mis hemisferios cerebrales realistas hasta el tuétano. Y me duele y el dolor me pone y si me pone no me lo quiero quitar de encima. Y me duele. Y me pone. Y no me da la gana de quitarme este dolor tan agudo de encima… La música me ayuda, el vino también y la dulce tentación de mezclarlo con las drogas es mi particular modo de pedir auxilio, un auxilio sordo que nadie puede oír porque no sale de mi cabeza más que en forma de carcajadas cuando en soledad me coloco y con la música reconozco que me duele y que me pone y que por eso no me lo quiero quitar de encima… Me cabalga y me vapulea, me lleva y me trae, me sube y me baja… Hay dolor… Mucho dolor, tanto dolor, es demasiado dolor… Pero la culpa es de mi intensidad… De mi intensidad y de mis noches.

Era otoño. Estábamos en París. Y fue así de sencillo, me dijo:

 – ¡Si no sabes cómo soy!… ¡Llevamos sólo dos semanas viéndonos!

Yo le contesté:

– No sé cómo eres, pero sí sé cómo soy yo.

Comenzó a caminar alejándose de mí, supongo que para desandar lo andado y no sé qué coño pensó en el breve trayecto, pero se giró de repente y me lanzó este órdago:

– ¿Puedo llamarte alguna vez?…

No me lo pensé y le contesté:

– No, no puedes.

Y desde entonces este dolor y mis pequeños fantasmas, ¡joder!, que no son pequeños, son grandes, son gigantes, son realmente apoteósicos… Aquello no salió bien, pero es que nada sale bien desde entonces, y cuando ya no tienes fuerzas no sabes ni cómo disculparte, y cuando las cosas fáciles nunca te pasan a ti, aunque una lejana y pusilánime voz en tu fuero interno te diga a ratos y de manera penosa un triste “quiero ayudarte”, tú no lo valoras, no sientes ni la más mínima necesidad de autodominio… Entonces te dejas y te abandonas, con tu dolor inmenso e intenso mientras en tu mente sus ojos y su talento impresionante digno del mejor amante que jamás has tenido, conocido y soñado te envuelven entre copas de vino, pastillas y música. ¡Es que no lo hubiera podido ni soñar!, hasta ese punto llega mi ineptitud y mi incapacidad existencial, ¡qué incapaz, qué inepta!… Sólo sé que los demás incluido el último, todos han sido imitaciones, amputaciones, castraciones y engendros de amantes que no he querido ni deseado como a él.

Y me tranquiliza el hecho de que tengo claro que si me pone no me lo quito, no me lo quiero quitar de encima, que me cabalgue, me vapulee, me lleve y me traiga, me suba y me baje… Y más vino, más música, más anfetaminas… Más dolor.

Sofya Keer

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Un pacto caprichoso y secreto

Algo que siempre agradeceré a mis padres es que fueran de pueblo y yo naciera en él. Eso me permitió huir pronto de ellos y marcharme a la capital para hacer una carrera universitaria y abrirme al mundo. Cuando creces en un pueblo de menos de quinientos habitantes sientes que no tienes impulso propio, sientes una angustia indefinible cuando piensas que no tienes un “hombre tipo” del que enamorarte o al que follarte con avidez animal e insaciable. Sientes que debes practicar el mutismo y hacer de tripas corazón cuando te gustan y disfrutas de las expresiones crueles, sientes las puertas como fronteras y la catatonia con la que amaneces suele ser la misma que con la que te acuestas. Si no quieres convertirte en un ser mimético e imitador de llanto silencioso, debes plantearte una huida en condiciones para dejar a tus progenitores en el pueblo felices y orgullosos de la hija que va a la capital para convertirse en una mujer de bien. Y así pasó, pero ese verano antes de marcharme vino al pueblo una familia inglesa que se instalaron definitivamente a vivir en nuestro pueblucho de menos de quinientos habitantes. Él irradiaba serenidad y fue vernos y desearnos. Con una curiosidad insolente como carta de presentación a los diecisiete años, y con un deseo irrefrenable y enquistado que hacen llamar virginidad, pasamos el mejor verano de nuestras vidas en el pueblo. Fue con el tiempo que aprendimos nuestros idiomas correspondientes, aunque en la cama no nos hizo  falta hablar nunca, pues nuestras miradas se conectaban y nos hacían olvidar hasta nuestras raíces, y sigue siendo así y además es mutuo, y me sigue excitando brutalmente la sensación de desarraigo que sólo con él he podido experimentar a través del sexo. En Septiembre marché a Madrid y él a Londres con un pacto que se tradujo en un acuerdo mutuo, por el que todos los veranos estuviéramos con quién estuviéramos nos veríamos para follar con avidez animal e insaciable. Sin emociones, o mejor dicho, con la emoción única de saber que todos los estíos tendríamos ese espacio apasionado que llaman amor de verano. Un pacto secreto y caprichoso para pasar las horas, los días, los meses y los años de nuestras existencias. Un tesoro recóndito que alimenta nuestras almas hasta el punto que después de casi treinta años y a ratos, no sabemos si estamos enamorados, si nos amamos o si tan sólo es un deseo atroz. Y esto lo hemos hablado en varias ocasiones entre risas y copas de buenos vinos.

He tenido dos matrimonios con sus respectivos divorcios, un hijo del primero y un dogo argentino maravilloso del segundo. Actualmente vivo con un tercero y sin embargo, mi chico inglés que ya es todo un hombre es el único que todos los veranos ha estado conmigo desde mis diecisiete años. Él tiene en su haber un matrimonio con su separación y una segunda convivencia que mantiene y alterna conmigo. Nos organizamos muy bien, incluso en ocasiones nunca hemos tenido problemas para ir sin nuestras respectivas parejas al pueblo. Un mes de vacaciones allí y volvemos con las pilas cargadas, él a Londres y yo a Madrid, para seguir viviendo en el vacío y el hastío de nuestras sucias rutinas infectadas, inyectadas y chutadas de monotonía.

Ahora mismo al escribirlo estoy siendo consciente de la felicidad que me provoca. Mis ojos empapados agradecen con lágrimas de contento este tesoro caprichoso y secreto que durante casi treinta años estamos manteniendo los dos.

Es extraño el mundo psíquico, el pensar desordenadamente porque no piensas como la generalidad. Sin embargo, últimamente arrastro una tristeza sin frenos, es arrítmica y demasiado espesa para mi refinado gusto. Tengo ganas de llorar casi constantemente… Echo de menos las montañas, el frío tranquilo y apacible de la sierra, la frescura de la pinada y mi pueblo de menos de quinientos habitantes. Supongo que el encanto de visitarlo solamente para despedir a los muertos o en los veranos empieza a ser extraño…. Supongo aunque suponer no es mi fuerte, y mi fortaleza tiende a debilitarse porque en el fondo no sé si estoy enamorada, si le amo o si es tan sólo un deseo atroz… Todavía no lo sé, pero no tengo la menor duda de que todavía quiero, necesito y deseo muchos más veranos caprichosos y secretos como los nuestros. Y si nunca llego a saberlo, ya he dejado dicho que me entierren en el pequeño y viejo cementerio con olor a pino carrasco, con el frío tranquilo y apacible de la sierra y la frescura de la pinada… Sé que no hay un lugar más maravilloso para eternizar un pacto tan caprichoso y secreto como el nuestro, porque caprichosa y secreta será también mi muerte, y por ello no hay nada más recóndito que estar rodeada de grandes montañas.

Sofya Keer

Un acto caprichoso y secreto

Mi carta de amor

Introducción:

Tengo una carta de amor para ti. No está escrita en sánscrito, está escrita con mi pluma favorita que lo es porque ha soportado perfectamente la inestabilidad de un pulso tembloroso ante las sensaciones que pensar en ti le han provocado. Sé que puedo parecer anticuada por este manuscrito, pero lo cierto es que hasta mis capítulos más tórridos y bizarros también suelo secuenciarlos en papel y bolígrafo. Sólo espero que la puedas leer tranquilamente tomando un vino blanco o fumando hierba si es lo que te apetece, pero sobre todo deberías leerla despacio y en silencio. No hagas juicios de valor, ni te juzgues ni me juzgues por lo que leas pues en el fondo es mi sentir, y aunque seas tú su único inspirador, esto no va contigo, son mis emociones, mis sentimientos, todo esto va solamente conmigo.

Desde niña mis padres no sabían muy bien si yo era autista o era una niña solitaria. A mí no me preocupó nunca lo más mínimo ni lo uno ni lo otro, ni la diferencia entre ambas etiquetas. Yo tenía y tengo un mundo interior hecho a mi medida, es vasto y extenso, y aunque desde fuera se veían y pueden verse en él toda clase de taras, para mí era y es perfecto pues mi cuarto de aseo no es comunal y en él tengo una biblioteca muy particular en la cual sólo hay libros que hablan de amor. Del amor romántico. Algo que nunca he logrado entender pues al leerlo en palabras ajenas es como que la experiencia leída está muy lejos de ti, de tu mundo, de tu experiencia… Y además, están tan lejos… Con esto quiero decir que conocerte no me ha hecho verlo todo claramente en este sentido romántico de la palabra, ni tampoco eres lo mejor que me ha pasado, porque lo único que ha ocurrido es que has aparecido en mi vida de repente, y eso nunca es crucial en una existencia, no para mí, aunque hay poetas que así lo escriben o expresan, para mí algo crucial es tener que elegir entre la vida y la muerte, y cuando te conocí no barajaba el suicidio ni por ello tú me devolviste las ganas de vivir, simplemente te vi, me viste y ocurrió algo que yo sé expresar perfectamente porque voy sobrada de vocabulario y también de emociones para expresarme, no como esos escritores que dicen no tener palabras para contar ese maravilloso sentir tan romántico y profundo que les desborda. La exageración es tan literaria y se abusa tanto de ella y de sus usos y costumbres… Pero mi carta no es exagerada, es sólo mi sentir y mi sentir nunca exagera, él  fuye,  y fluir no tiene nada que ver con exagerar.

Tal vez me estoy extendiendo demasiado con mi introducción pero si sabes todo esto entenderás mejor mi emoción y en el fondo ese es mi objetivo, que entiendas lo que expreso, tal cual es. Tal cual siento.

Pronto fui consciente de que me trataban de manera especial ante las dudas acerca de mi autismo o de mis excesos solitarios, eso me sirvió para fingir enfermedades que contribuían paulatinamente a enriquecer más mi mundo interior, así que en él lo tengo todo, no le faltan detalles y no le sobra nada porque la nada en él es serenidad, es  silencio, es recogimiento, y todas estas cuestiones son reparadoras y reconfortantes. En mi mundo estoy como en el útero materno y en él puedo flotar con mis sensaciones. No es tontería. Tontos son aquellos que desde fuera le ven taras.

Así que esta es mi carta de amor para ti:

Te quiero dentro de mi mundo interior y muy dentro de mí. He estado con otros, por supuesto que sí, pero a ninguno de ellos ni por insinuaciones les he hecho esta oferta. Ninguno ha estado dentro de mi mundo interior. Te juro que ninguno de ellos. A modo de prueba te ofrezco un día entero los tres: Tú, yo y mi mundo. Gracias a él flotaremos juntos y por ello después aceptarás una segunda visita a mi cuarto de aseo no comunal, en esta segunda prueba te leeré algunos fragmentos de ejemplares de mi biblioteca, tú me leerás algún texto, y para entonces ya no querrás alejarte de mí. Te juro que ya no te imaginarás sin mí. Tienes un mes para pensar si aceptas la primera prueba que generosamente te ofrezco. A modo de pista yo de ti buscaría el significado de flotar en el diccionario, todas sus acepciones. Recuerda que habrá una segunda degustación y que será a la tercera cuándo ocurrirá lo que tanto estoy deseando… ¿Sabes algo?, para entonces tú lo desearás aún más que yo”

Sofya Keer

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Autopsia de la memoria

Para liberarme necesitaba mirarle de frente. Había transcurrido ya ese periodo de incubación en el que mis emociones transformadas me devolvían el equilibrio perdido y por ello tenía que ser de ese modo, necesitaba mirarle de frente y al hacerlo no recordar que cuando sus labios recorrían mi cuerpo me sentía más irresistible que de costumbre, necesitaba no recordar que con él fluía y eso me influía en todo, ¡joder, en todo!… En mis búsquedas, en mis marchas, en mis regresos…

Fui a contrapelo desde que entró en mi campo de visión, al verle pensé: “Lo que sea y como sea quiero que pase con él”… Me salté los minutos lúcidos y lo que muy acertado dijo Jean- Paul Sartre:” Trata de amar al prójimo y verás los resultados”… Me lo salté todo, incluida yo misma y mi habilidad innata para emprender y salir al mundo. No era consciente pero es que lo sutil es difícil de percibir, sobre todo cuando tu percepción está alterada por el fantasma del dolor del pasado y además el hombre que tienes ante ti es capaz de sacarte de tu cueva tenebrosa con una energía desatada y seductora.  Inteligente, culto, de mirada verde y penetrante, podíamos charlar durante horas de las artes, del mundo, de psicología y filosofía, de literatura, de los sueños y de los cementerios, del bien y el mal, de lo humano y lo divino… Durante horas podíamos hacer el amor dulcemente o follar como animales salvajes, durante días incluso… Recuerdo, ¡maldita sea, no quería recordarlo!, aquel fin de semana en Roma, encerrados en el hotel de viernes a domingo, recorriendo nuestras geografías, contando nuestros lunares, aprendiéndonos nuestras marcas y cicatrices físicas, intentando curar nuestras heridas a base de besos y abrazos profundos, miradas eternas y caricias estimulantes. Recuerdo que fue el lunes cuando nos dispusimos a comenzar la aventura de conocer la ciudad, recuerdo que nos quedamos  una semana, recuerdo que no queríamos regresar… No queríamos… Yo tampoco quería recordar esta historia tan maravillosa.

Tengo infinidad de versos suyos de caligrafía estrafalaria y sensibilidad extrema, de sensualidad excitante y dolor soberano y por ello seductor.

Cuando me llamó para hablar yo necesitaba ese encuentro, necesitaba  mirarle de frente, necesitaba esa prueba de fuego para liberarme. Ya había transcurrido casi un año, yo me sentía recuperada y calibrada, así que accedí y nos encontramos en uno de nuestros bares predilectos. Tomamos unas cervezas y cuando él calculó que mi estado mental hacía aguas por el alcohol puso sobre la mesa un sobre verde como su mirada verde y penetrante, lo desplazó hasta situarlo frente a mí y me dijo:

Ábrelo por favor

Sí, estamos de nuevo en Roma, recuperándonos y calibrando, mientras él duerme una siesta yo he necesitado escribir esto en mi cuaderno, en cuatro días regresaremos a España y cuando galantemente me deje con el taxi en la puerta de mi casa le daré un sobre negro como mi mirada negra y penetrante, entonces le diré:

– Ábrelo por favor…

Sí, en él le digo que ya no volveremos a vernos nunca más, que estoy recuperada y calibrada y que ya no quiero sufrir más. En él le digo que nunca jamás volveré a Roma.

Sofya Keer

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A que no? …

Dejarme llevar por la ira no es la idea aunque son muchas las veces en las que tengo pensamientos que no me llevan al sitio anhelado, así que esto no me deja perpleja, sin embargo una extraña asociación de ideas me lleva a pensar que desde una azotea se pueden cerrar muchos asuntos inconclusos. Esto es algo interesante porque tengo muy claro que hay que cerrar para abrir, además el encanto de una azotea puede resultar  sobrecogedor e impactante. Lo mismo que yo puedo parecer hueca y opaca. Lo mismo que el sentido se acaba convirtiendo en sinsentido.

Desde tanta altura todo es tan minúsculo que resulta ridículo, puedo permitirme el lujo de vivir ajena al escándalo que hay abajo, pero no al estómago  porque miro y una sensación vertiginosa me invade, siento miedo, un horror indescriptible que sin embargo lo prefiero a las mariposas, ¡no quiero ni las de colores exóticos, no las quiero ni regaladas, no las necesito!… Mi estómago está hecho a prueba de bomba porque como no me gusta mentir siempre opto por el silencio, y es tan bueno. El silencio es bueno para tantas cosas… Y aunque las tolera no las soporta ni las digiere bien… Sí, hablo de esa sensación de tener mariposas en el estómago que se asocia a determinada emoción o sentimiento, o como quiera llamarse, yo no soy una especialista en esta materia así que no puedo decir nada más.

Me llamo Aurora y no soy una mujer con pulsiones suicidas, siento más debilidad por  las masacres, se llevan más, incluso sueño con ellas. Tampoco dejaría una nota de suicidio, ¿si te quieres ir para qué establecer comunicación alguna?, sería un desperdicio de vínculo o un vínculo desperdiciado. Tampoco me compraría un reloj “28”, no necesito saber los días, las horas, los minutos ni los segundos que me restan, sé que soy mortal y esta información es más que suficiente para mí. Con este dato tan fundamental sé que si mi ataúd es introducido en el nicho y nadie me echa de menos habré malgastado mi vida. Lo que me preocupa en un sentido metafísico es que… A ver, ¿cómo explicarlo?… ¿Y si todo esto es mentira?, todo… Absolutamente todo… Mis movimientos repetitivos en la vida, tanto los armónicos como los desordenados, mis vibraciones, las buenas, las malas y las sensuales, mi trayectoria y mi crecimiento, los que dicen quererme y yo no siento su amor, los que no me dicen que me odian pero yo siento su odio, mi soledad perpetua, mis prismas y dimensiones incluidas las tremebundas. Mi insomnio, mis lágrimas, mis risas y mis carcajadas feroces, mis promesas de darlo todo y también cuando lo he dado todo por nada… Mi espesura y mis ligerezas, mi hostilidad y mis sensibilidades extremas, mi repugnancia indiscriminada y mi generosidad incondicional, mis veranos largos, tediosos y calurosos, o mis inviernos cortos, divertidos y fríos, mis meditaciones junto al hambre brutal de mi alma. Mi tristeza que no se va, que no quiere irse, que va y se queda… ¡Que se quedó para siempre!… ¿Y si todo es mentira?… Mis viajes… A Paris, Ámsterdam, Bruselas, Rotterdam, Sóller, China, México, Menorca Sicilia, Dinamarca, Brasil, Florencia… ¿Y si no he estado nunca en Japón?… Con lo que me gusta el sushi.

Me voy a morir aunque respete el falso mito de esperar dos horas para el baño tras la comida, aunque cuide mi nutrición y haga deporte, aunque quiera creer en los milagros caeré fulminada como la torre, y todo por el simple hecho de haber nacido. No hay milagros, moriré pese a haber sido una buena neonata, una adorable niña, una adolescente maravillosa y una joven amorosa, moriré pese a ser la mujer que soy, la mujer mortal en la que me he convertido con el paso del tiempo… Moriré igualmente.

Mirar hacia abajo desde un piso número veintiséis es toda una experiencia de vida o de muerte, según cómo se mire… Sé que también moriré pese a ser tan graciosa y hábil con el uso de las palabras.

Mirar hacia abajo no es lo mismo que hacerlo hacia arriba, sin embargo el reto real es mirar hacia adentro, porque dentro de uno mismo hay demasiado para destripar si tienes tripas o estómago. La primera vez que miré hacia mi fuero interno tuve la misma sensación que ahora desde esta azotea cuando lo hago hacia abajo. Vi enseguida el escándalo que desde esta altura ahora me es ajeno. Vi mi vida y mi muerte porque son las dos caras de una misma moneda… Curiosamente desde dentro me sentí más viva que muerta aunque al ver todo lo que pude ver deseé la muerte, pero en ese preciso instante morir no estaba en los planes que al nacer me dieron así que continué explorando, y así hasta ahora combatiendo con las dos caras de esa misma moneda.

Desde aquí el equilibrio ansiado pierde todo su sentido, la balanza ciega de la justicia se contonea retándome. No quiero perder de vista el motivo real por el que estoy aquí arriba mirando hacia adentro mientras miro hacia abajo, ¿dónde ubicar la locura, aquí en las alturas o allí abajo con la masa de viandantes ridículamente minúsculos?… ¿Dónde está el límite y por qué limitarla?…

Hace demasiado viento. Hay demasiada altura. Demasiadas dudas, demasiados pensamientos, demasiado de todo y sin embargo siento que es tan poco. Es por eso que estoy aquí, porque me gusta el viento, porque adoro mis dudas, amo mis pensamientos, es por eso que todo es nada para mí.

Hoy cumplo veintiséis años, uno por planta. No sé cómo enfocar mi vida, no sé cómo enfocarme en ella, no sé qué es el todo pero lo que sé es que no soporto verlo como la nada, así que nada como sentir el balanceo de mi cuerpo en esta cornisa para jugar con mi equilibrio o tal vez para jugármela. La vida es un juego y jugando moriré, pero no voy a pensar que sea ahora, no tiene porqué ocurrir, yo sólo necesito sentir el viento y que desequilibre mi cuerpo para equilibrar mi mente. Es sólo un juego. No tiene por qué ocurrir nada más. Cerraré los ojos y no ocurrirá nada más.

¿A que no?…

Sofya Keer

A qué no