Pensar cosas inútiles es necesario

Hay personas con un poder hipnótico que aguijonean tu curiosidad sin remilgos ni escrúpulos. Las sensaciones se reactivan al interaccionar con ellas. Es como disfrutar de la lectura de un libro de ilusionismo. Las personas con  este poder son escasas, es como deleitarse con la visión de una alineación planetaria, ¿quién podría negarse a gozar de un espectáculo tan maravilloso, y qué decir de las sensaciones?

Le conocí y me enamoré tan rápidamente que empecé a buscar otros hombres para tentar a mi equilibrio y volver a desestabilizarme por mi bien y el de todo mi ser. Este detalle era para tenerlo en cuenta, era sólo la segunda vez que lo hacía. Obviamente sólo he estado enamorada dos veces en mi vida, de Didier cuando era una cría y juntos jugábamos a ser una pareja de novios mayores, y ahora, con más de cuarenta, después de no sé cuántos años pasando por alto el amor, centrada en una carrera profesional espectacular, fumando hierba de calidad, tomando buenos vinos con toda la escoria pastosa de la empresa, follando con tíos casados que por cobardes nunca iban a separarse de sus esposas y por lo tanto, nunca me perseguirían en serio, y por supuesto sin parar de viajar con dos amigas desmadradas a mi altura y con un nivel de hedonismo similar. Y entonces con toda mi vida montada a lo grande y por todo lo alto, aparece flotando un castillo en el aire que en una servilleta de papel de un bar me pone su nombre y su número de teléfono, y al dármelo me susurra antes de irse y desaparecer por la puerta lo siguiente:

– Llámame solamente si esas miradas que hemos intercambiado no son pura atracción física. Llámame si estarías dispuesta a darlo todo por un futuro juntos,  aunque sea oscuro y voluble. Llámame, me muero de ganas porque lo hagas.

Se dio un puñetazo simbólico en su pecho echó la cabeza hacia atrás por el impacto teatralizado y con un gesto de fatalidad cerró sus ojos. Yo que había cogido la nota y le observaba, rompí a reír. Abrió los ojos de nuevo tras su actuación, besó una de mis mejillas y se despidió.

¡Claro que me enamoré!, no voy a escupir falsedades haciéndome la dura, pero como era legendario en mí, no quería depender emocionalmente de ningún hombre.

Caer continuamente en las decepciones y en las excepciones es una buena y compleja herramienta de crecimiento personal, de lo contrario la torpeza y la confusión se instauran en tu existencia y esta pasa a convertirse en una película pésima, como es mi caso. Yo siempre he desechado las excepciones, ¿por qué iba a hacer lo contrario si me funcionaba?

Pero él sabía cómo mantener el interés de una dama, volví al bar infinidad de veces, él no aparecía por allí, su silencio me dejó fuera de juego y entonces quise jugar. Y aposté fuerte. Tardé un poco pero después de algo más de un mes le llamé.

Empezamos a salir y todo funcionaba como nunca, como tal vez hubiera funcionado con Didier si no se lo hubiesen llevado sus padres al otro lado del mundo. Incluso sabiendo que mi experiencia depresiva es corrosiva, que me atormenta y martiriza. Incluso sabiendo que en ocasiones miro a mi alrededor y me veo rodeada por la nada o el vacío, obsesionada con la indagación existencial, muerta en vida. Incluso sabiendo que no sé si esta mierda parará en algún momento. Teniendo además presente que mis inicios con ella se gestaron de una manera extrema y extraña, sobre todo por su precocidad, pues aunque a veces es difícil precisar el momento de una cosa yo era muy niña, y nunca me apetece recordarlo. Pues hasta ese detalle lo respetó.

Didier también lo sabía todo y pese a ello y siendo unos niños me decía que me amaba. Él también, él no me quería. Él me amaba.

Así que como el camarero del bar donde tomaba el café al lado de la oficina siempre deseó algo conmigo se lo puse fácil, y él alegando que le daba igual que nuestro futuro fuera oscuro y voluble me perdonó. Del mismo modo lo hizo con el becario que llevaba dos meses en la empresa. Y con el vecino del quinto que pasó dos veces por nuestra cama. Y con Didier, con Didier sin embargo no me lo pudo perdonar. Recién llegado de Australia me localizó gracias a una de mis amigas desmadradas y hedonistas, tomamos unas copas y nos fuimos a un hotel. Cuando por la mañana regresé me preguntó:

– ¿Con quién ha sido esta vez?

– Con Didier.

– Coge todas tus cosas y regresa a tu casa definitivamente.

Didier volvió al continente australiano con su mujer e hijos en plural.

Él y yo coincidimos muchas noches en el bar donde nos conocimos. Le miro, pero él ya no me mira. Le amo, me ama pero ya no tiene sentido el amor, y definitivamente con todo esto que acabo de plasmar me reafirmo en mi teoría de que pensar cosas inútiles es necesario.

Sofya keer

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Diecisiete de octubre de 2018: Mi decadencia

Nadie sabe de mi decadencia tanto como yo misma. Recuerdo cuando comprobé por primera vez que un ligero y sutil toque podía suponer un placer extremo y muy superior. Recuerdo las sensaciones como algo único e irrepetible. De hecho no se ha vuelto a repetir y ningún otro toque puede compararse a aquel. El primero, el que fue con un hombre mayor que yo casi veinte años. Yo tenía los veinte recién cumplidos y le pedí más pero se negó a ello, la universidad y nuestros roles profesor-alumna no eran demasiado propicios para historias, aunque sí ideales para aventuras. Fue único e irrepetible por eso y por otras cosas, cosas decadentes relacionadas con el bien escaso, y el bien escaso es la felicidad, y con su ausencia se viste mi decadencia que en días grises y lluviosos se disfraza de alegría y juega al despiste con mi alma, mientras mi ser se empapa de lluvia. No me dio más porque quería torturarme y mi deseo por él se fue ahogando entre lágrimas. Lo superé con el paso del tiempo pese a ser único e irrepetible, pese a encontrarme en el camino con hombres poco diestros en las artes amatorias, torpes y gélidos, casados o comprometidos. Pese a todo continué con mi vida acumulando más decadencia, recreándome en la escasez, suponiendo naturalidad en ello y presuponiendo futuros oscuros, escasos y decadentes. La cuestión es que crecer así no es fácil, pero si hay que crecer se crece, y al dolor del crecimiento le añadí las molestias que la decadencia existencial ocasiona. Lo peor es que me nutro de ella y nutrirse es más que crecer, es alimentarse, sustentarse, es sostenerse. Yo sé que definitivamente me embriago con ella. Eso es malo. Pero también es malo vivir sin el sentido estricto y profundo, es malo no saber el “porqué” y conformarse con el “cómo”, son malos tantos “peros” y peor son los “y si…”, sin embargo, pese a lo único e irrepetible, continuo como si nada cuando se trata de todo lo que me está pasando en mi vida.

Y no hay errores fatales, yo no los veo, a no ser que buscar bellezas irreales lo sea. Soy inquieta e indomable por eso la adversidad es mi medio y para mí no hay efectos adversos en la vida, hay decadencia. Mucha decadencia. Y en plural lo que hay son decadencias. Pero la anécdota de mi escasa existencia es que hubo un hombre que dio su vida por mí. Teníamos una historia que para él era única e irrepetible, pero para mí era una más del montón, por eso en aquel asalto en un viaje a Estados Unidos se puso delante de mí y los tiros le sacudieron mortalmente. Yo sobreviví sin traumas pese a la envergadura de su acción altruista, y es que yo nunca lo hubiera hecho, por eso cuando lo vi en el suelo muerto en una calle de Nueva York sólo sentí incomprensión por cruzarse en mi camino. Los disparos eran para mí porque el destino es así de caprichoso, él jugó a alterarlo y se jugó su vida, perdiéndola. Yo no lo habría hecho ni por él ni por ningún hombre del mundo, bajo ningún concepto y sobre ningún precepto, mi vida es mía, es única e irrepetible y por ello el primero de todos pese a su toque sutil y placentero tampoco lo merecería. No es frialdad o tal vez sí, no soy desagradecida, aunque es posible que lo sea, esas balas tenían mi nombre y yo ya tengo un ciprés con sombra, sin embargo, él no contaba con su mortalidad y su familia al no haber voluntades escritas o dichas no supo muy bien qué hacer con su cuerpo. El héroe sin tumba que dio su vida por una mujer llena de decadencia y escasez, que además hubiera deseado morir cuando él sin consultar se lanzó a cambiar un sino para el que ya había ciprés, sombra y cementerio pequeño, acogedor y apacible. El héroe que es sólo una anécdota más en mi vida, en la que sigue siendo el primero el único e irrepetible pese a todo y para todos los casos o supuestos, llámense historias o aventuras.

Mi decadencia es mi esencia, mi materia, mi yo y mi ego, mi ello y mi superyó, así que nada ni nadie puede saber mejor de ella que yo misma. Y si soy fría y desagradecida es por ella o tal vez por mí, pero lo cierto es que de aquel diecisiete de octubre de hace tres años lo que yo recuerdo no es al héroe sin tumba, es que esa era la fecha de mi muerte pero alguien me la arrebató, y esto ha pasado a formar parte también de mi decadencia existencial y mi escasez que es de todo menos escasa, y aunque me siento arropada por el hecho de que ciprés, sombra y cementerio no me faltan, cada diecisiete de octubre me regalo una rosa en memoria de lo que pudo ser y no ha sido.

Sofya Keer

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Una ducha entre sueños y locura

Fuiste una apuesta demasiado arriesgada e inútil, aunque he de reconocerte cierta sensualidad por tu aire desafiante, como el de una tormenta frente al mar. Esa necesidad de dominar la situación fue una estupidez muy humana, como la de nuestra especie creyendo que controla el mar desde las atalayas y los faros.

El reloj me regala a las seis de la mañana este silencio. Un silencio sepulcral que me hace pensar en cómo encarar el trámite inevitable de mi existencia: la pulverización de mí misma.

En algún momento las cosas dejaron de funcionar, y en el fondo todos tenemos una mitad silenciada u oculta que en ocasiones aflora de manera incontrolada. Es la luz en las tinieblas. Es como el arrebato de una atracción sexual.

Siempre estuve fuera de las normas. Lejos de ellas y muy cerca, mejor dicho, muy dentro de mí misma con malabarismos entre sueños y locura, y lo peor, temiendo a mis propias capacidades, ¡qué inepta y qué idiota a la vez!… Yo llevo al infierno dentro de mí y ardo en él, por eso no temo al vacío pues sé de muy buena tinta, que el peor cataclismo es una existencia vivida desde la tristeza. Si ahora tuviera que expresarme a viva voz temblaría. Yo tartamudeo cuando me pongo nerviosa y la pena me saca de mis casillas, ¡no sé cómo puedo vivir así!, todavía no lo sé… Mi capacidad adaptativa es mi autodestrucción porque al adaptarme a la tristeza caigo constantemente, caigo y voy cayendo con el paso de los días, voy sucumbiendo, clavando mis rodillas en las arenas movedizas de esta pena profunda y lodosa, recordatoria que de cualquier manera y en cualquier caso caeré fulminada como la torre.  Entonces todo esto se dará por mal empleado. Toda mi vida mal empleada, con la incapacidad latente de no poder vivirla a fondo, con el alma hendida en dos, entre mis sueños y la locura.

Me entran ganas de llorar y no soporto esta súbita debilidad, prefiero encender un cigarro con la colilla del otro antes que verme llorando porque las cosas dejaron de funcionar en no sé qué puñetero punto, o porque caeré fulminada y nada habrá valido la pena, y además está presente el agravante de ser consciente de que tanta tristeza será para nada. Esto no sé si podré soportarlo. Antes soportaría otra vida longeva llena de penas, que ser consciente de su inutilidad y de la futilidad de mis actos inspirados en ellas.

Siempre podría plantearme formar mi espíritu, regular mis acciones, aprender lo que debo hacer y lo que debería evitar, empuñar el timón y dejarme ya de tantas tonterías trascendentales. Ese afán mío por construir castillos en un aire contaminado, esta locura que me obliga a aventurarme y que si me abandona me sentiré aún más perdida. Y de telón de fondo esa vida vegetativa e indeseable, que es como la del resto del mundo.

Indeseable ella y deseable tú. ¡Qué sensaciones, qué subidas, qué bajadas!, y qué caídas cuando te deseaba…

Te deseo aún porque no quiero dejar de anhelarte. Sigo siendo una seguidora confesa tuya, sigo encaprichada por burlar tu censura, sigo presa de tu embrujo, y conforme cae el agua sobre mi cabeza siento cómo la tristeza se remueve en mi cerebro mientras yo me retuerzo pensando que todo será para nada. Llevo toda la noche de bar en bar, de copa en copa, tratando de castigarme aún más, borracha aumenta todo, mis sueños, la locura, mi pena y mis tristezas, el alcohol es el zoom de toda mi basura emocional. Y conforme cae el agua lloro y voy a seguir bajo el agua, voy a seguir llorando, alimentado ese todo para nada, asimilando la pulverización de mí misma…

¡Joder, y yo no quería llorar!

Sofya Keer

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En el tiempo que dura un grito

No creo en platillos volantes, ni en la telepatía, ni en la telequinesia, no creo en astronautas, nunca he leído a Isaac Asimov y nunca lo leeré. Lo juro. Yo sólo creo en lo que mi cerebro elabora cuidadosamente, él me entiende a la perfección. Yo sé lo que siento, realmente lo sé, no tengo dudas y si hay matices éstos contribuyen a engrandecer mis emociones. No las empobrecen, eso nunca ocurre.

Pero debo confesarte que hay algo increíblemente espantoso que no sé cómo gestionar. Me refiero a ti. Y es tan espantoso como los fetos, los fetos son terribles, y no los hace más bellos la promesa de la vida que representan, ¿sabes por qué?, porque será una vida sentenciada a extinguirse, y la extinción no es algo hermoso, es el final, es lo definitivo. Es lo irrevocable.

Con sólo vislumbrar o intuir tus lubricadas intenciones  me salgo de mí misma, mis hemisferios pierden su guía y me abandonan con una crueldad gélida, que con el paso de los días es una clara pauta de algo inadjetivable para mí, que siempre  nadé en las seguras aguas de la cordura y nunca en las peligrosas de las contracorrientes. Pierdo el control, me despeño por los acantilados misteriosos del instinto, y en el tiempo que dura un grito mi constructo se desmorona y mis cimientos se empapan por el descontrol de esos bailes maravillosos que me regalas egoístamente en la cama. Me rebelo contra esa esclavitud que no soporto, y que me mata de placer atada al cabecero con mis ojos vendados y tus susurros húmedos y  lascivos. Y al resistirme aumenta mi placer, y mis constantes arrítmicas me sitúan en ese punto indeseable del quiero más, necesito más, pero en realidad ya no sé si esa necesidad es un espejismo, o si mi cerebro quiere hacerme sentir esa exigencia que es carencia y no sé de qué. Lo cierto e innegable es que me está convirtiendo en una adicta. Soy adicta a ti y al placer que me procuras.

Y ese fuego no me quema aunque ardo con sus llamas y con ellas arde todo, mi pasado que no existe, mi presente que estoy consumiendo y el futuro que no tengo. Y arder no es el problema, el problema es que el fuego no me quema y tú eres el mayor inconveniente que tengo en mi vida, eres la cerilla y el combustible que propaga mi fuego.

A veces siento que no tardaré en convertirme en cenizas por este fuego arrasador, y la verdad es que no me veo remontando como el ave Fénix, porque mis alas claramente han sido amputadas por esta voluntad que me supera, y que mi cerebro lejos de controlar deja a la deriva en ese libre albedrío que me esclaviza, mientras mi corazón ha dejado de sentir, porque el vacío llega un punto en el que ya ni se siente. Y no sentir es bueno cuando no puedes controlar tu voluntad, y solamente la sientes cuando en unos aseos públicos con cada embestida el mármol del lavabo golpea contra la pared, o cuando en el ascensor subimos y bajamos hasta que consumamos, o cuando cogemos las llaves de mi oficina y mientras todos en casa duermen durante la madrugada, yo ardo sobre las mesas, los sillones o tirada en la moqueta del suelo. Es ahí cuando siento mi voluntad dominada por un instinto animal, es ahí cuando con cada sacudida el mismo vacío me llena de ecos ahogados de una voz que no es la mía pero que me domina, y aunque parezca que fluyo en el fondo me estoy asfixiando con mis fluidos, y aunque parezca que respiro jadeo, y mis gemidos son carencias que no identifico porque estoy anulada. Anulada y deseosa de que el placer me anule.

Piensa que esto es muy difícil para mí porque en lo que dura un grito me mutilo, me limito y a la luz de las llamas de ese fuego destructivo me convierto en mi peor enemiga. Yo que fui un feto horroroso, ahora soy una mujer que estando viva es la esclava de una existencia extinta. Mi consuelo es que tal vez pueda ser libre para escoger el momento de mi extinción definitiva. Sólo necesito un poco de voluntad para hacerlo, sólo eso, aunque en este momento y en este punto de mi vida ya no sé cómo se hace. Además siento que lo que ahora mismo necesito es que vuelvas a atarme a esa maldita cama con mis ojos vendados porque quiero arrasar con todo y arrasarme, y lo necesito hacer en el tiempo que dura un grito.

Sofya Keer

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Harakiri mental

Hoy he tenido un sueño desasosegante y por ello he amanecido escéptica, desquiciada, y si cabe, con más luchas y desvaríos en mi mente. No juego a pensar en si será o no premonitorio, sería un acto abominable del que no quiero responsabilizarme. Yo quiero actos cultos y hermosos, como se desean los hijos… Hermosos y cultos. Además, lo que se necesita para vivir es candor pues es ley de vida el hecho de que jugar contra nosotros mismos es detener nuestra felicidad, y en el fondo a nuestros bailes siempre le suceden nuestros descansos. Debería descansar pues.

En el sueño, manipulaciones oscuras e impulsos opuestos con juegos cerebrales en los que los astros no eran benévolos, me han llevado a un punto en el que en contra de mis intenciones no pugné con las posibilidades, así que exhausta opté por romper procesos. Pero no voy cometer el acto abominable de pensar que es premonitorio, sería ir contra mí misma, sería detener mi felicidad y flaco favor sería ese cuando ya poco creo en ella. No lo haré, voy a dejar ir los pensamientos y distraeré mis emociones.

Lo cierto es que ya desde los catorce años era una anticuada. Mi vida era un elogio a la lentitud en el que yo pausaba adrede, con alevosía y nocturnidad la inmediatez de los ritos de crecimiento. Supongo que por miedo a crecer. Sí, era un miedo atroz, el mismo terror que me da reconocerlo. Y todo era miedo a la muerte por creer que a más edad más cerca de ella me situaba. Tenía relaciones ilógicas con las cosas y con las personas, conexiones impensables en las que adoraba objetos y odiaba sin piedad a personas. Esto me generó traumas a los que me he adaptado perfectamente, porque perder la esperanza es necesario para mí, yo no puedo mantenerla siempre intacta flotando en el aire en forma de castillos de color verde intenso y bajo el lema de verde que te quiero verde o alegando que ella es lo último que debe perderse, esto siempre ha sido para mí una carga insostenible e insoportable, algo inasumible, por eso pierdo la esperanza con la misma facilidad que a los amores.

Y no sé si esto me preocupa más o menos que mi sueño, tampoco sé si debo dejar mi descanso y reiniciar mis bailes, aunque tal vez no estaba descansando, empiezo a no tener claro si prefiero un acto abominable como esas personas que odiaba o por el contrario otros hermosos y cultos como esos objetos que adoraba y eran libros. No sé si esta técnica del harakiri emocional renovará mi equilibrio, pero es que no sé si alguna vez estuve equilibrada o si mi equilibrio es diferente al del resto de personas odiosas que habitan este mundo abominable y hermoso, que no culto.

No sé si mi sueño es premonitorio o si mi realidad es un anticipo de ese sueño, sólo sé que si sueño con tu muerte, morirás, más no hay esperanza en la muerte cuando no crees en otras vidas. Así que en ese punto deberías elegir entre las dos opciones posibles:

¿Qué prefieres, tus bailes o tus descansos?, yo sólo puedo decirte que si sueño con tu muerte, morirás. En cuanto a mí y a mi sueño… Pues sinceramente,  ya no sé si bailar o descansar.

Sofya Keer

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Pequeñas verdades: El plan B

Terminamos de cenar… Fuimos a mi casa. A mi biblioteca, y ese día empezamos a leer “El Quijote” juntos. Capítulo a capítulo en mi cama, cada vez que volvía a mí leíamos uno, y además alternábamos para leerlos en voz alta. Ese era el esquema, juntos en mi cama, capítulo a capítulo siempre que volvía a mí. Y como era el libro original, leímos los 52 de la primera parte pasamos a los 74 capítulos de la segunda, y como leímos los 126 juntos cada vez que volvía, pasé al plan B… Y entonces, entonces irremediablemente perdió la cabeza por mí.

Un brindis cerró el trato, era el brindis de la adicción, de la infancia muerta, de la esperanza devastada, de la inmovilidad de la certeza, de las ausencias y sus tormentos. Era el brindis de la tristeza de lo nacido y de lo que no nace. Y con el brindis un deseo ebrio de fornicación sonámbula se quedó inmóvil en ese punto muerto, porque en mi plan B las lecturas eran ausentes, el sexo era ausente y además yo me ausenté.

Hay amores difíciles en los que la clave está en apuntar alto y en ese desafío que alimenta su vibración. No tengo la menor duda de que la creatividad en las artes amatorias debe ser un continuo flujo de inspiración y un insolente e ilimitado juego para regalar escalofríos. No debes perder de vista esas señales que te manda y ese entendimiento erótico a tu imagen y semejanza, pero que es sobre todo cambiante y alejado del empobrecido de las rutinas amorosas. Ahí está el infinito glamour y el auténtico sex appeal de las relaciones románticas. No en lo superficial ni en lo que se ve, está en la profundidad, en lo más hondo y frondoso de nuestro sentir. Y todo esto no lo tenía con ella después de veinte años de machacar al amor y destruir todas sus enclenques y sutiles construcciones. Por eso volvía a mí, por eso y porque mi construcción le hizo perder la cabeza. Tras esos 126 encuentros furtivos le dejé un sobre con una carta en la que fue mi casa durante esos espacios y de la que él tenía llave. En ella le decía que esa casa ya no era mía porque ya no la iba a alquilar nunca más. También le dije que no volvería a verme jamás porque me había ido del país. Cogí un autobús, después un barco y definitivamente un avión. Adoro esa sensación de huir o escapar con la certeza de que algo se va para siempre.

Fue delante del féretro de mi padre que lo vi todo claro. Yo haría con los hombres lo mismo que él hizo con mi madre y con dos mujeres más que me dieron dos hermanos, a los que tuve la suerte de conocer el día de su funeral, al que por cierto nuestras tres madres no asistieron porque él les había hecho perder sus cabezas huyendo y desapareciendo de sus vidas. Tres vidas, tres familias y tres cabezas femeninas rotas. Cuando descubrí lo de la prole dispersa de mi padre rompí a reír en el funeral y pedí que me abrieran la caja de pino. Era guapísimo, incluso frío y amarillo su rostro simétrico era hermoso. Pasé dos días con mis hermanos en Florencia que era donde la muerte le sorprendió y donde residía con la cuarta candidata que lloraba desconsolada ignorando la pequeña verdad del plan B de papá. De vez en cuando miraba al suelo en actitud cavilante aunque por su cabeza nunca pasaría la pequeña verdad del sabio amortajado. Cuando nos confirmaron que de ella no teníamos hermanos salimos de borrachera y bailamos hasta el amanecer, decidimos brindar por él y también por nuestras pobres madres. Los tres heredamos de su genética el gusto por el arte, mi hermano mayor era escultor, mi hermana pequeña tocaba el piano, y a mí que caí en medio de ambos, me tocó la filología y la escritura. Él era un gran filólogo de literatura antigua. Un hombre interesante cuya mente y sentir devastados eran oscuros y obtusos, y desde luego siendo mujer, lo peor que te podía ocurrir era enamorarte de él porque siempre acabarías perdiendo la cabeza por su ausencia provocada e intencionada. Y es que esa sensación de huir o escapar con la certeza de que algo se va para siempre es adictiva. Doy fe de ello y de que sellarla con un brindis es adictivo igualmente, como el “Chinchín” de las copas y el encuentro de esas miradas que jamás volverán a encontrarse.

Así que una vez descubierta mi carta en ese piso que ya no era mío, él me mandó infinidad de mensajes al móvil. Y pueden pasar años y sigo recibiendo mensajes de esos hombres que van perdiendo la cabeza por mí. Ese teléfono está lleno de registros alocados de todos ellos, palabras de odio, desamor y locura que leo a ratos en los descansos de la vida tan ajetreada que llevo alrededor del mundo. Y no contesto a ninguno de ellos, como hacen los morosos cuando les reclamas lo que les ha dejado y es tuyo. Y ellos siguen ofuscados, y aparecen y desaparecen como el río Guadiana, pero por mucho tiempo que pase no caigo en el olvido, tarde o temprano vuelven a recordarme y recibo sus mensajes impotentes y desesperados, incluso algunos sensuales y sexuales pese a mi ausencia intencionada y definitiva. Todos son leídos con su doble click azul reglamentario y ninguno obtiene respuesta, ellos sólo necesitan saber que los leo y que estoy viva, esa es la pequeña verdad del plan B, que no estoy, pero estoy viva. Mi conciencia está en su sitio, porque yo no les dejo hijos, no puedo ser madre, mi mente está devastada, es oscura y obtusa, no estaría bien.

Cuando introdujeron el ataúd en el nicho lloré porque por primera vez en mi vida entendí qué era lo que iba a hacer hasta mi último día, y lo supe gracias a él. Yo quiero que todo el mundo hable bien de mí. No escuché a nadie en el funeral hablar mal de mi padre. Todos los asistentes a su despedida formaban parte del teatro de su presente, su pasado había muerto y su futuro ya también. Era perfecto, todos hablaban bien de él y mis hermanos y yo callamos porque no era el momento, ya no procedía que el pasado irrumpiera y menos en ese momento mortal.

Yo le estoy agradecida porque me dio la vida, y en concreto, le debo la vida que llevo. Le estoy agradecida aunque mi madre ya no me habla porque dice que soy como él, más no por la simetría y la belleza de mi rostro, sino por mi mente devastada y mi sentir oscuro y obtuso.

Sofya Keer

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Correr …

Corro para que mi mente se olvide. En el trayecto recorrido senderos cristalinos pisoteados y adormecidos me recuerdan que otros muchos corren a diario como yo. Son carreras locas de huidas para que nuestras mentes se olviden, y aunque con cierto grado de preocupación, nos permitimos el lujo de hacerle un hueco al sentido del humor para intentar sanar un poco por dentro. Y en el fondo es eso, sólo un intento…Fallido y vacío.

Y ver los jardines cortados al paso y la destrucción de tantas historias. Millones de ellas se destruyen a diario. Correr con el carburante de mis cavilaciones profundas y con la fuente ilícita del auto-engaño, para que lágrimas de cansancio por la carrera, por el germen de lo que soy y por el triunfo de la vulgaridad me empapen y caigan sobre mí. Y yo empapada de su mar salado… Fallida y vacía.

A la mañana siguiente convencerme de que no tengo tiempo para volver a correr, porque en el fondo no quiero que mi mente se olvide de ciertas cosas, porque no quiero huir, porque deseo esa preocupación burda y a pelo, sin sentido del humor, porque no quiero sanar por dentro y además acepto la destrucción de mi historia y la de todos los seres egoístas y hedonistas del mundo.

Porque además también sé que no siempre es saludable profundizar.

Y de nuevo lágrimas de cansancio, pero no por la carrera pues hoy no he querido tener tiempo para correr, sino porque sé que la realidad es que no hay tiempo. Leí a Honoré de Balzac y me quedé con su teoría de que la habilidad para ocultar la grandeza de los sentimientos es indicio de una inmensa superioridad. Por eso corro, por eso yo soy superior pese a mis miedos, pese a mis dudas absurdas o a las revelaciones que nunca llegan, pese a los acontecimientos tumultuosos en mi vida, pese al poliamor desgastado y a los claroscuros de mi persona. Soy superior por mi profundo sentido de la justicia, pese a mi injusta auto-exigencia. Soy humana y esa es mi especie, la llamada superior, la que es hábil para ocultar la grandeza de los sentimientos… Inmensamente superior e inmensamente fallida y vacía.

Y aunque sin conciencia correr es un monólogo largo, complejo e insólito, un trayecto mental transformador, casi alucinatorio, que aunque es, está y parece en nuestra atmósfera cotidiana, provoca sensaciones intensas. Correr… Eso es, correr y correr.

Yo corro, tú corres, él corre, nosotros corremos, vosotros corréis y ellos corren… Y todo, para que nuestras mentes olviden con esas  carreras locas de huidas, todo, hasta que al final se corra ese tupido velo negro que yo prefiero de encaje, y entonces…

Entonces daremos todo por fallido y vacío. Entonces seguiremos siendo inmensamente superiores.

Sofya Keer

Correr