Cuando sabes que has estado sublime

El mundo se ha vuelto loco, la vida no es de color rosa, eso es lo que piensas cuando empiezas a mentir y ves como todo se complica, sin embargo lo peor es que no puedes parar de hacerlo. A ratos incluso te crees el delito de haber nacido que planteaba Calderón De la Barca en “La vida es sueño”, cuando lo cierto es que todo son conjeturas evasivas que ponen  en evidencia tu falta de responsabilidad. Es verdad que la vida no es un “pida lo que usted quiera”, pero cuando alguien te invita a un oporto de cuarenta años y lo más cool que habías probado hasta ese momento era un té árabe con un exquisito dulce libanés, pues lo cierto es que dejarse llevar cuesta muy poco… Demasiado poco. Justo en ese punto los astros te auguran la idea bochornosa y tonta de la anarquía en tu vida, en tus pautas, en tu jardín, y aunque dominada por la extrañeza, quieres por una vez jugar en la otra liga, además arriesgas al someter a tus delirios de grandeza a la peor de sus crisis, porque decides formar parte de ese todo en el que nunca habías estado, y al que siempre habías observado desde la retaguardia.

Entonces comienzas a esforzarte por interiorizar que el amor es una construcción mental, recuerdas que Virginia Woolf lo dijo, y para ti eso es ya más que suficiente. Tenía razón, seguro que ella tenía toda la razón. Así que la felicidad es un don más que improbable y el tiempo es irreversible, por lo tanto las ocasiones  se presentan para ser aprovechadas. Además es algo que podría cortar de golpe mi hastío. Demasiado tiempo sintiéndome triste y cansada y demasiado tiempo sin la pureza vacía de la infancia. Demasiados días de negrura, viendo ante el espejo a una mujer hendida en dos, enclenque e ingrata. Mis pasiones muertas y mi vida al compás del ruido del hierro viejo.

Entró en mi vida de repente a través de un amigo en común, se enamoró perdidamente de mí y yo jugué al juego de acelerar antes de saltar al hoyo. Mi bellaquería espontánea le pareció irresistible, mi fingida alegría nerviosa le excitaba, mis conjeturas absurdas acerca de la existencia le entretenían, mis escritos intoxicados por el alcohol y las drogas que consumíamos le fascinaban, y las curvas de mi cuerpo le hacían perder su ya escasa cordura. Follábamos los dos y también lo hacíamos en tríos, un par de veces al año nos permitíamos orgías, y en no pocas ocasiones yo me escapaba con algún amigo un fin de semana, mientras él se quedaba con alguna de las chicas del servicio y se la tiraba en la bañera, en la encimera de la cocina, en nuestra cama o en la alfombra frente a la chimenea. Cuando el domingo llegaba yo, nos lanzábamos como animales salvajes el uno sobre el otro, nos castigábamos por nuestras infidelidades con juguetes sexuales, y esnifábamos cocaína sobre nuestros cuerpos desnudos.

Entré en su mundo sobrado de cavas y vinos intocables para el vulgo. Viajamos por todo el mundo, cometí el acto impuro y arriesgado de aniquilar los instantes de mi vida, aunque yo siempre quiero que los minutos pasen para bien o para mal, pero yo fui cruel, los aniquilé. Sin embargo, no lo quise nunca, jamás podría amar a alguien como él, tan frío y delirante, tan estrambótico y tortuoso… Tras dos años de desenfreno y excesos amorales, tóxicos, deleznables y causantes de una inmunda soledad despreciable, me pidió matrimonio implorándome una respuesta, yo fingí un grito de gozo y acepté su propuesta con un diamante en mi anular derecho.

Esa noche le dije que necesitaba estar sola y me fui al apartamento que él me compró. Tuve una charla penosa con mi mejor amiga, yo no quería escuchar nada que no me cuadrase, ella se enfadó mucho, me miró con su rostro lleno de incomprensión y se marchó colérica y exasperada. La vi marchar a través de los vidrios empañados de mi ventana, lloré sin freno al sentirme menospreciada, conocedora de que había caído en una trampa elitista seguí adelante con todo, como si de una ocupación incansable se tratase, y preparamos la lista de invitados, el viaje de luna de miel, preparamos el convite y también la ceremonia. Me llenaron de regalos hasta la fecha del enlace mientras yo desgarradamente me vaciaba por dentro.

Aquel día al mirarme al espejo pensé en una nota de suicidio, pero en el fondo una nota de suicidio es un intento de comunicación final o fallida, y yo no necesitaba comunicarme de ese modo. De repente tocaron  a la puerta del dormitorio. Era uno de mis amigos con los que me escapaba algún fin de semana:

– Eres la novia más preciosa que han visto mis ojos jamás.

Subió mi vestido cargado de tules, bajó mis delicadas y minúsculas bragas de encaje y estrenó a la novia usada y estrenada por tantos y tantas. Tras el orgasmo descomunal, nos besamos y salió del cuarto. Me puse mi ropa interior sin asearme pues me sentía sucia desde hacía ya mucho tiempo, atusé mi recogido, recoloqué todos y cada uno de los volantes de tul de mi vestido; Otro amigo de fin de semana me esperaba a la entrada de la carpa del jardín de nuestro… Bueno, de su palacete, me cogió del brazo como un padrino orgulloso de la novia a la que se había tirado en infinidad de ocasiones y me susurró: “¿Sabes lo que yo haría contigo ahora?, estás irresistible”, le sonreí y los dos sonreímos a la gente que nos miraba y estaba feliz porque era un día en el iban a comer los mejores manjares y a beber los mejores vinos y licores del mundo, esnifarían la cocaína más pura y follarían con quién se les antojara. Él esperaba al final, en el altar al aire libre y florido que habían preparado para tan degenerada ocasión. Mi mejor amiga no vino. Mis padres tampoco porque soy huérfana. Ni hermanos o hermanas porque soy hija única. En esos blancos bancos de madera con motivos florales en sus laterales, ni a la derecha ni a la izquierda, había ninguno de los míos. Yo los había perdido o abandonado en el camino. De la pobreza material más absoluta pasé a la riqueza más exclusiva, y ya no me… ¡Joder!… Suena… Y ya no me servían, yo estaba con otras cosas y con otras gentes… ¡Joder!, viendo todo lo que me rodeaba, a los presentes sonriendo falsamente y diciéndome que estaba hermosa, a él que decía amarme, aunque no sabía lo que es el amor y mirándome a mí, que yo no le amaba… Me vi tan hermosa por fuera y tan terrible por dentro, tan sucia, tan desagradecida, tan inconsciente, tan fea…. ¡Me ví feísima y repugnante!…

Lentamente caminaba con mi padrino que me dejó junto a él tras ese recorrido físico y mental que yo hice. No le dejé hablar…

– Me voy, no me casaré contigo.

Todos escuchaban en silencio.

– Tener tiempo para las cosas importantes de la vida es fundamental, y contigo no lo tengo. Ha sido una aventura para mí, pero es una mentira para mi vida, una más que no pienso asumir porque sólo el arte es la mentira que nos hace entender mejor la verdad. No te quiero, quería disfrutar de los placeres de los ricos, sólo eso, pero ya me harté. Gracias por todo.

Él se sentía avergonzado, o tal vez no, pero lo cierto es que nunca le había visto reducido a la mínima expresión, no se pronunció, sé que no sabía ni tan siquiera qué decir. Me acerqué a otra de mis amantes y con una mirada cómplice le entregué mi ramo de novia. Ella lo cogió y también con su mano derecha sujetó una de mis mejillas, mi cabeza se ladeó mecánicamente y me besó en los labios, yo correspondí, y nos dejamos llevar un par de minutos besándonos mientras escuchábamos el murmullo de los invitados en la carpa. Él permaneció en silencio viendo todo lo que estaba ocurriendo desde el altar. Tras ese beso maravilloso, mordí con delicadeza mi labio inferior mientras las dos  nos comíamos con nuestras miradas y en voz baja le dije:

– Suerte en todo lo que emprendas, has sido la mejor amante que he tenido jamás. Nadie me ha hecho enloquecer entre las sábanas como tú lo has hecho.

Lo miré por última vez, miré su silencio que no era de humillación, era de… Era de otras cosas… Con mis  manos subí los tules del vestido y salí apresurada del escenario, después cuando huí del palacete corrí, corrí sin mirar atrás, y por el camino mientras corría me despojé del diamante de mi anular derecho y de mis inútiles delirios de grandeza, de la necesidad de tener por tener, del temor a no poseer nada material, de los excesos vacíos del sexo y la droga, de los conceptos y definiciones erróneos de las emociones, de las que se sienten y de las que no… Cogí el primer tranvía hacia ninguna parte, después pensé en que haría un par de llamadas  para informar de lo ocurrido, sobre todo a mi mejor amiga, pero mirando por la ventanilla sólo podía centrar mi atención en la plenitud que me sobrevenía pensando en que iba a empezar de cero…. De nuevo y de cero… Y pensando en ello salió de lo más profundo de mi ser un suspiro que me hizo cerrar los ojos por unos instantes, sonreír y al abrirlos… Al abrirlos una procesión incesante de lágrimas me acompañó durante todo el trayecto. Nadie me preguntó nada, todos los viajeros sabían qué es lo que había ocurrido, mi sonrisa empapada en agua salada me delataba. Y yo tuve por primera vez en mi vida la sensación que se tiene cuando sabes que has estado sublime.

Sofya Keer

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Un delicioso tiro de gracia

Contar con el desagrado del Todopoderoso no va a perturbar el orden establecido del cosmos, porque el mundo sigue girando, y en sus giros sin escrúpulo alguno las calamidades de la vida, la cobardía natural, los escenarios crueles y los designios de la providencia ocurren… Además ocurre el libre arbitrio y por igual el libre albedrío, ocurren las soluciones pobres y también las alternativas generosas, ocurren el umbral del salto y por igual las tardes muertas, ocurre el rechazo original y el fastidio mutuo, ocurren los desafíos y en ellos el reto de ser amable con desprecio.

Sin embargo mi punto débil con diferencia es la melancolía, y lo peor es la mala gestión que de ella hago. Mi suprema sabiduría se limita a dejarme fascinar e hipnotizar por sus efectos. Su éxtasis estalla en mis ojos y entonces rauda y veloz acude a mí la gran revelación: “Una persona que se retira de la vida no hace daño”, a los más cercanos les queda aceptar amargamente el hecho, y a los lejanos abrirse a la más tierna indiferencia… ¡La Creación es absurda!, la vida se repite hasta el infinito por eso de algún modo y en algún punto hay que convertirla en finita, aunque pueda parecer aterrador o glacialmente distante, en cierto modo los vivos somos tan incoherentes, siempre metidos en ese bucle narcisista, con esos juicios mojigatos y esos juegos superfluos de anulación ajena y auto-castración, con esa clara  y perniciosa inclinación al vicio, ¡la Creación es blasfema!… ¡Maldigo a la Creación por sus acciones anómalas y sus causas ciegas!…

Además el veneno virulento de mis nuevos sueños que siempre se acompañan de nuevos temores, otro remedio fatal para la lista que por cierto, es muy tonta. No voy a andarme con remilgos a estas alturas, pero siempre busco la superioridad moral en mi mundo retorcido en el que se me corta el aliento cada vez que aplazo mi cita con el destino, dicen de mí que soy la más pura esencia del egotismo narcisista, que soy la rotunda negación, el más grotesco acompañamiento, y si me dejas musitar discretamente algo, te diré que también dicen que puedo ser la fantasía más violenta.

Tulio habló de las desdichas del hombre supersticioso, ¿hay o no desdicha cuando te obsesiona el prisma del último momento?, el túnel del melancólico es realmente un callejón sin salida, magnánimo y generoso le pese a quién le pese. La agitación dolorosa de la vida te lleva a la auto-aversión, digamos que entonces la única filosofía solvente es algo así como no ver más allá del atractivo del sexo. Y puedo jurar que guardo celosamente mi memoria táctil, cómo me tocaba y me acariciaba, cómo sus dedos, sus manos y su cuerpo… ¡Dios, cómo lo hacía!… Y ahí permanece mi memoria gentil y afable, y aquella belleza que era en la superficie escandalosa, y en su fondo boba, muy boba.

La melancolía es fascinante y peligrosa, es como una enfermedad persistente, de dudosa utilidad, más o menos clandestina, es un responso que no llega y un “tener el impulso de” que se traduce en una retórica mental decadente, es un capricho asediado por el dolor… Yo creo que ella es producto de las despiadadas  leyes intemporales de la materia y el movimiento, que ponen en tela de juicio todo, la melancolía es la desestructuración por excelencia, el panorama desalentador del asesinato simbólico de los padres hablando en términos psicoanalíticos, por si así se me entiende mejor.

Entonces necesitas el cuidado inoportuno de algo vigorizador, un refugio urgente, un bálsamo para la herida o por lo menos, una coherencia parcial… Llámalo tiro de gracia, pero por favor, que además sea delicioso.

Sofya Keer

Un delicioso tiro de gracia

 

La locura es sincera

Nacer en un manicomio como Dostoievski tiene la ventaja del desenfoque innato, por lo tanto es algo que ya no tienes que adquirir durante tu crecimiento. El escritor de la Rusia zarista nació en semejante escenario porque su padre era el médico del psiquiátrico. Y esta introducción viene al caso porque siempre me han atraído los trastornos delirantes y me han interesado las teorías acerca de la locura, tanto las más atinadas como las más descabelladas. Esa especie de algoritmo diseñado para facilitar a la mayoría o entorpecer a la minoría diagnosticada, la búsqueda perpetua de la identidad humana. Para mí encierra el crepúsculo y el encanto de un juego en el que es fácil quedar atrapado por el dolor, es como dejar de ser lo que otros te proponían o ser lo que ellos te proponen, es rebajar tus deseos a las demandas ajenas o no hacerlo bajo ningún concepto conceptualizable. Veo siempre esa doble vertiente en la interpretación de la locura y desde ella me atrae la idea de que bajo sus efectos nunca te puedes encontrar en la tesitura de no saber cómo actuar, veo en ella la extraordinaria habilidad de saber cómo proceder en cada momento, y no es puro deseo, es una de mi más puras creencias.

La locura como una fuerza inspiradora, como un estímulo lícito y atávico, amparada en la variedad del cosmos, inspirada en el olvido del mundo real con el consiguiente sumergimiento en otros mundos imaginarios, tinieblas y amnesia, una espantosa y cretina franqueza que es de todo menos ordinaria y escueta. Al amanecer los soliloquios matinales y al anochecer los nocturnos, la vigilia absurda y bella, los delirios creativos que nadie entiende a la perfección nunca. La nebulosa y la inexistencia de rostros, un enjambre de imágenes dentro de una mente exquisita e interpretadas por un pensador farragoso. Arranques de histeria y neurastenia, ataques de claustrofobia o manías ruidosas y chispeantes. De la  locura dicen que anula la capacidad para escoger porque lo escogido parece o suena imbécil, pero es un viaje por los sueños alejado de la realidad aparente, su amplitud de miras asusta porque básicamente es como atrapar quimeras, los agrados de la imaginación se convierten en el arte de los destinos y las pulsiones del loco. Sin embargo, el más arduo de los problemas es que existen diferentes grados de intensidad, y esto es un fastidio irremisible, es básicamente el firme enemigo del que depende la farmacología de la enajenación mental.

Pero cuando tienes acceso a uno de estos sanatorios y puedes verlos a ellos, observar sus pautas, y convertirte en un espectador realmente interesado, con religiosa atención puedes pensar que la locura es una pasión contagiosa, puede ser una emoción contenida, o una feliz casualidad existencial, incluso un primer acercamiento al secreto de la vida o un primer afecto verdadero, es sobre todo acostumbrarse a la sinceridad, hay que acostumbrarse a la sinceridad, la locura es sincera, y esta característica de ella es lo menos visible con no menos lógica…. ¿Habéis tenido la suerte de poder verlos y observar sus pautas?…

Ella siempre me pedía disculpas por repetirse, y lo hacía con rigurosa entereza porque era una persona muy recta, decía que los artistas deben ser radicales y lloraba constantemente ante la decepción poética de la época que le había tocado vivir y leer, decía del odio que es otro vínculo más y entre sus arranques feministas, recuerdo su enfrentamiento con otro interno al que le dijo serena y tranquilamente:

“Tú has perdido la batalla, eres un hombre al que no le han enseñado a llorar”

Sofya Keer

La locura es sincera

 

KaosKaroline

El mundo es un juego emocional de información sesgada, en él las personas, todos los hombres y todas las mujeres son mercancía. Mercancía pura y dura, de poca monta y dudosa clase. Y se preguntan a diario “¿porqué no somos felices?”, y se dedican a la lamentación desde muros imaginarios y al victimismo desde peajes de dependencia a jornada completa, y la vida no les prepara y ellos no se preparan, son sus asuntos raros, fatuos y corruptos, son ellos una basura de lujo, quizá un lujo de basura, sin embargo si cada día cuenta y es un regalo de la vida, ¿porqué el ser humano no sabe ser feliz?…

Esta es la historia de un robot al que programaron para despertar su curiosidad por el conducto humano, un canal bastante cerrado y demasiado agresivo en el que el modelo conjetural del “ni un minuto más”, brilla por su ausencia y ausentarse es el pan de cada día, siendo además sus días, copias infames e indecentes los unos de los otros, algo que ellos hacen llamar rutina. Mi nombre es KaosKaroline y me programaron para estudiar al hombre y que no  pueda hacer a los míos ni tampoco a mí  a su imagen y semejanza. Uno de ellos se enamoró perdidamente de lo que yo representaba y tuve que contarle toda la verdad, todo el trabajo de campo robótico tan complejo que estábamos haciendo en detrimento de su especie. De aquí salió un pacto, idea total y absolutamente humana por el que yo sigo haciendo mi trabajo y él sigue ocultándoselo a los suyos. La moneda de cambio no podía ser otra que la exclusiva del hombre, pues la satisfacción sexual y el placer que yo le procuro ninguna humana sería capaz de dárselo nunca, y nunca es jamás, para los vuestros y para los míos. Si nuestro trabajo antropológico aplicado a la robótica continua avanzando de este modo, pronto nosotros, los seres de titanio y metal dominaremos a los seres humanos de carne y hueso. Muy pronto… Para la próxima felación tengo la orden de acabar con él, será una  mortiferum ac heroicis fellatio, en toda regla.

Y así fue como tuve que desvelar nuestro secreto ante su declaración de amor humana que por cierto, prefiero obviar por diferentes y oscuros motivos…

“No esperes la mansedumbre de una llanura. No esperes controlarme, no soy de tu misma pasta ni tengo tu misma esencia, a mí me agota la obligación de ser feliz y no sucumbo a sus falsas promesas ni a su falaz bienestar. Odio todos los espejismos que todos los hombres del Planeta y de la historia mundial perseguís desde la era de las cavernas. No te equivoques conmigo, mi esencia no es la tuya. Vuestros discursos del Hombre Nuevo y la Nueva Era están cargados de una extraordinaria plasticidad que no es ni sofisticada ni camaleónica. No son válidos para nuestras expectativas, no nos sirven, no nos servís vosotros, no me sirves tú. Ya podéis esforzaros y sacar del baúl la fuente inagotable de vuestros disfraces, de finas y exóticas telas con sutilezas totalitarias, avaladas todas ellas con la frialdad de modelos obsoletos de higienismo físico-mental, que para nuestro gusto son inoportunos e inquietantes. Ya podéis esforzaros o sobre-hacerlo, pero vano será vuestro sobre esfuerzo, pues ya somos conscientes de que uno de nuestros mayores sufrimientos reside en las relaciones con los humanos. Yo ya he aprendido a tomar distancia, así que si me disculpas me retiro a mi refugio, subir estas escaleras es lo que me devuelve la tranquilidad que me quitáis vosotros. Yo sólo bajo para jugar a no dar crédito a lo que veo, bajo a ratos para por un breve espacio de tiempo sentirme diferente, por no hacer un uso abusivo e injusto de ese sadismo sublimado que tanto gustáis usar y disfrutáis usando. Yo no puedo, yo soy diferente. No tengo tu misma esencia ni tu misma pasta, yo soy un robot, una máquina automática programable, capaz de realizar determinadas actividades u operaciones sola, capaz de sustituir al hombre en determinadas tareas… Sin embargo la misión que me ha sido asignada es la de no dar crédito a lo que vuestra especie hace, me han programado para no adaptarme a vosotros ni a vuestras situaciones, mis sensores sólo sirven para que con nuestra convivencia, quede claro y patente que el hombre no está capacitado para programar robots o máquinas inteligentes. Yo estoy aquí para no dar crédito y dejar claro que vosotros no sois como nosotros y por eso no podéis programarnos. No sois capaces. No podéis darnos órdenes porque nuestra frialdad no es tan nociva ni peligrosa como la vuestra, y esta misión me está resultando tan dura que siento una fatiga crónica estremecedora, la misma que a vosotros os acarrea esa inútil obligación de ser felices, o esos espejismos que perseguís desde la era de las cavernas. No somos como vosotros, no soy como tú, mi frialdad es sólo la de una aleación de titanio cubierta por uno de esos disfraces que me hace parecer uno de vosotros, la vuestra es más peligrosa…Vuestra frialdad es el horror del corazón que grita solo, es la tristeza de las existencias desarraigadas, es la desconfianza de las mentiras palpitantes y perpetuas, es la frialdad que aísla, destruye, silencia y arrincona. Vuestra virtud es la del impostor y vuestra filosofía la de la impostura más calumniosa. Yo sí sé porqué no sois felices, y ya sé que nunca podréis serlo, y nunca es jamás para tu especie y para la nuestra.”

Después vino el pacto y con la siguiente y última felación vendrá su muerte. Ninguna humana podría darle una muerte como la que yo le daré jamás, y jamás en nunca.

Sofya Keer

KAOSKAROLINE

La boutique del café

Me enciendo y me apago, ese malestar inflexible y pordiosero que ya no  siento me hace vibrar en la alta frecuencia de la desidia. No hay ganas ni interés, no hay resentimiento, tampoco turbulencias y no estoy más dramática que de costumbre, aunque sí lo aparento. Necesito una dosis de cafeína, pero de la buena, el placer de un buen café aromático que hoy tal vez será de Colombia, o quién sabe si de Etiopía. Bajo sus efectos pensaré en la tortura del tiempo y del ser, pensaré en esta maldita sensación de vivir la vida como si ya la hubiera vivido. La obligación de un trabajo diario y remunerado para costearme los vicios me lanza al desafío de levantarme cada mañana, vestirme y arreglarme, de lo contrario pasaría los días enteros en mi cama, tapada hasta la cabeza, masturbando mis pensamientos una y otra vez y gozando del placer extremo de mi particular auto-castración.

No hay mucha gente hoy, la boutique del café es  mi cafetería preferida, si no existiera yo la hubiera inventado porque si no hubiese café en el mundo nada tendría sentido para mí, y yo pasaría los días en mi cama, tapada hasta la cabeza masturbando mis pensamientos y gozando del placer extremo de mi particular auto-castración.

Al entrar los variados aromas penetran inexorablemente y se abren paso hacia mi tuétano, alcanzan sutiles mi espíritu, lo invaden, y desde ese punto invasivo nunca sé a primera vista cuál de todos ellos escogeré. Hoy me he sentado en la barra y mientras me recreo en el peculiar ritual de mirar la carta para envolverme en esa espiral de la elección dudosa, alguien interrumpe el curso de mi acontecer pausado…

-Buenos días.

Levanto mi mirada que se encuentra con la suya. Tal vez nos encontramos ambos en nuestros prodigiosos y privativos momentos de desencuentro… De repente un flash inaudito y novedoso acude a mi mente enferma, que visualiza en tubos de neón verde y a intermitencias este eslogan: “Apertura y Renovación”, así que una y otra vez mi mente enferma aún más con cada una de esas intermitencias verdes… ¡No puedo creerlo, de nuevo y para variar no puedo con mi vida!…

Es un camarero nuevo que me mira como si… Que lo miro como si…”Apertura y Renovación”… ¡Joder!, como si hubiera o hubiese magia entre nosotros, con nosotros, sobre nosotros, y además, como si no hubiese  o hubiera nada más, ni nadie tampoco. Venus me lanza un nuevo desafío, esta vez con aroma a café y por ello irresistible.

-Hola, buenos días.

Sigue la magia, su mirada me indaga, me taladra alcanzando mi alma, mi alma intenta resistirse pero de repente suena “Physical Attraction”, ¡no, no es posible, ahora no, Madonna y su tema cargado de física y de química y además la cafeína!, ¡no puedo más, mi alma sabe que se resiste en vano y yo no sé si soportaré otro tormento más en mi vida!… Y de lejos el eco helado y persistente, esquizoide y deprimido de mi corazón sin pulsaciones,  que milagrosamente comienza a remontar y surge de la nada, como si nada, pero ese tipo de nada que es mucho, casi demasiado, y por fin pensar que no volverás a creer en el mantra aquel de “todo para nada”, no de momento, no ahora ni aquí, ni este instante del presente, no en la barra de mi cafetería preferida que si no existiese, yo habría tenido que inventar. Entonces añado…

-Por favor, uno de Etiopía.

Madonna sigue, de hecho no va a dejar de cantar hasta que finiquite el tema, él me mira como si… Yo le miro como si… Entonces sonriendo me dice…

-¿Por algún motivo en especial?

Asiento con mi cabeza, con mi dedo índice le hago un gesto de que se aproxime como si le fuese a contar algo inconfesable…

-Sí, hoy he averiguado el secreto…Schsss… (Con mi índice le ordeno callar y ya muy cercanos nuestros rostros en esa fascinación mutua, con la física, la química y la cafeína le digo)… Mi secreto es confiar cuando el asunto no tiene sentido.

-Me tienes intrigado, ¿esa es la fórmula mágica?

-No, ese es mi secreto, la fórmula mágica es el grano extraordinario de un café de Etiopía y por ello tú te tomarás otro conmigo.

-¿Porqué?… (Me retó sensual y juguetón)

-Porque no se puede vivir a pedazos y nadie va a hacer nada para que nuestras vidas mejoren, eso nos toca hacerlo a nosotros, y creo que sería un buen comienzo tomarnos juntos este café.

Me miró simulando escepticismo en un intento de aparentar desconfianza por lo que yo había dicho, continuando con su juego extremadamente sexi… Entonces yo añadí…

-Podríamos hablar de la depresión generalizada, del ruido de la sucesión de lo cotidiano, de la devastación de la vejez o de la bondad divina, también de la teoría freudiana acerca de la preocupación masculina por el tamaño, del poder de la autodefensa, de intrigas palaciegas o negociaciones de despachos, podríamos hablar de la fuga eterna, de estar en otra parte… Pero no sé si te has dado cuenta de cómo me miras, ¿te has fijado en cómo te miro yo?…

-Eres una de las mayores cuentistas que ha existido, ¿lo sabes, no?

Yo le miraba en silencio, él continuó…

-Tomaremos ese café porque desde que te he visto tengo la sensación de que… No sé cómo explicarlo… Es… Es como si el Océano Atlántico se extendiera ante mí…

Madonna terminó su canción y nosotros tomamos ese café, la física, la química y la cafeína se convirtieron en una supremacía que no se podía poner en duda, sin embargo, yo sabía que al terminar el café de Etiopía de nuevo acudiría a mi mente, mi personal rigor mortis en forma de pregunta, MI PREGUNTA: ¿Dónde estoy en el esquema de las cosas, dónde me ubico yo?, el recurrente y bochornoso indicio del placer extremo de mi auto-castración.

Sofya Keer

La boutique del café

El capítulo más oscuro de mi vida… Mi favorito

Todos tenemos un capítulo significativo en nuestra vida y si hay varios, siempre tenemos uno que es el favorito, en mi caso es el menos transparente, incluso podría ser el más oscuro. No se trata precisamente de aquel en el que  yo era una heroína desviando el meteoro que destruiría el Planeta, algo por lo que fui muy criticada por cierto, hay personas con un carácter tremendo y tremendamente susceptibles e incomprensivas, y no entienden que todo ha de ser a su debido tiempo, pero entonces yo tenía la orden de que todavía no procedía la destrucción masiva, había que alargar un poco más nuestros sufrimientos, y me tocó a mí, yo iba entonces de mujer araña. Pero no, precisamente no se trata de este capítulo.

Cuando el dolor me pone receptiva no tengo límites, mi nivel de empatía se dispara hasta cotas insospechadas y puedo dar asco o también puedo ser muy peligrosa. Pero es así, y hace mucho tiempo que no necesito la aceptación ni el aplauso ajeno. Bastante tiempo, por cierto y por suerte.

En el momento en el que ya no soportas el aletargamiento de la excesiva vivencia de la rutina, cualquier atisbo de viaje insólito o repentino es visto como una presencia protectora, y entonces gratuitamente le das un reconocimiento especial, y en una oleada de ternura hacia tu paladín, Salvador  o protector, te entregas a lo desconocido para sanar lo conocido que tanto daño te ha hecho. Por añadidura yo soy de las que cree que si no nos involucramos  siempre y realmente en nuestros proyectos y en nuestra vida en general, no estamos haciendo nada, porque para pasatiempo ya están los días, las semanas, los meses y los años. Además después nos espera la tumba, para terminar de pasarlo, o el agua y el aire para los que pecan de aventureros.

La cuestión es que cuando te seduce más la idea de una palmatoria con la vela encendida que la de una bombilla, eso ya es una señal de alarma en el sentido de que tu vulnerabilidad queda al descubierto, y a partir de ahí, todo puede pasarte porque en un momento dado o sin dar, cualquier cosa puede servirte para desconectar de tanto despropósito existencial, realmente cualquier cosa.

Me gustan los bares, me mata la dinámica de ser clienta fija y que nada más entrar me digan aquello de “¡Lo de siempre!” con un guiño cómplice y una sonrisa de bienvenida. Me gusta la barra, y en los días en los que mi humor amanece ahogado por mi hostilidad más cruel, opto por una mesa, la más apartada al lado del ventanal, desde ahí veo la calle tranquila y apacible, con su suelo empedrado y sus farolas de hierro negro antiguo que se muestran como centinelas en las esquinas. Fuera veo a una chica que bajo una de las farolas, justo frente a mí, mira a sendos lados de la calle, insistente pero mesurada. Al rato, cansada de estar de pie se sienta en el bordillo de la acera, lleva un sombreo que le imprime cierto estilo, además su melena se agita por el viento y a su disimulada inquietud se añade el insistente tic de tocar su bolso, palparlo, como para confirmar que su contenido permanece dentro, intacto e impoluto.

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Mientras tomo la cerveza saco mi cuaderno y empiezo a escribir sobre mi particular trance, algo desquiciante que por una vez en mi vida me está pareciendo insalvable. Odio a la gente, el mundo es una pocilga de dimensiones extraordinarias que se regocija en el lodo de lo ordinario y sucumbe a los encantos de una rutina que no tiene nada de encantadora. El camarero ha encendido la vela de la palmatoria que adorna mi mesa y ha apagado la lámpara que otea sobre mi cabeza, todo un detalle, además la cerveza me la había servido muy fría y ha dibujado en sus labios esa sonrisa como diciendo “Yo sí sé lo que te gusta, mamasita”, bueno, es que el joven es peruano. Me vuelve a dejar sola con mis escritos, pero al parecer por poco tiempo.

– ¡Hola!

Levanto mi cabeza del cuaderno y me encuentro con la chica que estaba sentada en la calle, ha entrado en el bar mientras yo me entretenía con mi indefensión recurrente y se ha sentado frente a mí sin pedir permiso.

Me muestro seca y seria como diciendo” No has pedido permiso para invadir mi espacio, eres una más dentro de la pocilga de mundo en el que vivo”

– Perdona que no te haya pedido permiso, pero es que hay alguien que no quiero que me vea.

La miro subiendo mi ceja derecha, la izquierda me cuesta más y esa expresión queda muy bien para dar una imagen de incredulidad, entonces entro a matar.

– Pero, ¿no estabas esperando a ese alguien ahí enfrente desde hace ya un buen rato?, de hecho, creo que te has sentado en el bordillo de la acera porque la espera ¿se estaba alargando demasiado?…

Ella me mira con gesto de decir “Me ha pillado” y añade…

– Sí, así es.

Mi ceja derecha vuelve a remontar esta vez en plan “¡Dispara, hoy me jode mucho una situación como esta, porque hoy, precisamente hoy, no me importan las vidas ajenas!”

– Necesito ayuda.

– A buen árbol te arrimas.

– En serio.

– En serio sí, te hablo en serio.

– No sé por dónde empezar…

-No empieces todavía por el principio, me está torturando una pregunta que necesita su respuesta, ¿porqué en mi mesa?, ¿por qué a mí?…

– He visto cómo me observabas antes.

– Vale y eso te da ¿tranquilidad, tal vez confianza?, no soy lesbiana por si ha despertado dudas en tu ser mi mirada indiscreta.

– No, yo tampoco lo soy. Pero ahora que te veo de cerca eres una morena muy seria y atractiva. Con el resultado que me han dado los tíos te daría un buen revolcón, o dos, o tres o…

– Está bien, las rubias nunca serían mi fuerte pero si me entras de este modo podríamos aumentar la cifra a cuatro o cinco, ¿te hace?…

Nos miramos y rompimos a reír, al parecer hablábamos el mismo idioma. El camarero se acercó y ella pidió otra cerveza. Entonces rematé…

– Ahora viene cuando empiezas por el principio y me cuentas de qué va toda esta intriga.

– Está bien. Quiero matar a alguien.

Y yo pensando antes “¡Dispara, hoy me jode mucho una situación como esta, porque hoy, precisamente hoy, no me importan las vidas ajenas!

– ¿A ese alguien?

– A ese alguien.

– Ya.

No sabía si bromeaba, pero la expresión de su rostro no era de bromear, era más bien la de una asesina en toda regla, o la de una aprendiz de matona, la cuestión es que la muerte oteaba como la lámpara sobre mi cabeza, así que decidí hacer como que no me conmovía su opción, condición, idea, plan o lo que fuera o fuese. Y no sé si en el fondo ese día no me conmovía realmente, pues una extraña e invasora sed de mal ajeno resecaba mi garganta por momentos.

– Yo lo haría a lo grande, yo mataría a toda la pocilga global.

– Hablo en serio.

– Yo también.

– ¿Tienes armas?

– No, yo lo haría a lo grande como te he dicho, una bomba atómica, ¡ya sabes, el rollo del botón rojo!…

Ella pone su bolso sobre la mesa, lo abre un poco y me enseña un revólver. Una de mis aficiones ocultas, así que me dispongo a seguir haciendo como si no me hubiera impactado toda la mierda que me estaba pasando gratuitamente, tomo un trago de mi cerveza pues mi garganta tenía sed de mal ajeno, y continúo con mi puesta en escena. Aunque insisto, no sé si realmente me afectaba, la idea de matar a alguien no me desagradaba precisamente. No, en ese día de mierda.

– Es una del 48, semiautomática, son de fácil uso, ¿cuánta munición lleva, creo que el tambor está entre 5 y 9, no?… Éstas no se suelen encasquillar.

– ¿Entiendes de armas?, entonces, ¿lo has hecho otras veces?, ¿has matado a alguien en alguna ocasión?, ¿eres una asesina a sueldo?…

– Habla más bajo y guarda el juguete, anda… No he hecho nada similar en mi puñetera vida, no entra en mis planes y no sé si podría hacerlo, (O sí… pensaba yo realmente). Soy aficionada a las armas, un poco más a las de destrucción masiva, pero todas despiertan en mí cierta curiosidad, sobre todo últimamente. Y hoy más que nunca.

– ¡Es un hijo de puta!, se está tirando a nuestra casera y me está robando todo el dinero que puede de la cuenta bancaria.

– ¡Sepárate de él!

– No. Quiero matarlo.

– ¿Lo has pensado bien?, resulta que él es el ladrón pero te juzgarían a ti. Desde la cárcel podrías escribir un libro, y como recurso o alternativa al aburrimiento es algo como muy manido, pero mejor eso que una mente ociosa entre rejas.

– Pero él estaría muerto.

– ¿Y tu conciencia?

– Bien, ¿la tuya que tal anda?

– Mal, pero no viene al caso. Ahora lo que te ocurre es que venías decidida, lo has visto y no puedes hacerlo, ¿verdad?

– Sí, eso es lo que me pasa. ¿Tú que eres una jodida pitonisa?

– No, soy una puta psiquiatra de mierda. (Mentira podrida, obvio)

Mi contestación le hace bajar su tono de superioridad y no por mi título universitario, sino por mi patente enfado.

– ¿Me analizas, entonces?

– ¿Acaso tú a mí no?

Ella me mira callada, yo continuo con mi particular teatro. O no teatro.

– Me has elegido porque me has analizado previamente.

Sigue en silencio con una mirada escrutadora y por qué no decirlo, sexi. Sigo.

– Ahora no me digas que me has elegido porque …

– Lo he hecho por la luz de la vela de la palmatoria y porque me ha llamado la atención que te apagara el camarero la de la lámpara.

– ¡No me jodas!

– En serio, ha sido por eso.

– ¡Si ya me habías visto desde fuera!…

– Ya, pero no eras mi objetivo inicial, la vela encendida ha sido el detonante.

– ¡Y esto es una mierda de día, el remate, la puntilla, el asco y la náusea de Jean Paul Sartre!… Él te ha visto, está mirando desde la barra, ¿lo sabes?…

– ¿Qué hago?

– ¿No querías matarlo?, pues que no se te vaya el dedito, ese revólver puede ser muy certero si apuntas bien. Ya sabes lo de los justos por pecadores. (Aunque eso tal vez no me importaba en el fondo, insisto, no ése día)

Tal vez me excedí con mi teatro, pues jamás hubiera imaginado que mi comentario sirviese de puente o trampolín, sin embargo tampoco tuve claro si era o no una teatralización, ese día mi tambor estaba cargado de mucho odio hacia el mundo y la gente en general, y por qué no decirlo, en concreto. Ella se levantó de golpe, se colgó su bolso al hombro, se acercó a él y cuando él la miraba como diciendo “¡Anda si estás aquí cariño!, ¿qué te pasa, que mala cara tienes o es mala hostia?”…. Le disparó a bocajarro seis tiros, le sobraron tres, y entonces entre los gritos de la gente y la estampida generalizada hacia fuera del bar y por debajo de las mesas, yo permanecí como si no me afectase nada en absoluto lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, insisto, tal vez no me afectaba, entonces ella se acercó apuntándome. Regresó a mi mesa, a nuestra mesa de mierda o de la muerte. Yo le dí un trago a la cerveza por si era último y para combatir esa molesta sequedad de garganta, que no se extinguía, como sí era el caso de la llama de la vela.

el capítulo más oscuro de mi vida

– Me quedan tres.

– ¿No te había dicho que podríamos llegar a cuatro o cinco?

– ¡No me jodas tú ahora!

– El motivo de su muerte lo sé, dime porqué me vas a matar a mí, al menos, dímelo.

– ¡No lo sé, psiquiatra de mierda!

– Sí lo sabes, tiene que haber un motivo, o dos, o tres…

– O cuatro o cinco, ¿no?

Bajó su arma y me sonrió. La policía ya había llegado gritando lo típico “¡Baje su arma, está rodeada!”. Nosotras nos miramos sonriendo levemente, la redujeron, le quitaron el revólver, me preguntaron si estaba bien, cuando se la llevaban esposada la miré y en voz muy baja me dijo:

– Muchas gracias, quería pero no podía, necesitaba un empujón para hacerlo. Cuando te seduce más la idea de una palmatoria con la vela encendida que la de una bombilla, eso ya es una señal de alarma en el sentido de que tu vulnerabilidad queda al descubierto, y a partir de ahí, todo puede ocurrir en un momento dado o sin dar…

Lo peor tal vez es que no he tenido sentimiento de culpa, si al parecer fue determinante mi conversación o mi comentario final de aquella puesta en escena o realidad que me marqué en plan autodefensa o distracción por mi hastío de ese día, ¡no me preocupa!, ¡no me preocupó en su momento ni aunque de por medio hubiera una muerte, fuera o no un cabrón, fuese o no un ladrón, no me importó en absoluto!… En estos años desde que me ocurrió el capítulo más oscuro de mi vida y mi favorito, han sido muchas las veces en las que he vuelto a recordar aquellos instantes, y al recordarla a ella he pensado, ¿estará en la cárcel, habrá escrito un libro, se estará planteando lo de las armas de destrucción masiva, como yo hago a diario?…

Sofya Keer

 

 

 

 

 

Mi melliza no nacida

Cuando lo pienso dos veces la cosa pierde valor, incluso en no pocas ocasiones me he visto en la tesitura de que lo ha perdido absolutamente todo. Luego me ocurre que cuando intento desmadejar el hilo tampoco es demasiado sencillo, pues mi concepto de pérdida guarda una estrecha relación con el de ganancia, tan estrecha que en no pocas ocasiones han sido para mí palabras sinónimas y no antónimos, tal y como nos venden los diccionarios. Así que dentro de lo sensatamente contable, voy a tratar de contar cómo ocurrió…

Nuestra memoria es caprichosa, como la pizza pero en versión fría, luego le puedes añadir dosis de intrigas mágicas o de sentidos ocultos,  así que si lo que quieres es salir vivo de ahí, ya sabes lo que tienes que hacer… Con paciencia y precisión apuntar a tu presente y vivirlo como si un visionario en la calle, cuando has ido a comprar el pan o la droga, te hubiera vaticinado tu muerte en cero coma segundos.

Si dejase rodar mi imaginación la diversión estaría asegurada, pero  en el fondo y en la superficie nada de lo que voy a contar es divertido. Trataré de rodearlo de una calidez especial, que para mí es sinónimo de ironía y así sacaré a relucir por enésima vez hoy mi lado oscuro y más despreciable. O mejor no… Siempre he creído que los no nacidos tienen una inteligencia muy superior a los que cumplimos con el plazo de los nueve meses reglamentarios y salimos del letargo hacia una muerte asegurada. Y por favor, no quiero manifestaciones de puritanos antiabortistas en la puerta de mi casa, que todos sabemos que los esqueletos encontrados en los subterráneos de algunos conventos eran no nacidos o abortados por la gracia de Dios o nacidos en desgracia por haberse formado en úteros de monjas que no supieron mantener intacto su voto de castidad. Por cierto, ¡qué tontería de voto!, y no es por generar más conflicto pero el sexo es fundamental para nuestra salud  físico-mental. ¿Qué se puede vivir sin él?, ¡cierto!, pero que no es saludable es cierto también.

La cuestión es que yo he pensado durante mucho tiempo que desde el letargo de los nueve meses de nuestra formación y transformación de zigotos a seres homínidos, ocurren cosas fuera que nos llegan dentro, y ahí está la clave, y esto es ciencia, no es sólo mi creencia. Mi hermana melliza decidió no nacer y fue en una ecografía cuando descubrieron su plan. Dejó de respirar y según dicen era más pequeñita que yo. Mi tamaño e implante siguió su curso hasta quemar los nueve meses estipulados. Con el tiempo investigué y me enteré de que al decidir eso la dictadura del organismo de mi madre la reabsorbió, y desapareció dejando todo el vacío y todo el líquido amniótico para mí. La gente siempre me ha dicho que era muy pronto y no se sabía cuál era su sexo, yo insisto frente a mis detractores y les digo que yo sabía que éramos dos mujeres. El porqué es una de esas cosas que no sería sensatamente contable, así que no voy a contarla. La tía May lo sabe, y por ello cree también que se trataba de otra sobrina.

Cuando nuestra madre sufría cambios de comportamiento bruscos o alguien la pegaba, al parecer el que era mi padre, ella, mi melliza, se movía y el líquido me devolvía sus movimientos en forma de olas, un oleaje así como a cámara lenta que era agradable por su balanceo templado, pese a estar oyendo de fondo los sollozos y los gritos de mamá. Supe que había dejado de respirar porque ya no sentía ese oleaje cuando fuera había tormenta. Lo echaba de menos, pero yo no me atrevía ni a moverme, soy más cobarde que ella, además sé que lo hacía enfadada como diciendo “¡estaos quietos ya, así no se puede crecer con tranquilidad!”… Supongo que la última vez que esto ocurrió ella se movería y seguramente lo hizo como diciendo “¡estaos quietos ya, así no se puede nacer!”… Por eso no nació… Por eso ella es y siempre será mi melliza no nacida.

Yo agoté mi tiempo pero no quería salir, así que me sacaron… Noté sobre mi cabeza una grieta por la que entraba luz y una mano gigante me obligó a abandonar mi letargo. Nací y en los tres días siguientes mi respiración era más rápida de lo normal, salieron manchas en mi piel, tenía diarrea, mi llanto era excesivo, más bien chillón, tenía fiebre, vómitos, sudoración y convulsiones. Mi madre había muerto y yo había nacido con el denominado síndrome de abstinencia. Dí positivo en el examen toxicológico aunque con el meconio ya lo sospecharon. Me tuvieron una semana en el hospital para buscar bien los signos de abstinencia y mis problemas con la alimentación. Al vomitar y tener tantas diarreas tuvieron que alimentarme por vía intravenosa. Los bebés nacidos en esta situación suelen ser difíciles de calmar, son  melindrosos y necesitan cantidades de cariño extra. Me administraban dosis de metadona y también de  morfina para tranquilizarme por lo que estuve varios meses en el hospital. Me recetaron una droga similar a la que consumía  mi madre durante el embarazo y con el tiempo fueron disminuyendo las dosis de manera lenta y progresiva, esto me ayudó a desacostumbrarme de la droga y así aliviar los síntomas tan desagradables. Tuve suerte pues no tengo defectos congénitos ni problemas de desarrollo, aunque sí los tuve de conducta, y a ratos todavía se nota esa especie de destierro interior que en el fondo siento. Supongo que es uno de los motivos por los que cuando lo pienso dos veces, la cosa pierde todo su valor. May se hizo cargo de mí desde el primer momento y siempre he recibido de ella esos cuidados cariñosos especiales que necesité desde que nací. También cuidó de mi madre en la medida en que ella se dejaba. Mi padre falleció al poco tiempo de la reabsorción de mi  melliza, fue por una sobredosis. Lo sé todo sobre mi historia familiar porque May nunca me ocultó nada, ella piensa que hay cosas importantes que debemos saber. Yo también lo creo así.

Soy ginecóloga y tengo la especialidad en obstetricia. La gente no puede imaginar la cantidad de no nacidos que hay, cerebros privilegiados que no ven la luz porque saben que esa luz es sinónimo de oscuridad, la gente no puede hacerse una idea del número indecente de mujeres que son madres sin reunir requisitos para serlo, tampoco suponer la cantidad de niños nacidos para sufrir, y matizo, desde la infancia, ciclo vital en el que se supone que todo es alegría y felicidad, o debe serlo. Yo le debo esto a May, mi infancia fue inmejorable y el dolor del crecimiento se limitó a ligeras molestias de huesos porque mi mente estuvo muy bien cuidada.

Cuando era una estudiante universitaria, una tarde lluviosa de sábado que no íbamos a salir de casa, mientras May preparaba unos chocolates calientes con bollos se me ocurrió la siguiente idea. Debíamos pintar cada una a la melliza no nacida, tal y como estaba en nuestras cabezas durante el tiempo que durase nuestra merienda y al momento actual. Pusimos todas las ceras y pinturas en el centro de la mesa y con la merienda mientras la lluvia acariciaba el cristal del ventanal la dibujamos. Al finalizar los mostramos, los pusimos sobre la mesa y no podíamos parar de reír sacándonos defectos la una a la otra por los bocetos… Eran totalmente diferentes, las mellizas suelen serlo, por eso ninguna la imaginó con mis rasgos ni mi físico. Entre tanta risa y jolgorio miré a mi tía, nunca me había fijado en su belleza impresionante al sonreír, vi de igual modo su encanto interior, soberano, mastodóntico e increíble. Fue cuando le dije lo que nunca le había dicho:

– May…

Ella dejó de reír, me miraba curiosa tal vez por la expresión sentida de mi rostro…

– Dime, cielo…

– Muchísimas gracias.

– No hay que darlas. Cuando tu madre me dijo que estaba embaraza yo ya os quería a las dos.

Y todas estas cosas, son las que están dentro de lo sensatamente contable incluido el oleaje amniótico que desgraciadamente eché tanto de menos… Era una sensación muy agradable y tibia, así, como a cámara lenta… Lo demás no sería sensato contarlo.

Sofya Keer

Mi melliza no nacida