La secta

Todos mis progresos son desordenados. Cuando eliges crecer en el mismo infierno tu mecanismo de defensa es disfrutar de tus oscuras gestaciones mentales, y esto yo me lo permito frente al fuego con una copa de vino en mi mano pues así disfruto el doble… En ocasiones me permito hasta el triple.

Algunos de esos brotes mentales son el vivo reflejo de las maldiciones del alma, algo tentador por cierto. Otros son un claro síntoma de decadencia, algo lógico por el hecho de ser humana. Pero es que el instinto a veces falla y si lo enfocas con el zoom del pasado suele errar mucho más, algo que ocurre porque de lo contrario nuestro presente no se ajustaría a esa idiosincrasia tan suya de la mortificación por nuestras historias pasadas, más muertas que vivas aparentemente pero en realidad más vivas que muertas. Nunca recurriré a la psicología positiva, me niego. Ni a esas sectas que hablan de rollos de energías y a ratos también se permiten hablar el lenguaje de los dioses, me niego también. Sus inseguridades son las que les teletransportan a esa dimensión o plano directamente, creen por ello estar despojados de sus egos pero nada más lejos de la realidad, y no de las suyas que son más aparentes que las del resto de los mortales terrenales que elegimos el infierno antes que el cielo. Yo al cielo lo quiero para contemplar su inmensidad y para viajar. Para nada más. Y en breve me voy a Turquía porque en Estambul me espera una aventura fascinante, tangible y lujuriosa.

¿Qué adónde me llevan a mí mis inseguridades?, pues al mismísimo infierno, porque yo no estoy despojada de mi ego y con él mantengo una relación muy estrecha, sensual y caótica. Algo que se me hace tan irreprimible como mis preñeces cerebrales.

Mis gestaciones mentales tienen un atractivo irresistible para mi cabeza. Yo no puedo escapar de su embrujo, ellas son así y he de aprovechar la ocasión y saborearlas cuando se presentan ante mí y frente a un buen fuego tomando una copa de vino. Yo sé que así son mejores, aunque no me lleven a ninguna parte pues en el fondo yo nunca he sabido adónde ir ni adónde me dirijo, y en mi naturaleza perdida va mi esencia que nunca me he permitido perder. Eso jamás ocurrirá. Antes muerta.

Él pertenecía a una de esas sectas y yo no creía en el sexo tántrico. Así que lamentablemente no funcionó, mejor dicho, lógicamente no funcionó. Yo no quiero sexo para buscar la plenitud espiritual, yo no comulgo con doctrinas esotéricas, yo quiero y necesito placeres mundanos, besos exploradores, caricias sucias y miradas provocadoras. La lentitud me exaspera porque soy una mujer demasiado impaciente, así que cuando él me hablaba de poner música tranquila y tomar un té a modo de preliminares, mi libido caía en picado y con ella yo. Cuando me hablaba de la contención de la eyaculación o lo que ellos llaman eyaculación interior era mi voz recóndita y profunda la que sonaba fuertemente y resonaba en mi caja torácica diciendo:

 “Definitivamente este tío es un tarado que me quiere volver loca”

Pero no, él hablaba en serio y también hablaba del punto de no retorno aguantando la respiración y apretando la musculatura implicada para no eyacular, pero es que además esto había que repetirlo varias veces para llegar al orgasmo sin vaciarse. A mí que me gusta recrearme en mis humedades y en las ajenas, saborearlas y empaparme con ellas. Todos juntos, mi chico con su ego y yo con el mío, una orgía de esa unidad dinámica que constituye al individuo consciente de su propia identidad y de su relación con el medio, y como medio la cama. Un fenómeno claramente físico, de conciencia y cognición. Pero no, él hablaba de cosas raras de la secta, de la luz y de la oscuridad, y para sinsentido yo siempre he preferido y elijo el existencial, la sinrazón de mi vida que es el norte de mi brújula emocional. Mis carencias y mis necesidades o lo que es lo mismo, la madre del cordero, y yo madre y cordero a la vez.

Una noche en la que ya no soporté más el sendero hacia la iluminación, la física cuántica, el tao, la reencarnación, el karma y no sé cuántas simplezas más, salí corriendo para reencontrarme con mi complejidad existencial, las fantásticas llamas del infierno, el reconfortante calor del sexo desenfrenado, sucio y terrenal, la racional e inteligente comprensión de que vida no hay más que una y para consuelos en el cajón de mi mesilla de noche tengo una pequeña y curiosa variedad de juguetes, en mi biblioteca una cantidad ingente de libros alejados de ese plano o dimensión, en mi nevera muy buenos vinos y en mi despensa bombones selectos y chocolate en cualquiera de sus modalidades. Aunque he de reconocer que sigo pensando independientemente del vino y de este fuego que el mejor consuelo siempre es la muerte, así que el que no se consuela es porque no quiere y yo tengo muy claro lo que quiero y muy presente en mi plano consciente lo que no.

Sofya Keer

vino

Anuncios

Jean Claude

Un viento desganado acompaña a un grupo de jóvenes que en el Scape Park vuelan con sus monopatines. Los observo y entristezco por momentos, casi instantes. Tendrán entre dieciséis y diecinueve años. Están vivos y creen que tienen toda una vida por delante pero no necesariamente será así, no para todos ellos. La vida es un juego de ilusiones. En todo juego que se precie hay una parte perdedora y la muerte siempre gana.

Me gustaba su manera de explicar el mundo a través de sus dibujos. La técnica en el arte es fundamental y él nació con ella bajo el brazo no con un pan. Su futuro no iba a alargarse por mucho tiempo, nunca se convertiría en un pintor importante, ni se dedicaría solamente a pintar, nunca se ganaría la vida con la pintura como él solía decir porque a los diecisiete años amaneció muerto en su cama una gélida mañana de navidad. Yo estaba enamorada de él y de su técnica artística desde que teníamos quince años. Era mi gran secreto y Jean Claude mi primer amor. Ese día vino corriendo casi sin aliento un amigo de nuestro curso para darme la lúgubre noticia. Quedé un par de años esperando mi aniquilación, pero no ocurrió, yo seguí viviendo.

Fue una época de versos oscuros en la que me permití el lujo del miedo y el terror, infinidad de veces traté de imaginarlo tal y como su madre lo descubrió aquella fatídica mañana de navidad, traté de imaginar su rostro frío y morado, la rigidez de aquellas manos que se habían convertido en una gran promesa del arte, y sus dedos, con los que tantas noches me masturbé aunque realmente eran los míos.

Era parisiense pero cuando tenía seis años sus padres decidieron cambiar de residencia y vinieron a España. Era un joven elegante y bohemio con una mirada triste y perdida que me hacía perder mi propio norte. Todo el instituto fue a su funeral. Los funerales de la gente joven son tremendamente tristes y taciturnos, en ellos las promesas se rompen y se convierten en falsas como las creencias y la misma moral. Lloré mucho porque lo incineraron y no podía hacerme a la idea de que en unas horas se convertiría en polvo. Me costó mucho tiempo asimilar lo del horno a mil grados y mi primer amor dentro de él. Ya no volvería a pintar nunca más y jamás sabría que estaba enamorada profundamente de él y de su técnica artística.

Tengo casi cuarenta años y lo recuerdo como si fuera ayer. La vida es dura y muy triste. Extremadamente triste. Todo se lleva con tristeza, y se lleva o tal vez se arrastra según los casos, y el caso es que desde los diecisiete y desde la muerte de Jean Claude creé en mi cabeza un horno mental y en él he convertido en polvo a muchas personas, y por supuesto a unos cuántos amores.

La intensidad de aquella experiencia triste como pocas y su vivencia profunda e intensa vista desde el prisma vital de los diecisiete años marcó un antes y un después en mi mundo exterior y en el interior abrió una brecha emocional a la que en innumerables ocasiones me gusta echar sal para llorar y que duela más. Traté de imaginar su ataúd encolado antes de entrar al horno, ¿cuántos irían delante de él, cuántos detrás?, ¿él era el más joven?… Y ya dentro traté de imaginar esas horas hasta su desintegración, hasta su desaparición de la faz de la tierra. He tratado de imaginar tantas veces cómo se pasa del sueño a la muerte, o cómo se para un corazón dormido, ¿y cuándo se le paró, fue en el movimiento de sístole o en el de diástole?

Cuando llegué del funeral cerré la puerta de mi dormitorio y me senté en la cama. No podía borrar su imagen de mi cabeza, ni la Torre Eiffel, ni su cuaderno con bocetos que me enseñaba a hurtadillas. Pensé cosas atroces que se han convertido en mis principios y creencias, y atroz a los casi cuarenta años me sigo planteando qué hubiera ocurrido si Jean Claude no hubiese amanecido muerto en su cama aquella mañana de navidad.

¿Y si él siguiera vivo y sus dedos hubieran masajeado mi vestíbulo vulvar?, ¿y si fuese un pintor importante y juntos hubiéramos subido a la Torre Eiffel?, ¿y si su corazón todavía durmiera y despertara cada mañana y los ritmos arrítmicos de su sístole y diástole los marcarán sus afectos y emociones por mí?…

Pero son tonterías, destiempo de mi tiempo. Él murió y aunque vivo su recuerdo en mí no hay nada más triste que tratar de vivir con el recuerdo de un muerto presente, nada más triste que eso, ni tan siquiera la vida porque yo sé que esto no es vivir pues mi horno mental desde entonces quema y abrasa sin tregua a cualquier hombre. Incluso si es de París.

Sofya Keer

a8635f7b8db59d6414153157805f2d13

Regalos de consuelo

Me gusta beber en las barras de los bares y de los pubs nocturnos. Me gusta ver a las parejas bailando mientras mis capacidades físicas y mentales se alteran por el consumo excesivo de alcohol. Preparo a conciencia estas premisas para abonar el terreno mental y que así surja mi teoría, que aflore y me permita pasar horas y horas rumiando emociones.

Sólo tenía veinte años cuando llegué a la conclusión de que todos somos o podemos ser un regalo de consuelo para los otros. Esta es mi teoría, y es que cualquiera puede recibir un regalo y cualquiera un consuelo, por lo tanto cualquiera puede ser un regalo en la vida de alguien y del mismo modo o igualmente, un consuelo. Así que el regalo de consuelo es bastante común y por ello podríamos decir que vulgar cuantitativamente hablando, insisto.

– ¡Otra cerveza por favor!

Sí, no me gustan las copas, yo soy mujer de cerveza y las miradas del camarero me animan a beber… Sí, soy mujer de pensamiento, de análisis y de risas y lágrimas con o sin motivos indistinta e indiscriminadamente. He sido soy y seré un regalo de consuelo, en otras ocasiones si eso, me dejarán ser y punto, pero lo que sí tengo claro es que pelearé como gato panza arriba para ser yo misma con o sin mi circunstancia, y en este punto debo decir algo a mi favor, y es que estoy aprendiendo a desconectarme de ella. A fin de cuentas una circunstancia no es más que una característica no esencial de tiempo, lugar o modo que rodea e influye en una persona o en hechos relacionados con ella, es decir, algo totalmente prescindible cuando le haces un hueco considerable al ser y a su gran amigo-enemigo el ego.

¿Cuántas personas hay en el mundo que si estuvieran con aquellos que desearon y no pudieron tener se convertirían en los seres más desdichados del Planeta Tierra?, ¡sí, más desdichados todavía, eso he dicho!, y es que nos esforzamos por desear lo que no es bueno para nosotros, nos esforzamos en convertir las necesidades sentidas en reales cuando la diferencia entre ambas es abismal y el abismo a veces, es una cuestión de vida o muerte, esto va por Nietzsche y por nadie más.

Así que esas personas que entran en nuestras vidas cuando las deseadas se van huyendo campo a través, son las que se encargan de salvar nuestros pellejos y nuestras mentes debilitadas por el famoso “lo que pudo haber sido y no fue”… Algo que por cierto es irreal y simbólico, y por ello muy humano sin duda.

La pareja baila mientras yo intuyo que ella es el regalo de consuelo de él, que por cierto baila como si no hubiera un mañana y lo que hay en su vida es un ayer que ella se ha encargado de eclipsar con su buen hacer y su carácter grácil y elegante, porque la chica tiene clase, y mucha. Además folla mejor que la que él deseaba, ¡hay tantos regalos de consuelo que se lo montan tan bien en la cama!, o donde se tercie el alivio, porque alivio es también consuelo, ¿no?… Él vive ajeno a su suerte porque la mujer que perseguía y deseaba no tenía el nivel cualitativo  que  la actual, a la que llamaré regalo de consuelo para aclararnos y a la que perderá como no sea consciente en tres, dos, uno, porque todo cansa y consolar también. El regalo de consuelo no es necesario, o sí, va en los gustos y también en los colores, pero lo que sí es cierto es que nuestras existencias extintas cargadas de anhelos son el caldo de cultivo idóneo para buscar consuelo en cualquier rincón o en el mejor de ellos si es el mejor de los casos. También hay personas que ni quieren ni buscan consuelo, pero se lo encuentran y no porque lo merezcan, porque merecer es deber y el deber se paga caro cuando los derechos se pierden a cada paso, y además sabes que serás incapaz de salir derecha del bar porque vas a pedirte otra:

– ¡Otra, por favor!

El primer trago frío me trae a la cabeza una idea narcisista y ególatra aunque alcohólica,  y es que sé que si le contara mi teoría a Schopenhauer porque él estuviera o estuviese vivo, obviamente, en esta barra de este antro de mala muerte, yo lo sé, me utilizaría como regalo de consuelo aunque no necesitara consolarse, porque mi teoría no puede ser más repugnante en cuanto al uso y desuso que le estoy dando a mi especie. Eso al filósofo alemán le pondría. Lo sé… Es que lo sé.

Pero en el fondo no es tan repugnante ni descabellada mi teoría. El ser humano se merece todo lo que le pasa y todo lo que le va a suceder porque está hecho a base de anhelos y deseos inalcanzables, y lo peor es que no está educado en la tolerancia a la frustración. Esto sí es repugnante teniendo como tiene a su disposición intelecto y razón. El ser humano lo merece todo, hasta un regalo de consuelo que además le folle mejor.

– ¡Sírveme otra y de paso, deja de mirarme de ese modo!

El camarero se acerca sonriendo con una boca y una dentadura de anuncio de dentífrico, sabe que estoy como una cuba aunque no puede imaginar todo lo que hay dentro de esta cabeza loca y en este preciso instante.

– ¿Y cómo te miro?

– ¿Cómo si yo fuera tu regalo de consuelo?

– ¡Vaya, pues no me importaría que me consolases!

– Haremos lo siguiente, me pones la última y hablaremos largo y tendido sobre Nietzsche, Schopenhauer, el amor malentendido y la necesidad de consuelo del hombre que nunca será superhombre. ¿Qué te parece?

– Lee mi mirada.

Rápido y atinado. Hoy me consuela él, y de los regalos de consuelo que follan peor pensaré y haré un análisis exhaustivo fumando hierba.

Sofya Keer

178499816_wide

 

Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La inercia estúpida de los cigarrillos del insomnio me mantiene a salvo del vacío que me rodea. Es algo tramposo, pero me funciona. A cada persona le funciona una cosa. A cada hombre, a cada mujer, a todos hay algo que nos funciona y otras muchas cosas que por el contrario no.

Como tantas otras noches no puedo dormir, y no me preocupa porque tampoco tengo que madrugar. Mi trabajo consiste en salir a dar largos paseos para observar a la gente dentro de sus rutinas. Después de mi cuidadoso trabajo de campo regreso a mi escritorio y vomito sangre en forma de palabras, impotencia y repulsa contra la especie humana que desgraciadamente es mi especie. Así paso las noches, metida en mi burbuja de humo. En mi anterior novela, además, cuando tenía el ánimo subido le mandaba un mensaje a mi joven y apuesto vecino que también era mi víctima. Entonces él muy complaciente se trasladaba a mi cama por una noche y me daba la vida que me quitaba mi existencia. Era un modo más que tolerable para salir de mí misma. Los otros métodos eran más bien el formato de sacarme de mis casillas, algo que me ocurre asiduamente cuando doy mis largos paseos durante el día observando al ser humano deshumanizado, y que por supuesto, no me da resultados ni tan deseables, ni tan saludables. Con él conseguía salir de mí misma, me salía sin mis contenidos, como en un viaje astral, con mi continente empapado y extenuado en la comodidad de mi solitario hogar, desde mi cama y a base de sexo sucio e infame. Sucio porque le odiaba e infame porque quería joderle la vida. Él deseaba algo conmigo, aunque una noche me dijo que ese algo era más bien un todo. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme. Me contó su última historia en el metro. Yo le observaba y me sentí una cobarde por no poder matarle, así que como la bestia parda sentía una debilidad inusual por mí, decidí que la venganza sería más divertida. Yo sacaba inspiración literaria de las atrocidades que me contaba, placer con su sexo y la satisfacción de que en un tiempo le dejaría tocado y hundido, pues enamorado lo que se dice enamorado, el pobre fascista lo estaba. La historia era que dos chicos negros subieron en el metro y él empezó a gritarles que ellos no tenían derecho a montar en el mismo transporte público que los blancos. Pero vamos a ver, ¿no es público, esperpento humano?, yo le observaba y pensaba en su cerebro vacío, pensaba en su sexualidad salvaje cargada de ira racista y xenófoba. Pensaba que mi anterior capítulo, en el que en el parking del supermercado un carcamal  tras cargar su mercedes con la compra dejó el carro en medio impidiéndome sacar mi coche y encima me llamó gilipollas porque me acerqué para hablarle de la urbanidad y el civismo, incluso le señalé con mi dedo índice y su uña larga pintada de negro, la zona donde la gente educada deja todos los carros encadenados para que no ocurran cosas como la que él provocó. Pues resulta, que pese a tenerlo ya escrito, pensé que ese capítulo era basura comparado con todo lo que iba a sacar de este ser del averno. Hablé con mi editora porque me llamó sorprendida el leer mi último manuscrito, le conté todo lo que estaba haciendo y preparando para esta novela y ella soltó una carcajada feroz. Las mujeres podemos llegar a ser muy crueles y malvadas.

Fueron nueves meses gestando a mi criatura, tiempo en el que nuestras citas fueron más numerosas y sus sentimientos hacia mí más intensos y profundos. Yo mientras tanto tuve que soportar sus historias de ultraderecha y soportarle a él con su supremacía patológica y desagradable. Pero valió la pena. Me quedaba la última corrección y para celebrarlo le llamé. Él no sabía lo que yo celebraba, de hecho, pensaba que lo nuestro sería algo más. Pero no había nada más lejos de la realidad aparente. Disfrutamos del sexo durante unas horas, era mi despedida y él hablaba de viajar juntos. Algo que no se hace con cualquiera. Yo no, desde luego. Empezaba a amanecer y llovía a mares con una tormenta eléctrica fantástica. A intervalos breves el cielo acompañaba a su inmensidad con unos truenos de potencia inusual, tan inmensos como ella misma. Justo cuando acababa de salir de la ducha y me ponía el albornoz escuché un trueno bastante fuerte que me pareció el portazo de la puerta de casa. Abrí la del baño y salí al salón. Efectivamente, ese trueno acompañó al portazo que él dio al salir de mi casa, al parecer de manera precipitada. Cuando me giré para regresar al baño y poco preocupada por el motivo por el que se marchó sin decir nada, pues poco me importaba él, vi mi ordenador portátil abierto y en su pantalla también abierto el archivo de mi novela que él protagonizaba. Obviamente ya supe el motivo de su marcha tan arrebatadora. Seguía sin importarme su reacción, su afección, su emoción o su desazón. Seguía sin importarme él.

Durante todo el día estuvo escuchando en bucle In Rainbows de Radiohead. Yo lo escuchaba… Todos y cada uno de sus temas mientras caía una tormenta impresionante que duró dos días enteros. Y el segundo día sonó 15 Step, Bodysnatchers, Nude, Weird Fishes/Arpeggi, All I Need, todos ellos en su riguroso orden mientras llovía a cantaros, y truenos y relámpagos acompañaban a nuestras soledades encerradas entre las cuatro paredes de nuestras casas.

El segundo día de tormenta cercanas las ocho de la tarde dejé de oír a Radiohead. En la escalera había mucho trasiego de vecinos, bastante ruido y conversaciones en el descansillo de arriba, donde él vivía. En media hora tocaron a mi timbre…

– ¿Es usted la señorita Laura Quevedo…?

La policía me interrogó y me entregó un sobre de su puño y letra. Les conté todo lo que había hecho con él, les conté mis planes y les hablé de mi criatura. Mi frialdad sedujo a uno de los agentes que al salir me pidió mi número de teléfono. No se lo di por dos motivos, el primero porque no siento ninguna atracción por agentes de seguridad del Estado, y en segundo lugar porque no preparo ninguna novela que uno de ellos pueda protagonizar. Cuando salieron por la puerta, levanté la solapa del sobre que iba a mi nombre y que ya estaba abierto por el agente seducido y leí una pequeña nota que había escrito de su puño y letra:

“Lo hubiera dado todo por estar contigo. Me hubiera equivocado como de costumbre en mi puñetera vida… Una zorra, una puta escritora que jugaba a ponerme cachondo para sacar adelante un trabajo literario… Jajaja… Por lo menos esta historia de nueve meses ha sido de todas las que he tenido la más original, aunque debo reconocer que la menos llevadera. De hecho, no puedo soportar lo que he visto, mejor dicho, leído. No puedo soportar el no volver a verte, ni follarte, el no poder tenerte ni mirarte… No puedo vivir sin amarte. Eres la mejor de todas, la más zorra y la más puta, la más hermosa y la más inteligente. Recuerda solamente que yo sí te quise… Yo, sí te quise”

Esto ocurrió hace unas semanas y tengo la extraña sensación de que él me observa desde su dormitorio. A ratos me parece escuchar In Rainbows de Radiohead y entonces yo misma lo pongo en mi equipo al máximo volumen para no oírlo desde su casa. Lo hago siguiendo el riguroso orden de sus canciones para que suenen simultáneamente. Era un skinhead de mierda que follaba como un dios, un Adonis hermoso por fuera que realmente era un deshecho humano por dentro y del que jamás podría enamorarme.

Fue por una sobredosis de benzodiacepinas.

Sofya Keer

FB_IMG_1541193175771

 

 

 

Pensar cosas inútiles es necesario

Hay personas con un poder hipnótico que aguijonean tu curiosidad sin remilgos ni escrúpulos. Las sensaciones se reactivan al interaccionar con ellas. Es como disfrutar de la lectura de un libro de ilusionismo. Las personas con  este poder son escasas, es como deleitarse con la visión de una alineación planetaria, ¿quién podría negarse a gozar de un espectáculo tan maravilloso, y qué decir de las sensaciones?

Le conocí y me enamoré tan rápidamente que empecé a buscar otros hombres para tentar a mi equilibrio y volver a desestabilizarme por mi bien y el de todo mi ser. Este detalle era para tenerlo en cuenta, era sólo la segunda vez que lo hacía. Obviamente sólo he estado enamorada dos veces en mi vida, de Didier cuando era una cría y juntos jugábamos a ser una pareja de novios mayores, y ahora, con más de cuarenta, después de no sé cuántos años pasando por alto el amor, centrada en una carrera profesional espectacular, fumando hierba de calidad, tomando buenos vinos con toda la escoria pastosa de la empresa, follando con tíos casados que por cobardes nunca iban a separarse de sus esposas y por lo tanto, nunca me perseguirían en serio, y por supuesto sin parar de viajar con dos amigas desmadradas a mi altura y con un nivel de hedonismo similar. Y entonces con toda mi vida montada a lo grande y por todo lo alto, aparece flotando un castillo en el aire que en una servilleta de papel de un bar me pone su nombre y su número de teléfono, y al dármelo me susurra antes de irse y desaparecer por la puerta lo siguiente:

– Llámame solamente si esas miradas que hemos intercambiado no son pura atracción física. Llámame si estarías dispuesta a darlo todo por un futuro juntos,  aunque sea oscuro y voluble. Llámame, me muero de ganas porque lo hagas.

Se dio un puñetazo simbólico en su pecho echó la cabeza hacia atrás por el impacto teatralizado y con un gesto de fatalidad cerró sus ojos. Yo que había cogido la nota y le observaba, rompí a reír. Abrió los ojos de nuevo tras su actuación, besó una de mis mejillas y se despidió.

¡Claro que me enamoré!, no voy a escupir falsedades haciéndome la dura, pero como era legendario en mí, no quería depender emocionalmente de ningún hombre.

Caer continuamente en las decepciones y en las excepciones es una buena y compleja herramienta de crecimiento personal, de lo contrario la torpeza y la confusión se instauran en tu existencia y esta pasa a convertirse en una película pésima, como es mi caso. Yo siempre he desechado las excepciones, ¿por qué iba a hacer lo contrario si me funcionaba?

Pero él sabía cómo mantener el interés de una dama, volví al bar infinidad de veces, él no aparecía por allí, su silencio me dejó fuera de juego y entonces quise jugar. Y aposté fuerte. Tardé un poco pero después de algo más de un mes le llamé.

Empezamos a salir y todo funcionaba como nunca, como tal vez hubiera funcionado con Didier si no se lo hubiesen llevado sus padres al otro lado del mundo. Incluso sabiendo que mi experiencia depresiva es corrosiva, que me atormenta y martiriza. Incluso sabiendo que en ocasiones miro a mi alrededor y me veo rodeada por la nada o el vacío, obsesionada con la indagación existencial, muerta en vida. Incluso sabiendo que no sé si esta mierda parará en algún momento. Teniendo además presente que mis inicios con ella se gestaron de una manera extrema y extraña, sobre todo por su precocidad, pues aunque a veces es difícil precisar el momento de una cosa yo era muy niña, y nunca me apetece recordarlo. Pues hasta ese detalle lo respetó.

Didier también lo sabía todo y pese a ello y siendo unos niños me decía que me amaba. Él también, él no me quería. Él me amaba.

Así que como el camarero del bar donde tomaba el café al lado de la oficina siempre deseó algo conmigo se lo puse fácil, y él alegando que le daba igual que nuestro futuro fuera oscuro y voluble me perdonó. Del mismo modo lo hizo con el becario que llevaba dos meses en la empresa. Y con el vecino del quinto que pasó dos veces por nuestra cama. Y con Didier, con Didier sin embargo no me lo pudo perdonar. Recién llegado de Australia me localizó gracias a una de mis amigas desmadradas y hedonistas, tomamos unas copas y nos fuimos a un hotel. Cuando por la mañana regresé me preguntó:

– ¿Con quién ha sido esta vez?

– Con Didier.

– Coge todas tus cosas y regresa a tu casa definitivamente.

Didier volvió al continente australiano con su mujer e hijos en plural.

Él y yo coincidimos muchas noches en el bar donde nos conocimos. Le miro, pero él ya no me mira. Le amo, me ama pero ya no tiene sentido el amor, y definitivamente con todo esto que acabo de plasmar me reafirmo en mi teoría de que pensar cosas inútiles es necesario.

Sofya keer

7083e116-cb36-40ef-b8b1-7fba99e2c8dd

 

 

 

 

Diecisiete de octubre de 2018: Mi decadencia

Nadie sabe de mi decadencia tanto como yo misma. Recuerdo cuando comprobé por primera vez que un ligero y sutil toque podía suponer un placer extremo y muy superior. Recuerdo las sensaciones como algo único e irrepetible. De hecho no se ha vuelto a repetir y ningún otro toque puede compararse a aquel. El primero, el que fue con un hombre mayor que yo casi veinte años. Yo tenía los veinte recién cumplidos y le pedí más pero se negó a ello, la universidad y nuestros roles profesor-alumna no eran demasiado propicios para historias, aunque sí ideales para aventuras. Fue único e irrepetible por eso y por otras cosas, cosas decadentes relacionadas con el bien escaso, y el bien escaso es la felicidad, y con su ausencia se viste mi decadencia que en días grises y lluviosos se disfraza de alegría y juega al despiste con mi alma, mientras mi ser se empapa de lluvia. No me dio más porque quería torturarme y mi deseo por él se fue ahogando entre lágrimas. Lo superé con el paso del tiempo pese a ser único e irrepetible, pese a encontrarme en el camino con hombres poco diestros en las artes amatorias, torpes y gélidos, casados o comprometidos. Pese a todo continué con mi vida acumulando más decadencia, recreándome en la escasez, suponiendo naturalidad en ello y presuponiendo futuros oscuros, escasos y decadentes. La cuestión es que crecer así no es fácil, pero si hay que crecer se crece, y al dolor del crecimiento le añadí las molestias que la decadencia existencial ocasiona. Lo peor es que me nutro de ella y nutrirse es más que crecer, es alimentarse, sustentarse, es sostenerse. Yo sé que definitivamente me embriago con ella. Eso es malo. Pero también es malo vivir sin el sentido estricto y profundo, es malo no saber el “porqué” y conformarse con el “cómo”, son malos tantos “peros” y peor son los “y si…”, sin embargo, pese a lo único e irrepetible, continuo como si nada cuando se trata de todo lo que me está pasando en mi vida.

Y no hay errores fatales, yo no los veo, a no ser que buscar bellezas irreales lo sea. Soy inquieta e indomable por eso la adversidad es mi medio y para mí no hay efectos adversos en la vida, hay decadencia. Mucha decadencia. Y en plural lo que hay son decadencias. Pero la anécdota de mi escasa existencia es que hubo un hombre que dio su vida por mí. Teníamos una historia que para él era única e irrepetible, pero para mí era una más del montón, por eso en aquel asalto en un viaje a Estados Unidos se puso delante de mí y los tiros le sacudieron mortalmente. Yo sobreviví sin traumas pese a la envergadura de su acción altruista, y es que yo nunca lo hubiera hecho, por eso cuando lo vi en el suelo muerto en una calle de Nueva York sólo sentí incomprensión por cruzarse en mi camino. Los disparos eran para mí porque el destino es así de caprichoso, él jugó a alterarlo y se jugó su vida, perdiéndola. Yo no lo habría hecho ni por él ni por ningún hombre del mundo, bajo ningún concepto y sobre ningún precepto, mi vida es mía, es única e irrepetible y por ello el primero de todos pese a su toque sutil y placentero tampoco lo merecería. No es frialdad o tal vez sí, no soy desagradecida, aunque es posible que lo sea, esas balas tenían mi nombre y yo ya tengo un ciprés con sombra, sin embargo, él no contaba con su mortalidad y su familia al no haber voluntades escritas o dichas no supo muy bien qué hacer con su cuerpo. El héroe sin tumba que dio su vida por una mujer llena de decadencia y escasez, que además hubiera deseado morir cuando él sin consultar se lanzó a cambiar un sino para el que ya había ciprés, sombra y cementerio pequeño, acogedor y apacible. El héroe que es sólo una anécdota más en mi vida, en la que sigue siendo el primero el único e irrepetible pese a todo y para todos los casos o supuestos, llámense historias o aventuras.

Mi decadencia es mi esencia, mi materia, mi yo y mi ego, mi ello y mi superyó, así que nada ni nadie puede saber mejor de ella que yo misma. Y si soy fría y desagradecida es por ella o tal vez por mí, pero lo cierto es que de aquel diecisiete de octubre de hace tres años lo que yo recuerdo no es al héroe sin tumba, es que esa era la fecha de mi muerte pero alguien me la arrebató, y esto ha pasado a formar parte también de mi decadencia existencial y mi escasez que es de todo menos escasa, y aunque me siento arropada por el hecho de que ciprés, sombra y cementerio no me faltan, cada diecisiete de octubre me regalo una rosa en memoria de lo que pudo ser y no ha sido.

Sofya Keer

75e7b3db-c812-4797-ac65-b07d6bc57749

Una ducha entre sueños y locura

Fuiste una apuesta demasiado arriesgada e inútil, aunque he de reconocerte cierta sensualidad por tu aire desafiante, como el de una tormenta frente al mar. Esa necesidad de dominar la situación fue una estupidez muy humana, como la de nuestra especie creyendo que controla el mar desde las atalayas y los faros.

El reloj me regala a las seis de la mañana este silencio. Un silencio sepulcral que me hace pensar en cómo encarar el trámite inevitable de mi existencia: la pulverización de mí misma.

En algún momento las cosas dejaron de funcionar, y en el fondo todos tenemos una mitad silenciada u oculta que en ocasiones aflora de manera incontrolada. Es la luz en las tinieblas. Es como el arrebato de una atracción sexual.

Siempre estuve fuera de las normas. Lejos de ellas y muy cerca, mejor dicho, muy dentro de mí misma con malabarismos entre sueños y locura, y lo peor, temiendo a mis propias capacidades, ¡qué inepta y qué idiota a la vez!… Yo llevo al infierno dentro de mí y ardo en él, por eso no temo al vacío pues sé de muy buena tinta, que el peor cataclismo es una existencia vivida desde la tristeza. Si ahora tuviera que expresarme a viva voz temblaría. Yo tartamudeo cuando me pongo nerviosa y la pena me saca de mis casillas, ¡no sé cómo puedo vivir así!, todavía no lo sé… Mi capacidad adaptativa es mi autodestrucción porque al adaptarme a la tristeza caigo constantemente, caigo y voy cayendo con el paso de los días, voy sucumbiendo, clavando mis rodillas en las arenas movedizas de esta pena profunda y lodosa, recordatoria que de cualquier manera y en cualquier caso caeré fulminada como la torre.  Entonces todo esto se dará por mal empleado. Toda mi vida mal empleada, con la incapacidad latente de no poder vivirla a fondo, con el alma hendida en dos, entre mis sueños y la locura.

Me entran ganas de llorar y no soporto esta súbita debilidad, prefiero encender un cigarro con la colilla del otro antes que verme llorando porque las cosas dejaron de funcionar en no sé qué puñetero punto, o porque caeré fulminada y nada habrá valido la pena, y además está presente el agravante de ser consciente de que tanta tristeza será para nada. Esto no sé si podré soportarlo. Antes soportaría otra vida longeva llena de penas, que ser consciente de su inutilidad y de la futilidad de mis actos inspirados en ellas.

Siempre podría plantearme formar mi espíritu, regular mis acciones, aprender lo que debo hacer y lo que debería evitar, empuñar el timón y dejarme ya de tantas tonterías trascendentales. Ese afán mío por construir castillos en un aire contaminado, esta locura que me obliga a aventurarme y que si me abandona me sentiré aún más perdida. Y de telón de fondo esa vida vegetativa e indeseable, que es como la del resto del mundo.

Indeseable ella y deseable tú. ¡Qué sensaciones, qué subidas, qué bajadas!, y qué caídas cuando te deseaba…

Te deseo aún porque no quiero dejar de anhelarte. Sigo siendo una seguidora confesa tuya, sigo encaprichada por burlar tu censura, sigo presa de tu embrujo, y conforme cae el agua sobre mi cabeza siento cómo la tristeza se remueve en mi cerebro mientras yo me retuerzo pensando que todo será para nada. Llevo toda la noche de bar en bar, de copa en copa, tratando de castigarme aún más, borracha aumenta todo, mis sueños, la locura, mi pena y mis tristezas, el alcohol es el zoom de toda mi basura emocional. Y conforme cae el agua lloro y voy a seguir bajo el agua, voy a seguir llorando, alimentado ese todo para nada, asimilando la pulverización de mí misma…

¡Joder, y yo no quería llorar!

Sofya Keer

22045906_1982309005337542_3580231638662682533_n